
Por Martín Sanzano
Hay algo en los dúos que llama la atención. Quizás sea la misma dualidad de la propuesta. La dicotomía, que contrapone a la vez que balancea. Que enfrenta y, al mismo tiempo, amalgama. Dos, como el huevo de la gallina y la gallina del huevo. De a dos, como se traen hijos al mundo. De a dos, como se crean las jugadas perfectas: pared, pase al medio y gol. Porque de a dos suena suficiente. Aplicados a la música, existen dúos de todo tipo y color. Grandes duplas de las que salieron canciones inolvidables. Lo mejor de los Beatles fue compuesto de a dos. Un poco más acá, el dúo Mollo-Arnedo escribió discos enteros valiéndose de ese simple formato. Uno y dos, no más. Pero a la hora de la ejecución, el asunto cambia sustancialmente. En la historia del rock no fueron demasiadas las bandas que se animaron (cada vez hay más) a encarar un show, un disco o incluso una carrera musical de a dos. Prescindir del colchón del bajo, del vuelo armónico de una guitarra o del aporte sonoro de cualquier instrumento y limitarse a la combinación de apenas dos elementos puede sonar tan arriesgado como inútil. Más cuando se trata de una propuesta bien rockera. Sin embargo, existen varios ejemplos que, principalmente a partir de la primera década del siglo XXI, comenzaron a acostumbrar nuestros oídos a un sonido diferente. The White Stripes en principio y The Black Keys al final (el blanco y el negro, otra dualidad interesante) se pusieron la camiseta del dúo de rock y salieron a girar por el mundo para demostrar que se podía.
Sin prestarle mucha atención a esa oleada, Alejandro Gómez, guitarrista chileno que andaba con ganas de tocar “algo diferente”, decidió usar el tiempo libre que le quedaba entre su banda, Guiso, y el trabajo en el sello discográfico Algo Records para tocar canciones de otra manera. Al principio intentó solo, pero no le convenció demasiado el resultado. “Me presenté en vivo y no me gustó mucho. No me sentí muy cómodo. Intenté romper un poco con las estructuras y hacer algo así como un ‘hombre orquesta’, pero no me resultó, no seguí dándole”, explica. Casi sin pensarlo, su hermano Álvaro, que también tocaba en Guiso (la banda hoy está en un stand by), se sumó al nuevo proyecto de Alejandro, en la batería. Y así, de manera natural, nació el dúo Perrosky. “Cuando entró mi hermano me sentí mucho más a gusto. La cosa siguió de a dos, fue tomando forma y aquí estamos, con diez años de vida”, señala Alejandro con orgullo.
Primero editaron un casete, Añejo, con un sonido más cercano al lo-fi que venía haciendo Alejandro como solista, y luego un EP, Otra vez, que termina con un cover exquisito de “Run Run Run”, de The Velvet Underground. Ese material los hizo empezar a tocar bastante en Santiago y otras regiones, e incluso visitar la Argentina. A diferencia de la mayoría de las bandas que cruzan la Cordillera, la propuesta sonora de Perrosky transita el rock crudo de garage, con escalas en el blues más punk y el rockabilly clásico, con un breve trasbordo en el folklore transandino. Todo eso junto y revuelto en una licuadora de mucho cuero y distorsión. “En Chile hay muchas bandas, y la gran mayoría es muy buena”, señala Alejandro. “Principalmente las más nuevas, que saben bien lo que hacen y además tienen todo el background de la comunicación y las redes sociales, cosa que a nosotros nos ha costado mucho”, confiesa.
“En Chile hay una movida pop que está pegando mucho y que está súper estandarizada. Me refiero a que está a la par del sonido que se está haciendo en estos momentos en otras partes del mundo”, precisa. “Pero también hay rock. Siempre es mucho más underground porque Chile no es muy rockero. Los medios de comunicación le dan mucho más al pop que al rock. Bandas rockeras chilenas, reconocidas y mainstream, prácticamente no hay”, sentencia Alejandro, y arriesga: “Creo que Los Prisioneros es una de las más rockeras que salió de acá”.
Que en Chile el pop le gane al rock tiene varias explicaciones. Y que en ese país las bandas representantes del segundo género se cuenten con los dedos de una mano, también. La conquista cultural sobre los chilenos en manos de los gringos es una de esas explicaciones. “Chile tuvo un quiebre cultural muy fuerte a partir del último golpe militar, cuando se cortó de raíz todo lo artístico nacional. En ese entonces, lo único que se escuchaba era lo que llegaba de afuera. De Inglaterra y Estados Unidos, principalmente”, señala. “En un 99 por ciento, la radio pasó siempre música en inglés. Por eso a nosotros nos ha costado tanto llegar a valorar nuestra propia música, porque nos parece incluso raro escuchar un tema de rock en español. Siempre hemos estado mirando hacia afuera, como músicos, como industria musical. Yo también. Toda mi influencia viene del blues, del rock and roll, y sólo un poco de folklore chileno», explica Alejandro. “¿The Black Keys? No me parecen malos, pero no los escucho. No tengo sus discos. A Álvaro, que es más de buscar bandas todo el tiempo, le gustan los Black Lips. Pero nada que ver. Para llegar a hacer lo que hacemos nunca nos basamos en la música nueva, siempre en lo viejo. Las que nos pegaron mucho más son las clásicas. Todas las que conocimos juntos, de chicos, antes de la llegada de Internet.”
Cuando la hermandad trasciende los límites familiares, el resultado puede ser mágico. Dos hermanos bien complementados son como una sola persona, pero con el doble de fuerza, creatividad y entrega. “Nos llevamos bien”, dice Alejandro sobre la relación con Álvaro. “Tratamos de ser un poco profesionales y dejar de lado el vínculo que tenemos como hermanos a la hora de tocar. Es difícil de llevar a veces, pero hasta este momentos hemos sabido trabajar juntos, ser bien objetivos respecto de lo que hacemos. En vivo hay una conexión que se siente. Una especie de telepatía que nos da más libertad para tocar e improvisar. Nos conocemos mucho”, sentencia.
* Perrosky tocará el próximo sábado desde las 21 junto a Fútbol, Sombrero y Gualicho Turbio en el Zas, Moreno 2320 (Once). El domingo se presentará, también desde las 21, junto a Nairobi, Val Veneto y Matías Cena en Voodoo Motel, Dorrego 1735 (Palermo).