/Archivo

“La poesía es una lubricación de tus branquias”

LEZCANO_ENTRADA4
El escritor y periodista acaba de publicar el poemario “El condensador de flujo”. Fotografía: Natalia Berninzoni

Por Gustavo Grazioli

“Duplicarse es una aberración.
Y una careteada.
Como tener un hit, sonar en la radio
y hacer un Unplugged.
Triunfar es hacerse la paja
y manchar la sábana que le das a tu mamá
para que la lave y le ponga suavizante.”
Walter Lezcano, El condensador de flujo

El tópico “cómo ser sincero con lo que uno trata de decir” es excusa suficiente para cruzar palabra con Walter Lezcano. Un escritor inquieto que cultivó una forma alejada de cualquier mecenazgo, forma centrada en la espuma de esa cerveza que a nadie le gustaría tomar. “Un taller de escritura no te sirve absolutamente para nada si querés que te den nafta para crear”, cuenta a NAN este hacedor, que no comulga con ninguna torre de cristal. Y que, cuando saca algún dinero con el periodismo, dice comer bien. Eso forma parte de su éxito, aclara.

Lezcano acaba de publicar su último trabajo de poesía, El condensador de flujo, a través de la editorial La Carretilla Roja. En poesía, además publicó Partes de guerra (2010), Jade Fire (2011) y Humo (2011). Son suyas también las novelas Los mantenidos (Funesiana 2011) y Calle (Milena Cacerola 2013). Su escritura no solamente se tiñe de poesía y narrativa sino también de periodismo. Colabora para variados medios gráficos, como Ni a Palos, Anfibia, Radar y Brando. Creó la editorial Mancha de Aceite en San Francisco Solano. Una vida entre ser docente de lengua en escuelas de zona sur, escritor y periodista.

—¿Cuál fue tu motivación para iniciar en la escritura?
—No es que tuve una motivación para ponerme a escribir. Lo que pasó es que en casa tuve una vida bastante caótica. Estuve transitando las casas de los novios que tuvo mi vieja y muchas veces me encontré solo sin tener con quién compartir mis cosas. Tratar de agarrar una lapicera para llenar un papel tuvo que ver, entonces, con esa situación. Fue una escritura muy honesta y desordenada, pero con una función de acompañamiento. No me detuve a pensar qué escribía o en la palabra que iba a quedar mejor, ni en la sintaxis, ni el signo semiológico. Sólo trataba de encontrar un par a través de fijar la experiencia.

—¿Y desde lo caótico pudiste armar tu belleza?
—La palabra “belleza” nunca está presente en la gente del conurbano. Es una palabra que rechazamos profundamente. Termina siendo un lugar que uno quiere habitar. Los que nos criamos mucho en casa y mucho en la calle no nos llevamos tan bien con esa sensación de placer. La escritura tiene que ver con circunstancias muy íntimas que podés sentir que están buenas pero de las que no te animás a decir: “Mirá qué lindo, mira qué bello”. Eso es algo muy lejano. Quizás lo que uno busca es que la escritura te acompañe. Que sea algo cotidiano.

—¿Hay una necesidad de quitarse la soledad y cargársela al papel?
—No sé si es sacarse la soledad porque es algo inevitable. Uno está solo cuando piensa, siente, experimenta placer, tiene ganas de morirse o cuando tiene ganas de vivir seiscientos años. Lo que pasa, a veces, es que esa soledad, ya sea muy definida o muy tenue, puede convertirse y tomar la forma de palabras, versos, y que eso puede ser palpable, tener bordes, dimensiones. Puede hacerse carne. La poesía cumple esa función: vuelve tangible algo que a uno en algún punto le parece insoportable, irresistible. Tiene que ver más con una búsqueda que con transmitir. En mi caso lo que quiero es que se vuelva algo corpóreo. Hay que seguir esa estela hacia zonas que tal vez no pensabas que podían surgir.

—Y cuándo tuviste que darle un orden a El condensador de flujo, ¿siguió rigiendo lo caótico o ya tenías una temática?
—Los libros de poesía, particularmente, son una cuestión que surge a partir de un título. De esta forma ya sé que estoy trabajando para un libro. Casi siempre voy escribiendo en base a un sistema que rige lo que creo que tiene que ver con ese título. No puedo escribir poemas sueltos pensando en algo aislado, necesito una especie de guía para los libros de poesía. Necesito una geografía donde desarrollarme. La poesía es como una especie de lubricación de tus branquias. Todo el tiempo está ahí circulando y en algún momento se canaliza. En cambio, la novela permite un mayor grado de digresión. Hay un laburo más racional con la técnica. Estás con todas las luces puestas en el artificio porque es una escritura de largo aliento. Todo eso requiere del armado de un camino que de a poco podés ir habitando. Sos un albañil armando las paredes de tu casa, ladrillo a ladrillo, y nunca va a tener ese impulso entre visceral, caótico o epifánico que tiene la poesía.

Fotografía: Natalia Berninzoni
Fotografía: Natalia Berninzoni

—¿Elegirías alguno de estos géneros?
—Eso forma parte de un plan maestro, pero no tiene que ver con elecciones. Uno no es una totalidad. Soy bastante fragmentario y cada una de esas cosas va formando parte de algo que me gusta transitar, recorrer, vivir. Me gusta excitarme. Surgen impulsos que uno va siguiendo, deseos de concreción que casi siempre tienen que ver con lo literario, no con algo expresivo o con cobrarle alguna cuenta a la realidad. No se trata de tirarle un centro a algún nicho o alguna especie de escuela o grupo de pertenencia: todo eso me chupa la pija. Lo que me interesa es lo literario.

—A través de la escritura se nota que intentás derrumbar barreras de imposibilidades que ya vienen impuestas por una cuestión de pertenencia social…
—Sí, totalmente. Me parece la forma menos violenta. Hubiese sido interesante, igual, hacerlo como lo hicieron los Panteras Negras. Elegí la manera menos violenta socialmente pero sí violenta íntimamente como pocas pueden serlo. Económicamente no te rinde pero a nivel cotidiano sí.

—¿A qué te referís con violencia intima?
—Violento puede ser algo que trastoque tu cotidianidad. La escritura rompe con cualquier plan que tenga armado. Me puedo poner a escribir cuando tengo que estar corrigiendo cosas, puedo explorar una idea cuando ya había hecho planes para el cine, puedo ponerme a investigar algo cuando debería estar durmiendo para ir a dar clases. Puedo faltar a dar clases porque me quedé con algo no resuelto en la página de la noche anterior. Todo eso va trastocando el tránsito normal de tu vida. Eso violenta, pero es una violencia que elegís que ocurra. Y sobre todo si te ganas la vida de un montón de formas que no tienen que ver con escribir. Cada vez que elegís cómo ocupar tu tiempo, y que nadie más que vos te marque una agenda, estás venciendo al sistema. Dentro de un mundo híperconectado, hípercomunicado, completamente habitado por ideas ajenas a vos, podés armarte una suerte de refugio y ésa es la máxima victoria a la que podés aspirar en esta época.

—¿Cuándo te planteás la creación de Mancha de Aceite?
—Fue por casualidad. En esa época tenía unos cuentitos que eran malísimo pero que creía que estaban bien y, buscando un concurso adonde mandarlos para ver si hacía algo de plata, me encontré con un proyecto que se llamaba “Cien Funes volando”. Ahí lo encontré a Lucas, que ahora tiene la editorial Funesiana, y él me enseñó a encuadernar con la condición de que armara una editorial donde vivía y me pareció una buena idea tener un proyecto así en San Francisco Solano. Es un lugar que tiene cerca de cien años de historia y nunca había tenido su editorial. Fue increíble la idea de colonizar un terreno. Fue, desde la novedad, hacer algo que nadie había hecho en ese espacio. Uno puede construir un catálogo atractivo que le pueda servir a su comunidad. Es un tema de poner el cuerpo. Cuando no hay retribución económica, se ve quién realmente tiene pasión por lo que hace. Esto tiene que ver con tu realidad y la ganas de cambiar tu entorno.

—¿Cuál es tu búsqueda como editor?
—Algo fundamental que se tiene que dar es que libro me guste, lo disfrute, lo termine. No debe haber página a la que no le encuentre algo agradable. Es un momento donde el placer se debe conjugar: llegás al final del libro, estás contento, sentís que viviste una experiencia y después está el momento en que pensás si ese libro que te gustó tiene sentido que forme parte del catálogo que fuiste armando. Tiene que ser un paso más en la batalla que permita seguir avanzando.

—¿Qué importancia tiene un taller de escritura?
—Un taller de escritura no te sirve para nada si querés que te den nafta para crear. Si necesitás un espacio para compartir lo tuyo, tenés que encontrar un territorio que sea acorde a tu búsqueda. Es como buscar un psicólogo. Lo que importa más allá del tallerista son los compañeros. Pero el camino de la escritura se lo va armando uno mismo; en el taller se logra la posibilidad de socializar y de encontrar algunos yeites para mejorar tu texto. La soga para crear, inventar personajes o conflictos atractivos, no está ahí.