
Por Malena Baños Pozzati
Siempre hay un momento. “El” momento que da origen a todas las historias, que marca el principio y desencadena todo lo demás. En la ficción es fácil detectarlo. Suele estar al principio, justo después del “había una vez”. Son hechos que cambian completamente el curso de los acontecimientos y dan inicio a algo que merece ser contado. Una familia millonaria camina por la calle, a la salida del cine. Ciudad Gótica no parece ser el lugar más seguro para mamá y papá Wayne. Mucho menos para el pequeño Bruce (¿o Bruno?), que en cuestión de minutos se convertirá en huérfano y, ya de adulto, canalizará su bronca como justiciero enmascarado. A pesar de todas sus posteriores modificaciones y reescrituras, el origen de Batman mantiene siempre sus elementos básicos, los que determinan el nacimiento, allá por 1939 ó 1940, de uno de los personajes más emblemáticos de la cultura popular.
Para las historias que ocurren acá cerca, en nuestro mundo, los momentos que dan origen a todo están, generalmente, más desdibujados. Walter Armada no tiene una fecha ni un instante que lo haya convertido para siempre en fanático de Batman. Hoy es un coleccionista y conocedor profundo del personaje pero… ¿de dónde surgió todo eso? Walter fue, como casi todos los chicos de los ‘60, un ávido lector de cómics de superhéroes. Si tuviera que elegir un hito que marcó profundamente su afición, probablemente sería el mismo con el que decidió empezar su libro recientemente publicado, El Encapotado y yo. Con un primer capítulo titulado “El día que encontré la Baticueva”, Walter sitúa su escena en la ciudad de Los Ángeles, durante unas vacaciones familiares en enero de 1997. “A medida que nos íbamos acercando a Bronson Canyon tuve una sensación de deja vú. Como si una reminiscencia me envolviera y encontrara ese lugar muy familiar. Claro, no era para menos. A cada paso veía en mi mente escenas de películas y series de TV que sin dudas habían sido filmadas en esas colinas”, recuerda. Su memoria fotográfica no lo engañaba: estaba caminando por la misma tierra reseca que levantaba polvaredas en los antiguos seriales televisivos, westerns y películas de aventuras que habían encantado su infancia. Y había algo más, pero tardaría en llegar. Como en toda historia, a nuestro protagonista se le opuso una fuerza antagónica. Un camión en pleno rodaje le cerró el paso y Walter tuvo que volver al hotel sin saber, en principio, por qué sentía que ese lugar tenía un secreto más. “Como soy testarudo, volví al día siguiente. Subí solo, evitando así la caminata a mis niños, por si la gente seguía trabajando en el lugar. Por suerte me acompañó un día fantástico con un cielo muy celeste, limpio y sin ninguna nube. Aún más afortunado me sentí cuando vi que no había nadie para negarme el paso. Comencé a internarme en el lugar y allí tuve una de las experiencias más extrañas de mi vida”, relata Walter.
Ese cielo diáfano le dejó ver un agujero en el medio de la montaña. Sólo era un pobre agujero. Sin más. Claro que, en este punto, vale recordar también las palabras del científico y divulgador Carl Sagan: “En algún lugar, algo increíble espera ser descubierto”. No siempre las revelaciones son igual de llamativas para todo el mundo. Walter no vio un agujero en la montaña, sino la entrada a la Baticueva. Esa que cientos de veces había tenido a centímetros de distancia, pero con la pantalla de la tele en el medio. Esa de la que un Bruce Wayne interpretado por Adam West salía a bordo de su Batimóvil. Ahí habían filmado esa escena tantas veces repetida. “A medida que me iba internando en la caverna, el camino se iba encogiendo, de cuatro metros de alto a dos. Ya estando adentro, a uno le resultaba difícil imaginar cómo hacían para meter la gran mole del Batimóvil”, recuerda Walter. Durante veinte minutos estuvo entrando y saliendo, repasando mentalmente esas escenas y sintiendo la piedra viva de las paredes al literal alcance de su mano. Más tarde, comenzaron las fotos. Atrás, no muy lejos, podía verse el cartel de Hollywood empotrado en el Monte Lee, pero ése no sería el fondo de las instantáneas de Walter.

Ésta y otras anécdotas habían sido publicadas en su mítica revista Batmanía y ahora pueden leerse, recopiladas, en este libro que hace las veces de autobiografía y formidable archivo histórico del fenómeno Batman en la Argentina y el mundo.
Supongamos ahora que la escena termina, da paso a una nueva. Fundido a negro y otro lugar, otra época. Asomaba el sol del 15 de julio de 1997. Era muy temprano y Walter estaba junto al teléfono. Lo acompañaban tres personas: Martín Zamorano, Axel Kuschevatzky y Frank Blumetti. El objetivo era preparar un número especial de la revista La Cosa centrado en Batman, de cara al blockbuster Batman y Robin, que estaba por llegar a los cines. La cita matutina se debía, pensaban todos, a la diferencia horaria. Había que llamar a Estados Unidos y del otro lado de la línea iba a estar Adam West. Sí, el mismísimo Adam West. El Batman a go-gó. El sueño del fan se hacía realidad, aunque por una pequeña confusión todos descubrieron que el horario acordado era en realidad las 19.30, no las siete de la mañana. “Afortunadamente esta vez el contacto se produjo y la pequeña nota pactada inicialmente para quince minutos se desarrolló durante cuarenta y cinco, como una amena charla entre viejos conocidos”, rememora Walter.
Diecisiete años después de esa primera charla, la amistad de Adam West y Walter Armada no se cortó. Más bien, fue cambiando de formatos a medida que los cambios tecnológicos lo permitieron. Y, a contrapelo de la tendencia moderna a las amistades virtuales, poco después de esa primera llamada llegó el encuentro. West llegó a la Argentina para los legendarios eventos Fantabaires, y Walter fue el encargado de buscarlo en Ezeiza y acompañarlo en toda su estadía. Entre gritos que lo llamaban por su nombre de ficción en español, el Bruno Díaz de la infancia de todos desfiló por los programas de TV de esos últimos tramos del siglo XX. Walter Armada tocaba el cielo con las manos. No sólo había conocido a Adam West, sino que se había convertido en su compañero de aventuras porteñas. Cuenta la (confirmada) leyenda que Adam West aprovechó su primer día libre en Buenos Aires para entrar de incógnito el primer día de Fantabaires, el evento del que unas horas después sería invitado estelar. “Debo reconocer que me divertí muchísimo al notar las diferentes reacciones del público ante la presencia del batihéroe. Gente asombrada, algunos profesando emoción, otros que se mantenían expectantes y escépticos. Escuchaba comentarios como ‘¿es?’, ‘no, no es él’, ‘¡te digo que sí!’”, relata Walter.
En su poder hay un sinfín de objetos coleccionables, como el limitadísimo busto de Shakespeare que daba acceso a la Baticueva, pero seguramente uno de los bienes más valiosos esté en lo que guarda en la memoria. Por eso, El Encapotado y yo no sólo presenta anécdotas, sino también una completa guía de episodios sobre la serie de los ‘60 y tips fundamentales de lo que fue la batmanía argentina. ¿Un objeto favorito? Walter no hace alarde de los que están en su poder, sino que sitúa su predilecto, el ítem más deseado, en la colección de su amigo Sergio Goldvarg. No se anda con chiquitas, claro: es nada menos que una réplica exacta del Batimóvil: “He paseado en él y es una sensación impresionante estar sentado al volante de esa mole maravillosa”. Y así, como en un círculo que lo lleva nuevamente a esa escena tantas veces repetidas, Walter Armada no sólo encontró la Baticueva, sino que de vez en cuando pasea en el auto de Bruce Wayne, a quien llegó a acompañar como amigo de confianza. Eso sí, sin necesidad de ocultar su identidad, como para poder gritarlo a los cuatro vientos.