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El festival francés de los fanzines

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Loïc Robichon, creador de esta iniciativa nómada, cuenta que el coraje para hacerla lo reunió al conocer la primera aventura de Tintín. “¡Es muy mala!”, asegura. Fotografía: AV

Por Andrés Valenzuela
desde Lyon

“¿Leíste Tintín en el país de los soviets?”, pregunta Loïc Robichon, creador del festival itinerante de historieta autoeditada y fanzines Franzine. La pregunta, si el lector de NaN se la está haciendo a sí mismo, viene con una pequeña trampita. Es que Tintín es un clásico de la historieta mundial y un estandarte de la “bande-dessinée” francobelga. En Francia no hay ni un chico que no tenga alguno de los 24 álbumes publicados del joven reportero o que no haya visto alguna de la media docena de películas creadas a partir de sus historias. Es uno de los orgullos de la producción cultural de Bélgica, de donde era oriundo Hergé, su creador. Pero Tintín en el país de los soviets es la primera aventura del muchachito y data de 1930. Así que Robichon tiene una opinión bastante fuerte sobre este álbum seminal: “¡Es muy malo! Está en blanco y negro, pero bueno, la historia es mala y los dibujos no son profesionales en lo absoluto”, considera y cuenta que cuando descubrió eso quedó “impresionado, porque Hergé es un nombre realmente grande para la industria y los historietistas”.

¿Qué pensó el joven parisino Loïc? “¡Quiero hacerlo!” En su hogar en Normandía, en el frío noroeste francés, empezó a dibujar en los cuadernos escolares. “Cuando nos mandaban a hacer la tarea, yo en lugar de anotarla, dibujaba”. Ese impulso inicial por dibujar en todos lados y por gusto derivó en algunos libros autoeditados y, sobre todo, en las ganas de compartir la pasión por las viñetas con colegas y amigos, allí donde estuviese. Así nació el festival Franzine.

“Me había mudado a Québec y fui a un festival en Montreal que se llama Expozine. Ahí surgió la idea”, recuerda. “Expozine es uno de los festivales de fanzines y autoediciones más grandes de América del Norte”, describe, y cuenta que allí se citan más de 400 proyectos autogestivos. “Pero sentía que la comunidad francesa se perdía un poco, así que me pregunté por qué nadie había creado un festival sólo para francoparlantes”, explica. La respuesta le llegó naturalmente. “¿Por qué no hacerlo yo mismo?” Así, se puso a trabajar para reunir a la comunidad comiquera francófona de Québec. El nombre del festival, naturalmente, es fruto de la fusión de “french” (francés) y “fanzine”.

Cinco años más tarde, Franzine recorre el mundo. “Se volvió itinerante naturalmente. Empecé a conocer a autores y editores. Si te copa algo, conocés gente que también se interesa por eso. Después de unos meses, el proceso empezó solo”, afirma. “Cuando les preguntás a los amantes del cómic sobre festivales, responden que está Angoulême, que es el más grande. ¿Así que para qué competir?” El festival internacional de la BD de Angoulême es la mayor cita profesional no sólo de Francia sino de Europa. Es algo así como el Cannes de la historieta francesa, pero sin la playa exuberante del Mediterráneo. “La verdad es que no se supone que un festival deba ser grande sí o sí, así que me puse a trabajar en eso”, destaca. “Sólo me interesaba juntar a la gente, así que para cuando llegó el día la había de todo Francia, aunque no tanta porque me interesaba que siguiese siendo un evento chico”. Esa respuesta esconde la filosofía de Franzine: “Quiero ir a una ciudad y reunir a la comunidad”.

Robichon compara con otros festivales, como Lyon BD, también en Francia, donde lo encuentra NaN. “Acá está buenísimo, pero el objetivo es diferente: acá tenés gente de todo el mundo, yo quiero juntar a la gente que vive en el mismo lugar, que se conozcan y se den cuenta de que pueden hacer algo juntos, o al menos saber que existe el otro. Quiero dinamizarlos”.

—Algunos ven los fanzines como un paso inicial en las aspiraciones profesionales de un historietista. Otros los ven como un medio en sí mismo. ¿Cuál es su concepción sobre ellos?
—Seguro que es un buen modo de practicar y llegar luego a publicar, pero me interesa más verlos como un proceso que permite aprender a expresarse con libertad. En cuanto empezás a hacer una historieta te das cuenta que la peor censura viene de adentro, de tus propias limitaciones. El fanzine te permite explorar eso y aprender a hacer lo que quieras. También aprendés qué funciona y qué no para expresarte. Así que no es sólo sobre práctica profesional o técnica sino también expresiva.

—¿A qué tipo de censura se refiere? ¿De temática o de contenido?
—No sólo esas. La propia crítica es la peor. Cuando hago algo, enseguida pienso “quizás no debería poner esto” o “debería dibujar mejor”; un montón de cosas que te inhiben de hacer el libro que querés. El fanzine como medio es liberador, aunque no sé si te acercará al reino de los editores. Es un espacio para uno mismo.

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