En tiempos sin visitantes, en tiempos de ver el clásico entre varios frente al televisor mientras el eterno rival empuja a su equipo desde las tribunas; en días en los que vuelve a aparecer la violencia y las amenazas («Si no hay acuerdo habrá bala en La Boca», escribieron esta semana en una pared de Casa Amarilla) como punta de iceberg de un negocio delictivo que ninguno de los responsables quiere resolver de fondo; NaN recupera el espíritu del hincha, ese que está metido en las venas de nuestra sociedad.
Por Leonardo Castillo
Ilustración Emilio Utrera
Buenos Aires septiembre 19 (Agencia NAN-2013).- “El hincha es el alma de los colores; que sería de un club sin el hincha, una bolsa vacía…. El que da todo sin esperar nada a cambio. Ese es el hincha; ese soy yo.” La voz del Ñato suena clara y conmovedora cuando le explica a un dirigente engominado de escritorio la razón de su fidelidad, de su existir. Se trata de una de las escenas más memorables de El Hincha, la película filmada en 1951 e interpretada por Enrique Santos Discépolo, que reflejó por vez primera en el cine ese sentimiento encarnado en el alma de todos aquellos que simplemente se enamoran de una camiseta con una pasión que no conoce límites, y que se vive desde la cuna hasta el cajón.
En esa producción dirigida por Manuel Romero, El Ñato es retratado por Discepolín como un trabajador mecánico que ronda los 40 y que posterga su casamiento con su novia por seguir al club que ama, justo en una temporada en el que descenso acecha como una daga. Es una historia sobre la fidelidad y el desinterés de un tipo de a pie que confronta con los intereses mercantiles de un profesionalismo naciente, y que entiende, sobre el final, que la verdadera pasión por el juego anida en los pibes del potrero, lugar al que propone volver como si se tratara de un Aleph en el cual descansa la esencia misma del fútbol.
Desde entonces, la presencia del hincha en la cultura de masas se convirtió en un objeto de observación periódica, tanto para el arte como para la sociología, la filosofía y la antropología. Comprender esa pulsión emocional que empuja a una persona a recorrer miles de kilómetros soportando inclemencias climáticas y maltratos de las “fuerzas del orden” con tal de seguir a un equipo representa al día de hoy un verdadero enigma con respecto a la simbología que nutre a ese sentir popular.
¿Es el hincha un ser alienado que encuentra en el fútbol un escape ante una existencia plagada de frustraciones o se trata de una expresión genuina y popular de esa difusa noción designada como la argentinidad? Un interrogante que hoy los académicos no logran despejar. Pero nada impide dar cuanta de la evolución que la noción del hincha tuvo a lo largo de los años y se reflejó en la cultura.
Etimológicamente, el término hincha se originó en Uruguay y está vinculado a la tradición del club Nacional de Montevideo. A principios del Siglo XX, Prudencio Miguel Reyes, talabartero de oficio y canchero del club tricolor, en sus ratos libres, cumplía una función fundamental en el decano del fútbol oriental: era el encargado de llenar de aire, de inflar a puro pulmón la pelota que utilizaba Nacional cuando jugaba de local. Prudencio fue entonces el primero en inaugurar una tradición a la hora de comprometer su aliento con el cuadro de sus amores. Prudencio fue nada más y nada menos que el primer “hincha pelotas”.
La tradición de hinchar sería entonces una de las tantas otras cosas que unen a las dos márgenes del Río de La Plata y comprueban la proximidad que existe entre argentinos y uruguayos; dos pueblos unidos en la traición de alentar y en generar una cultura en torno a ese fenómeno.
Para muchos diversos sectores de la vida política y académica, el hincha es un sujeto social que merece ser reconocido por su entrega de forma institucional. En la actualidad existen tres proyectos presentados ante instancias legislativas que pretenden reivindicar la tradición tribunera con una jornada que reconozca la fidelidad del futbolero.
La primera de las iniciativas surge del seno de la ONG Salvemos al Fútbol, —vinculada a denunciar las actividades de los barrabravas― y propone como fecha conmemorativa el 23 de junio, en recuerdo de esa trágica jornada vivida un domingo de 1968, en la cancha de River, al término de un clásico con Boca. Fue la masacre de la Puerta 12, el día que 71 simpatizantes “xeneizes” perdieron la vida en un hecho nunca esclarecido, cuya versión oficial adjudica a una avalancha y las voces del pueblo a una represión policial. El proyecto lleva la firma de los diputados nacionales Héctor Recalde (FPV) y Carlos Raimundi (Solidaridad e Igualdad), entre otros. Para Mónica Nizzardo, titular de Salvemos al Fútbol, hasta enero de este año, la idea es que exista un día del hincha como hay uno del trabajador. “Una fecha en que se revindiquen los derechos de todos aquellos que concurrimos a los estadios. Que sea una oportunidad de reclamarle a los dirigentes todas las deudas que tienen con nosotros, que somos el fútbol”, sostiene Nizzardo, que saltó a la notoriedad a principios del 2000, cuando como simple socia de Atlanta se decidió a denunciar penalmente a los barras que asolaban la entidad de Villa Crespo.
Por su parte, el legislador porteño Alejandro Bodart, del MST, impulsa una iniciativa de tinte más partidario. Propuso que el 9 de junio se celebre el Día de la Dignidad del Hincha, con motivo de evocar la gran movilización popular que los hinchas de San Lorenzo protagonizaron a Plaza de Mayo para pedir la restitución del predio donde se encontraba el viejo Gasómetro, el emblemático de la Avenida La Plata, en pleno corazón de Boedo, y que le fuera arrebatado al club por la dictadura, en una espuria maniobra que favoreció a la firma supermarcadista francesa Carrefour.
La tercera propuesta surge desde las redes sociales. Un grupo de simpatizantes del club Atlas, que milita en la Primera D, abrió una página de Facebook desde la que se propone el 22 de junio como la fecha para destacar la militancia del tablón. Justamente el día en el que Diego Armando Maradona le marcara dos goles (el segundo reconocido como el más importante de la historia por la FIFA) a Inglaterra en el Campeonato Mundial de México ’86.
Evocar al hincha desde el martirio de los que dejaron la vida saliendo de una cancha; desde la lucha por hacer valer los derechos de sus clubes y en el festejo de un gol convertido en tierra aztecas por aquel “Barrilete Cósmico” nacido en Villa Fiorito. ¿Por qué no celebrar el hecho de hinchar desde la cultura que inspira el sentimiento tribunero?
La cultura del hincha, una gambeta a la soledad
Un lema que sostiene desde los años ’20 el escudo del Liverpool, el equipo más copero del fútbol inglés, es el que mejor refleja ―tal vez― el sentimiento que lleva a los hinchas a juntarse en torno a un color: “Nunca caminarás solo”, reza la leyenda inscripta en la camiseta roja del club que tuvo como fana nada menos que a John Lennon. En consonancia con esta idea, un libro escrito en los años ’30 titulado Shot al Arco, un trabajo compuesto por Monsieur Perichón (el seudónimo que utilizaba Juan Carlos Olmedo Varela, un periodista que por unas décadas se adelantó a las críticas ácidas que deslizaba sobre el deporte y sus circunstancias) se refiere en uno de sus capítulos a la condición del hincha con una caracterización que vale la pena repasar: “El hincha individualmente considerado, tiene una tendencia marcada al espíritu gregario. Huye de la soledad como de una mala sombra. Necesita respirar el ambiente de la complicidad para estar a sus anchas…”
Desde la mirada de Perichón, que bien pudo abrevar en la producción filosófica de Ortega y Gasset, el hincha es entonces depositario de una tragedia, que lo acompaña desde el momento que decide adscribir a un club y seguirlo por toda una vida. El hincha vive entonces con un propósito claro: escaparse de la soledad junto con otros que padecen esa angustia. ¿Y qué mejor forma de compensar esa sensación de ausencia que con la producción de arte y cultura?
La originalidad de los cánticos tribuneros, que se adaptan a versiones de diversos musicales tiene que ver con ello, y en Argentina este fenómeno adquiere una creatividad que se extiende más allá del fútbol. En las manifestaciones políticas, sindicales y en las marchas de organismos de derechos humanos, los cantitos del tablón se convierten en la mejor forma de enarbolar las consignas convocantes. En los años ’90, estas manifestaciones se trasladaron al rock. En tiempos en los que la escisión y la desestructuración eran la norma, se entonaron himnos tribuneros no solo para celebrar la obra de una banda, sino que se empezó a rivalizar con otros artistas. Seguidores de Divididos, los Redondos y La Renga se cansaron de entonar durante años: “Soda se la come…”
Así, de la mano del rock barrial, ciertos e importantes componentes de la cultura del aguante se trasladan al ambiente musical. Seguidores de Bersuit, Los Piojos y Callejeros fueron los pioneros a la hora de replicar los rituales, costumbres, y hasta ciertos vicios, propios de las hinchadas que se organizan con el propósito de seguir a un equipo de fútbol. Organizar viajes, pagar micros, portar banderas y lanzar bengalas (sin medir las consecuencias) son actos que los seguidores de las bandas han cultivado desde por lo menos dos décadas.
Un trasvasamiento del fútbol hacia el rock que se verifica también en letras de muchas canciones. “Todos atrás y Dios de nueve”; “Maradó”; “Dale Alegría a mi corazón”, o “La Bengala Perdida” son expresiones que con el tiempo han aproximado a territorios lejanos como el fútbol y el rock, que sin embargo encontraron un unificador en común: la pasión del hincha y la necesidad de constituirse una identidad con la cual gambetear a la fragmentación de los tiempos posmodernos.
La literatura y la pelota
En muy pocos países se debe haber producido tanta literatura vinculada al fútbol como en Argentina. Eduardo Sacheri, Juan Sasturain, Roberto Fontanarrosa o el gran Osvaldo Soriano se encargaron de reflejar el sentir que despierta la pasión del fútbol. Muchos de ellos se dedican a contar alternativas vinculadas al juego, a las vicisitudes que viven quienes salen a la cancha a jugarse el todo por el todo por una camiseta o por el honor del barrio. Pero sin duda, el escritor que mejor retrató la soledad del futbolero ante un festejo fue Mempo Giardinelli en su cuento el “El Hincha”. El escritor chaqueño contaba las sensaciones vividas por su padre en 1968, cuando Vélez se consagró campeón por primera vez en su historia. Mempo contó la historia de su padre, Amaro, el único fiel que el equipo de ‘El Fortín’ tenía en Resistencia, la capital chaqueña.
El tipo sufrió ese partido como nadie, y al final, solo, salió a festejar por las calles de la ciudad para terminar la noche del domingo en el café con los amigos que le tributaron un cerrado aplauso cuando lo vieron llegar. Premiaban al equipo de sus sueños, pero también a él, que durante tantos años se había bancado las cargadas de los demás. “¿Por qué no te hacés hincha de Boca, Amaro?”, le decían sus amigos campeonato tras campeonato. Pero esa tarde de diciembre, el viejo Giardinelli sintió que tanta soledad había valido la pena. Su Vélez lo había compensado.
La antítesis de ese relato la constituya el sacrificio del viejo Casale, rescatado de su soledad en Villa Diego por un grupo de hinchas de Central para experimentar un irónico martirio en las gradas del Monumental, en la tarde del 19 de diciembre de 1971, la fecha que titula ese memorable relato de Fontanarrosa.
Central debía medirse con Newell’s en una semifinal del Nacional del ’71 en la cancha de River. En una barra de amigos corre el rumor de que el viejo Casale, enfermo cardíaco crónico que vivía recluido en una quinta bajo el estricto cuidado de su esposa, nunca había presenciado en una cancha una derrota “canalla” ante su clásico rival. Los pibes deciden invitarlo, pero ante la negativa del viejo deciden secuestrarlo y llevarlo mediante un ardid hasta Buenos Aires en un micro fletado por una barra de hinchas. El viejo sufrió todo el partido e incluso soportó el gol de palomita de Aldo Pedro Poy que le dio el triunfo a Central a diez de final con inusitado estoicismo. Pero su corazón obviamente no lo soportó; y Fontanarrosa lo narra así:.. “¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos: ‘¡Qué importa!’ ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo esa, hermano! Yo elijo esa”.
El viejo Casale no pudo elegir, pero murió acompañado, junto con otros hinchas, fundido a un sentimiento. ¿Hay algo mejor para un tipo que le entregó sus años a unos colores? Es probable que no.
*El artículo integra la edición número 12 de Revista NaN, correspondiente a los meses de mayo y junio de 2013. Se trata de una publicación producida por el mismo colectivo de periodistas, fotógrafos y diseñadores que sostiene esta agencia.
