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“Hacemos funk de corazón”

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Lo afirma Marcelo Lanouguere, saxofonista del grupo gestor de los ciclos Tapones Wanna Funk, que regresa hoy en Uniclub, en compañía de Guanabana Orquesta y DJ Stylo Caro. Fotografías: gentileza de prensa

Por Sergio Sánchez

La música, como toda expresión artística, tiene una finalidad, cumple con una función. Hay sonidos y ritmos pensados para relajarse, para agudizar el oído y escuchar una historia, o bien para bailar, entre muchas otras opciones y combinaciones. En el último caso, la cumbia o la salsa no están solas en la empresa. También existe el funk, un ritmo tan libre y visceral como la cumbia a la hora de mover el cuerpo. Cuando se enciende el funk, no importa cómo pero hay que moverse. Es una reacción casi inevitable, espontánea. En el país, no es un género muy extendido, pero eso no significa que no existan bandas y artistas que aborden este género de raíz negra y con origen en ciudades como Nueva Orleans. Una de ellas es Tapones de Punta, una banda instrumental que transita este estilo hace una década e hizo significativos aportes a la escena funk local. Entre febrero y abril realizó un ciclo semanal llamado Tapones Wanna Funk, en el que reunió a artistas vinculados con el género. “El ciclo surgió como un espacio para nosotros, pero fue creciendo y se convirtió en un lugar de encuentro con bandas amigas y DJs. Nos interesaba construir un espacio, no esperar sentados a que nos llame un productor”, cuenta Marcelo Lanouguere, saxofonista del grupo. La novedad es que el ciclo regresa este viernes, pero esta vez será mensual. La cita será hoy a la medianoche en Uniclub (Guardia Vieja 3360, Ciudad de Buenos Aires) y, además de los anfitriones, tocarán Guanabana Orquesta y DJ Stylo Caro.

Tapones de Punta es un desprendimiento de 12 Monos, un muy buen grupo que recorrió el under entre el año 2000 y 2005, pero que no resistió la crisis cultural desatada por la tragedia de Cromañón. “Con 12 Monos presentamos nuestro disco en 2005, nos agarró Cromañón y era muy difícil tocar. Entonces, un lugar en el oeste, Santana, nos ofreció tocar pero sin conectar instrumentos; podíamos hacerlo sólo con los caños y la percusión. No podíamos hacer demasiado despliegue de sonido. Entonces, prevaleció la música instrumental y ahí nació Tapones. Pero la música instrumental tiene mucha fuerza, es una patada al pecho. De a poco, Tapones se empezó a comer a 12 Monos”, cuenta Lanouguere. El combo se completa con Andrés Hynes (trompeta), Leandro Loos (trombón), Nathan Lane (trombón), Mauricio Deambrosi (saxo tenor), Agustín Durañona (teclados), Facundo Bainat (guitarra), Manuel Schuster (bajo) y Sebastián Ayala (batería).

El grupo cuenta con un disco editado, Buenísimo (2012), en el que encuentran un equilibrio entre las composiciones propias y las ajenas (de bandas como Rebirth Brass Band, Dirty Dozen Brass Band y Tony Dagradi). “En Tapones aparece el jazz, hay elementos del rock y también se mezclan ritmos de Cuba. Fuimos construyendo una amalgama de sonidos. El grupo tiene una impronta de funk yanqui, pero al mismo tiempo la banda es de acá y aparecen elementos autóctonos”, considera el músico, y adelanta que entrarán al estudio a grabar el sucesor de Buenísimo en septiembre u octubre.

—Teniendo en cuenta el estilo que hacen, la apuesta fuerte de ustedes son los recitales, el vivo, ¿no?
—Sí, tiene que ver con el estilo. Es una música que nos da la libertad para jugar mucho en el escenario, por más que haya estructuras previas. Y eso hace que la banda en vivo tenga mucha fuerza. Como algunos venimos del jazz, otros del rock y otros estilos, se genera un combinado de ritmos y sonido que funciona muy bien en vivo. Y también hay una cuota de improvisación, lo que hace que cada concierto sea distinto, que siempre pase algo nuevo. Más allá de mantener una columna vertebral, siempre hay lugar para la sorpresa y la novedad.

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—¿Y esa novedad también tiene que ver con el ánimo particular del público, con el ida y vuelta?
—Sí, puede ser. Con el formato de fiesta que estamos implementando vemos que la gente baila mucho y eso está buenísimo. Hay una respuesta interesante. El movimiento genera un ida y vuelta. Nosotros disfrutamos mucho tocando funk, lo hacemos de corazón, y creo que eso se transmite. Es inevitable que bailes cuando escuchás funk, se te mete por el cuerpo y te hace mover.

—En cuanto al público, ¿a las fiestas asisten personas cuyo interés es ir a bailar y divertirse o se trata de un público que es habitúe de este género?
—Se dan las dos cosas. Hace diez años que venimos tocando y dentro de la escena funk de Buenos Aires Tapones se hizo un lugarcito. Viene a vernos gente que conoce el estilo. Por otro lado, al ser una música que es muy noble, a cualquiera le puede sonar bien, invita a bailar, es disfrutable. Es una música llamativa. Entonces, se da una mezcla de gente que hace bastante tiempo que nos viene a ver y también hay público nuevo.

—En la última década, hay un resurgimiento de las fiestas mestizas, de músicas de raíz negra y latinoamericana (pasa con la cumbia, por ejemplo). ¿Responde a una necesidad de encontrarse o a qué se debe?
—En nuestro caso, las fiestas responden a la necesidad natural y genuina como músicos de encontrar un espacio. A veces, para alcanzar ciertos espacios hay que inventarlos, no esperar sentados a que nos llame un productor o alguien. Tiene que ver con tomar la iniciativa. Creemos en esto y nos jugamos. Es también un lugar de supervivencia para hacer lo que nos gusta. De hecho, nosotros nos autogestionamos y producimos todo a pulmón.

—¿Hay una escena funk en la Argentina o es muy incipiente?
—Me parece que la banda de funk más masiva o que logró despegarse es Illya Kuryaki. Después, dentro del circuito más under, sí hay muchas bandas girando. Hay propuestas muy buenas. En el ciclo Wanna Funk vimos pasar bandas que se suenan todo, como Proyecto Nacarola, La Negra Nieves, Brown Sugar, Comunidad Soul, Militantes del Climax o Lo Pibitos.