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Tabla Roja: sobre cómo “empayasar” al mundo.-

Desde lo más alto del Altiplano andino, este grupo boliviano sostiene que el “ser payaso” trasciende todas las facetas de la vida. “Permite abrirte caminos en el mundo, entablar conversaciones con desconocidos, bailar en la calle por el simple placer de jugar y aceptar el absurdo fracaso”, desmenuzan sus integrantes, en diálogo con Agencia NaN.
Por Emmanuel Videla 
Fotografías gentileza Tabla Roja

Buenos Aires, febrero 22 (Agencia NaN-2013).- Suelen poner nerviosos a muchos con el solo hecho de tenerlos en frente. Suelen algunos niños llorar al verlos. También, los espectadores suelen no entrar en trance desde el primer momento de la función con ellos. Suelen responder con silencios a sus cometidos. Suelen otros, más osados, seguirles el juego. Suelen también restringirlos a un arte menor. Y una y otra vez suele decirse peyorativamente: “no seas payaso”. Sin embargo, se sabe y conoce poco de estos humanos con narices rojas, que ponen a muchos en ridículo y a otros tantos fuera de contexto. Es que “se es payaso siempre y es un potencial que se expresa en todos lados”, aclara Ariel Baptista Aranda, integrante del grupo Tabla Roja.

En ese contexto y desde lo alto de Bolivia, las narices rojas sostienen que ser payaso es una filosofía de vida que involucra emocionalmente al espectador y éste retroalimenta al payaso. Un ida y vuelta sin fin, con errores, frustraciones por los cortes de la comunicación, gritos y emociones marcan esta charla con Agencia NaN, donde nada parece quedar afuera: el rol del espectador, la calle como escenario libertario, su rutina diaria y, entre otros temas, la filosofía bajo la órbita de un único objetivo: “empayasar al mundo”.

–El objetivo que persiguen día a día, de empayasar a todos los seres humanos, ¿comienza al tomar como escenario las calles?
Alejandra Quiroz Montecinos:–
Creo que uno de los grandes beneficios que tiene ser payaso es poder trabajar fuera de las salas convencionales. La experiencia que hemos tenido como grupo, de haber ido a intervenir las calles, es que uno puede expresarse en cualquier circunstancia. Y más aún con los inconvenientes que puede tener un teatrero en La Paz para conseguir un espacio. Así, en nuestras presentaciones usamos muy poco la palabra y es un beneficio. Entiendo que está bien trabajar en teatro, pero hemos entendido que en la calle somos un poco más libres.
Ana Tarqui Argani:– Además, el payaso no se entierra en una sala. El payaso no le gusta solamente a los niños, sino también a las personas mayores, porque hace reflexionar sobre una realidad que está latente. Tienes muchos recursos en la calle, de los cuales te puedes agarrar. Pero la sala te brinda otros tipos de emociones, que algunos la aprovechan más.
Ariel Baptista Aranda:– No solamente las calles. A lo largo de la vida como payasos hemos conocido los caminos del mundo de nuestra Latinoamérica. He llegado a caer en casas de payasos, de artistas en general, que te abren el corazón. Hay que aceptar que el payaso es un ser que está por encima, dentro y fuera del arte teatral en sí. Es un entrenamiento exquisito, que es indispensable en la formación de un actor, y por qué no, en la formación de la vida.

-¿Qué produce sobre esos espectadores la intervención de una tropa de payasos en las calles?
Paola Murillo Pérez:–
Hacer reír a la gente. Eso me resulta absolutamente asombroso, hermoso, y conmovedor. Hacer sentir algo en los demás, y que eso emocione, que traiga recuerdos, que pongan en escena sus problemáticas o preocupaciones. Es indudablemente lo más admirable de ser clown, porque lo que la gente siente es algo real, así como lo que yo estaba sintiendo al ser clown en ese momento. Todo es real y esa idea de ser genuina conmigo misma me ha ayudado a conocerme, a sanarme. Pero sigo en el proceso y cada vez aprendo más de mí misma y de los demás, y eso me da paz.
Janeth Cordero Argote:– Romper los límites. Me encanta saber que a través del payaso no sólo puedo provocar risa. ¿Por qué no provocar un llanto en el público? Me gusta saber que se puede todo, porque si quiero puedo ser un ave, volar a la luna, comer cocos flotantes, cantar la macarena y convertirme en tomate. El clown cambió, cambia y siempre cambiará mi vida. Creo que con o sin nariz puedo seguir empayasando mi vida, mi arte y la vida de los demás. El payaso siempre vive con cada uno de nosotros, porque todos somos payasos.
A.Q.M.:– Mas allá de estar o no en la escena, estar o no con nariz, estar o no con público, la escena es la vida, la nariz está en tu corazón y el público es el mundo.
A.B.A.:– Permite abrirte caminos en el mundo, llegar a lugares de convivencia con otras personas que no son alcanzados de manera común, entablar conversaciones con desconocidos, bailar en la calle por el simple placer de jugar, escuchar la vida de las caseras en el mercado y llorar con ellas. Muchas cosas así han pasado desde que se entra a este mundo. Aceptar el absurdo fracaso también es un factor importante, dentro de la educación formal, las universidades. En las instituciones no están permitidos los errores, no está permitido equivocarse. Aquel que se equivoca es imperfecto y no es rentable, ni beneficioso para la causa. Aceptarme dentro del fracaso me ha abierto la maravillosa puerta de la sanación y el aprendizaje puro.

“Olvidar el deber de crecer” 

Así se puede resumir esencialmente parte de la filosofía de vida que mantienen y transmiten los integrantes del grupo Tabla Roja. Es el ser niños, en el sentido de no tener miedo a decir, a contestar, a ser sincero. “Este camino me regala cada día nuevas sorpresas, me lleva a conocer gente sincera, y ser sincera con el mundo. Por más que pasen los días y años, yo sé que seguiré aprendiendo. Y un día, a través de la risa, podré enseñar que no es tan difícil ser feliz”, celebra Quiroz Montecinos.

–La filosofía que transmiten en la calle o en los teatros y talleres, ¿cuál es exactamente?
Ángela Arias Zuleta:–
Desde que conocí el mundo del payaso, recordé, sentí y respiré el mismo aire de tiempos olvidados por “el deber de crecer, de madurar”, algo establecido por la sociedad y la vida misma. Esto no significa que el ser payaso te hace inmaduro y te prohíbe crecer. Al contrario, te abre un sin fin de nuevas perspectivas, posibilidades y encuentro con tu ser real, con tu ser humano y te brinda una mirada pura y transparente.
A.B.A:– Día a día uno se transforma, se concibe, nace y renace, porque la muerte, en palabras de Galeano, es mentira. Cada día renacemos en los ojos de quien nos mira y accionamos en los ojos de quien sonríe.

–¿Qué modifica personalmente en sus modos de enfrentar la vida esa lógica de pensarla desde el olvido del deber ser?
A.A.Z:–
Muchas veces te sientes abatida por circunstancias externas e internas que afectan en lo más profundo y pierdes camino, pero sientes que tu alter ego está ahí presente levantándote y animándote. Y te muestra que la vida no debe ni es tan dura como parece. Te levantas y tratas de nuevo para dar lo mejor de ti, para sentirte completo como cuando terminas una obra con muchos aplausos y no esperas a montar la segunda.
P.M.P:– Lo que descubrí en los talleres fue que se podía convivir con tus defectos, con tus debilidades, aquello de lo cual me avergonzaba y hacía sentir mal: soledades, tristezas, miedos, malos recuerdos, vacíos existenciales. Todo eso podía volverse mi propio material de trabajo. No sólo podía convivir con aquello, sino que lo interiorizaba para ridiculizarlo, para tomarlo todo con humor y reírme de eso… podía reírme de esa Paola siempre tristona y débil, de esa Paola quejumbrosa de su vida… la que se había vuelto prisionera en un círculo vicioso de sus propios miedos.
A.T.A:– La gente a menudo se extraña cuando vas y le dices “soy payasa” o “tengo un taller de payaso”. Su reacción se relaciona con su entorno, porque no siempre se escucha eso. Más allá de todo, ser payasa es un refugio, una medicina para el cuerpo y el alma que me ayuda a ser mejor persona; pero, sobre todo, a ser feliz.

De profesión, payasos, ¿qué?
“¡Soy payasa! ¡Qué! ¿En serio?”, así ilustra la primera respuesta que recibe Janeth. De todas maneras, “empayasar al mundo” es todo un reto, es romper límites. Simplemente, para ella es respirar un aire distinto y que juega, sin más preámbulos.
–Sí, soy payasa.
–¡Ah! Qué lindo. Entonces eres un chiste, ¡te gusta perder el tiempo!
–Soy payasa: ¡qué hermoso!”, remata en un diálogo consigo misma con una sonrisa de oreja a oreja.