
Por Nahuel Gomez
Una carrera hecha a base de himnos instantáneos y pegajosos con arreglos simples y estribillos coreables. Un conjunto de imágenes surrealistas abrazadas por una retórica naif que calza perfecto con el clima de época. 107 Faunos cumple, en lo visual y lo sonoro, con muchas de las pautas que debe tener una buena banda pop. Sin embargo, lejos está de aburrir con fórmulas conocidas. Por el contrario, el mérito principal de la banda está en lo genuino de la propuesta, que no es lo raro ni lo distinto, sino lo propio, la expresión de lo que uno es trasladada a una canción. Ya sea por el fruto de una búsqueda consciente o simplemente por sus errores, nadie suena como ellos. En eso consiste la identidad. Y claro, en época de bandas de turistas con pasaportes babasónicos, la identidad sí que vale. Los hermanos Javier y Félix Sisti Ripoll, Miguel Ward, Mora Sánchez Viamonte, Gastón Olmos, Juan Pablo Bava: son seis, a veces siete o decenas de músicos expresándose arriba del escenario junto a un público que se divierte con ellos.
En abril de este año sacaron su tercer larga duración (¿el de la madurez?), bautizado Últimos días del tren fantasma. Con él consiguieron solidificar aquellas impresiones de discos anteriores. Tanto las de sus seguidores, felices de tener más motivos para quedar disfónicos en cada uno de sus shows, como las de sus incontables detractores, claro, porque nadie que en la historia del rock haya hecho algo de ruido pasó desapercibido.
—En el tema “La Plata”, del último disco, se oye: “Las paredes de las calles del pueblo están llenas de pósters de bandas tributo/ y para la falsa aristocracia que llena los lugares/ nosotros somos lo menos”. ¿Por qué son lo menos?
Javier Sisti Ripoll: —Es por esa tensión que hay entre la gente más careta y la que tira más a lo alternativo. Esa letra es de un poema muy viejo que escribí en 2003. Hoy sigue vigente porque es una temática imperecedera.
—¿Quiénes son esos caretas?
J. S. R.: —La Plata en general es careta, una ciudad conservadora, llena de rugbiers. Conservadora en lo estético, en lo político. La Plata es así: mucho rugby y hockey, aunque también rockera. Pero si vas a los pubs del centro vas a encontrar mucha “cultura Agapornis”. Igual la letra es literal. Cuando escribí eso estaba viendo muchos carteles de dos bandas tributo: Doctor Queen y Dios Salve a la Reina. Ésas eran las únicas bandas que tocaban en lugares grandes. Es un caso rescatable dentro de todo: también están los que hacen tributos a Serrat o Sabina.
—Más allá de las apreciaciones estéticas particulares, Queen o cualquier otra banda se termina de legitimar con los años.
J. S. R.: —Sí, tiene muchos años de legitimación, pero nunca fue discutida. Creo que no podría haber bandas tributo de artistas discutidos.
“Los pibes ABC1 están con los pelos de colores, escuchan Lady Gaga y la cultura rock les llega por un lugar tan Tumblr e híperconsumista que no es lo mismo que hace un tiempo.” J.S.R.
—Los Brujos volvieron a editar un disco y mucha gente los fue a ver en el festival Ciudad Emergente. Hace veinte años no tenían demasiada repercusión e incluso eran discutidos.
J. S. R.: —Sí, pero muchas bandas volvieron. Pasa que se potenció el consumo de rock, y bandas y estilos que no llegaban ahora llegan a mucha más gente. En el último Primavera Sound al que fui, My Bloody Valentine tocó para 120 mil personas, y era My Bloody Valentine. También Pixies, por ejemplo, hoy es masivo.
—¿Hay una postura conservadora en no buscar a alguien que haga algo distinto, como lo hizo Pixies en su momento, pero hoy?
J. S. R.: —No tanto. Obvio, hay que seguir buscando siempre. Pero también existe una tensión con una cultura monolítica y careta que escucha Agapornis y que ni siquiera sabe quiénes son los Pixies. Más allá de que estén legitimadas, hay un bloque todavía más grande que no conoce esas bandas. Nos movemos en un ambiente en el que pensamos que a Sonic Youth lo conoce todo el mundo, pero no es así; incluso, a la larga, si te ponés a pensar, no lo conoce nadie. La Plata fue una ciudad muy rockera en un momento, pero eso ya se perdió. El rock no es una estética mayoritaria.
—También dentro del rock existió y aún pervive un público conservador.
J. S. R.: —Lo que me parecía conservador en ese momento hoy me parece milagroso. El rolinga de barrio, que abundaba hace diez años, hoy está en extinción, y eso me parece muy grave. Por más que en su momento era el rival a vencer. Esa militancia rockera murió. Los pibes más modernos, ABC1, están con los pelos de colores, escuchan Lady Gaga y la cultura rock les llega por un lugar tan Tumblr e híperconsumista que no es lo mismo que hace un tiempo. Se consume mucho más cultura independiente gracias a Internet, pero el público grueso se está perdiendo. El rock es una cosa viejísima.
Miguel Ward: —El rock en general es conservador, sobre todo mientras no haya una propuesta que renueve la estética desde el sonido o la imagen. Lo que se consume son las mismas bandas de hace veinte años.
—Se puede renovar el rock, pero siempre estarán los que digan que esa renovación no representa genuinamente al género.
M. W.: —Esa discusión sobre qué es rock lo que problematiza en realidad es cuán clásico es el género que hacés. Lo más rockero es lo más clásico. Es el párametro que utiliza la Rolling Stone. Se premia a quienes guiñan a lo establecido dentro de la cultura rock. Entonces todo pasa a formar parte de ese estilo atomizado que suena en las radios.
J. S. R.: —Lo que se vende en la Rolling Stone como rock es un sorete. Es un rock que se construye de arriba para abajo. El rock de PopArt para mí no es rock y para Rolling Stone sí. Hay mucha literalidad en la lectura, por eso una banda disruptiva o revoltosa siempre va a ser penada.
—PopArt creó Geiser, una especie de sucursal que capta artistas del under. ¿Un lobo disfrazado de cordero?
J. S. R.: —Geiser es una catástrofe. Ellos bajan a mirar, pero PopArt nunca pierde y cuando los necesitás no están. Esa cosa de los padrinazgos o curadores: que se vaya a la concha de su madre. También ese modelo de amiguismo, de “mirá a quién invité al disco, quien me figura en los créditos”. O después está el típico “lo mastericé en Estados Unidos”. O el hecho de estar en un sello. Todo eso no tiene que ver con la música.
—¿Editar un disco físico también da una legitimidad que excede lo artístico?
J. S. R.: —Ah, bueno, pero eso me gusta, eh. Hay que editarlo en físico, flaco, tomátelo en serio.
—Hay muchas bandas con poco presupuesto para eso. ¿Es elitista tu mirada?
J. S. R.: —Y bueno, el rock es un hobbie caro (risas).
—¿Como se toman el hecho de ser discutidos?
M. W.: —Depende de cuál sea el canon de la gente que nos discute. Si tomás cuán parecido es lo nuestro al rock de los ‘60 y ‘70, sí, bueno, no somos eso. Depende quién la cuenta. Si nosotros no estamos dentro de ese canon, mejor. Si todos apuntaran hacia el mismo lado, sería un poco aburrido.
J. S. R.: —Que se tomen el tiempo para putearnos me halaga. ¿Sabés todas las bandas que hay y que nadie putea? Siguen de largo esas. Además, ¿quién no tiene detractores hoy? Las personas que me inspiran son discutidas. Bochatón, por ejemplo, y para mí es el mejor.
—Los músicos de conservatorio los persiguen con antorchas…
J. S. R.: —Bueno, el mundo es muy injusto. Estudiar la historia del rock, tener referentes, tener un sentido de la estética son cuestiones que no se aprenden en conservatorios. Son distintos tipos de estudio. Si nos envidian a nosotros, son muy boludos.
“Cuando seguís los estándares de la industria se dice que alcanzaste la madurez. Si la madurez es eso, prefiero ir por el lado de la inmadurez.” J. S. R.
—¿Se elogia desmedidamente la técnica?
J. S. R.: —Hay una idea del arte medio artesanal. Pintar bien, pintar mal; tocar bien, tocar mal; hacer una artesanía grande o una chiquita. Un elogio de la técnica que es muy de la artesanía. Se basa en demostrar que sabés. Me gustaría tocar mejor, obvio, pero no pienso demasiado en eso.
—¿Está sobrevalorado el proceso de producción? ¿El seguimiento de un how to es tan importante para la industria musical como lo es para otras?
M. W.: —Se mide la dedicación, no es algo sólo de la música, ni siquiera en el punto de vista técnico. En cualquier ámbito, entregar un producto estandarizado habla del nivel de reconocimiento que puedas llegar a tener. Y más en el caso de que cumplas los requisitos para ser considerado “buen músico”.
J. S. R.: —Ya no sé bien lo que es ser “buen músico”. Es bastante discutible.
—Entonces, ¿qué es ser buen músico?
J. S. R.: —Para mí ser buen músico es tener una sensibilidad y una retórica definida. Mostrar referencias y un trabajo intelectual.
—¿Hasta qué punto lo es romper límites?
J. S. R.: —La idea de la banda siempre fue hacer un pop muy sencillo. Veníamos haciendo música más complicada y un día dijimos basta. A veces algo convencional parece raro. Lo de la corta duración de nuestros temas, por ejemplo.
—Han lanzado un nuevo disco, y siempre que un artista con cierta trayectoria edita un nuevo trabajo empieza a resonar un término bastante particular: madurez. ¿Existe la madurez en la música?
J. S. R.: —No, no creo que sea aplicable a lo artístico. Cuando estás más aplacado o seguís los estándares de la industria se dice que alcanzaste la madurez. Si la madurez es eso, prefiero ir por el lado de la inmadurez. Es lo que tienen que hacer los grandes artistas. Por ahí que te salga fácil algo que vos mismo creaste y perfeccionaste: sería un buen ejemplo madurez. Eso podría ser la madurez en el arte, pero casi nadie habla de madurez refiriéndose a eso.
—¿Hay implícita una idea de “copiarse a sí mismo” en esa última definición de madurez?
J. S. R.: —El último disco de My Bloody Valentine es un buen ejemplo. En una charla de disquería uno puede decir “che, hicieron lo mismo de siempre”; y otro puede contestar “sí, pero es algo que inventaron ellos”. Hay diferentes niveles para entenderlo. A veces está bueno reposar en una retórica que vos construiste, porque distinguiste la tuya de la del resto. Y en tu disco número veintiuno decís “bueno, es parecido pero más sólido desde el sonido, las letras, etcétera”. Quizá no sea lo mejor, pero ésa es la madurez que me interesa.
* 107 Faunos tocará hoy junto a Los Reyes del Falsete y Crema del Cielo en Club Cultural Matienzo, Pringles 1249, Ciudad de Buenos Aires. A la medianoche.