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Zona de promesas

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En la presentación de una plataforma de promoción provincial, en La Plata, Los Espíritus, Bestia Bebé y Morbo & Mambo pusieron el ritmo al volante del clima. Fotografía: gentileza de prensa

Por Gonzalo Bustos

Cuando empezó a sonar la intro extensa de “El blues”, los que asistieron al LP Music Club (ex La Trastienda) de La Plata comenzaron a dejar la Tierra. Entre golpes de bajo y parches tenues, las guitarras se cruzaban en un paisaje oscuro. El nylon silvestre y los shocks eléctricos cedían –o ganaban– el primer plano. Así comenzó el ritual de Los Espíritus: para cuando Maxi Prietto (voz y guitarra eléctrica) arrancó a entonar la letra, la música ya se había apoderado de todos. Esa es una de las principales virtudes del sexteto: te traslada a su universo, te hace sentir Jim Morrison en sus cuelgues con pasos de baile de tribus africanas en medio de Nueva York. Están llenos de un blues virtuoso con matices climáticos: hay momentos en los que las guitarras son de ultratumba, en los que chillan sufrientes, en los que ranchean country; hay bajos que marcan un levante excitante y te cachetean; hay voces que parecen venidas de otros mundos, de origen no humano. Y a esos elementos hay que sumarles el tinte tribal de sus percusiones, que dotan de –valga la redundancia– espiritualidad la sonoridad de la banda.

Al momento de aparecerse en el escenario, Los Espíritus no cuentan con una figura en el centro. Tanto Prietto como Santi Moraes (la otra voz, la viola acústica) comparten ese lugar. Esto no parece casualidad. Dicha puesta en escena dice mucho de ellos. Se trata de una banda que se vale en cada una de sus partes. Si bien la guitarra de Maxi parece ser la directora (marca el pulso de cada opus), la conjunción los instrumentos da forma a un aura que abraza a quienes se acercan a contemplarla. Un buen ejemplo es “Jesús rima con cruz”, que tras una ovación lleva al público a pegarse al tablado y construir su mambo: algunos mueven su cabeza, otros se agitan, otros contemplan y se deleitan con el cuelgue instrumental del puente. Con “Las sirenas”, la presentación del primer Catálogo Unificado de Música de la Provincia de Buenos Aires (plataforma de visibilidad y promoción para los sectores independientes) se convierte en una taberna llena de borrachos que bailan y cantan a los gritos. Cuando suena “Los desamparados” el juego de voces imanta como una fuerza sobrenatural, al ritmo de una percusión liviana y una guitarra quejosa. Y cuando el bajo de Martin Batmalle golpea para dar rienda suelta a “Lo echaron del bar” hay alaridos entre la multitud, aparecen palmas marcando el tempo antes de que se sumen los tambores Fer Barrey y se complete una pieza que es para escuchar borracho o para emborracharse mientras suena.

ANTES

Pinta de proeza parecía lo que tenían enfrente los Bestia Bebé al momento de abrir la noche. Mientras en el VIP el siempre sonriente Jorge Telerman, presidente del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires, se sacaba fotos y daba notas para la televisión, frente al escenario había pocas personas. Pero cuando el punteo saltarín de “No me importa verte perder” se escuchó, una manada de gente apareció moviendo la patita. Con la pantalla mostrando un videojuego de fútbol en 8 bits, los liderados por Tom Quintans inciaron estáticos, incluso poco demostrativos. Acto seguido, como pasando a modo on, dispararon “Omar” y prendieron. Sus canciones monstruosas se empezaron a suceder al palo (“El uruguayo”, “Sabés!”, “Wagen del pueblo”). Con un marcado sonido de guitarras indies –que suben y bajan en intensidad–, con líricas pegajozas de estribillos de cancha, los BB se paran como reintérpretes del dios supremo que es para muchas bandas Él Mató a un Policía Motorizado. “Lo quiero mucho a ese muchacho”, tema con el que cerraron su set bien arriba y que tuvo intro a una viola (por su estructura sonora, la banda se la banca así), puede funcionar como prueba: guitarras movedizas sobre las que se canta a una de las pocas cosas que importan, los amigos.

En vivo Bestia Bebé es un retrato de su disco. La arquitectura de sus canciones se mantiene idéntica, salvo por algún pasaje de furia guitarrera a lo Strokes. En la selección de los temas y en su orden otorgan las variantes y los climas. Arrancan bien alto y potente, se tornan introspectivos –casi enfermizos– y te sacuden otra vez para dejarte alerta y cargado en el final.

DESPUÉS

Llegado el turno de los Morbo & Mambo el lugar estaba en su climax, tras la venida de Los Espíritus. Entonces, no resultaba fácil labor para este combinado de electro dub cargar con esa mochila, sobre todo cuando unos cuantos habían emprendido la retirada. Así y todo, los M&M salieron airosos entre su fuerza de vientos a lo Dancing Mood y sus delirios siderales, otorgados por un trío de synths que escupe y escupe efectos sin detenerse. A diferencia de lo ocurrido con las bandas predecesoras, el cierre metió un clima más alegre, de baile más relajado, como ellos mismos, que no dejaron de tirar pasos sobre las tablas.