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La lluvia también fue hermosa

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La cita, armada por NaN de nuevo en La Casita de Temperley, reunió a los musicales Ivo Ferrer & Los Tremendos, Surales y Dat García con los poéticos Lluvia Dorada. Fotografías: Manuela González (Facebook)

Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa. Fue el sábado pasado, justo antes del inicio de la sexta edición de Hasta Quitarles La Ciudad a Los Lagartos (#HQCL), el ciclo de música en vivo que organiza NaN y que una vez más ocurrió en el sur del conurbano, en Temperley, en La Casita. Llovía una lluvia hermosa, de esas que invitan a salir más que a quedarse seco en la cama, y La Casita se llenó de gente hermosa, de esa que tiene la capacidad de discernir esa belleza natural entre el concreto y el fierro de las civilizaciones. Hay que decir que la propuesta era atractiva. Ivo Ferrer & Los Tremendos, Surales y Dat García musicalizarían la velada, y el dúo Lluvia Dorada haría lo propio pero sin otro instrumento que la voz ni otra potencia que la del cuerpo y la palabra.

Por eso lo suyo, dicen So Sonia y Dogo Nauta, es una militancia. Los Lluvia Dorada no orinaron sobre un público en éxtasis sexual, pero mantuvieron la frescura de la tormenta sobre las cabezas de la audiencia con una performance de juglarescos recitados sobre la escuela y el trabajo, entre otros tópicos de difícil congregación. Es que ésa es la magia de la poesía, puesta aquí al servicio del espectáculo: la de decir lo inefable y hacerlo de manera singular en cada mente. No eran chistes los que narraban: era la sinapsis precipitada de huellas la que provocaba la risa, también manifiesto de admiración sobre la barroca arquitectura de lenguaje del dúo, que aprovechó la estancia en el escenario para difundir el Primer Slam de Poesía Oral en Zona Sur, a realizarse el sábado 13 de septiembre a las 22 en Espacio Asterisco, Lavalle 1293, en Banfield.

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No eran chistes los Lluvia Dorada narraba: era la sinapsis precipitada de huellas la que provocaba la risa. Fotografía: Manuela González

Surales arrancó con “Carta tuya”, y desde ahí se percibió la amalgama folklórica-cancionística-rioplatense-spinetteana del trío. Lo más bello de las voces de Verónica Bonafina y Leopoldo De Sarro es que son pedagógicas: tienen el sentir consonante con líricas que hablan de historias íntimas, de sanación (“De este mundo”), de esperas (“Para los dos”), de aventuras (“Mochilera”). Son verosímiles cuando dicen “no importan las cosas, importa la libertad”, mientras Orma Jones decora con percusiones sutiles, sonidos que evocan crujidos, croares y repiques a la vera de un lago oriental hipotético. De Sarro es el del timbre que más recuerda al del Flaco, como lo hacía menos en el ahora elíptico dúo CLDSCP. La romántica y campera “Larga distancia” concluyó un set de once canciones hermosas como la lluvia, que todavía amenazaba.

Una de las características esenciales del ciclo #HQCL es la variedad en la oferta musical, que en el caso de las citas sureñas comulga con la intención de ampliar las audiencias de los intérpretes hacia esos pagos. En algunas de las últimas ediciones tocaron Javi Punga, Juanchy Manchy, El Orgullo de Mamá, Julio & Agosto, Shaman, Como Diamantes Telepáticos, Sus Hijas, Myrna Minkoff y Seba Coppola (que estuvo en el público), entre otros; exponentes de una generación de músicos que rompe las barreras de los géneros, que vuelve a la raíz de la música (y del arte) que es emocionar, y que hace de esa indagación un camino de solidaridad mutua antes que de competencia con los otrora ajenos. En otro tiempo hubiera sido extraño que Dat García sucediera a Surales, que su sintetizador, su Mac y su teclado ocuparan un mismo escenario todavía caliente por guitarras criollas y bongoes.

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En “Millones de años” Dat García habla de “magia simple y vital” y “entrenamientos del mundo animal”, de tocar la tierra y sentir. Fotografía: Manuela González

No obstante, en su música persiste un gen folklórico, latino, secular. En “Millones de años” habla de “magia simple y vital” y “entrenamientos del mundo animal”, de tocar la tierra y sentir, mientras coinciden una guitarra acústica y una batería electrónica. Su cóctel de pop electrónico y suburbano –más groovero que Tonolec, menos que Tapate con La Manta de Tu Trío, pero evocativo de ambos conjuntos– prosiguió con “Tu cueva”, “Ermitaño interior” y el trip hop “El amor me entra en sonidos”. “Tenés que despojarte, encontrarte, que es una sensación como de orgasmo: difícil de explicar”, invitó la cantante como preludio a “Encontrarse no es casualidad” y sentencia de su búsqueda de extrañamiento y placer. Cerraría con “180 grados” (cover de SidiRum) y el rapeado “Dejar de pensar”.

Ivo Ferrer es una utopía andante: un tipo amoroso con todo el mundo. Ya se había pasado la noche de abrazo en beso, siempre con una sonrisa distanciándole los pelitos del bigote fino, entre concurrentes que charlaban, reían, besaban, empinaban un segundo vino, una tercera cerveza, escupían humos hacia el patio. No era necesario conocerlo para ligar un mimo suyo, menos para verificar que sobre el escenario tenía (tiene) una misión: vindicar la potencia festiva de la canción. Junto a los compinches de Los Tremendos y con Facundo Galli en guitarra eléctrica como invitado de lujo, Ferrer se pasó el show flotando entre el micrófono, la viola criolla, la batería y el más decorativo salto de alegría sobre el escenario, en momentos en que dejaba a sus compañeros la potestad del arte, lejos de la egolatría. Su set de canciones instó a la “risa contagiosa”; a deseos de que todo va “a estar bien, muy bien, genial”; a la “lucha contra el mal”; a decirle al de la mesita más cercana “creo que me gustás”. Línea aparte para Facundo Lozano, que rimó versos sobre melodías trabadas, rapeó hasta sacarle brillo al mic. La jarana terminó en unos bises improvisados, con Ferrer alentando el baile en la propia pista y todos cantándole “me gusta que estés potra” acaso a la lluvia.