
Facundo Desimone
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“El Perrodiablo es la que más la rockea en vivo en toda la escena”, va a decir Paz, joven periodista. Tendrán que demostrarlo. La noche es larga y descuartizantemente helada. Recién suenan los primeros acordes de Las Armas Bs. As. en Zaguán Sur. La banda bonaerense abre el ciclo de rock Encandila, del cual formarán parte además Valle de Muñecas y Los Sub. Por suerte es sábado, y las píldoras del rock están en las venas, bajo las lenguas y dentro de los cerebros.
Las cuatro luces del escenario, dos rojas y dos verdes (¿luces del amor?), bañan al power trío bonaerense, que arranca con un power riff muy parecido al de “Insoluble”, del disco Volumen II, de Pappo’s Blues. La batería está al taco y la banda suena fuerte, potente. Llena. “Las Armas somos Joaquín en batería, Longa en bajo y Mister en guitarra y voz”, aclaran los chicos. “El proyecto nació cuando Joaquín y el Mister zapaban esperando que llegara al ensayo el resto de Miro & Su Fabulosa Orquesta de Juguete, banda de la cual forman parte también”, agrega el bajista, que viste una campera de cuero marrón debajo de la cual hay una remera con el logo de su banda. Pegada en el bajo, una calcomanía junta los números 1, 3 y 5.
“Amamos nuestros lugares y cómo en ellos se asimila todo”, defiende el Mister. La gente se copa, aplaude, sigue el ritmo de los temas con las cabezas y las piernas. Los chicos confiesan contar, entre algunas de sus influencias más identificables, con la música de Pescado Rabioso, Beastie Boys, White Stripes y Los Beatles. Y ya empieza otra canción, sin darle descanso al público para que procese. Arranca solitaria una línea de bajo, después de que el ejecutante del instrumento tome fuerzas prestadas de una botella de vino. “Esa canción estaba dedicada al Señor”, explica el Mister. “Y la próxima, al Rivotril.” Desde un pasillo lateral, arremete un aroma dulzón, a tabaco caramelizado. En ese pasillo, que termina en los baños, hay un stand y un perchero, una “miniferia”. Allí se venden remeras, morrales, sacos y cinturones con hebillas de El Padrino y Los Felinos Cósmicos. La luz que proviene desde allí es chocante, excesiva y no tiene nada que ver con la dulce penumbra de su sonoro ambiente vecino, al cual invade lastimosamente con sus rayos.
“Es un placer estar acá, trayéndoles todo el amor de 135 municipios rebosantes de mística y magia”, se abre el Mister, antes de tocar “El rey de las antenas”, primer tema del EP de la banda. “Nos aman, ¿no?”, se jacta. “Dale, no sean caretas, no sean porteños”, remata. Y antes de dar paso a la segunda banda de la noche, cierran con un tema que le dedican “a toda la gente a la que le gustan las revistas de rock”. Este cronista les consulta si les gustaría dejar algún mensaje a los pibes que recién empiezan a tocar y cantar. “No damos mensajes”, sentencia la banda.
El recital de Los Sub arranca con mucha lisergia, evocando sensaciones entre Sumo y esa canción de Soda Stereo que se llama “Claroscuro”. Hay que destacar sobre el escenario la presencia de un pequeño synthe Korg, en las manos de Ezequiel Visconti. La banda, que cuenta un guitarrista más que la anterior y se muda a un estilo algo más alternativo/indie, balancea el show entre su último disco, Confía, y composiciones anteriores. José Segundo, cantante y primer guitarrista (el segundo es Touchi Levingston), de tamaño considerable, tiene una voz muy parecida a la de Robert Smith, de The Cure. “¿Suena piola, suena bien? Quiero ver las caras; si no, me enojo”, advierte el bajista, Gabriel Gandini, centralizado en el escenario.
Hay un jipi muy estrafalario, de sombrero, anteojos culo de botella, barba en punta y pelo corto estilo britpop, ambos vellos completamente grises, que no puede más. Baila y salta entre la gente como si quisiese destruir el piso, como si debajo hubiese oro o quisiera llegar a China. Los chicos de Sub son cordiales, de pocas palabras. Un escueto y casi tímido “muchas gracias” después de cada tema. Última escala, la línea de bajo se transforma en algo muy parecido al tema de: “Nerds, nerds, nerds, so-mos nerds, nerds, nerds”, y el mini-Korg transforma la atmósfera de avión en nave espacial.

Antes de tener tiempo de descansar dos segundos, otra vez algo explota en el escenario. Hiperquilombo, la superación de todos los quilombos. Parece que El Perrodiablo llegó para quedarse. “¡Voy a dejar que me prendan fuego!”, grita una figura de pelo largo, jean, sin remera y pañuelo en el cuello, desde el final de la canción “El monje negro”. Y si creen que es mordaz e incisivo arrancar un recital con el último tema de El espíritu, su último disco, no tienen idea de lo que viene.
“El vivo es terrenal, es acción y reacción, es la química sin la cual no podríamos grabar discos”, se sinceran los chicos de la banda formada por Chaume en guitarra y coros, Doma en voz, Fran en bajo, Lea en guitarra y coros, y Tincho en batería. “Venimos de La Plata y hacia el polvo vamos”, devuelven de revés. Claramente, el público se volvió más joven, o eso aparenta. No hay una persona quieta, los cuerpos se mueven solos. Y no deja de entrar gente con cada golpe de redoblante. El bajista, que tiene una remera roja igual que el batero, toca de espaldas con un cigarro en la boca. Los movimientos del cantante hacen pensar en Iggy Pop, aunque por momentos también recuerde al Ozzy Osbourne del primer Sabbath.
Doma baja del escenario, baila, grita, canta con la gente. Las guitarras estallan, la gente se saca cada vez más, superando sus propios límites, como Goku cuando se transforma en super sayayin. La cosa se pone metalera, hard-rockera, punk al mejor estilo Sex Pistols. “¡Esto está lleno de pu-tos!”, vibra el estribillo de “Malas preguntas”, otro cañonazo de El espíritu. Las guitarras acompañan con riffs bien agresivos. La energía desborda y canaliza a través del clásico pogo. “Sepan apreciar lo que pasa, porque después… se chupan la pija”, advierte el cantante al finalizar el tema.
Moverse, saltar, gritar, bailar hasta reventar. Así debería ser el rock. Siempre. El último tema se llama “Algo sobre estar vivo” y termina de quemar los fusibles. El cantante baja del escenario, entona y salta con la gente, los abraza, les canta en la cara. La gente responde en espejo, le convida birra, lo pasean en mosh. Cada vez que los músicos intentan terminar, la gente agita, y tienen que seguir tocando vueltas y vueltas y vueltas del estribillo. El baterista termina tocando parado y gritando con toda su fuerza vital.
Por suerte, no tarda en arrancar Valle de Muñecas, con sus looks y sus instrumentos que viajan desde la década del ‘70, y esos cables enrulados que se enchufan a las guitarras y al bajo; inevitable la imagen de Hendrix y Gipsy Sun & Rainbows en el Woodstock de 1969. La más indie de las bandas de la fecha. Ecualizando la noche entre las canciones de su último disco, La autopista corre del océano hasta el amanecer, y temas viejos que la gente agradece, Fernando Blanco (guitarra), Luciano Esain (batería), Mariano López Gringauz (bajo) y Mariano Manza Esain (voz y guitarra) hipnotizan, permiten que todo se vaya acomodando. Que se empiece a soñar antes de estar dormido, antes incluso de subir al bondi o agarrar la bici.
Todavía quedan energías para bailar y hacer pogo cuando desde el escenario llega el enérgico “Creo que esta vez la soledad no es una herida”. Hasta los sonidistas bailan, resguardados en su recinto mágico. Después del último tema queda loopeando un acople, pero lindo, como si fuese de azúcar, y la gente se empieza a ir como abobada, atontada. Medio ganada por la inercia pero sin ganas, sin nada de ganas de abandonar ese instante y caer, una vez más, inevitable y estúpidamente, en la cruel y despiadada rutina. Queda eso, la magia del momento grabada en el alma. Y la frase que un rockero de algunas generaciones anteriores pronunció en uno de sus mejores momentos: “Si esto no es el rock, el rock dónde está”.