Un grupo de HIJOS de desaparecidos y asesinados por los genocidas que perpetraron la última dictadura militar argentina intentó, mediante la familia de las artes plásticas, (auto)definirse desde aquello que siempre les faltó: un papá y una mamá. Así nació Huachos, una muestra que permanecerá disponible en la Legislatura porteña hasta fin de mes.
Por Luciana Bertoia
Fotografía Tomás Ballefin Benites
Buenos Aires, marzo 23 (Agencia NAN – 2012).- Hurbinek no tenía nombre. Otros prisioneros de Auschwitz lo habían bautizado así. Tenía tres años y estaba paralítico. Toda su vida parecía concentrarse en sus ojos, que saltaban con preguntas y que buscaban las palabras que nunca nadie le había enseñado. Una noche, otro chico del campo de concentración dijo que Hurbinek por fin había hablado. «Mass-klo mastiklo», trató de articular el pequeño mientras tuvo vida. «Hurbinek murió en los primeros días de marzo de 1945, libre pero no redimido. Nada queda de él: el testimonio de su existencia son estas palabras mías», escribió el sobreviviente Primo Levi en su libro La tregua. ¿Cómo hablar cuando la palabra no basta? Parte de esa búsqueda es la que emprendió desde finales de 2010 el Colectivo de Hijos (CdH). Algunos de sus obstinados intentos por apropiarse de un lenguaje que exprese más allá de lo dicho pueden rastrearse en la muestra Huachos, un cúmulo de collages, afiches, e intervenciones artísticas. “Lo importante tiene que ver con el concepto de la obra: instalar en el espacio público una reflexión de la propia condición de huérfanos. Esta obra tiene más que ver con interrogantes que con respuestas», disparó Águeda Goyochea, una de las integrantes del colectivo. La muestra podrá visitarse en la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires (Perú 130) hasta el viernes 30.
«Somos un colectivo que agrupa a huérfanos producidos científicamente por el genocidio», definió al CdH Águeda. «Habría sido más fácil decir que somos hijos de desaparecidos y asesinados. Pero hay una parte de la historia que estamos pugnando por escribir: Somos huérfanos», completó y puso así en juego el intento que desde el grupo entablan sus miembros para situarse como sujetos de una historia, como las víctimas muchas veces invisibilizadas del genocidio que la última dictadura (1976-1983) perpetró. «Una militancia que nosotros tuvimos en un momento que tenía que ver con reivindicar la lucha de nuestros padres y entonces denominarnos ‘hijos de’. Al hablar de huérfanos, de guachos, estamos hablando de nuestra historia, de nosotros», explicó a NAN María Toninetti.
HUACHOS
¿Cómo representar la orfandad? ¿Cómo la sociedad nombra a un niño o niña que no tiene padres? El CdH presenta en su muestra, a modo de poema visual, las más crueles respuestas. Paria. Desguarnecido. Desventurado. Desamparado. Asilado. Adoptivo. Huacho. “El tema de Huachosera algo que venía atravesando muchísimas cuestiones del Colectivo. Era algo que veníamos viendo a partir de cómo nos nombrábamos y también cómo otros nos nombraban, cómo otros representan la figura de una persona huérfana por causa del genocidio. Una de las líneas que habíamos planteado de trabajo para este año era hacer una genealogía, a lo largo de la historia de nuestro pueblo, de cómo se llamaban a quienes no tenían padre o madre. Empezamos a buscar y era muy fuerte encontrar la carga negativa que hay con respecto a esto», relató Águeda.
Dentro del CdH, existe un espacio de creación artística colectiva: el CdC. Jugando con la sigla que designa a los centros clandestinos de detención (CCD), el CdC emerge como un campo de creación y desde ese ámbito se pensó Huachos. «En los CdC los compañeros traían imágenes llamativas de cuál había sido a lo largo de la historia lo que son niños en hospicios, en asilos, y cómo se hacía mención. Recuerdo una carta de Domingo Sarmiento en la que decía que había que aniquilar a todos los huérfanos, que era algo que había que extirpar de esta sociedad. Empezamos a reflexionar desde el Colectivo el lugar que la sociedad le dio a esto. ¿Cómo se nombra la desaparición de nuestros padres? «, compartió Águeda.
En la sala de exposiciones de la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires se ensamblan diferentes obras y diferentes técnicas. Sin embargo, los collages ocupan un lugar privilegiado. «Yo creo que, a nivel de reflexión, es llamativo que la primera incursión artística que hicimos haya sido por ese lado. Si nos ponemos a pensar, el collage tiene que ver con el recorte de unas imágenes previas, con el rearmado, con actividades que están muy asociadas a la primera etapa en la vida de una persona: el recortar, el armar, el combinar figuras», interpreta Águeda. Pero la elección no parece ser casual si se hojea el Manifiesto de la agrupación: «Buscamos un lenguaje propio. Trabajamos sobre lo que nos legaron, recortamos, pegamos, rearmamos, agregamos y quitamos. Hacemos lo propio, lo nuestro».
Aunque no sólo hay collages. Afiches. Una cinta de Moebius ocupa el centro del salón en la que se lee infinitamente: «Pobrecita, nunca podrás reponerte de semejante desgracia». También, una rueda de la fortuna “loca” se asoma desde un costado de la sala y muestra cómo el azar puede mediar a la hora de ser alcanzados por las leyes reparatorias estatales. «Hay muchísimas herramientas- contó Águeda- que hemos explorado: la mono-copia, los esténcil, los collages, el ensamblado, el mural. Lo importante tiene que ver con el concepto de la obra, que tiene que ver con instalar en el espacio público una reflexión de la propia condición de huérfanos. Esta obra tiene más que ver con interrogantes que con respuestas».
ARTE Y POLíTICA
El CdH se asienta en tres patas: la investigación, el arte y la política. «Porque buscamos respuestas, porque indagamos y ensayamos. Porque inventamos un lenguaje hecho de imágenes, textos, corriendo el límite de lo posible», así lo explican sus integrantes. Águeda Goyochea, María Toninetti y Juan Manuel Torrez relataron a NAN cómo lograron articular estos tres objetivos.
–¿Por qué eligieron el arte como una forma de expresión?
AG:– Más que una elección, diría que varias cuestiones confluyeron por ahí. Hay varios compañeros que se dedican al arte, vienen de ese espacio. Además entre ellos, antes de la conformación del Colectivo, circuló el arte y también fue un espacio de reencuentro. La obra de estos compañeros está atravesada por su historia, por su experiencia. Esto no significa que las imágenes sean literales. Creo que también eso ayudó a germinar el Colectivo, encontrarnos en estos espacios, participando de las muestras de estos compañeros y viendo que había búsquedas de otro lenguaje, como es el arte. Creo que el tema del arte dentro del colectivo es casi como una herramienta necesaria para poder pensar la experiencia. No solamente la palabra nos ayuda en esto, sino que a veces la palabra se queda corta para trabajar las representaciones. Creo que no fue un objetivo buscado. No nos lo propusimos. Tiene que ver con la práctica misma de los encuentros en el Colectivo y cómo los compañeros que venían desde lo artístico pusieron distintas herramientas en juego que todos empezamos a tomar y ahí surgió algo muy potente: el CdC.
–¿Cuál es la importancia del CdC?
AG:– El CdC no nació como un espacio que tenga como objetivo realizar muestras desde el punto de vista formal, como podría hacerlo un grupo de artistas que piensa que después del trabajo hay una instancia de salir al exterior. Sin embargo, en este espacio que empieza a dialogar con otros, empiezan a abrirse otras instancias, donde hay otros interesados en conocer y saber cuáles son las líneas de reflexión que vamos trazando. Por eso, los primeros lugares en los que participamos fueron lugares en los que nos invitaron a presentar nuestras obras. Ninguna muestra se repite con otra, porque tiene que ver con cómo se van agrandando no sólo el cúmulo de obras, sino la experiencia y cómo nosotros vamos profundizando. Lo de Huachos tiene que ver con uno de los CdC. Nos juntamos a trabajar ya sabiendo que habíamos sido invitados por la Legislatura y a terminar de armar el concepto de la muestra: qué queríamos mostrar en la Legislatura, que es un espacio eminentemente simbólico.
MT:– Un poco también tiene que ver con darnos a conocer. Nuestros proyectos y líneas de pensamiento en las que venimos trabajando van a estar.
MT:– Un poco también tiene que ver con darnos a conocer. Nuestros proyectos y líneas de pensamiento en las que venimos trabajando van a estar.
–¿Por qué vieron la necesidad de agruparse en el Colectivo de Hijos?
AG:– Varios de nosotros venimos de haber militado en HIJOS. Había ciertos compañeros que se conocían y hasta tenían establecida cierta agrupación a partir del arte. También había compañeros que venían de distintas experiencias de militancia, más allá de los organismos: sindical, estudiantil. El Colectivo es una confluencia de distintos recorridos y la posibilidad, en este contexto histórico, de poder reencontrarnos. Esto nos habilita a pensar la condición, la experiencia en relación al genocidio. A diferencia de otros espacios que transité, en el momento que nos reencontramos acá, lo que estaba confluyendo era la idea de cómo hacemos para nombrar lo que nos pasa a nosotros y cómo hacemos que lo que atravesamos también tenga cabida dentro de cómo se cuenta la historia de nuestro pueblo.
MT:– Desde el principio, una característica del Colectivo fue dialogar con otros actores políticos y sociales en la construcción de las líneas de pensamiento. No sólo con organismos, sino planteando una ampliación del campo de los derechos humanos.
— ¿El cambio en la mirada no viene también de la mano de la adultez?
AG:– Yo me acordaba un poema de Tejada Gómez que decía algo así como: «Que cuando niño, no tenía palabras». Hoy uno lo puede hacer desde la adultez y porque el tiempo político lo habilita. Si otro fuera el contexto, si otras fueran las urgencias, si otra fuera la negativa de esta sociedad al reconocimiento de lo que sucedió, nosotros tendríamos que estar en otra instancia. Por eso, se puede pensar en uno mismo.
–¿Por qué surgió la necesidad de discutir las políticas reparatorias implementadas por el Estado para las víctimas de la dictadura?
AG:– Por un lado, es todo muy reciente pero, por otro, ha pasado un tiempo prudencial para que las acciones del Estado den cuenta de eso. Historizarlo nos permitió advertir que el tema no era solamente incidir desde una demanda concreta. Compartíamos una condición y, sin embargo, desde lo que el Estado reconoció, clasificó, ordenó e intentó reparar, cada uno de nosotros tuvo una suerte distinta. Si nos quedamos en la que se conoció como la «Ley de Hijos», advertíamos que no todos los hijos entrábamos. Hay dos leyes que para mí son centrales. Una es la 24.411, que reconoce la figura de la desaparición forzada de personas, y, por otro lado, la mal llamada «Ley de Hijos» (Ley 25.914). Con todas las críticas que podemos advertir frente a esas nominaciones que hace el Estado, a su vez tienen algo fundamental: el Estado hace un movimiento por reconocer, por intentar nombrar, por dar cuenta de algo que sucedió. Estas leyes comparten la intención de mensurar, de calcular cuál fue el daño, cuál es el delito, cómo se afectó y cómo el Estado reconoce esa afectación. Se traducen en dinero. En definitiva, eso es obturar algo que nosotros queríamos abrir para pensar. Cuando uno tiene una obligación, la cancela con dinero y entonces ya no debe nada. Cuando la plata fue una respuesta posible por parte del Estado en un momento dado, quizá ahora sea insuficiente o no se corresponda con la situación de las personas a las que va dirigida. En el imaginario están los «hijos de los desaparecidos», pero dónde están, cuántos son, en qué provincia viven, cómo fue su vida, qué dificultades tuvieron que atravesar.
JMT:– Hay una situación de desamparo hasta el día de hoy y las deudas del Estado no se cancelan solo con plata.
–¿Qué debería hacer el Estado para reparar?
AG:– Un concepto de reparación debe partir de un concepto cierto: hay cosas que son reparables y otras que no. Esto no significa que el Estado desatienda su obligación de intentar reparar. El Estado no puede volver el tiempo atrás y decir: ‘Evidentemente, estos niños, niñas, adolescentes necesitaban en ese momento una cobertura de salud, educación y vivienda’. No estuvo ahí para hacerlo, al contrario. Nos dejó en situación manifiesta de desamparo y se encargó de negar sistemáticamente lo sucedido. Hay que habilitar una escucha en el espacio público, no solamente para lo que la sociedad hasta ahora está dispuesta a escuchar sino para cosas que nunca se planteó hasta ahora.

