
Por Ernesto Facundo Pastrana
desde General Villegas
efpastrana@gmail.com
“De ahora en adelante quiero hacer todo en base a datos que me ha dado la realidad y en Villegas tengo un filón extraordinario”, escribió alguna vez Manuel Puig en una carta a su madre desde Roma. Fue en 1962, justo antes de irse a Estados Unidos y escribir su primera novela. Sobre el final de la epístola, como posdata, le rogó a mamá silencio sobre esa sentencia, premonitoria de su obra. El resto es conocido: sus dos primeros libros marcaron una distancia con el pueblo que lo vio nacer. Puig, quien ya parecía saber lo que se le venía, pagó un precio alto por buscar datos en la realidad.
Aunque la doble moral y el machismo se encuentran en toda su obra, fueron La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas las que marcaron la ruptura con General Villegas. Se hizo difícil que la gente separase el universo de Coronel Vallejos de la realidad cotidiana, y desde allí a la fecha la relación que han tenido el escritor y su pueblo estuvo atravesada por la distancia. Incluso se llegó a prohibir la película sobre su segunda novela. Sin embargo, a forma de homenaje, si se quiere, casi todo el pueblo se desplazó a las localidades aledañas para verla, buscándose de la misma forma que lo hizo en los libros del escritor. La curiosidad puede más que el hombre. De eso, no hay dudas.
No todo es tan rotundo. Desde hace unos años se lee a Puig en la secundaria, pero eso ha requerido tiempo y trabajo. Patricia Bangero, estudiosa de la obra del literato, desarrolla talleres tanto abiertos al público como en las escuelas para acercar a los jóvenes al mundo Puig. “Siempre partimos de lo que los alumnos saben de él y aparece que habló mal del pueblo. Esas cosas no se las pueden sacar. Existe una mirada condenatoria hacia él que es muy difícil de erradicar”, explica. Por eso está ella desde hace rato, Puig en mano, desmitificando una verdad irrefutable que se ha instalado. “Generalmente a los talleres abiertos se acercan los que son nuevos en el pueblo, los recién llegados que empiezan a leerlo como modo de encontrarse a sí mismos”, comenta Bangero, que reconoce de todos modos la creciente popularidad del escritor.
El tema sexual tampoco es un dato menor. Su elección generó mucha más distancia de la que ya existía con sus escritos. La dinámica del pueblo machista que él relató en sus novelas fue consecuente y lo castigó por su homosexualidad. Sin pensarlo, Puig terminó siendo un personaje de su propia obra: “el puto mentiroso”. “La madre me contó que él murió pensando que lo odiaban. Tenía ese dolor de no haber sido querido en su lugar, de no haber sido reconocido, de no haber podido generar un vínculo”, profundiza Bangero, quien vive actualmente en una de las tres casas que habitó Puig en su infancia.
“Vi en Boquitas pintadas representados todos los estratos sociales”, comenta Sandra Moreno, bibliotecaria de la biblioteca municipal de la que nacieron los talleres sobre el escritor. “En la novela están muy bien representados el machismo, la figura del hombre y el abuso hacía el género femenino. También está instalada la idea de que al hombre se le perdona todo.” Quizá ésa haya sido la razón de Bangero, al retomar sus talleres en 2010, para utilizar la segunda novela: debatir y poner el mundo puigiano en contraposición a lo que vivía Villegas en momentos en que se conoció un video en el que tres hombres mantenían relaciones con una adolescente de 14 años. En ese caso, varias personas, en su mayoría mujeres lideradas por las esposas de los acusados, marcharon en defensa de los tres hombres. El azar, que siempre hace tan bien las cosas, como sentenciaba Cortázar, puso de nuevo a Puig en boga y, como para darle un final a lo que pudo haber sido tranquilamente otra novela suya, la chica tuvo que dejar el pueblo por el prejuicio que se generó en torno a ella. Bangero aclara: “En los talleres siempre aparece la doble moral. En el análisis los alumnos reconocen los abusos, ven cómo funciona esa maquinaria machista, la repudian, pero cuando pasamos al tema de esta chica la condenan. Hasta algunos docentes la condenaron. Nunca pudieron verla como víctima, y es muy fuerte eso”.
No es tarea sencilla cambiar la imagen de Puig en el pueblo. Después de su muerte, hubo que esperar 20 años para encontrar en la entrada de la ciudad un cartel que lo destaca como ciudadano del pueblo. Parece mucho tiempo para alguien de su valía.
Jesús Pascual es el coordinador de la murga Escrachados de la Trucha, que cada año y durante todo un mes realiza una procesión por los lugares más significativos para el escritor (el cine, su escuela y sus casas), mientras se monta una obra de teatro. Pascual llegó a Puig de joven, atraído por su “rebeldía”. Para él, “no hay una sola palabra que juzgue a sus personajes”, lo que lo diferenció con la multitud de Villegas. Luego, empezó a colaborar con Bangero en los talleres en la biblioteca municipal y desde 1997 se encarga exclusivamente, junto a varios amigos, de la murga. “Antes de ser escritor era puto. Eso está tan enquistado que pierde profundidad. Nadie acepta que sea consecuente con sus escritos. Nosotros levantamos la bandera de su obra porque creemos que es universal y atemporal”, comenta Pascual, y agrega: “Agarrás Boquitas pintadas, la sacás de Villegas y la ponés en Chacabuco, en Bragado o en algún pueblito del Ecuador y el molde es el mismo”. La sociedad se ha complejizado con los años, pero la idiosincrasia del pueblo chico, al parecer, no ha cambiado; forma parte de la receta. “La hipocresía es notable”, sentencia el murguero.
“Por otro lado, tenemos toda la cuestión machista. No podemos ponernos la careta, si lo primero que hacemos es bardearnos entre nosotros por la sexualidad”, reconoce el director musical de la murga, Lucas Snipe, quien no escapa a la estructura de pensamiento anclada en la realidad pampeana que lo condicionó durante su formación. Para él, la lectura es “netamente catártica y analítica”. Puig nunca fue indiferente a lo que vivió durante su niñez. En su ópera prima, La traición de Rita Hayworth, narra varios abusos en la escuela. Abusos que él sufrió y que hicieron que su madre lo cambiara de colegio. Sin embargo, a pesar de las “denuncias” realizadas, el pueblo optó por ocuparse en mantener las apariencias; otra de las cosas que Puig refleja en sus escritos. La realidad y la ficción siempre estuvieron entrelazadas en su persona.
No es tarea sencilla cambiar la imagen del literato en el pueblo. No podría afirmarse que se ha hecho. Después de su muerte (el 22 de julio de 1990), hubo que esperar 20 años para encontrar en la entrada de la ciudad el cartel que destaca a Puig como ciudadano reconocido. Parece mucho tiempo para alguien de su valía. Ni siquiera se pensó para atraer al turismo. No hay calles, bibliotecas, ni mucho menos escuelas con su nombre, como uno pensaría. Sólo la Casa de la Cultura fue bautizada “Manuel Puig” después de muchos calendarios. Para cualquier vecino de Villegas, la importancia se la lleva Antonio Carrizo. Incluso la biblioteca tiene, en su fachada, una gigantografía del locutor. “La contrafigura de Puig viene a ser Carrizo. Él es sinónimo de cultura en Villegas, y guarda, no es en desmedro de él, pero Puig es reconocido mundialmente”, apunta Pascual, quien además sostiene que la valencia del también periodista se debe a que “nunca ha criticado la estructura de la sociedad del pueblo”.
“Los mandatos están y ojalá Puig sirva (para ponerlos en crisis). Los talleres tienen esa intención. Pensar un rato juntos a partir del texto. Tratar de ver quiénes somos. Pensarnos a nosotros mismos”, prosigue Bangero, que todavía muestra optimismo a la hora de pensar el futuro de Villegas. “Salvo pequeñas diferencias, Coronel Vallejos también está en Alemania, los personajes están en todos lados. Eso es lo atrapante de Puig y hace que sigamos reconociéndonos en todos sus escritos, por más que tengan escenario en Nueva York, Brasil o México”, concluye.
Probablemente el villeguense hubiera preferido que el autor naciera en Lincoln o cualquier otro lugar de Buenos Aires. Inclusive, más lejos. A cualquier persona le molesta que la desnuden, y así lo sintieron en el pueblo con él. Puig siempre fue molesto. Desde su literatura, con los temas que trató. Utilizó el folletín, la carta o el informe policial como herramientas; recursos literarios que eran considerados menores para el universo de las letras. Se metió, también, primero con su familia, después con el pueblo, con el colectivo de artistas, con la militancia política, la comunidad gay y las lesbianas. En parte, eso fue sinónimo de no ser indiferente con lo que lo rodeaba, con la posibilidad explícita de ser desplazado. Villegas tampoco se salvó de ello. Con el tiempo, seguro, entenderá que no fue algo personal.