Por Ariel Luppino y Esteban Vera
Fotografía gentileza de Sandra Cartasso (Página/12)
Buenos Aires, noviembre 13 (Agencia NAN-2008).‑ Nació en 1941 como Rodolfo Enrique Fogwill, pero a punto de cumplir 40 años suprimió sus nombres de pila y se quedó sólo con su apellido. “Como Sócrates, Platón, Aristóteles, ¿entendés?”. Con esa operación empezó a construir su imagen de escritor. Imagen de bravucón, vedette, liberal, personaje insoportable, pero escritor genial al mismo tiempo. Habló con Agencia NAN sobre su última novela editada en el país —Otro orden de cosas–, Osvaldo Lamborghini, literatura e incluso sobre la referente flogger Cumbio, a quien le ha «dedicado varias pajas». Así, no siguió un consejo que le había dado mucho años atrás Lamborghini: “Y vos, histérico sin tragedia, ¿cuándo vas a empezar a escribir con la boca cerrada?”.
– ¿Otro orden de cosas es una novela sobre el peronismo o una excusa para tratar un montón de temas que subyacen, como la seducción del mercado y las relaciones de poder?
– Habla sobre la subjetividad, sobre las aspiraciones políticas. La imaginé en 1995. En ese momento era original, porque no había una acumulación, como hay ahora en América Latina, de figuras que pasaron de la lucha armada a ser grandes empresarios. Uno de los empresarios más importante del país es Montoto, que era montonero. Galimberti fue un zar del juego, de ese juego de mierda de la televisión (se refiere al 0-600 de Susana). Ni hablar de Francia, donde los popes de la derecha vienen del maoísmo.
– ¿Cuál cree que fue su mayor aporte a la literatura argentina?
– Siempre dije que fue el lobby Lamborghini. Lo edité, lo publiqué, lo empujé para adelante. Y todo lo que venía detrás de él.
– Hablando de él, ¿cuál es la influencia de Lamborghini en su literatura?
– Él no influyó en mi literatura, influyó en mí. Tenía una magia personal muy especial. Una vez que rompías la barrera que él establecía con el mundo, que era muy fuerte, encontrabas a un tipo muy querible, molesto, impredecible, difícil de aguantar. Como diría la gente, un impresentable. Y cuando comenzaba a fanfarronear era insoportable, hacía un personaje. Siempre estaba pensando todo en torno a la literatura, al menos en la época en que yo lo conocí: 1977, 78, 79. Además, era un hombre de la derecha peronista, un hombre de Rucci. Muy indigerible en esa época. Ahora hay más apertura y por ahí se lo toleraría.
– Uno de los rasgos de su literatura es la preocupación por la construcción de la frase. ¿Tendrá una obsesión semejante a la de Lamborghini, como sostiene César Aira?
– Esa obsesión, en mi caso, viene de la poesía. En cambio, Lamborghini era el hermano de Leónidas y tenía que escribir como Leónidas. Y no iba a poder hacerlo. Osvaldo podía ser genial en sus poemas, pero no eran poemas a la estatura de los de su hermano.
– Por lo general, siempre queda el Fogwill de las anécdotas, el personaje. ¿Eso a quién le conviene?
– Si fuese un tipo interesado en el redondeo del libro y en el mercado del libro, no hubiera publicado ni escrito. Pero las anécdotas y todo lo demás es lo que la gente puede consumir. Ponte que una novela mía vendió unos mil ejemplares, sólo tres o cuatro son lectores. Después hay unos 30 que se pasan el libro y no lo compran. El resto no son lectores, sino que miran el libro con el control remoto del televisor en la mano y con el celular sonando. A esos tipos para venderle el libro tenés que darles algo que se parezca a lo que viven en la vida cotidiana, como anécdotas, historias, problemas: que sos ciego, que sos drogadicto, que te cogiste a la hija de Palito Ortega. Si yo me cojo a Cumbio te garantizo que vendo el triple, porque todos los floggers van a ir a comprar el libro; y los padres de los floggers también. Después no van a saber nada de mí, ni del libro, pero les va a quedar de anécdota que me cogí a Cumbio. En realidad, Cumbio ha sido el tema de mis últimas pajas.
– ¿No cree que esas declaraciones lo pueden perjudicar? Una vez se definió como un reaccionario.
– No, porque los que escriben a favor mío, dicen «a pesar de». Yo necesito que los libros se vendan para que existan. Si los libros no existen, no circulan, aunque sean fotocopiados. El lector que me interesa sabe que tiene que ser «a pesar de». ¿Acaso no leemos a Cervantes, que estaba a favor de la esclavitud, que le chupaba las medias al rey, al príncipe? ¿Si Cervantes hubiera sido Pérez Esquivel aumentaría el efecto que tiene sobre los lectores? No.
– ¿Si alguien le dijera que su mejor poesía está en su prosa como lo tomaría?
– Eso lo dijo el boludo de Fabián Casas, ¿no? Yo le diría que no es así. Pasa que tengo pocos poemas muy buenos. Pero he escrito poemas que van a perdurar.
– ¿Y a los que dicen que Fogwill es un maestro de los relatos, pero no de las novelas, a esos que les diría?
– Yo les diría que al menos lean una. Yo tengo tres novelas: Los pichiciegos, Vivir afuera, Otro orden de cosas. Ése es mi paquete de novelas. No es mucho, pero son más de las que escribió Borges. Y son todos libros legibles, que fueron legibles cuando fueron publicados y lo serán dentro de 50 años. No sé si muchos van a tener libros que puedan ser leídos dentro de 20 años. Tampoco digo que soy un gran novelista. No soy Vargas Llosa. Él se saca un nueve en la academia de novelas y yo me sacó un seis. Y no pregunten qué nota le pongo a Alan Pauls. Digo Alan porque es un tipo que sabe de literatura.
– ¿Está escribiendo alguna novela?
– Hace poco casi pierdo todos mis textos, porque me agarró un pelotudo virus, un troyano. Estoy escribiendo algunas novelas y cuando me parezcan que están bien las voy a publicar. Ahora estoy publicando mis mierdas anteriores, como una nouvelle de los ochenta.