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Museo Nacional de Villas Artes

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Estigmatizados por los que nunca los recorrieron, los barrios más pobres son espacios en los que se entretejen sentidos, plasmados en murales, páginas o el éter radial. Fotografía: gentileza de OXX

Por Nicolás Sagaian

De lejos, el paisaje uniforme apenas se divisa: los ranchos encimados, uno al costado del otro, como un gran hormiguero, hacen complicado calcular con qué se encontrará uno ahí, en el barrio, territorio de resistencia ubicado al borde de las fronteras reales y simbólicas que empujan hacia afuera. De cerca, el panorama es más complejo: los pasillos angostos, húmedos e interminables se entrelazan formando laberintos que se agrandan, se achican, comienzan y terminan repentinamente, sin avisar, extendiéndose en el horizonte hacia quién sabe dónde. El camino es enmarañado y toma forma a cada paso. Para comprobarlo no hay que ir tan lejos. Apenas hay que sumergirse tierra adentro, donde las casillas mejoradas con paredes de ladrillos y techos de chapa crecen firmes en un ambiente de extremos: de agite y pasividad, de gritos y secretos, de muerte y gestación; donde se vive a pura intensidad.

La villa es así: compleja desde donde se la mire. Sin embargo para muchos la cosa es simple: los voceros del sentido común la señalan y la estigmatizan sin siquiera haberla pisado. La encasillan detrás de unos cuantos calificativos negativos sin conocer las variantes y las diferencias de cada uno de los barrios. Para torcer esa corriente, luchar frente a frente contra los que se adjudican un cuerpo y una voz que no les pertenece, de las asambleas populares, de cada manzana o de las mesas de trabajo barriales surgen distintas producciones villeras —sociales, artísticas y culturales— que muestran un escenario totalmente diferente, con la idea de acercar a todos un poco más del aire que se respira en los asentamientos, a lo que dice su gente y a lo que hace con su vida cotidiana, con más realidad presente que con fotografías veladas.

En ese panorama, el arte empieza a ganar terreno como herramienta de transformación social, más allá de que se vista de diferentes maneras en cada territorio. Las plataformas quedan a criterio de las necesidades y los gustos de cada grupo de vecinos, teniendo en cuenta los recursos, los materiales requeridos y las posibilidades de realización. Ejemplos de proyectos de este tipo hay de sobra. En el conurbano o en la Ciudad de Buenos Aires las creaciones se multiplican: circo, fotografía, teatro, televisión, radio, plástica, música, cine y gráfica (libros, revistas o periódicos) se sostienen a todo trapo, con esfuerzo, poniendo en jaque los quehaceres culturales “oficiales”, rutinarios, repetitivos, para echar a andar nuevas formas, nuevos caminos que están surgiendo hace rato y que NaN propone recorrer, como una invitación a desandarlos primero en el papel y después en los propios barrios.

ODISEA EN LA 20

En Lugano, bajo la sombra de la torre de Interama, funciona una enorme plataforma cultural, allí donde el Estado se interesa poco y nada. En cada uno de los rincones de la Villa 20 —donde viven cerca de cinco mil familias paraguayas, bolivianas y argentinas— ancla sus cimientos un espacio de producción artística que abre sus puertas con un abanico de ofertas: talleres de artes plásticas, un cine (El Resplandor), una editorial (Interama Books), un sello de música (Puerta de Hierro Records) y una productora audiovisual. Todas esas iniciativas se aúnan bajo el nombre de Odisea XX, pero para los del barrio se trata del “Ministerio de Cultura”, el único que existe en la zona, sin punteros ni interesados de turno.

La propuesta adopta forma de institución “gubernamental” porque así está concebida, con sus secretarías y responsables para cada área artística. “Los cargos están ocupados por personas de la villa, salvo que surjan excepciones, porque acá se sostiene una óptica diferente a la habitual. La mayoría sólo ve miserias y carencias; nosotros vemos personas que avanzan, producen y crean”, comenta Martín Roisi, ideólogo de la agrupación cultural que nació allá por 2005.

Desde entonces, la plataforma fue expandiéndose con el sostén de los residentes del lugar, que trabajan desde una estética particular pero no se consideran artistas. “Los que viven en la villa crean un arte bien propio, sin pretensiones, espontáneo y testimonial, en estado puro.” Ahí se entiende por qué en algunos de los murales que se estampan contra los distintos frentes y esquinas de la villa aparecen el boxeador Carlos Monzón, el Gauchito Gil, Juan Perón y Martín Fierro, por un lado, y unicornios y dibujos animados, por el otro. “El arte villero tiene eso: usa mucho lo que está en el aire dando vueltas, no hay estructuras rígidas ni técnicas. Todo se va haciendo en el camino y ese proceso es muy interesante”, indica.

En esa sintonía, resalta las creaciones del taller de plástica para grandes y chicos. La idea de la Galería La Nave es copar de arte el medio en donde subsiste. En esa sede sencilla, abierta para el que quiera crear, se exponen obras plásticas y fotográficas. Los trabajos se presentan tal cual fueron concebidos, sin intervención o enmarque. A la par, se dictan talleres de dibujo, pintura y escultura con diversos materiales, a cargo de estudiantes y profesores de Bellas Artes. De todas maneras, el que inventa intensas producciones en la villa por lo general no pretende hacerse de herramientas teóricas sino que prefiere pasar a la acción. “Hay pura obra acá. No se piensa tanto en la autoría”, señala Roisi.

Con esa premisa, el Shanty Town Art utilizó los pasillos y el lomo de las casillas como un gran lienzo bajo el cielo abierto. Interama Books editó El Camino de los perros, un libro compuesto de relatos de hombres analfabetos; y la discográfica Puerta de Hierro cuenta en su haber álbumes como Chama-hop (mezcla de chamamé y hip-hop) y Cumbia romántica y Bolero tropical, de la banda Tres Deseos. “Todo parte de historias increíbles, casi sin editar. Elaborados con un lenguaje propio, con motivos diferentes sin un plan estético preestablecido.” Los detalles, como está claro, marcan lo rico. Los diversos mundos posibles, los puntos de vista, en su estado original.

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Se trata de crear, de animarse, de dar rienda suelta al juego, a la imaginación, como lo hacen los 400 jóvenes que participan año tras año en los talleres de iniciación. Fotografía: gentileza de CCS

AL SUR, EL CIRCO

También en el área austral de la ciudad, pero más cerca del centro, bordeando la vera del Riachuelo, el arte toma potencia, haciendo equilibrio para promover “un salto, más que un simple corrimiento” social. El trampolín de despegue está ubicado en el corazón de Parque Patricios, en ese galpón de la calle Iguazú que alguna vez fue una fábrica y que hoy funciona como una especie de carpa de cemento y metal de la que cuelgan telas, trapecios y aros, siempre en movimiento. En esa plaza de acción constante se erige la sede del Circo Social del Sur (CSS), que desde 1996 trabaja en los barrios más pobres con una pasión colectiva común: transformar las artes circenses en un modo de vida y una herramienta de resignificación del entorno.

De eso se trata y aún mas: de crear, de animarse, de dar rienda suelta al juego, a la imaginación, como lo hacen los 400 jóvenes que participan año tras año en los talleres de iniciación, principalmente en la Villa 21-24, pero también en la 31, Piedrabuena, Ciudad Oculta y La Matanza. Como se espera, las problemáticas son innumerables, pero la pedagogía cultural del circo intenta darle una vuelta a tanta heterogeneidad y tanto individualismo reinante. “Cada uno practica su rutina sabiendo que forma parte de una obra colectiva. Entonces, todos entienden que acá la suma de las partes no trae como resultado el todo, sino lo extra, lo grupal”, destaca Vanesa Zambrano, una de las coordinadoras generales del proyecto.

Los logros de ese tipo de trabajo pueden verse en concreto a fin de año en una presentación barrial, sin un escenario pomposo pero ante un gran auditorio. “Cuando finalizamos la experiencia, al año siguiente tenemos más chicos. La idea es construir una relación con la gente”, remarca. Lograron eso hace rato. A la par, fueron dejando marcas en la comunidad: “El arte comenzó a ser visto como una posibilidad certera de desarrollo”. Y dejó de lado las miradas cruzadas y los prejuicios que existían sobre la disciplina.
El contexto cambió desde los noventa y eso ayuda, pero la buena recepción se corresponde, según los coordinadores, con que el circo es muy cercano a ciertas formas cotidianas de la villa. “Se trata de poner el cuerpo, haciendo malabares para seguir adelante. Entonces, la identificación con quienes lo hacen todos los días es inmediata”, analiza Zambrano, que creció dentro del taller.

Con sus matices, la idea pegó fuerte y tuvo inmediata repercusión internacional. Hasta tal punto que el Cirque Du Solei eligió apadrinarlos para colaborar con la escuela a través de recursos y talleres de profesionalización para “cirqueros avanzados”, pese a que en el CSS ya cuentan con un lugar similar. Hace dos años se desarrolla el Taller de Formación de Formadores y el de Profesionalización, que se dicta cuatro veces por semana durante dos o tres horas. “Esta veta tiene por objetivo brindar algo adicional a todos los que quieren vivir del circo”, remarca Pablo Holgado, uno de los creadores de la institución junto a Mariana Ruffolo.

Hoy 36 jóvenes se capacitan en ese espacio de técnicas. Y si bien algunos no lo toman de esa manera, la formación puede crear una salida laboral. Un ejemplo de esos es el de Vanesa, que hizo changas, laburó en empresas y ahora se puede dar “el lujo” de ser profesora en los talleres itinerantes que se realizan en conjunto con otras organizaciones. Así, la chispa del CSS se reproduce buscando convertirse en fuego, intentando brindar calor en más barrios, para más chicos, como una posibilidad de cambio social.

LA VOZ DE LOS BARRIOS

La mayoría de las producciones villeras no encuentra un espacio o una veta en la interminable red (de repetición) informativa. Los medios masivos de “difusión” no se hacen eco de las constantes necesidades o conquistas de las ranchadas más humildes del país. En cambio, repiten de forma intensiva las noticias que sostienen un discurso de criminalización y estigmatización de los pobres. Hartos de eso y de las versiones en las que siempre se los señala como “culpables”, desde hace más de una década comenzaron a brotar con más fuerza distintas plataformas de comunicación populares. El “multimedio” Mundo Villa, a través de un diario por Internet, otro en papel (de distribución gratuita), un canal de TV con programación en preparación y nodos de radiodifusión FM, propone sintonizar otra realidad con una verdadera fórmula fifty-fifty: 50 por ciento de reclamo y 50 de identidad cultural.

Con corresponsales, movileros y colaboradores en catorce villas, buscan marcar la “agenda” con denuncias, urgencias e historias de los distintos barrios, “para dar una batalla cultural a través de los medios de comunicación”. Apoyados en la Organización SOS Discriminación Internacional, vecinos y un grupo de estudiantes de Ciencias de la Comunicación y de Letras de la Universidad de Buenos Aires, el colectivo de transmisión logra expandirse más allá de los límites de Lomas de Zamora, Flores y Villa Soldati. Es más, “todos están invitados a participar y discutir los contenidos, porque no alcanza con tener sólo un canal de difusión: hay que ponerle algo”, afirma el subdirector del periódico, Julio Zarza, antes de cerrar su exposición: “Si no, corremos el riesgo de contribuir a la ampliación de los mismos estereotipos del periodismo amarillo, racista y complaciente”. Eso no es lo que pretenden. Las noticias narradas por sus propios protagonistas permiten atravesar esa puerta que siempre estuvo negada al periodismo villero.

En sus artículos, de buena producción y nutrida identidad, no le escapan al bulto y ponen en evidencia las diferentes lecturas que existen incluso dentro de la villa. La guerra por el agua y los lotes en la 31 y el análisis de la violencia de las bandas armadas en la 21, a partir de la expansión de unas 15 pandillas que llegaron a tomar los pasillos dejando decenas de muertos, no faltaron en las líneas que los corresponsales volcaron al papel. Tampoco cómo se fueron solucionando esos problemas. El cronista barrial Matías González cuenta que en el segundo número del periódico Mundo Villa salió en tapa Gustavo Benítez, creador de la ONG Vientos Limpios del Sur, señalando que había que “bajar los fierros” y “buscar otra salida”. La idea, de a poco, funcionó. Un torneo de fútbol fue el punto de partida y, cuando cayeron en la cuenta, entre 30 y 40 pibes estaban juntando basura, sacando los esqueletos de los autos robados de la villa, ideando cómo construir veredas y haciendo una colecta vecinal. “Desde el papel, la radio o la TV, salimos a romper con los prejuicios, los de afuera y los de adentro, porque acá también hay mucho de eso”, advierte Ruth Torrico, la viuda de Adam Ledesma, ex director de Mundo Villa, asesinado el 4 de septiembre del año pasado de dos puñaladas por la espalda. Hasta ahora, por su crimen hay un solo detenido e innumerables incógnitas. Las hipótesis van desde una pelea barrial hasta un asesinato motivado por conflictos de intereses internos, problemas de tierras y drogas, con emboscada mediante. Lo cierto es que, muy lejos de eso, para la Justicia aún no hay nada claro.

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“Los chicos están acostumbrados a que a nadie le importe lo que tienen para contar. Con las actividades y el trabajo cotidiano pueden soltarse”, afirma Rubio. Fotografía: gentileza de PH15

En la casa de Torrico, en la manzana 99 de la Villa 31 bis, hoy se brindan talleres de periodismo para 25 jóvenes, espacios que se replican en Barracas. “Aquí corremos detrás de una esperanza. Marchamos en busca de contenidos genuinos, de información bien nuestra, verdadera”, afirma. Para eso, también, ofrecen cursos de fotografía y manejo de cámaras en el galpón transformado en centro cultural y estudio de Mundo Villa TV. Pero no será el único: en el predio 6 de Agosto de Soldati se están expandiendo los espacios de edición, grabación y trasmisión del canal “para que toda la zona sur pueda acceder a este medio de expresión”.

Como Matías o Ruth, todos los integrantes son militantes barriales que participan en comedores, tienen una radio o realizan obras en la villa. “La vida acá te lleva a hacer un poco de todo”, admite Norma Andia, presidenta de la colectividad boliviana de Soldati y fundadora de FM Sin Fronteras 91.7, que ya funciona y posee varios programas locales al aire. “Mientras, buscamos la integración cultural. Ahora queremos que nos escuchen y se escuche la voz de los hermanos paraguayos, peruanos, chilenos y uruguayos”, comenta. Los espacios de difusión pueden ser variados: una FM, un documental, películas de ficción o un diario. “Los barrios tienen mucho para dar, tenemos músicos, actores, periodistas y conductores. Si no los conocen es porque nunca tuvieron la oportunidad. Hoy, Mundo Villa está detrás de un cambio. Y lo está logrando.”

TV URBANA

En uno de los puntos más altos de la Villa 31, la antena recibe señales de televisión de aire y las distribuye a los vecinos que cuentan con un aparato receptor. Hacia cualquiera de las 33 manzanas del barrio, donde viven cerca de 30 mil habitantes, llegan las ondas que emite Urbana TeVé, que hace más de un año funciona en el canal 5 de la zona para darle lugar a los verdaderos intereses sociales y culturales de uno de los territorios más valuados de la ciudad (algunos emprendedores privados estarían dispuestos a pagar seis mil dólares el metro cuadrado) pero donde prevalecen la exclusión, la pobreza y la marginalidad.

Entre esas encrucijadas, a sólo unas cuadras de la Terminal de Ómnibus de Retiro, crece el proyecto de comunicación social que pretende expandir sus frecuencias a todos los hogares porteños. Claro que para eso hacen falta recursos económicos y materiales técnicos. Sin embargo, el desafío principal “es darse a conocer, crear nuevos contenidos y que los vecinos se sumen”. La señal es fresca: por ahora reproduce imágenes cotidianas, servicios, actividades barriales e información concisa y al pie. Incluso entre las publicidades pueden verse avisos de empleo, campañas de vacunación y documentación en algunos de los centros comunitarios. “La idea es que sea un servicio para todos y no deje de comunicar las cuestiones básicas”, explica Raúl Carricart, uno de los realizadores de la iniciativa junto al ex legislador porteño Milicíades Peña, el arquitecto Gustavo Cañaveral y Juan Cruz Guevara.

Mientras, buscan que agrupaciones vecinales se acerquen a presentar producciones y utilicen el canal para difundir sus contenidos, “pero muchos no lo hacen porque desconocen o piensan que es difícil hacer tele”. Entonces, la grilla se completa con documentales y películas de archivo. De todas maneras, los contenidos especiales no escasean. Con la meta de “concientizar” e informar, el canal reproduce las reuniones de la comisión de vivienda de la Legislatura, donde se discute el tema de la urbanización, postergada por interminables tires y aflojes políticos e intereses económicos. “Nos acercamos, filmamos y difundimos lo que se habla para que todos estén al tanto y puedan tener la oportunidad de informarse y participar en los debates”, asegura Carricart. Es decir, que los residentes del lugar utilicen el medio y no que el medio los utilice a ellos. Ese es el paradigma comunicacional que plantean, en el corazón del barrio más antiguo de la villa, en una habitación de apenas doce metros cuadrados. Allí, los creadores supervisan que eso se cumpla. Rodeados de monitores, una computadora y dos cámaras, intentan romper la “emergencia incomunicacional”, reconocida por el juez Roberto Gallardo pero que todavía se mantiene en varios sectores a pesar de los reclamos constantes de las asambleas barriales y de las plataformas internas que surgen pidiendo canales de expresión.

FLASHES DE UNA CIUDAD OCULTA

Las imágenes permiten transmitir pequeñas historias en un instante. En un “click”, el mundo puede paralizarse y quedar estampado para la eternidad. La lente artística y testimonial abre una ventana e invita a mirar espontáneamente todo lo que nos rodea, mientras a la par permite mostrar a través de ella sentimientos, identidades y expresiones fugaces. Con distintos matices, eso es lo que realizan los chicos que participan de PH15, una fundación artística que trabaja desde 2000 en Ciudad Oculta, cuando un grupo de reporteros gráficos y docentes se topó con jóvenes de la Villa 15 con ganas de aprender fotografía pero que no contaban con los recursos.

Desde allí comenzó un proyecto que, más allá de todo, no para. Los sábados a la mañana se reúnen en el Centro Comunitario Conviven para participar en cursos y talleres en los que aprenden principalmente expresión fotográfica. Luego, van adquiriendo cuestiones técnicas. “Las clases son de debate y crítica. Los chicos cuentan qué es lo que quisieron hacer y sus propios compañeros analizan si ven eso que quisieron transmitir”, explica Moira Rubio, co-directora del espacio junto a Miriam Priotti. Primero la experiencia es suelta, bien libre, con mucho de búsqueda e intuición. Después, especializan su campo de trabajo para formarse.

Apenas empiezan, los jóvenes reciben una cámara básica para que puedan hacer el camino con total libertad. “Las imágenes que surgen son de lo cotidiano, fotos simples que sorprenden por su calidad. Tiene que ver con el juego y la falta de prejuicios que poseen los chicos”, sostiene Rubio. En su experimentación, los pibes queman fotos como les parece, girando la cámara en círculos, con la cámara al revés, con “poesía propia”. No les interesa romper los límites. De hecho, esa liviandad les permite soltarse a la hora de expresarse. La diferencia entre un pibe que logra terminar los tres años del curso y uno que apenas ingresa con timidez es notable. “Los chicos están acostumbrados a que a nadie le importe lo que tienen para contar. Con las actividades y el trabajo cotidiano pueden soltarse.” Las muestras abiertas en el barrio, en ciudades, provincias argentinas y espacios de arte como el Palais de Glace les permiten modificar su postura y “sentirse reconocidos” como creadores. Incluso, si bien no son la mayoría, algunos se transforman en talleristas o fotógrafos freelance. El camino para llegar a este punto requiere de mucho esfuerzo y es muy espinoso. Por eso, desde la fundación, prefieren apuntar a sumar nuevas herramientas para aquellos que tienen una vocación despierta o se están despabilando con el correr de las clases. A saber, en el tercer año, los jóvenes empiezan a sumergirse en el terreno del video y el cine: hasta ahora hicieron stop-motion y con el tiempo la idea es que puedan producir ficciones o documentales.

“La cultura ofrece múltiples plataformas para apropiarse del arte. Entonces hay que tomarlas y utilizarlas para compartir producciones con la sociedad. El arte tiene que ser colectivo. Si no, muere”, indica la co-directora de PH15. Con esa meta en el horizonte, la fundación espera construir una galería abierta en el edificio ubicado en uno de los bordes de la Villa 15 para que puedan exponer tanto fotógrafos consagrados como los chicos del barrio. Sin embargo, el proyecto se mantiene en stand by debido a que los fondos que ganaron (30 mil dólares), luego de presentar una propuesta entre otras 500 ante la Feria de Proyectos de Juventud del Banco Mundial de abril de 2010, todavía no bajaron. “Está todo demorado por burocracia interna. Últimamente no nos contestan”, denuncia Rubio.

De concretarse, el espacio sería manejado íntegramente por los jóvenes y diseñado para exhibir cada una de las obras. Producciones que permiten andar las calles y los pasillos de los asentamientos y presenciar, al menos indirectamente, desde sus ojos, un poco de lo que allí ocurre.

Fuente: NaN #3 (julio-agosto 2011)