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“Violet!” en el Banfield Teatro Ensamble.-

La puesta del director Nelson Valente, encarnada por la compañía BTE, transita por tópicos como la soledad, el encierro, la tristeza y los conflictos familiares irresueltos.
Por María Luz Carmona
Fotografía gentileza BTE
Buenos Aires, octubre 15 (Agencia NAN–2013).- “Quiero ser libre, pero no me interesa la libertad de los de afuera, quiero mi propia libertad”, reclama Víctor Krap, hijo de un matrimonio de la alta sociedad que, agobiado por sus padres, decide abandonar su hogar, su familia, su trabajo y su novia, para refugiarse en un miserable cuarto de pensión. Encerrado en esa habitación pasa sus días intentando hallarse. Esa es, tal vez, una de las escenas más interesantes y esclarecedoras de Violet!, la adaptación que realizó el director Nelson Valente -con la colaboración de Ignacio G. Bustamante- a partir de un texto de un dramaturgo irlandés. Encarnada por la Compañía BTE, la puesta transita por tópicos como la soledad, el encierro, la tristeza y los conflictos familiares irresueltos, con una calidad interpretativa destacable y una buena cuota de humor.

La historia se centra en la vida de una familia acomodada de los años ’50 que atraviesa su peor momento: el hijo huye de la casa, el padre muere y la madre queda completamente sola. Uno de los elementos más destacables es la interpretación de los actores. En especial, las de la madre, Violette Krap (Mariana Fossatti), y la del hijo, Víctor (Emiliano Dátola). Ambos actores, muy jóvenes, encarnan de manera notable a estos personajes dramáticos y en conflicto permanente. Lo hacen acompañados de un sólido elenco compuesto por 17 actores.
En este trabajo, Valente logra reunir todos los ingredientes de la dramaturgia burguesa: trama, personajes, conflictos, situaciones, diálogos y convenciones, y los somete a una sarcástica operación. El joven Víctor, que abandona a su familia y se encuentra angustiado, sin hallar la salida, se recluye en un cuarto, a la que asistirán una insólita galería de personajes -incluidos un espectador y un torturador chino-, que intentarán que Víctor explique qué le ocurre para que, de esa forma, la obra adquiera sentido. Ese recurso (en donde el personaje mira y habla directamente al público) hace más interesante el cierre de la obra y también aclara algunas situaciones que parecían algo confusas.
Otro de los elementos a destacar es la escenografía, a cargo de Pablo Cordonet, que hace referencia directa a una época y a una clase social. Por ejemplo, los muebles de la casa familiar y de la pensión son fieles al contexto histórico. Y es muy probable que hayan sido diseñados y confeccionados especialmente para esta puesta, por la exactitud de cada elemento. Cada objeto encuentra su lugar preciso dentro de la escena y cumple una determinada función teatral. Nada está allí por azar. Por otro lado, el vestuario y el maquillaje cohesionan con la puesta. La vestimenta de la época ocupa un lugar importante ya que le da credibilidad al hecho teatral. Entonces, es evidente que se trata de un gran trabajo logrado en equipo, que incluye a los 17 actores en escena, pero también a todos aquellos que hacen un trabajo absolutamente necesario y fundamental detrás del telón.