El deseo incumplido es el eje la ópera prima de la joven Sofía Guggiari. En clave tragicomedia retrata historias de amor entre compañeras de colegio, entre cuñados, entre personas que viven lejos e incluso que matan.
Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Te amo tanto porque te he matado.
Buenos Aires, junio 26 (Agencia NAN-2012).- Te amo tanto porque te he matado anticipa con su título la problemática que presenta y que, en escena, adquiere matices: el amor que no es normal, el amor y sus límites, el amor y sus consecuencias indeseadas, el amor que no se debe y no se puede pero se quiere. Los personajes de esta ópera prima de la joven Sofía Guggiari (viernes a las 22.30 en La Fábula, Agüero 444) sufren por amor. Todos ellos. O casi: dentro de los monólogos de la obra hay uno que desentona, el de un militante que no sabe dónde militar. El resto son historias de amor, locura y muerte que se cuentan en el lugar que otrora festejó precisamente la anormalidad: el circo.
Son, entonces, el mago, el malabarista, el payaso, la clown, la contorsionista, la “encefálica”, la mujer barbuda y la mujer de los cuchillos los encargados de desnudarle al público su sufrimiento. Ellos transitan una cuerda floja, un límite con el cual puede ser fácil identificarse: quisieron amar, pero por algún motivo u otro no pudieron. Sea por miedo, moral o la oscuridad de ese objeto llamado deseo que siempre invita a no ser satisfecho para seguir existiendo. Te amo tanto porque te he matado es una obra que habla del deseo incumplido, llevándolo al paroxismo. Porque retrata amores entre compañeras de colegio, entre cuñados, entre personas que viven lejos e incluso que matan. También aparece el amor a Dios.
Las actuaciones son parejas, los monólogos, no tanto: algunos se destacan por sobre otros. El del Mago, quien dicta una carta que será enviada a una amante que vive en Bolivia –incluyendo los puntos y las comas– instala uno de los momentos más bellos de la obra, alcanza un pico agridulce (ese es el clima general: lo que se narra no está bueno, pero se busca la risa; la tragedia y la comedia aquí son la misma cosa). La metáfora del circo es adecuada conceptualmente para el tema que se trata, pero no acaba de funcionar como excusa para los largos parlamentos que dan los actores sobre el escenario. Pues esas palabras podrían funcionar igual en un baño o, como lo pensó antes Guggiari, una pensión de Once. No hay nada dentro del texto que tenga que ver con el circo.
El del Mago es, dentro de los monólogos que hablan de amor, uno de los que más se destaca. Pero si hay que hablar del gran momento de la obra de Guggiari es, sin dudas, el del militante que no sabe dónde militar. Allí, la dramaturga ha aprovechado su edad (tiene 25 años), sus años de militancia en la izquierda y este momento puntual –en el que en todos los espacios se habla de política– para crear eso que tanto se espera del teatro: los momentos de Verdad. “Ya no puedo distinguir entre las ideas y las ideas de los demás. Qué vergüenza. Por favor. ¡Qué vergüenza! ¿Qué diría mi mamá? Soy un trosco bolchevique arrepentido. A veces peronista, otras maoista, los lunes sin clasificar. Y mi abuelo, si mi viese ahora, mi abuelo, me diría, ofendido: ¿Vos sos un anarco-popu-nacional?”.
En esta obra, más que como directora, Guggiari se perfila como una buena dramaturga. En cuanto a la dirección, faltan algunos ajustes. Pero la utilización de la palabra es irreprochable. Su palabra es importante, imponente, graciosa, accidentada. Es, paradójicamente, literaria al tiempo que funciona para ser dicha. Tiene varios puntos de conexión con la de Norman Briski, cosa que no es casual, ya que Sofía estudió con él. Es una palabra que está como vomitada y que es bella, incluso, en su fealdad.
Son, entonces, el mago, el malabarista, el payaso, la clown, la contorsionista, la “encefálica”, la mujer barbuda y la mujer de los cuchillos los encargados de desnudarle al público su sufrimiento. Ellos transitan una cuerda floja, un límite con el cual puede ser fácil identificarse: quisieron amar, pero por algún motivo u otro no pudieron. Sea por miedo, moral o la oscuridad de ese objeto llamado deseo que siempre invita a no ser satisfecho para seguir existiendo. Te amo tanto porque te he matado es una obra que habla del deseo incumplido, llevándolo al paroxismo. Porque retrata amores entre compañeras de colegio, entre cuñados, entre personas que viven lejos e incluso que matan. También aparece el amor a Dios.
Las actuaciones son parejas, los monólogos, no tanto: algunos se destacan por sobre otros. El del Mago, quien dicta una carta que será enviada a una amante que vive en Bolivia –incluyendo los puntos y las comas– instala uno de los momentos más bellos de la obra, alcanza un pico agridulce (ese es el clima general: lo que se narra no está bueno, pero se busca la risa; la tragedia y la comedia aquí son la misma cosa). La metáfora del circo es adecuada conceptualmente para el tema que se trata, pero no acaba de funcionar como excusa para los largos parlamentos que dan los actores sobre el escenario. Pues esas palabras podrían funcionar igual en un baño o, como lo pensó antes Guggiari, una pensión de Once. No hay nada dentro del texto que tenga que ver con el circo.
El del Mago es, dentro de los monólogos que hablan de amor, uno de los que más se destaca. Pero si hay que hablar del gran momento de la obra de Guggiari es, sin dudas, el del militante que no sabe dónde militar. Allí, la dramaturga ha aprovechado su edad (tiene 25 años), sus años de militancia en la izquierda y este momento puntual –en el que en todos los espacios se habla de política– para crear eso que tanto se espera del teatro: los momentos de Verdad. “Ya no puedo distinguir entre las ideas y las ideas de los demás. Qué vergüenza. Por favor. ¡Qué vergüenza! ¿Qué diría mi mamá? Soy un trosco bolchevique arrepentido. A veces peronista, otras maoista, los lunes sin clasificar. Y mi abuelo, si mi viese ahora, mi abuelo, me diría, ofendido: ¿Vos sos un anarco-popu-nacional?”.
En esta obra, más que como directora, Guggiari se perfila como una buena dramaturga. En cuanto a la dirección, faltan algunos ajustes. Pero la utilización de la palabra es irreprochable. Su palabra es importante, imponente, graciosa, accidentada. Es, paradójicamente, literaria al tiempo que funciona para ser dicha. Tiene varios puntos de conexión con la de Norman Briski, cosa que no es casual, ya que Sofía estudió con él. Es una palabra que está como vomitada y que es bella, incluso, en su fealdad.
