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Adolescentes mutantes ninjas

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Con un LP debut de fin del año pasado y con cuatro meses hasta 2015, ya es certeza que el dúo rapero de Fran López y Agustín Spinetto es revelación del under. Fotografía: Victoria Schwindt

Por Gonzalo Bustos

Messi está a menos de 48 horas de ser campeón del mundo, de devolver a la Argentina a la cima del universo. Todos creemos que eso va pasar. Por eso acá, en el Lado B de Niceto, hay clima mundialista, hervor burbujeante. Y, aunque El Orgullo de Mamá jure que lo fue, no parece nada casual que esta noche haya sido elegida por el dúo para presentar su primer LP, Campeón Mundial.

—¡Pará, pará! —tira Agustín cuando comienza a sonar “Poder”—. No tenemos por qué pasarla mal.

Entonces se hace un silencio para acomodar el acople que pincha los oídos cual sesión de acupuntura. Fran dice algo para mantener la cosa bien arriba y se arma un pogo amable con el “volveremo’ a ser campeones como en el ‘86”, alimentado con golpes de batería desde el escenario. Un escalofrío recorre el cuerpo, sensación única para los menores de 30 que estamos acá. Podríamos estar a horas de vivir eso de ser campeones mundiales.

Solucionado el problema técnico, Agus y Fran arrancan de nuevo. Y explotan, como si uno acercara un fósforo a una perdida de gas. Como Lionel festejando su gol contra Bosnia, una imagen que nunca olvidaremos. Fran López y Agustín Spinetto hablan de ellos mismos en la canción que pincha efectos de videojuegos y vinilos rallados. En el momento del coro, acompañados por la dulce voz de Eugenia, invitan fruta en casa de un modo armonioso y cancionero.

En estos cuatro minutos, EODM se quitó la ropa para mostrarse como una banda de rap que habla de sí misma (de sus gustos, sus calles, sus días, sus inquietudes) sobre bases sintéticas. Pero este dúo, que en vivo se convierte en cuarteto (suma bajo y bata), no es simplemente una banda de hip hop. Madurados emocionalmente en los ‘90, saben cómo es eso de la mixtura de géneros: hacen canciones llenas de armonías corales, de voces, meten guitarras con cuerpo y potencia, golpes de bajo hard; todo sin dejar de rapear.

Cuando termina la canción lanzan la competencia: el campeón del agite esta noche se va a llevar un disco. Hay que mover el culo para ser el mejor de todos y “Monstruos y humanos”, con su rítmica elástica y sus parches boxeadores, parece la pieza indicada. Agus se come el lugar: con colorido look de jugador de fútbol ochentoso te canta en la jeta y, cuando toca, te muestra su reluciente guitarra. Te intimida. Mientras tanto, Fran responde a sus estrofas y torna espacial la cosa desde un synth. En el estribillo, el momento de grandilocuencia. Teclas que se vuelven orquestales, cuasi iglesia, y un coro que suena muy gospel.

Con “Ninjas”, Agus comanda desde una viola incisiva y Fran le declara la guerra a las tortugas adolescentes mutantes. En la lírica del sexto track de Campeón Mundial brillan otros elementos fundamentales en la construcción para la identidad de estos pibes: el amor al barrio, la diversión a partir de figuras emblemáticas de la cultura pop y una fascinación por lo clase B(izarro).

No sólo el Mundial nos tiene a todos en vilo esta madrugada. Dentro de unas semanas termina Master Chef y Elba es el Mascherano de la competencia de cocina. Como ella tiene mucho huevo pop, acá se la banca. Hay risas entre el público y aguante para la chica del norte. Ese agite que copa Niceto propicia “Alfajorcito”, el primer hit viral del dúo de Villa del Parque. Pegado, “La santita”, una crítica desollada a la cultura musical que remata con una frase que a esta altura de la noche suena a verdad: seguro te quedás con El Orgullo de Mamá.

LA IDEA DE RAPEAR

Todos los clichés. Históricamente, el hip hop fue tomado como un salvavidas para pibes a los que el destino les jugó sucio y, de un boleo en el orto, los plantó en la esquina heavy del mundo. De situaciones como esas salieron los primeros raps hace algo más de treinta años en Bronx o Harlem, Estados Unidos. Raps ardientes escupidos por negros con pinta —y nada más que pinta, cortesía del prejuicio— de pendencieros: los collares gruesos de oro, la gorra tapando media cara, el paso ancho y duro. Y ahí las historias de tiros, de pandillas, de gangs, de drogas. Las vidas duras.

En la Argentina, Sindicato Argentino de Hip Hop fue el que mejor adaptó eso a nuestro entorno. Eran los tempranos noventa y estos MCs de Morón tiraron unas bases y contaron sus problemas. Si bien su música les valió un Grammy Latino, justo el día del atentado a las Torres Gemelas (el 11 de septiembre de 2001), los remakes cayeron por falta de peso propio. Los clichés se comenzaron a exagerar y a argentinizar. Nuestros negros tomaron el estandarte de la doble hache, lo plantaron en las villas del oeste y el sur del conurbano y parieron su propio jip jop. Encontraron, como los morochos del norte, un escape a sus problemas poniéndolos en palabras y batiéndose en luchas retóricas contra otros, para ver quién tenía más aguante. Guachines adolescentes bajo el influjo de treintañeros con marcas de peleas de barrio se entrenaron en el freestyle, el beat- box y el style. Salió 8 Mile de Eminem y listo. Los fierros, las balas, los pibes muertos y los mics en el piso. Todos los clichés en modelo nacional.

“Hay un movimiento de rap argentino súper formado que vemos medio de afuera”, aclara Fran. “Para nosotros, el rap no es una bandera, para otros sí. Para nosotros es un marco: amor y fascinación.” Tanto Fran como Agus se sienten más músicos que raperos; de hecho, se conocieron y al tiempo formaron una banda de rock. “No pienso el rap como género, me cuesta. Es como una forma de entender la música. Es una forma de acercarse a algo. Teníamos ganas de rapear.”

“Esa es una lógica del rap”, dicen de las líricas típicas del género. “No se nos ocurrió eso porque no tenía sentido. Iba a ser la cosa más mentirosa y falsa. No nos podíamos poner en esos personajes.” Estamos en el barrio porteño de Palermo, a escasas cuadras del Malba y el Paseo Alcorta. El estudio donde se gesta EODM queda pegado a un Starbucks y tiene todas las comodidades que necesita el dúo: una buena computadora con alto monitor, algunos synths, teclas, violas y una pequeña sala. Lejos de los tiros, de las calles de tierra. Este es otro hip hop, es el que ellos viven y cuentan. “Ir por ese canal hubiera sido muy falso. Las bandas que nos gustan son a las que les creemos. No sé si lo hacen bien, pero les creo”, cierra la idea Spinetto, con una sonrisa que no para de pelar. López, un tipo que habla muy pausado, que piensa cada palabra, propone un ejemplo: “James Franco en El planeta de los simios haciendo de científico: no le creés”. El universo de EODM es tan valedero como el de los negros de Harlem o el de los pibes de Fuerte Apache. Fran y Agus hablan de sus vidas, que nada tienen que ver con tiros, con sobrevivir a la sociedad. Su vida es Villa del Parque, las Tortugas Ninjas, Mario Broos, Alf, viajes a ciudades desconocidas, vacaciones en el mar.

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“Hay un movimiento de rap argentino súper formado que vemos medio desde afuera”, aclaran los chicos de El Orgullo de Mamá. Fotografía: Victoria Schwindt

—¿Cómo nació la estética de su lírica?
Fran: —Son las cosas que nos divierten, que nos interesan, de las que queríamos hablar.
Agus: —Del día cotidiano y común. Pensándolas como al punk, por decir esas cosas que son naturales en el momento.
Fran: —No tenemos un programa. Fueron surgiendo cosas. Fue como pintar un cuadro. Cada pincelada te deshabilita un montón de cosas. Si hacés algo, eso redefine el paso siguiente necesariamente.

—¿Les fascina lo cotidiano?
Fran: —Sí, es fascinación.
Agus: —Ayer una amiga me regaló un alfajor y hoy lo desayuné, y eso fue lo mejor que me pudo haber pasado. El siguiente paso no sé cuál fue. Pero tenía muchas ganas de desayunar, tenía dos minutos y fue genial.

El primer tema que compusieron una tarde de improvisación en 2010 se perdió, pero recuerdan que hablaba de dormir la siesta. El segundo, que vendría a ser el primero oficial, fue “Rasputín”: base neumática y juguetona sobre la que rapean alegres la historia de un fabricante de detergentes fanático de la limpieza y enamorado. Si uno tiene en cuenta que esta composición se gestó en medio de una suerte de recreación de freestyle, puede quedar con los ojos abiertos al oír uno de los mejores estribillos de la banda: “Puedo limpiar tu cuarto,/ puedo baldear el patio,/ puedo limpiar tu baño,/ dame un beso, alcanzame el trapo”. Parece naif, quizá lo sea, ¡pero cómo se te pega! El tema salió en el primer y homónimo EP de la banda, a finales de ese año. Allí también registraron su hit “Alfajorcito”. Algo más guitarrero, pero lleno de efectos digitales, Agus no se cansa de buscar su golosina preferida, la misma del desayuno. De esos cinco temas iniciales dicen que son más graciosos y adolescentes.

Cuando terminaba 2013, largaron Campeón Mundial, su primer larga duración. Un compilado de diez canciones de juguete con perfume a Chuavechito y alegría al mejor estilo Outkast. El hip hop de EODM, ya lo dijimos, tiene otra lógica, una que no sigue la “tradición”. No estamos hablando de dos MCs: Agus y Fran son músicos. Al respecto, dicen que “no sólo las bandas de rap son influencias”. Curtieron Red Hot Chili Peppers, Los Fabulosos Cadillacs, Rage Against the Machine, The Clash. Ensambles que rockean fraseando veloces. “Generacionalmente, nos tocó vivir una naturalización del rap muy similar a la que tuvo el rock en los ‘60. Su universalización”, explica Fran. Tampoco son DJs. Son músicos. Sus canciones tienen guitarras filosas e incisivas, baterías que martillan pegadas a bajos de grooves machacantes, melodías teatrales de piano.

Dentro de esa arquitectura musical se mueven historias construidas con rimas esquizofrénicas. Historias de renuncia al sistema en clave videojuego (“Persia”), de monstruos como una otredad (“Monstruos y humanos”), de guerras contra rockeros de caretas industriales (“La santita”), de ciencia ficción guitarrera (“Ninjas”). Fran y Agus son capaces de tomar cierto punto común del rap y deformarlo a su molde: en “Poder” se ponen autorreferenciales y problemáticos pero felices; en “Villa del Parque” se suben a un riff que escupe fuego a lo Van Halen para hablarles a todos de su gueto. “Es el lugar donde querrías estar. Tener una casa con varios cuartos, un auto”, dice Agus de su lugar de origen. “Por eso no hablamos de tiros, digamos. Nosotros crecimos ahí.”

En “Hormigón armado” tienen la canción diferente, la mejor. Una mezcla exacta de rap y balada. Una pieza que respira sobre una base orgánica, que narra en clava nostálgica las sensaciones, percepciones y vivencias en una ciudad extranjera. Apuntes de viaje. Y el punto máximo tiene una frase con destino de perpetuidad: “En cada ciudad hay un edificio que me da más ganas de bailar que vos”. “La letra la escribió Fran. Pegó porque la forma en que lo cuenta es muy atractiva, muy particular. Es una que no se usa para encarar una canción: se hace preguntas que le harías a una persona si quisieras conocerla. Me parece que viene por ahí el atractivo”, reflexiona Agus. “Tiene una intensidad distinta al resto del disco y le da aire”, agrega Fran sobre su composición.

MONSTRUO DE DOS CABEZAS

“Con Emma podemos hablar sin que nos entienda nadie. Como que tenemos tanta data que nos tiramos un nombre y sabemos lo que queremos decir”, dijo Dante Spinetta en 2012 en el marco de la vuelta de Illya Kuryaki and The Valderramas. Esa declaración podría encajar perfecta para EODM. Acá estamos ante dos pibes de menos de 30 que se miran y no necesitan emitir sonido para comunicarse. Ahora Agus está recostado sobre su silla, con la computadora detrás. A su izquierda está Fran, que gesticula, piensa con la cara. Agus lo mira, Fran siente sus ojos en él y le devuelve la mirada. Luego, tira que “somos una banda de dos, muy de dos. Yo hago cosas con Agus que solo no haría jamás. Mi pensamiento en solitario no me lo permite. No se me ocurren ciertas cosas. Honestamente, hay muchos temas que no me acuerdo quién de los dos los escribió”. Agus lo mira con los ojos brillosos y todo el tiempo asiente como si fueran sus palabras.

Más allá de la particularidad de tratarse de dúos raperos, pueden establecerse varios puntos de conexión entre IKV y EODM. Los primeros hicieron de su estilo lo que se dio en llamar rap latino. Los pibes de Villa del Parque hacen, como escribió Luís Paz en Página/12, “un rap en argentino”. Ambos —o los cuatro, como se prefiera— se despegan de los hiphoperos tradicionales y de formato soundsystem. Mientras los Kuryaki cantaban sobre temas sexuales —porno a veces—, EODM apunta a relatos clase B. Ambos suman cuotas de humor, historias de amor, épica. Desde lo musical se chocan: Dante y Emma le dieron a sus melodías una buena inyección de funky ochentoso, Fran y Agus meten guitarras, bajos y efectos categoría noventa. Como ya se mencionó, comparten códigos. Y los llevan a sus canciones.

¡DALE, CAMPEÓN!

Messi no ganó el Mundial. La Selección argentina no se consagró como el mejor del mundo, pero todos nosotros estamos hechos. Experimentamos en carne viva eso de jugar la Copa del Mundo de principio a fin, tuvimos la ilusión de dar la vuelta, nos angustiamos con los penales en semis, gritamos goles que no fueron, lloramos al ver llorar a Mascherano ante el pitazo final. Brasil 2014 aún está caliente, pero acá en el estudio de EODM la charla es sobre otro Campeón Mundial, el de este dúo made in Villa del Parque. Después de editar su EP a base de fiebre adolescente, siguieron craneando composiciones y fueron por el siguiente paso. “Teníamos canciones que queríamos grabar y nos llevaron a pensar en un LP”, comenta Fran. “El trabajo fue escribir canciones en función de las que estaban y pensar el conjunto como un disco. No es una acumulación de temas.”

Se hace una pausa y Agus pide la palabra, pone gesto de mambo interno, busca los términos precisos para decir lo que quiere, y tira: “Lo bueno que tiene esta banda es que la mejor forma para que las cosas salgan es la natural. Hicimos algo que queríamos hacer. Y todo fue pensado para ese objetivo”.