Por Luis Paz
Buenos Aires, noviembre 30 (Agencia NAN-2008).‑ Bicicletas es, junto a Banda de Turistas, uno de los mejores nombres de bandas de la escena. El Turista original de los autores de Mágico corazón radiofónico era incluso mejor. Pero Bicicletas es de esos nombres alla Sumo, de esos que habilitan a la semiosis ilimitada. Según los interpretantes que maneje cada quien, algunos verán en él un recuerdo de los paseos juveniles sobre dos ruedas; los melancólicos recordarán el disco de Serú Girán; y los yonquis sonreirán por el guiño a la bici 2000 o ciclista, predecesor del Star Wars, lisergia acartonada 2005, y de las verdeamarelhas de más acá.
Sí, esta reseña es sobre Bicicletas, la banda y el disco, y no un anexo de la revista THC, pero el punto es que el quinteto liderado por el pelado Julio César Crivelli suena juvenil, suena a rock argentino de la primera hora y suena a psicodelia. Y que su estudio –donde parieron este disco, producido por Ezequiel Araujo, y grabaron los EPs Deslízate naranja (2003), Discover (2004) y Ojos (2005)– se llame Descarrilado no es un dato menor, como tampoco que la de Crivelli es la voz detrás de esa carraspera angustiante de la versión de “Oye niño” de Miguel Abuelo, registrada en Ojos. Esta tendencia al cover ya la habían mostrado en Discover, donde reversionan a los Rolling Stones, Chemichal Brothers, The Cure, The Doors y Duran Duran.
La banda se completa con Agustín Pardo en bajo; Mariano Repetto en batería; Ignacio Valdez en sintetizadores, rhodes, moogs, guitarras y programaciones; y Federico Wiske en guitarras y coros; algunos parte de la banda estable de Juan Stewart y del ExperimentoLóizaga, y todos de The Killergrams, el lado B electrónico de Bicicletas. Sólo más señales de la capacidad de la banda para comprimir y explorar los últimos 40 años de historia musical.
Una compresión a fuerza de las paredes de guitarras de antaño, cuelgues y una voz ahora sofocante, luego angustiante y en ocasiones chamánica. Bicicletas, el disco, es en definitiva un viaje caótico como el primero de Hoffman. Un caos en el que, de nuevo, conviven el nene que cuenta que “doce peces quedan al sol”; el paranoico que recuerda esos “ojos que miran siempre desde lejos”; o el desconsolado por el “barco de papel que va a naufragar” de “Feliz no cumpleaños”, un concepto propio de un genio atormentado: “Por vos me ahogo en una bañadera sin final, por vos dejé que se rían de mí los demás, que se rían de mí una vez más”.
Que los Bicicletas no se encuadren en el stoner es tanto causa del midtempo casi constante en sus canciones como de sus intenciones: musicalmente, la banda experimenta básicamente con rock, blues y folk; y líricamente, intenta un desarrollo de la historia más allá de la metáfora. Algunos los señalan como art rock. Tal vez sea cargarles demasiado la mochila. Con decir que hacen «rock del siglo XXI”, como proponen ellos, basta.
La producción de Ezequiel Araujo aportó un valor agregado al potencial que Martín Mercado, gurú del indie porteño y dueño de Estamos Felices, vio en ellos para sumarlos al catálogo del sello, cuya propuesta se completa con Banda de Turistas, los dub psicodélicos Nairobi (junto a Bicicletas, de lo más colgado de Creamfields 2008), Coiffeur y promesas como Humo del Cairo y Calendar.
Pero hay que volver a Bicicletas, porque de eso habla esta reseña. El problema es que hacerla escuchando el disco es demasiado complicado: cuando el camino de la semiosis empezó, agregar la velocidad de la pedaleada cuesta abajo de “En el aire” complica andar en línea recta. Más bien complica hacer cualquier cosa que no sea disfrutar del viaje o tirarse al pasto con la bici apoyada en un árbol.