
Por Juan Ignacio Sapia
Hay un capítulo de Sex and the city en el que Carrie Bradshaw, el personaje de Sarah Jessica Parker, dice algo que, de alguna manera un poco primitiva, me tocó de cerca. “Me gusta mi dinero donde pueda verlo: en mi clóset”, son las palabras que Carrie pronuncia frente a una zapatería de Manhattan. Parado en la puerta de la Feria de Editores II, organizada por la editorial Godot en FM La Tribu, me pasa lo mismo. La plata me quema en el bolsillo. Quiero verla convertida en libros. Y esta oportunidad es única: en los veinte metros cuadrados que ocupan, la oferta es inmejorable. Buena literatura y barata. Habrá, pues, que saber gastar sabiamente los trescientos y pico de pesos disponibles.
San Francisco de Asís comparaba la mecánica de la confesión con un hombre que cargaba piedras. Según él, al llegar a destino, este hipotético hombre descargaría primero las piedras grandes y luego las chiquitas. La confesión, completaba él, funciona de la misma manera. Gastar plata en libros es algo parecido. Se empieza por lo más caro y luego se pasa a las compras más chicas. Aparece la primera disyuntiva de la jornada: por un lado, me interesa El gato tuvo la culpa ($120, Blatt & Ríos), una colección de cuentos descatalogados de Hebe Uhart, que cubre un período importante: desde 1964 hasta 2004. Algo así como los bootlegs de una de las mejores cuentistas del país. El otro que me interesa es Zen, la ruta al occidente, de Alberto Silva ($100, Bajo la Luna). Silva es un sociólogo y prolífico traductor de haikus que vivió varios años en Japón. Este el primer tomo de cuatro libros en los que Silva plasma su experiencia con la filosofía budista desde la perspectiva de Occidente. Me interesa el zen, pero creo que puedo dejarlo para más adelante: la primera ganadora es Hebe Uhart.
La brevedad del lugar obliga a pasar varias veces por los stands. Hay, en total, ocho puestos. La feria aglutina los proyectos más interesantes del panorama editorial actual: Nulu Bonsai, Libraria, La Cebra, Marea, La Bestia Equilátera, La Parte Maldita. Los editores hablan con la gente, aconsejan. Los potenciales compradores pueden hojear los libros. Algunos los agarran y se van a un costadito a leer. Enseguida se me presenta el segundo dilema: por un lado tengo Hermano ciervo ($90, Fiordo), el primer libro de cuentos de Juan Pablo Roncone, un chileno del que escuché hablar hace un tiempo. Por otro lado se me aparece Te quiero ($90, Páprika), la nueva novela de JP Zooey, un escritor local interesantísimo que no da entrevistas y del que no se conoce su verdadero nombre ni su cara. Quizás esté oculto entre la gente que llena La Tribu. La edición cuidada y atractiva, sumada al hecho de que es el primer libro de Páprika, según me explican en el stand, me convence de que elija a Zooey.
Salgo a la vereda y me siento en el cordón. Aparece un japonés de atrás de un árbol y se asoma por la ventana. ¿Libros? Me pregunta. Sí, le contesto. Muchos libros. Se queda un rato callado, pensando y dice, con cara de satisfacción: “Mejor. Mejor libros que cuchillos”. Sin darme tiempo a que le responda, se va caminando. Me quedo perplejo, pensando en sus palabras mientras trato de resolver la tercera disyuntiva del día: la primera opción es Cadáveres frescos ($70, Godot), un ensayo de Horacio Quiroga acerca de la escritura. Me gusta la faceta ensayística de Quiroga. Los trucs del perfecto cuentista es uno de los mejores manuales prácticos de escritura que conozco. La segunda opción es Alt Lit ($100, Interzona), una antología de la actual narrativa estadounidense que armaron Hernán Vanoli y Lolita Copacabana. A algunos de los autores incluidos los leí en Internet, y son muy recomendables. No me puedo decidir. Declaro un empate técnico. Aun sabiendo lo nocivas que van a ser las consecuencias económicas de mi decisión, me llevo los dos.
Me voy mientras la feria continúa y los visitantes se renuevan. Tengo varios libros más, algunos billetes menos, y sobre todo, una frase en la que meditar: mejor libros que cuchillos.