
Por María Daniela Yaccar
“Yo aseguro con mucha más autoridad que los psiquiatras que ya no tengo trastorno bipolar”: así, así extrema es la primera frase del libro Actuar como loco, de Alan Robinson. Y, como es de esperar, las siguientes páginas no son menos fuertes. Actuar como loco es de esos libros que no se olvidan. De esos libros que, a simple vista, parecen una cosa pero son otra.
Difícil encasillarlo, pero podría resumirse así: con prólogo de Vicente Zito Lema y editado por Milena Caserola, es un ensayo, una exposición de ideas muy personales de Robinson. Él establece una conexión entre tres campos: la locura, el teatro y el chamanismo. Son tres campos que él conoce muy bien y eso le permite interconectarlos, encontrar las similitudes entre tres experiencias de su vida.
El libro es fuerte, muy fuerte; y según asegura Alan en la dedicatoria dirigida a esta periodista está pensado para “la lucha de muchos que no tuvieron la suerte de salir adelante”. Alan estuvo loco, su locura lo llevó al encierro y el teatro se convirtió —junto con el amor de su mujer y de su hija— en su salvación. También unas ceremonias de tabaco y temazcal en las que participa como guardián del fuego. Tiene una carrera como dramaturgo y director, y Actuar como loco iba a ser su tesis de maestría en la UBA. Pero le rebotaron el tema.
Éste es un libro escrito por una persona que tuvo dos crisis, que padeció delirios, que creyó que era el mesías y su papá un clon. “Los psiquiatras deberían estar presos por privación ilegítima de la libertad”, asegura Robinson en un apartado foucaltiano. Ojo: no todo es angustia y pena, el libro es esperanzador. Alguien que vivió algo así posee cierto saber, y lo que hace el escritor es compartirlo. Cuenta, por ejemplo, que cuando se creía el mesías, a su dieciséis, a nadie se le ocurrió preguntarle a quién quería salvar.
“¿Qué hubiera pasado si el tratamiento hubiera sido llevarme a una villa a hacer de payaso y jugar con los niños?”, se pregunta. Luego lo descubrió: lo que quería era hacer teatro.
Aunque el tema es agrio y oscuro, Robinson tiene sentido del humor: puede llegar a recomendar cierta película para verla bajo los efectos de la marihuana. Se pelea con algunos popes del teatro, como Eugenio Barba, al tiempo que demuestra su amor por otros, como Alberto Ure. Es gracioso —y certero al tiempo— cuando dice que los científicos del Conicet deberían hablar del “mal de amores”: dice que el haber sido rechazado por el amor de su infancia influyó en su trastorno, medio en chiste, medio en serio. Se refiere a un médico con nombre y apellido y lo tilda de “negligente” y “pedante”. Robinson ha escrito un libro apasionado. Seguro que por eso se lo rebotaron en la academia.
“La locura no es una enfermedad sino un estado de la conciencia que la cultura contemporánea rechaza rotundamente”, define Alan. El libro está plagado de pasajes conceptuales. “La mala locura es la del miedo, la que enferma; la buena, en cambio, es creadora y subversiva.” La primera parte es especialmente atrapante.
Es muchas cosas Actuar como loco: un libro crítico sobre cómo se trata la locura en esta sociedad, cómo se la aparta, estigmatiza y perpetúa con pastillas y relaciones de poder entre médicos y pacientes. En definitiva, allí hay un buen negocio. Esto es lo primero que aparece en Actuar como loco y probablemente Robinson entienda que es lo más importante: hay una lucha a través de la pluma para que no existan más los manicomios tal cual son.
Por otro lado, el texto es una visión sobre el teatro: Robinson rescata, entre otras cosas, su capacidad premonitoria (que comparte con la locura). Su mirada es bien latinoamericana: “Si el artista urbano pretende liberarse y desarrollarse debería tomar como modelo la cosmovisión, el paradigma y el saber de los pueblos originarios de América”, advierte. Y en la última parte sugiere como figura al actor chamán. Luego de apartados que recuerdan y homenajean a los poetas Marisa Wagner y Jacobo Fijman, aparece una de sus obras teatrales: Daría mi memoria por volverla a ver.