
Por Beto Lorenzo*
El Eternauta nos demostró a todos los amantes de historietas que se podían hacer cosas con la cabeza y la mano puestas en nuestro país. Aún no había leído Rolo, el marciano ni las obras anteriores del tándem Solano-Oesterheld, así que esa fue la primera que conocí. Pero después vi Evaristo y supe que Solano era un genio total.
Trabajé con él desde 2009. Siempre me impresionó la rapidez que tenía para plantar los cuadritos. Primero leía el guión, luego dividía la página en las viñetas necesarias y por último bocetaba las escenas como si ya las hubiera visto. Decía que el dibujante de historietas es como un director de cine que mientras lee el guión va viendo dónde poner la cámara, pensando qué se quiere mostrar al espectador. La tenía tan clara que una vez plantada la escena no necesitaba borrar para dibujar otra; ese primer boceto era el más conveniente, el mejor entre millones de opciones impensadas.
Mientras dibujábamos El regreso, con guión de Pol, Solano me contó que en Estados Unidos le habían rechazado El Eternauta porque decían que tenía un trazo “sucio” y porque las caras de los personajes sufrían cambios que parecían descuidados. Él aceptaba ambas críticas pero me dijo algo que pude comprobar después, revisando su obra completa: “De nada sirve tener un dibujo prolijo y personajes idénticos a ellos mismos si no expresan sentimientos”. Y es cierto. Los ojos de El Eternauta, y de todos los personajes de la obra de Solano, tienen una expresividad únicamente lograda por él; y cada personaje conserva su identidad más allá de sus rasgos faciales.
Para el Bicentenario de la Revolución de Mayo hicimos una historieta sobre la guerra del Paraguay para el libro La Patria dibujada. Yo había escrito el guión y como intervenían personajes históricos conseguí algunos retratos para dibujarlos. Fue una buena ocasión para preguntarle a Solano cómo creaba los de ficción que ilustraban otras historietas. Me dijo que no los ensayaba sobre el papel, sino que los iba conociendo al leer el guión, y que aparecían en su mente. Oesterheld nunca le había dado muchas indicaciones acerca de Juan Salvo y sus compañeros. Por ejemplo, los Manos debían tener más dedos que cualquier humano, pero su aspecto fue una ocurrencia exclusiva de Solano. “¿Por qué con cara de viejos?”, le pregunté una vez. “No sé —decía—, se me ocurrieron así”. Y los Gurbos, los Cascarudos y cada personaje de sus historietas son el conjunto de lo que sentía al trabajar. Porque Solano vivía cada historia que dibujaba.
Cuando Sasturain y Sampayo fueron a ver a Evaristo Meneses para mostrarle la historieta inspirada en su vida, Solano no quiso ir. No quería que la imagen del verdadero comisario alterara la que él tenía del personaje que había creado. Dicen que Meneses miró los dibujos y no le gustaron. Intuyo que se sintió tocado por lo que le transmitió el personaje.
Entre las anécdotas que contaba, dos llegan ahora a mi memoria: una, su propio recuerdo de muy chico, asomado a la terraza de su casa viendo los “platos blancos” de las gorras de los militares llevando a cabo el golpe de Estado de 1930; y la otra, más simpática por cierto, haber tenido como vecino a Paul McCartney durante su estadía en Inglaterra. Esto denota, sin dudas, la riqueza de experiencias vividas por este maestro del lápiz y la tinta china.
* Dibujante. Fue ayudante de Solano López en sus últimos años.
Fuente: NaN #11 (marzo-abril 2013)