
Por Daniela Rovina
“De los lugares de mierda salen las historias más divertidas”, sentencia el dramaturgo, director y clown, Walter Velázquez. Y lo dice con conocimiento de causa, porque una noticia de mierda inspiró She smiles, comedia musical de su autoría que presenta los viernes a las 21 en el Teatro Anfitrión (Venezuela 3340, Ciudad de Buenos Aires). “La obra la escribí después de que me diagnosticarán una enfermedad. Fue una necesidad”, confiesa. Sentado en el piso de un gélido pasillo del Teatro Cervantes (donde presenta el infantil El Capitán Beto, un aventurero del espacio), recuerda la crueldad del momento, el terror de la incertidumbre: “De la impresión, sentí que el alma se me despegaba del cuerpo”. Esa primera imagen fue la piedra fundamental de la historia de Azafata, Ausencia, Dolores, Soledad y Alma, cinco telemarketers de un call center estatal al que acuden suicidas, disconformes y víctimas del sistema. Todo al ritmo de edulcoradas melodías de Stevie Wonders que las actrices cantan y bailan en vivo.
“Es un call center al que la gente llama para mejorar su estado. Es una mierda porque laburan encerradas, conectadas al afuera por unas líneas de teléfono. Quise exponer esa explotación laboral y, a la vez, representar algo que se ve a diario: personas que se levantan todas las mañanas y salen a laburar por dos mangos. En ese sentido, la obra tiene una mirada política aguda”, define el dramaturgo. En la puesta, esa postura construye un relato teñido de “realismo mágico”, tan tragicómico como la agridulce existencia de estas pibas, desilusionadas como quienes solicitan su contención telefónica. De eso hablan sus largas catarsis, sus confesiones cómplices al público: de los golpes recibidos, de un cáncer recién detectado, de la soledad y la orientación sexual.
Así como hay lugar para las lágrimas, la risa se abre camino entre los exámenes de consciencia del quinteto protagónico. Por ejemplo, cuando las almas de las telefonistas se materializan en cuatro títeres de silueta fantasmagórica, que lavan sus penas en una fuente rodeada por un jacarandá luminoso, mientras fuman porro y celebran frases de Alejandro Jodorowsky. “No me gusta arrancar con una historia feliz para terminar en algo terrible —dice el director—. Desde el fondo no queda otra que ir para arriba”.

—La obra parece una parábola “antisistema” pero contada desde un escenario ineludiblemente capitalista.
—Los call center son rarísimos. Te quedás con un auto en la ruta y te atiende un colombiano. Sin dudas es el lugar donde se limpia la mierda. Pero no creo que esta obra atente contra el sistema. Es la historia de David, el pequeño laburante, y Goliat, el gigante, la corporación; las cuatro o cinco personas que te manejan la vida, que están en “la suya” y no en “la nuestra”. Donde sea que te pares, te enfrentás con esto. ¡Es tan fácil hacer las cosas mejor! Sin embargo, y aunque sea más difícil, se insiste en hacerlas mal. She smiles es la búsqueda de un lugar para que aparezca la persona más débil.
—Tus obras suelen abordar la vida en la ciudad y las rutinas estresantes. Por ejemplo, en Zubiria y Vergara mostrabas la violencia entre colegas en un estudio de tevé. ¿Dirías que es un leitmotiv?
—Es cierto, estas son historias urbanas. Nunca se me ocurrió hablar sobre un tipo que cuida una oveja. Ahora estoy escribiendo una historia de dos actores que se conocen en un casting y nunca los toman porque son malísimos. Y esa también es una historia urbana. Los castings también son una cagada.
—¿Es común que recurras a sucesos de tu vida como fuente de inspiración?
— Cada obra tiene que ver conmigo; pero creo que esta es la más autorreferencial porque, al momento de escribirla, me estaba pasando algo inédito. Está todo puesto ahí adentro, hasta la relación con mi padre, mi madre y mi hermano. La protagonista del espectáculo se llama Ausencia Fungoide y mi enfermedad se llama micosis fungoide. En El Capitán Beto hablo de los cuentos que les contaba a mis hijos por las noches y algunas situaciones se inspiraron en sus miedos.
—Se ven pocos musicales en el circuito Off. ¿Qué te atrajo del género?
—No pienso esta obra como comedia musical sino como teatro con música. De hecho, sólo una de las actrices canta. Las demás son personajes que cantan como lo haría cualquiera en su casa. Ésa fue la búsqueda, como una forma de darle frescura, que es lo que les falta a los musicales.