Cachengue y Sudor, la popular «Murga de Arpillera» de La Paternal –con más de 50 integrantes, 13 años de historia y una relación muy estrecha con la identidad cultural de ese barrio porteño– no puede ejercer su “derecho a manifestarse culturalmente” porque el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires valló la plaza 24 de Septiembre, que les había adjudicado como lugar para entrenarse para los corsos del Carnaval, por un plan de obras de mantenimiento. “No sólo no permiten que nos presentemos ahí, sino que tampoco dejan ingresar a los vecinos”, denuncia la abogada del colectivo murguero. Pero, según dejan entrever, no se trata de un hecho aislado sino de un “apriete sistemático” a partir de que decidieron salirse “del circuito oficial de murgas” que maneja la Comisión de Carnaval del Gobierno porteño.
Por Mariana Seghezzo
Fotografía de prensa de Cachengue y Sudor
Buenos Aires, febrero 24 (Agencia NAN-2009).‑ Rojos, amarillos y verdes resaltan en sus carnavalescos trajes. También se perciben violetas, blancos y naranjas. Los brillosos atuendos de Cachengue y Sudor –la Murga de Arpillera– destellan festividad. Pero este año la celebración del Rey Momo está aún en bambalinas para una murga con»más de 50 integrantes, 13 años de historia y una marcada identidad cultural con el barrio» de La Paternal, expresa Gabriela Nascole, abogada de profesión y murguera de «familia y pasión». Insiste con la idea: «Sentimos que nos echaron de nuestro propio espacio. Nos vallaron la plaza 24 de Septiembre, la Justicia nos dio la razón y aún así tuvimos que organizar todo sin ninguna seguridad». La pugna por el verde espacio comenzó entre los primeros días estivales y los últimos de 2008. En diciembre, «el Gobierno de la Ciudad dio inicio a un plan de obra de mantenimiento en la plaza, sin previo aviso y aún frente a la participación vecinal impidieron, no sólo el ingreso de los vecinos, sino también el ejercicio del derecho que tiene una murga a manifestarse culturalmente», confirmó Solange Verón, una de las abogadas que interpuso una catarata de recursos judiciales en pos de asegurar el Carnaval 2009 para Cachengue y Sudor.
Junto a Gabriela se encuentra Federico «El Nono» Gampale, uno de los murgueros más antiguos. Su tiempo transcurrido en la murga quedó sellado no sólo en su apodo, sino también en su relato: «Desde que decidimos salir del circuito oficial de murgas, empezaron a hacernos contravenciones y la policía cada dos por tres interrumpía los espectáculos para tomarnos los datos». La murga, integrada en su mayoría por docentes y trabajadores sociales, empezó a participar de corsos y festividades de carnaval del circuito independiente en 2003, donde “no hay competencia ni normativas en la vestimenta o en las canciones a la hora de celebrar», explicó orgullosa Gabriela. Para El Nono, de hecho, «cuando nos separamos del Gobierno y sus reglas empezó un apriete sistemático».
Cuando los rostros palidecen y la mirada vive a través de la brillante purpurina, los cuerpos de estos artistas tambalean al ritmo de cantos, bombos, redoblantes y zambombos. Entonces comienza su espectáculo: mezcla de ritmos de candombe y teatro popular. Porque Cachengue y Sudor promueve no sólo una lucha por el espacio público, sino también por una definición de «cultura» determinada: “Creemos que la murga es una herramienta para la crítica social y para estar en contacto con el barrio y otras organizaciones sociales. Es un instrumento de lucha política y cultural. Se ve en nuestras canciones”, teoriza El Nono. Para Elsa Calvo, coordinadora general de la Comisión de Carnaval del Gobierno de la Ciudad, “la cultura popular está íntimamente relacionada con lo norma: si no hay reglas no hay carnaval”.
Cuando la tierra exhala un calor nuevo y exuberante, sin embargo, hay comparsa y mascarada. El 3 de diciembre de 2008, la Dirección General de Promoción Cultural –del Ministerio de Cultura porteño– «otorgó una autorización expresa a la murga para llevar a cabo el desarrollo de la actividad artística del carnaval (tanto la realización del corso como los ensayos previos) en la plaza 24 de Septiembre», aseguró Verón. Pero a fin de mes, sólo se escucharon topadoras. «El 26 de diciembre, viajando en colectivo por San Martín y Apolinario Figueroa, veo que nuestra plaza está parcialmente vallada y llena de escombros», dice entre dientes y en voz baja el Nono. «Sentimos como si nos hubieran desalojado sin ni siquiera una carta de preaviso», agregó Gabriela.
Primero, entonces, se acercaron al Centro de Gestión y Participación (CGP) que les correspondía «para conocer los plazos de la obra y los motivos porque no había ningún cartel con el respectivo aviso”. Como relató Verón, “en el CGP de la calle Córdoba al 1400, los empleados informaron que no sabían nada porque ellos se habían enterado de los arreglos a través de una boleta de ABL». Eduardo Villar, subsecretario del Ministerio de Ambiente y Espacios Públicos porteño, arriesgó que «la falta de aviso de obra debe haber sido producto de un error en los datos, lo que demoró la colocación del cartel en tiempo y forma». Casi tres semanas más tarde, según los artistas, «apareció el aviso».
Con las nuevas modificaciones porteñas, el ingreso a la plaza quedó vedado por completo: el pasto, los árboles y hasta los juegos de los niños resultaron bajo los escombros. Y, contó Gabriela, “justo en verano, cuando los vecinos y los chicos de las escuelas cercanas usan el espacio muchísimo y la murga ensaya para el carnaval”. Verón va más allá y asegura que “lo que hizo el Gobierno es un forma inconsulta y silenciosa del avance de la administración pública”.
«Presentamos un recurso de amparo para anular los actos administrativos que permitían proseguir con la obra: impidiendo los ensayos se estaba violando lo dispuesto por la Constitución de la Ciudad en materia de derechos a la preservación y protección de la identidad y del patrimonio cultural». Esa fue la primera medida adoptada por Verón para salvaguardar los derechos de la Murga de Arpillera. El recurso es rechazado por la jueza Lidia Lago. Y recién a fines de enero, la Cámara en lo Contencioso Administrativo falló a favor de la murga. Según Verón, «por la tardanza sólo se intimó al Gobierno a que le proveyera otro lugar de ensayo a la murga y habilitara otro, cercano a la plaza, para realizar el corso».
“Después de más de un mes de litigio y de aprietes de la policía para que nos juntemos en la vereda de nuestro espacio, pudimos empezar a ensayar en la plaza Benito Nazar”, relató con media sonrisa Gabriela. Casi a tientas, en la más oscura incertidumbre, los Cachengue y Sudor prepararon su espectáculo: “El eje en este carnaval está puesto en los desalojos que viene ejecutando el Gobierno porteño en los barrios, en los hoteles, en las casas tomadas, incluso, en las escuelas”, relató el Nono.
Los tonos vibran, giran y se tuercen. Al son de los movimientos del baile, el espectáculo comienza. Mientras en la representación la realidad toma como suyo el lugar y cuestiona: el funcionario “enrejado”, uno de los personajes de la obra, expulsa murgueros de las plazas. Hay silencio y luego los chicos del público abuchean al personaje por miedo a que la fiesta termine.