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dueños de sus palabras

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Fotografía: Gala Abramovich

“No me sorprende el final, porque siempre me advirtieron de Szpolski”, dice Ana Encabo, integrante del equipo de diseño del diario Tiempo Argentino. Es martes 19 de abril y en la redacción se acomodan las 125 personas que elegirán a las autoridades de la cooperativa Por Más Tiempo, que editará el ahora semanario. Hay clima de trabajo y entusiasmo. Pero cada uno de ellos y de ellas lleva en su cuerpo la marca de meses de lucha en los que sus reclamos por el pago de salarios, bajo la consigna “no al vaciamiento del Grupo 23”, fueron desoídos tanto por los responsables de la empresa como por el gobierno nacional y, específicamente, el Ministerio de Trabajo.

 

En todo ese tiempo, las y los laburantes transformaron el modo de dar la batalla: infinitas movilizaciones, bombos sonando bien fuerte, cánticos, un festival multitudinario, algunas fiestas de carnaval, una permanencia pacífica en custodia de los equipos de trabajo y gomas prendidas fuego en el medio de la 9 de Julio —haciéndole frente al protocolo antipiquetes— fueron parte de la estrategia para lograr una respuesta que nunca llegó. Ahora, pasados seis meses de conflicto, aguardan que la Justicia dictamine sobre el pedido de desalojo realizado por los dueños del inmueble donde funciona la redacción, en Palermo.

 

Cada paso estuvo atravesado por un solo objetivo: tener trabajo. Pues entonces, tras algunas pruebas que demostraron que podían llevar a cabo la tarea sin patrón, pusieron manos a la obra. Y caminaron hacia la autogestión.

 

 

El escaso margen entre los candidatos presidenciales Mauricio Macri y Daniel Scioli en las elecciones generales resolvió que debía realizarse en el país el primer balotaje desde la llegada de la democracia. Los protagonistas de esta historia cuentan que, cuando ese día llegó, en la redacción de Tiempo Argentino se sentía el aire un poco más espeso. Incluso algunos ya habían declarado la sentencia de muerte para el proyecto que contenía a poco más de 200 familias. No era casualidad. Dos factores clave amenazaban la continuidad. Por un lado, el fin del mandato kirchnerista, que había proveído a las empresas con una pauta oficial de unos 800 millones de pesos en seis años, según sacó a la luz el diario La Nación. Por otro, la historia de Sergio Szpolski, que lo condena: estuvo involucrado con la quiebra del Banco Patricios, donde era directivo, lo que le valió la expulsión de la AMIA, que depositaba su dinero en esa entidad.

 

Ahora es noviembre de 2015 y suena el teléfono. Llaman desde El Argentino Mar del Plata: “Se corre el rumor de que esta edición deja de salir”, avisan. A los pocos días, sucede lo mismo en Córdoba, y luego en las revistas 7 Días y Cielos Argentinos. Pronto comienzan a registrarse retrasos en el pago de salarios en los zonales del Gran Buenos Aires. Las novedades desde Rosario son similares. Todos los productos pertenecen al Grupo 23, que poco a poco empiezan a desguazar. “Para nosotros eran claros indicios de vaciamiento”, afirma Randy Stagnaro, delegado y secretario de la cooperativa. Sostiene que habían habido señales durante todo el año; señales que dentro del diario se manifestaban de distintos modos: no había recursos para viajes en taxi ni llamadas telefónicas y ya no había máquina de café. En ese contexto, la asamblea comenzó a debatir el panorama.

 

“La sensación de que se venía una fea era generalizada”, cuenta Alfonso Villalobos, también integrante de la comisión interna y síndico en la cooperativa. Lo dice él, pero a cada quien que se le consulta responde que sabían del pasado del dueño del medio para el que trabajaban, que lo esperaban, que lo único que no sabían era cuándo iba a suceder la desgracia. “En ese momento para mí esto era un trabajo estable y en blanco”, se defiende Encabo ante quienes los acusan de “cómplices del kirchnerismo” o atacan con frases hechas como “sabían quiénes eran los dueños”.

 

El caldo de cultivo estaba preparado. Sólo faltaba que empezara a germinar. Y el gremio de prensa no tardó en encender las luces de alerta. Las comisiones internas de AGEA-Clarín y Tiempo Argentino se sacaron una foto conjunta y emitieron un comunicado en el que sentaron posición ante el escenario político nacional y “en defensa de las conquistas y de las condiciones de trabajo”, dice el texto, difundido a través de redes sociales. También hace una explícita solicitud a las nuevas autoridades del Ejecutivo: que se “comprometan a garantizar todos los puestos de trabajo”. Hacen eje en una idea: las y los trabajadores no son la patronal ni determinan la línea editorial.

 

“Esa acción implicó un posicionamiento clave porque habilitó y dio paso a una campaña en la que resaltamos el derecho al trabajo, no la pluralidad de voces”, sostiene Alfonso. “La pluralidad de voces es un concepto patronal, es la libertad de empresa. Significa que pueden hablar (el dueño de Editorial Perfil, Jorge) Fontevecchia, (el de Clarín, Héctor) Magneto y Szpolski. Los trabajadores de prensa no tenemos que defender eso, sino la libertad de expresión y el derecho al trabajo, además del derecho a la información de la población, porque, en definitiva, es la preservación de ese derecho lo que garantiza los nuestros.”

 

Durante ese mes, las y los trabajadores del Grupo 23 se abroquelaron en el plenario de delegados y delegadas del conglomerado de medios y los reclamos hacia la empresa se realizaron de manera conjunta. Las medidas de protesta fueron in crescendo. Hubo quites de firmas y colaboraciones. Incluso convocaron al Ministerio de Trabajo para que obligara a la empresa a cumplir con sus obligaciones, porque advertían que estaban en riesgo el cobro del salario y los puestos de trabajo. “No nos dieron pelota”, afirma Randy. Ya resonaban los ecos del vacío total.

 

Fotografía: Rabia
Fotografía: Rabia

 

“El nivel de organización no fue casualidad. Tuvo que ver con lo que construimos en los seis años del diario. La gimnasia gremial y asamblearia se vio en cómo resistir a este tiempo”, analiza Alejandro Wall, delegado e integrante del Consejo Directivo de la cooperativa.

 

 

La historia de Tiempo Argentino se entiende de la mano del conflicto que atravesó el Grupo 23, un conglomerado de sociedades anónimas, independientes una de la otra, cuyos directivos y recursos financieros eran compartidos y solían cruzarse de un lado hacia el otro. El Grupo estaba conformado por Radio América, Tiempo Argentino (editado por la empresa Balbruck SA), Revista Veintitrés, Radio Vórterix, el portal de noticias Infonews, el canal CN23, la empresa de revistas Premium —Forbes, Newsweek, Cielos Argentinos y 7 Días, entre otras— y la empresa de servicios Comunidad Virtual, además de los zonales de El Argentino (en la Ciudad de Buenos Aires, zona norte, zona sur, Córdoba, Rosario y Mar del Plata), de los que dependían (dependen) unos 800 trabajadores y trabajadoras.

 

Todas estas firmas estaban bajo el mando de Szpolski. A él lo acompañaban sus socios Matías Garfunkel y Darío Richarte, como los más reconocidos. Es secreto a voces que detrás del escenario también se encontraría el auditor general de la Nación y entonces operador kirchnerista en el ámbito judicial, Javier Fernández.

 

La clave: no hay documento público que acredite que Szpolski es el dueño del imperio. Y, pese a que la comisión interna intentó acceder a más información, de parte de la Justicia siempre obtuvo respuestas negativas.

 

Desde su nacimiento, el 16 de mayo de 2010, trabajadores y trabajadoras de Tiempo vieron el crecimiento exponencial de la empresa. Un año después, se mudaron de una oficina sin ventanas en Uriarte al 1600 al edificio de Amenábar 23, en Palermo. La publicidad privada como la pauta oficial se mantenían en las páginas del matutino. La escalada fue hasta principios de 2015, cuando, tras la muerte del fiscal Alberto Nisman, en las finanzas del diario se sintieron algunos efectos colaterales: hubo problemas en los pagos y en los aportes patronales.

 

Randy señala que los vínculos con la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE, luego Agencia de Inteligencia y hoy Agencia Federal de Inteligencia, AFI) se hicieron sentir. Los actores en escena son: Juan José Gallea, quien ofició como gerente financiero en el Grupo 23 y hoy cuenta con un cargo similar en la AFI; y Ezequiel Mutti, gerente general cercano a Enrique “Coti” Nosiglia. Todos, afirma el delegado, cercanos al exespía Jaime Stiuso, que terminó enfrentado con el Gobierno pasado. Este entramado habría permitido a los respectivos dueños tener la capacidad de armar cáscaras vacías y quedarse con la guita.

 

 

Macri y su equipo ya habían tomado las riendas del Ejecutivo nacional. Las consignas #NoAlVaciamientoDelGrupo23 y #LosTrabajadoresNoSomosLaVariableDeAjuste se replicaban en las redes sociales, luego de que la empresa incumpliera con la promesa de pagar salarios y aguinaldos a término. Comenzaba a arder el asfalto y se empezaba a medir el pulso de la lucha, que cada vez tronaba más fuerte.

 

El mediodía del martes 29 de diciembre fue la primera movilización. Junto con el Sindicato de Prensa de Buenos Aires (Sipreba), comenzaron frente a las oficinas del Ministerio de Trabajo de Alem al 600 un recorrido por las dependencias del Estado en pedido de auxilio. Las personas afectadas por la falta de pago habían pasado de 60 a casi la totalidad de las y los laburantes del Grupo. En Tiempo Argentino, mientras tanto, se enteraban de que el diario no saldría el 2 de enero.

 

“Nos volveremos a encontrar en la edición del 3 de enero, pero también en la calle, junto a nuestros compañeros. Así recibiremos el año 2016: de pie, con el orgullo de nuestro esfuerzo, con la alegría de nuestra asamblea y con el compromiso profesional de siempre”, escribieron en una carta a los lectores desde la asamblea del diario. Mientras, Matías Garfunkel se lavaba las manos vía Twitter y responsabilizaba de la situación a Szpolski.

 

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Fotografía: Rabia

 

“En ese momento pensábamos en una salida empresaria, en alguien que viniera a comprar el diario”, rememora Federico Amigo, redactor de deportes, ahora a cargo de las suscripciones de los lectores. Aunque la incertidumbre apabullaba, aún existía la esperanza de que de alguna forma la cosa se resolviera. Así transitaron enero.

 

Subía la temperatura, empezaba a hacer calor. El conflicto llevaba a la calle a las y los trabajadores casi dos veces por semana. Si no era en la sede de Trabajo, era en Callao o en las oficinas de Szpolski, o espontáneamente en la puerta de alguna de las redacciones. Evaluaban qué medida de fuerza implementar para que el impacto fuera contundente. La visibilización del conflicto, la exposición de los responsables y la intervención del Estado fueron los tres ejes que signaron la lucha ante las evasivas y las promesas incumplidas, devoluciones sistemáticas.

 

Un cántico se popularizó en cada marcha, encuentro o conferencia de prensa:

 

Che, Sergio Szpolski,
mirá qué distintos somos:
naciste vaciando empresas
y nosotros poniendo el lomo.
¡Esto no da para más!
Aunque te vayas a Disney
te vamos a ir buscar.
Decile a Richarte
y a Garfunkel también.
Mariano Martínez,
tenés que saber que
con las familias no pueden jugar.

 

Hicieron varias presentaciones ante la cartera laboral. Acumularon diez audiencias. Quince. Veinte. Siempre sin respuestas.

 

Pero no estaban solos. Cada vez estuvieron menos solos: a las marchas se sumaron los hijos e hijas, las familias enteras, los amigos, los extraños. Puertas adentro, algo cambiaba: descubrían las historias de vida y los porqué de un otro con quien quizá la mayor relación que habían tenido en años había sido un “hola” al pasar.

 

Al cabo de un lockout patronal y otro par de incumplimientos, Szpolski levantó el teléfono y avisó que Tiempo Argentino y Radio América habían pasado a manos del empresario correntino Mariano Martínez Rojas, quien nunca demostró solvencia ante las autoridades competentes como para gestionar ambos medios.

 

Se acercaba la primera experiencia autogestiva de los laburantes de Tiempo.

 

 

Ya acumulaban cansancio y había cada vez menos paciencia hacia la patronal: “Szpolski, Garfunkel, sus asociados y Martínez Rojas” son todos responsables, acusaban cada vez con más bronca. Necesitaban sacudir el cuerpo, renovar las energías, y decidieron hacer un festival en Parque Centenario el 31 de enero. Llamaron a las bandas: La Bersuit, Las Manos de Filippi y Acorazado Potemkin, entre tantas más. También participaron Liliana Herrero y Chango Spaziuk, y estuvieron como invitados especiales el periodista Víctor Hugo Morales y Taty Almeyda, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. “Nosotros aquí estamos resistiendo, de esta manera, dando la cara, abrazándonos en la plaza democráticamente, haciendo el aguante como corresponde”, lanzó Morales ante una multitud que lo ovacionó.

 

Fotografía: Rabia
Fotografía: Rabia

 

Allí, periodistas, diseñadores, fotógrafos y maestranzas aprendieron a coordinar el detrás de escena de un inmenso escenario, a cocinar choris y patis para miles de personas, a poner la cara para pedir dinero para el fondo de lucha. No hubo mucho lugar para las emociones: apenas abierto el festival ya escaseaban comida y bebida. Y más entrada la tarde, hubo que conseguir luces y un generador a las corridas.

 

Más de 20 mil personas exigieron a grito pelado que “paguen los sueldos” cuando desde el escenario de La Bersuit las agitaron. Randy fue quien transmitió el sentimiento, eufórico y con la voz afónica: “¡Este festival nos lo vamos a llevar por siempre en la cabeza y en el corazón! Esto va a ser imborrable para nosotros.”

 

Fue un hecho emblemático en la historia de lucha del gremio de prensa porteño que, por contrapartida, ningún medio masivo cubrió. El festival sólo tuvo una mención de pirulo en Página/12. En palabras de Federico, la razón del cerco informativo: “Los patrones están atravesados por la misma ‘línea editorial’: no quieren que se ponga en duda su condición de patrón porque entra en riesgo la fuerza entre unos y otros. Para nosotros el conflicto del Grupo 23 tiene importancia por lo que representa para adentro, pero también para todo el sindicato. Una derrota o una victoria repercute en todo el gremio y en todos los medios, donde creció el grado de organización. Éste fue el primer gran conflicto del Sipreba y para los patrones no era indiferente ganar o perder la pelea”.

 

Cada vez fueron más las solidaridades y las muestras de apoyo de los lectores y de organizaciones políticas y sociales de distinto color. En el festival, por ejemplo, flamearon una al lado de la otra las banderas del PTS, el MST, el Frente de Izquierda, La Cámpora y Nuevo Encuentro, entre muchas otras. Aunque al kirchnerismo, es cierto, le costó un poco alzar las suyas. Varios referentes políticos del Frente para la Victoria acercaron su solidaridad más de una vez, pero nunca dieron con el paradero de quien disputó la interna en Tigre como candidato a intendente por su espacio político.

 

Los días de resistencia siguieron multiplicándose y algunos comenzaron a gastar sus ahorros. Otros tuvieron que buscar un nuevo lugar para vivir: ya no podían pagar el alquiler. Hubo quienes debieron suspender el proyecto de la casa propia. Comenzaron a caerse las tarjetas de crédito. “No puedo pagar más el abono para ir a la cancha con mis hijos, ¿podés creer?”, decía Alejandro en alguna de tantas actividades gremiales.

 

 

“Que los que adeudan salarios los paguen”, dijo Macri en una de sus primeras conferencias de prensa, ante la consulta de un periodista por la situación que atravesaban en Tiempo y demás empresas del Grupo 23. Sin embargo, nunca usó las herramientas de las que dispone el Estado —como el Programa de Recuperación Productiva (Repro)— para garantizar la continuidad de los puestos laborales ni destinó la deuda de la pauta oficial a las manos de los trabajadores. Fue (es) tal la indiferencia del Gobierno que Alfonso afirma que en marzo descubrieron que el expediente que solicitaba el programa había sido “cajoneado”. “Pedimos una solución política, que la documentación pasara al edificio de Alem significaba eso; pero en medio de una audiencia supimos que estaba frenado.”

 

 

Malena Winer, jefa de correctores y ahora tesorera de la cooperativa, resume los cuatro meses que pasaron en pie de lucha antes de armar la cooperativa: “Abandonos empresariales, compras fraudulentas, un ministerio que no nos dio respuesta, que parece un ministerio de empresa más que de trabajo”. Soledad Quiroga, fotoperiodista del diario, dice que “la sensación es como de haber vivido un año por cada mes desde que comenzó el embate”. También se percibe que por cada día transcurrido cada compañero pasa a ser un amigo.

 

La novedad de que el diario saldría de circulación llegó el 5 de febrero, y ante esa situación la asamblea votó de manera unánime y masiva por una “permanencia pacífica en custodia de los elementos de trabajo”. Informe mediante al Ministerio de Trabajo, las y los trabajadores se lanzaron una vez más a dar la lucha con alegría y en uso de ella. Era fin de semana de carnaval y febrero se presentaba con calores agobiantes y lluvias tropicales. Entonces armaron un calendario con actividades para cuatro días.

 

De las manos de Pablo Tomasello, Julián Martínez y Julio Giménez, y de tantas otras más que se turnaban, llegaron la comida y las bebidas. Al mando de Wally, integrante del equipo de Sistemas del diario, sonaron unas cuantas cumbias y música disco ochentosa, y Gimena Fuertes revoleó sus rulos siguiendo el ritmo, entre compañeros, vecinos, familiares y amigos. Ni la lluvia de madrugada paró los pasos de baile sobre el asfalto mojado. Durante los días siguientes se proyectaron películas y se realizaron radios abiertas. Dentro de la redacción, un espacio se convirtió en depósito: alimentos no perecederos, pañales y enlatados estaban separados en bolsitas para quienes los necesitaran. Con su hija pequeña reclamándole ir al cine “de verdad”, Diego Martínez, fotógrafo, llevó a su casa algo para comer.

 

Fotografía: Gala-Abramovich
Fotografía: Gala-Abramovich

 

“Cuando encarás una lucha muy grande y ves que pasa el tiempo y no llega un resultado positivo, una bocanada de aire y nada pasa, nada ocurre, llega un momento en el que atinás a bajar los brazos”, dice Jonathan Raed, redactor de deportes, minutos antes de que llegue la primera edición del diario autogestionado. Así y todo, ante cada puerta cerrada respondieron con el lema tantas veces repetido por Claudio Mardones, representante sindical del diario: “Creatividad en la adversidad”.

 

Entre tanto, el trajín comenzó a ser publicado en el boletín Por Más Tiempo, la página web de los laburantes. Algo que, acaso sin querer, funcionó de placebo para el vicio de la pluma.

 

 

Los primeros días de toma, la redacción se llena de budines y tortas para el mate. ¿Se quedan las mujeres? ¿Cada uno duerme en su lugar de trabajo en la redacción?

 

Las secciones se transforman en una habitación llena de colchones, almohadas y bolsas de dormir. Se arman cuartos en los espacios vacíos. En definitiva, cada uno duerme donde más cómodo se siente. Donde puede, si es que puede.

 

Las paredes están decoradas con tapas intervenidas. Ahí está Szpolski con sonrisa en una Forbes que lo presenta como “el vaciador de la década”. Ahí está de nuevo en la 7 Días, pero junto a Garfunkel y Victoria Vanucci, cortando un pastel; dice “los dueños de la torta”.

 

De las ventanas cuelga una enorme bandera con la consigna “no al vaciamiento del Grupo 23”. A veces se le suma otra que reclama “paguen los sueldos”.

 

Diego es hijo de Jorge Belauzarán. Un flaquito veinteañero, medio despeinado, de barba y bigote tupidos. Lleva una cámara como extensión suya, registra todo y sube los videos al Facebook de Por Más Tiempo. Lucía, la hija de la editora de Cultura, Mónica López Oncón, transforma por un rato un espacio de la redacción en una peluquería y borra de la vista ojeras, barbas y caras blandas a meta peinado. Otras veces, llegan Julieta, Salvador, Nina, Sofía, Camilo, los hijos e hijas que acompañan a padres y madres.

 

El conflicto cala hondo y la discusión colectiva trasciende al campo de lo personal. Las necesidades de cada quien por el devenir comienzan a sentirse más fuerte. Y, aunque todos sostienen la determinación de seguir la lucha, el bolsillo ajusta y el contexto convierte la salida a buscar trabajo en un acto de supervivencia. Hay quienes optan por acompañar desde afuera.

 

 

En febrero, el Departamento de Relaciones Laborales Nº2 exculpó al empresario Martínez Rojas de pagar una multa de entre 500 mil y dos millones de pesos por los reiterados rumores de una nueva venta. Las y los trabajadores se sentían como en un inmenso tanque australiano con las paredes bien altas, sin salida, y con cada vez menos aire.

 

Fotografía: Gala Abramovich
Fotografía: Gala Abramovich

 

El oxígeno se lo dieron lectoras y lectores, vecinos que llegaron de diferentes lados. Hasta cartoneros, o un señor que se enteró del conflicto y prestó su puesto ambulante para hacer patis. La solidaridad reunió más de 700 mil pesos de fondo de lucha.

 

Para retomar fuerzas, salieron dos ediciones online, hiperviralizadas. La historia todavía no terminaba.

 

 

En la pared de la redacción ya no están las tapas de las revistas intervenidas. Hay un calendario que marca los días en los que cada quien se queda y un cartel blanco escrito con fibrón: “Patrón rima con ladrón”.

 

 

Es 3 de marzo. Hace calor en la calle. El sol pega en la espalda, hace transpirar, molesta. Patricia Bullrich, ministra de Seguridad nacional, ya dio a conocer el protocolo antipiquetes, que da lugar a las fuerzas de seguridad para que actúen a gusto. Al mediodía, cientos de trabajadores y trabajadoras, nuevamente acompañados por organizaciones sociales y políticas, están apostados en la 9 de Julio, desafiando la medida. Las gomas encendidas llenan de hollín las caras. Jesús Cabral, morocho fornido, redactor de policiales, golpea el bombo sin parar. Se pasa el brazo por la frente, se seca la transpiración, y sigue. Prácticamente vive en la redacción, y las marcas de las ojeras dicen que descansa poco. Se le sienten la bronca y la angustia a ese bombo.

 

La intención es que el jefe de Gabinete, Marcos Peña, acceda a una reunión. Una hora, dos, pero no hay novedades. Nadie se asoma del otro lado del mostrador para ver al menos qué pasa. La única respuesta es la cana parapetada, cada vez más cerca de la movilización, como si tuviera ganas de agitarla. La marcha sigue hacia Plaza de Mayo. Flamean las banderas, y las fuerzas de seguridad ahí, siempre cerca. Se hace tarde y ya no hay tanto ímpetu para cantar, pero suenan bombos, redoblantes y las patadas al vallado que nos frenan hacia Casa Rosada.

 

 

Es junio. Las obras sociales están caídas por falta de aportes y discontinúan los tratamientos médicos para enfermedades crónicas, como la diabetes y el cáncer. Aquí hay mujeres embarazadas. El monto total de los cheques rechazados por la prepaga Osde es de 45.661,47 pesos hasta marzo.

 

 

Había que virar la dirección. Y la dirección periodística propuso realizar una edición especial para el 24 de marzo, Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia. Las y los trabajadores lo prepararon, lo agitaron por las redes e hicieron una preventa. En un acuerdo inédito con la Gráfica Patricios, también cooperativa, imprimieron 30 mil ediciones del diario que venderían a un precio sugerido de 20 pesos. Por la mañana temprano de aquel jueves de marzo instalaron gazebos a lo largo de Avenida de Mayo. “Pensábamos que no llegábamos a vender 15 mil ejemplares, como mucho”, cuenta Raed. Pero los manifestantes se los sacaban de las manos. Hubo quienes pagaron mucho más del doble por su ejemplar. “A las 13, tuve que empezar a mandar mensajitos porque en mi puesto nos quedamos sin diarios. Era una cosa impensada, agotamos. Y la gente cuando se daba cuenta de que no podía comprar el diario, aportaba al fondo de lucha”, recuerda Winer, y corta las palabras para no ponerse a llorar.

 

La hazaña del 24 de marzo les marcó los pasos. “La frase que más repitieron las personas que se acercaban era ‘no nos abandonen, no nos dejen porque no tenemos quién nos represente’, y ése fue el principal motor para determinarnos a avanzar en la conformación de la cooperativa. Y la idea es ésa, representar esa voz que creemos que no está siendo representada”, analiza Adrián Murano, jefe de redacción.

 

 

Los pasos se dieron uno a uno: llevaron a cabo acciones gremiales, políticas, judiciales y artísticas. Ya funcionaban en comisiones, repartiendo tareas, como muchos medios autogestivos. El conflicto los había cargado de tareas alejadas de la dinámica de las rotativas.

 

Fotografía: Rabia
Fotografía: Rabia

 

Es 19 de abril y cada quien se acomoda en su lugar de trabajo, pero parecen estudiantes secundarios. Al momento de tomar lista, ríen y cargosean a los compañeros.

 

Con dos votaciones —en presencia de autoridades del Instituto Nacional de Asociativismo y Economia Social (Inaes)—, eligen a sus representantes. Javier Borelli y Randy Stagnaro como presidente y secretario. Malena Winer, tesorera, hace curso acelerado de contabilidad e impuestos en un cuadernito. Los consejeros son Alejandro Wall, Julia Izumi, Adrián Murano y Martín Piqué, más los síndicos Claudio Mardones y Alfonso Villalobos. Gustavo Cirelli sigue siendo el director periodístico. “Sabemos que esta tarea va a ser muy difícil, que no va a ser rentable en el corto plazo, pero si estamos acá es porque creemos que es posible, y para hacerlo tenemos que estar todos”, son las primeras palabras de Borelli en su flamante puesto.

 

Desde entonces, en la redacción ya no se siente como si el tiempo se hubiera estancado. Es difícil hacer que alguno se siente a charlar un rato en medio del trabajo. “Esto es un paso adelante. Una demostración de poder ante la patronal corrupta que nos estafó”, sentencia Jesús Cabral. Ahora parece bien dormido. Se cortó el pelo.

 

“Cuidar la limpieza y al compañero”, reza un cartel pegado en la pared del descanso de la escalera.

 

 

Balbruck SA acumula hoy una deuda de seis meses de salarios impagos de 200 trabajadores y trabajadoras, más aguinaldo y demás aportes. Quienes decidieron no ser parte de la cooperativa siguen en contacto con sus compañeros y, en conjunto, accionarán legalmente contra los empresarios vaciadores. “Exploramos todo lo que tuvimos a mano antes de llegar acá y agotamos todas las instancias. Ahora, tenemos que poner pilas para que salga el diario sin dejar de lado el reclamo para que nos paguen por todos estos meses trabajados”, remarca Borelli.

 

 

Es 24 de abril, domingo. Tiempo Argentino llega a los kioscos de la Ciudad de Buenos Aires, GBA y La Plata. Se agotan sus 30 mil ejemplares en las primeras horas de la mañana. Volvió Tiempo, pero con una diferencia de organización y eslogan: “Somos dueños de nuestras palabras”.

 

 

El aviso de desalojo llegó hace unas semanas al edificio de Amenábar 23. El lunes pasado, durante la primera audiencia, los dueños del inmueble —el grupo inversor SFP3 SA, de origen suizo, cuyos titulares son Hans Peter Albert Bauer y William Joseph Bateman— rechazaron cualquier acuerdo y solicitaron a la Justicia el “desalojo anticipado”.

 

Mientras, las y los trabajadores diseñan el Tiempo Argentino del próximo domingo. Entre asambleas, también arman un especial para el Bicentenario de la Independencia. Cada paso, atravesado por un solo objetivo: tener trabajo.

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GEN
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