
Por Facundo Gari
En el profuso arcón de anécdotas de Enrique Symns hay una que dice que, en tiempos de fuertes operativos antidroga, él y sus circunstanciales amigos alquilaron un departamento justo sobre una comisaría para seguir con sus fiestas lisérgicas. La camaleónica estrategia parece replicada por estos días en la guarida que tiene VideoFlims en Agronomía: del lado de la puerta hacia la calle hay una iglesia que atrae a los adoradores de Bergoglio; del otro, hacia adentro, pilas de DVDs de Curas zombies en Azul, de Osvaldo Sudak, una de las últimas gemas que la distribuidora de cine sumó a un catálogo que supera los 70 títulos. La comparación podrá pecar de cierta ingenuidad, aunque no en esencia: este año se cumplen cinco de rebusques de este grupo de amantes de las buenas historias en soporte audiovisual para que el sillón de la modorra, que patea siempre a favor del status quo, no acapare todos los culos, para que la fiesta —esa resistencia alegre que ocurre bajo las narices de los vigilantes del mundo— no pare. Y es una fiesta fabulosa, amigas y amigos, a la que estamos invitados; un imaginario también lisérgico en el que caben muertos vivos, superhéroes sin poderes, ilusionistas mancos, muñecos malditos, psicópatas, veraneantes en zunga, ratones parlanchines y viajeros del tiempo.
Hay una dificultad recurrente al hablar de proyectos autogestivos: la de transmitir el sacrificio en pos de un ideario ulterior, porque “VideoFlims es más grande que sus integrantes”, según remarca Hernán Panessi, acompañado por Pablo Marini y Nahuel Rodríguez en el encuentro con NaN. Se habla del sudor, pero estos pibes parecen bañarse al menos una vez a la semana. Se dice “hecho a pulmón” como si el resto del cuerpo no se comprometiera, como si fuera un gesto de falta de amor propio, de que lo que vas a conocer hubiese sido hecho por mutantes sin pulgares oponibles, porque qué otra cosa puede hacer un pulmón que una pátina de pintura roja. Para comprender VideoFlims o cualquier otra iniciativa de su clase es imprescindible haber amado con locura, valga el romanticismo y, aquí la dificultad, el cliché. Haber amado a una persona, a un grupo, a un club de fútbol o a un ritual como mirar series los domingos en la cama con tu mascota. No importa qué, es indispensable que lo hayas sentido alguna vez y que ese sentimiento que te adjetivaba haya hecho verbo teledirigido hacia un amor sustantivo. Hay que tratar de amplificar ese aquí y ahora, sopesarlo como un sommelier de la eternidad: VideoFlims —que toma su nombre de un aviso clasificado aparecido en Los Simpson— es el amor que hace un lustro expresan sus creadores por el cine. Después se pensarían como propagadores de una cultura aparentemente cada vez menos marginal, como soldados al servicio de unos contenidos valiosos frente a la penetración gringa y la falta de confianza local (con excepción de una compra de Incaa TV gracias a la cual Panessi conoció la quinta presidencial. “¡Yo cagué en Olivos!”, dice). Pero lo primero fue el más insípido amor al cine, el que hacían ellos con dos mangos y que ninguna distribuidora comercial les agarraba. “No queríamos cambiar el mundo, no queríamos ser San Martín. Nos gusta el cine y como no tenemos formación en marketing ni en ninguna de esas cosas horribles, fue la pasión la que nos hizo agrandar el catálogo, pagar cuentas y profesionalizarnos”, resume.
En la primera postal de un hipotético álbum fotográfico están Marini, Esteban Rojas y Matías Lojo, jóvenes directores e intérpretes, con una valija abierta sobre la calle Defensa de San Telmo. Esa tarde noche ofrecen a los paseantes tres DVDs: Filmatrón, de Pablo Parés (Farsa Producciones); Masacre marcial IVX, de Marini y Lojo; y un compilado de cortos de cine fantástico. Los venden baratos (ahora a menos de la mitad de una entrada de cadena de salas), con una pequeña ganancia para reinvertir en próximas filmaciones. “Pero alcanzaba para una birra. Igual no había pretensión de salvarse la vida”, puntea Panessi. “La necesidad central era mostrar.” Y lo sigue siendo. Continúa Marini: “Poco a poco nos empezamos a cruzar con más gente. Muchos chabones hacían cine como nosotros, pero no existían proyectos de distribución de esa escena alternativa. Había cine fantástico ‘clase A’, pero el nuestro quedaba afuera”. Afuera, en la calle, con una valija mirando hacia un anochecer recortado por sus bordes y por el que, cada tanto, se cruzaba una botella de cerveza. “Hoy la movida tiene más aceptación, pero hubo un momento en el que estaba todo por ganar”, vuelve Panessi, periodista (escribe en diarios y revistas, entre ellas NaN) y eventualmente actor.
El mito dice que es del periodista Juan Pablo Cinelli (que a su vez en algunos artículos se lo adjudica a Rojas, chileno con residencia juvenil vernácula, director de La experiencia Barriga y codirector de La casa por la ventana y Post) la denominación de “Cine Independiente Fantástico Argentino” al fenomenal flujo de realizaciones de cine de género de los últimos años. El tag sirvió para nombrar la cosa y distinguirla no sólo de las acepciones “clase B” (otrora utilizada despectivamente) y lo-fi (superada por las progresivas mejoras técnicas) sino también del conjunto antecesor, el Nuevo Cine Argentino, cuyo prestigio y falta de renovación ha dotado de jactancia a esa pretérita novedad. “Tenemos distintas opiniones sobre ese cine más contemplativo, pero nos gustan las convenciones de género: el policial, el terror, la comedia negra. Ahora están saliendo películas de convenciones de género, como Betibú, la adaptación de la novela de Claudia Piñeiro, pero hay mucho prejuicio sobre lo que se conoce como bizarro. Las películas de terror de Daniel De La Vega (premiado hace dos años en el Festival de Cine de Mar del Plata por Hermanos de sangre) no son bizarras y no rompen la taquilla como Actividad paranormal. Lo bizarro tiene que ver con la costumbre del ojo del espectador, al que le va ver explotar a Bruce Willis pero no a Marini”, compara Panessi, mientras su compañero se estremece. El germen del flujo es difícil de establecer: 2001 aparece como punto de inflexión, en línea con una expansión del arte alternativo acaso vinculada a una necesidad social de expresión; pero Plaga zombie, que fue lanzada por Farsa en 1997, es uno de los largometrajes fundantes en la óptica de los miembros de la distribuidora. En ese sentido, la importancia de VideoFlims fue hermanar experiencias entonces atomizadas. Claro que un factor a considerar es la proliferación de la Internet 2.0 no sólo como red para un sector que es fuertemente colaborativo ni como plataforma de difusión de productos culturales alternativos (si bien el grueso de espectadores está en la Ciudad de Buenos Aires, a través de la web se sumaron del Conurbano y las provincias del interior), sino además como una herramienta que todavía pone en crisis los modelos de negocio corporativos y una de cuyas consecuencias es la potencial aparición de nuevas voces.

Hay otra cualidad repetida en los proyectos autogestivos: para desilusión de tantos, militar una iniciativa de cine no tiene que ver sólo con hacer cine. En este caso está, claro, la curaduría (que acuerdan “democráticamente”, según sus gustos); pero hubo que aprender de envíos postales, publicidad, organización de eventos, grupos de trabajo, community management y planillas de Excel; hubo que entregar madrugadas detrás de mesas cubiertas de DVDs en festivales, ferias y otros “activismos” del palo. VideoFlims es paradigmática al respecto porque, compuesta por nerds del celuloide, se ocupa de una tarea que tradicionalmente estuvo en manos de especuladores de saco y corbata. Ningún cineasta sueña con hacerse distribuidor. “Ni a ahí. Soñás con filmar y coger. Acá no hay un cerebro de marketing, somos pibes que nada que ver. Lo que aprendimos fue a los tumbos”, afirma Panessi. En ese trajín fue apareciendo además la teoría que organizó al amor: “Lo de distribuidora es raro, uno piensa en Sony —prosigue—. Somos más gestores culturales. Proponemos replicar un gesto, el que tuvieron los pibes cuando empezaron a copiar sus películas y llevarlas a San Telmo. Ellos iniciaron una movida a la que con el tiempo le dimos forma, difusión y discurso. En el entramado posible, todos estos realizadores no estaban tan juntos. La tarea fue hermanarlos y hacer la movida más musculosa. El desenlace de ese camino es un poco resultado del agite: hoy muchos de los que pasaron por esos primeros DVDs tienen consideración en festivales y en la prensa. Que premien a De La Vega y que (Fabián) Forte, (Demian) Rugna, (Nicanor) Loreti y Farsa sigan haciendo cosas está buenísimo”. Marini lo secunda: “Todavía falta un ablande para que el género llegue a la TV o al cine. Pero al comienzo no vimos un nicho, salimos a mover nuestras películas. Los pibes estaban en la misma y era una forma de llegar a los hogares. Después vimos que era re cultural lo que hacíamos”. ¿Qué hacen? Buscan o reciben películas o series, se ocupan del diseño gráfico para la cajita y el disco, realizan determinada cantidad de copias y las distribuyen en puntos de venta estables en la Ciudad de Buenos Aires, Mar del Plata y La Plata, en eventos (con ápice en el festival BARS, que desde 2010 los tiene como parte de la organización, y en las galas anuales que ellos mismos organizan) o a través de la venta online, mediante envío postal. Hubo un tiempo en el hacían estrenos comerciales de sus pelis: “Les metimos mucha energía y nos quemó. Es una pata que abandonamos y que tomó Emiliano Romero con No Sólo En Cines, un circuito alternativo de proyección que nace al calor del movimiento”, cede Panessi. Otro, en el que se animaron a poner un local en La Boca, que tuvieron que abandonar en números rojos. Desde entonces, el cuartel general está en Agronomía, en el PH frente a la iglesia en el que vive Marini. Salvo en el baño, cada dos centímetros hay un link a VideoFlims: afiches, calcos, cajitas de DVD sin usar, hasta un disfraz de VHS rojo. “El éxito de los proyectos se suele medir en términos económicos y VideoFlims es un proyecto exitoso aunque no tengamos un peso. Después de La Boca, replanteamos la estructura. Volvimos a lo de Pablo, que es una merma en el gasto fijo porque no pagamos alquiler, y mantenemos una red de puntos de venta, el correo y mucho activismo en eventos en los que a veces no vendemos un pomo pero en los que hay que estar por conciencia de movida. Es más fácil ser un boludo que poner el cuerpo. Y nosotros ponemos el cuerpo”, vindica el periodista. Según Marini, esa presencia es parte de cómo “se entiende lo independiente hoy: desde el compartir, la buena onda”.
¿Cuántos argentinos conocen The walking dead y cuántos Daemonium, “la” megaproducción sci-fi local? Es el poder de penetración de la cultura gringa sobre el culo de la cultura propia. Antes de Internet, enterarse y comprometerse con el universo underground era más difícil, para algunos epopéyico. Había que moverse. La red de redes desdibuja, aunque sea un poco, los límites entre lo under y lo mainstream, en favor de lo primero, que se aparece por ahí en Twitter en forma de link compartido por un amigo, y eso es casi tan efectivo como una publicidad con Mauro Icardi y Wanda Nara, y muchísimo más ético. VideoFlims, lo mismo que su par SRN Distribución y varias productoras, sube las películas a YouTube y apela al espectador, “al fetichismo por las cosas y al querer que este circuito siga creciendo”. Dice Panessi: “Nos autopirateamos porque no le hacemos la guerra a Internet”. Evoca una columna publicada en el número 12 de esta revista en la que Marini grita “¡Aguante el torrent, putos!”. “No somos Hollywood, queremos que a las pelis las vea la gente. Si querés comprarlas, mejor; pero si no ahí están. Hasta festejamos a los manteros que tienen películas de VideoFlims truchas”, retruca.
Entre delirios para matarte de risa, arquitecturas para quedarte pegado a la pantalla y documentos que desconocías, films más o menos precarios pero siempre apasionados, en su catálogo (disponible en www.videoflims.com.ar) hay hermosuras como Dos locos en Mar del Plata, de Marini y Lojo; Chimiboga, de Ayar Blasco; El hada buena, de Laura Casabé; Vikingo, de José Celestino Campusano; El gran simulador, de Néstor Frenkel; Nunca asistas a este tipo de fiestas, de Paulo Soria, Hernán Sáez y Parés; y Recortadas, de Sebastián De Caro. Algunos nombres que, sin llegar a ser candidateados para Bailando por un sueño, tienen su reputación. “No queremos abandonar la intención de buscar a los pibes nuevos. El que tiene la medalla, ya la tiene. Estamos con ellos porque los bancamos, pero somos medio radares de la cultura emergente”, define Panessi. “Vamos a acompañar este proceso de nueva vanguardia, a agitarla para que se siga difundiendo y llegue a la gente común, fuera del gueto. Y vamos a estar apoyando a los pibes nuevos”, replica Marini. Panessi cierra con una invitación a la fiesta: “Sumate acá que entre todos vamos a hacer más ruido”.
Fuente: NaN #17 (marzo-junio 2014). Conseguila escribiendo a hola@lanan.com.ar.