/Archivo

¿Por qué y para qué usamos petróleo?

PETRO_ENTRADA
Sin criticar el paradigma del consumo, las aspiraciones de inclusión social en base a una demanda agregada se encuentran con el límite pragmático de la falta de energía. Fotografía: Télam

Por Nicolás Alonso

Dejemos de lado, aunque sea por un momento, el fracking como técnica de extracción. Dejemos de lado sus elementos relativos al impacto ambiental. Sería útil también abandonar el abordaje, tan extensamente iniciado por el desarrollismo, relativo al rol soberano de los Estados en su capacidad para llevar adelante industrias sin recurrir a capitales extranjeros. Con estas cuestiones a un lado, ¿qué es lo que queda a la hora de pensar en Vaca Muerta, yacimiento petrolífero que podría multiplicar por diez las reservas de hidrocarburos argentinas?

EL PROBLEMA

Hay algunos elementos ausentes en el debate público en general, en torno a la cuestión de los yacimientos de petróleo y gas no-convencional. Y es que el debate se define en torno a dos dicotomías. Por un lado el par Independencia/Colonia, propia de aquellos que “corren por izquierda” al gobierno. En ese punto, el problema de la formación Vaca Muerta estaría dado por la incursión de multinacionales en su explotación. La explotación de los recursos no-convencionales debería llevarse adelante por y para los argentinos, con tecnología y recursos propios que garanticen una soberanía más verdadera. Por otra parte, está el par Recursos Naturales/Soberanía Energética que, en este caso, estaría dada por los que piensan que la técnica del fracking puesta al servicio de la búsqueda de soberanía energética tiene efectos devastadores e irreversibles sobre el medio ambiente.

Fuera de estas dos corrientes no hay mucho más en el debate público. Pero hay preguntas que es necesario hacerse, sea cual fuere su respuesta. Cuestiones que es necesario tener en cuenta, más allá de que no devengan en ninguna orientación práctica, en ninguna política pública o en ninguna ideología. Porque son cuestiones que nos interrogan como seres humanos. Son cuestiones que apelan a nuestra manera de habitar el mundo. El petróleo, para bien o para mal, nos constituye. Y decir petróleo es decir capitalismo, es decir modernidad.

Por eso la importancia de pensar por qué y para qué usamos ese recurso antes de salir a buscarlo desesperadamente. Porque aceptar que el único remedio a la crisis energética es la búsqueda de más fuentes de energía (sean o no renovables) habla del límite de la política como gestión de la esperanza. Esto significa que si no entendemos por qué se busca petróleo y qué significa para la vida, probablemente alguien lo sepa y decida por nosotros. Admitir la necesidad de obtener ese recurso a toda costa habla de nuestro límite a la hora soñar el mundo, de imaginar, colectivamente, otros universos posibles, de organizar nuestras esperanzas. Un límite en que se la convierte en mera gestión, sin ninguna esperanza.

El capitalismo, y su fase expansiva iniciada en el siglo XVIII, está basado en la existencia de una fuente de energía barata: los combustibles de origen fósiles. Sin ellos el mundo no sería el que conocemos. No sólo desde la obviedad de lo económico, sino también desde el punto de vista cultural, ético, político y hasta psicológico. La posibilidad de disponer de un recurso que provee energía a bajo costo fue esencial a la hora de generar los vínculos comerciales. El clásico vínculo comercial entre la Argentina y Gran Bretaña durante el siglo XVIII sería impensado sin el carbón. La idea de un país produciendo alimentos para enviar a un destino a un océano de distancia es una realidad sólo posible si se cuenta con esa fuente de energía. En la actualidad, dejando de lado el exponencial crecimiento de las comunicaciones, los procesos productivos se han mundializado. Los productos tecnológicos son construidos con partes hechas en países muy distantes. Sin ir más lejos, aquí en la Argentina entran y salen de la Ciudad de Buenos Aires 3.000.000 de personas desde el conurbano.

Con esto se quiere poner de relieve la importancia de los hidrocarburos para el modo de producción capitalista y, por lo tanto, para nuestra propia cotidianidad. Nótese por ejemplo la existencia de las ciudades. Los combustibles fósiles son indispensables para la vida en las ciudades. El movimiento económico que implica la producción de alimentos, por ejemplo, y su transporte a los grandes centros de consumo urbanos sería impensable si no existiera una fuente de energía que, por su costo, permitiera la operación.

Como dijimos, el petróleo es capitalismo.

EL RELATO

Después de años de explotación de hidrocarburos convencionales en el país, éstos comenzaron un periodo de acentuado declive en su producción. La situación fue inocua en la década del ‘90. El bajo crecimiento económico, la recesión y los escasos niveles de producción industrial registrados determinaron una pobre demanda de hidrocarburos, que permitió el exponencial crecimiento de Repsol YPF en base a la explotación de los yacimientos existentes, sin la necesidad de invertir en la exploración y puesta en marcha de nuevos pozos.

Las experiencias de las potencias emergentes no ponen en cuestión el paradigma del consumo, sino que buscan una salida al problema de la pobreza y la desigualdad dentro de ese paradigma. Así, los horizontes de sentido con que se construyen las expectativas sociales se angostan a manos de la más pura pragmática.

Pero la cosa cambia en la post-crisis. Hacia 2002 la actividad económica comenzó a recuperarse hasta presentar diez años después el doble del producto bruto interno. Esto implicó un crecimiento en la demanda de hidrocarburos que puso en jaque la compatibilidad del modelo de negocios de la concesionaria española Repsol con la estrategia de crecimiento económico apoyado en la demanda que implementó el gobierno de Cristina Kirchner. La solución fue la nacionalización de YPF que, vuelta a manos del Estado, comenzó a dedicarse devotamente a la tarea de recuperar la soberanía energética y, de esa forma, superar los escollos que la restricción externa le imponía a la tasa de crecimiento.

Ahora bien, en esto el yacimiento de gas y petróleo no-convencional de Vaca Muerta constituye un eje central, en tanto su envergadura (y la potencialidad del país en ese tipo de recursos) deviene una condición de posibilidad a la hora de recuperar la soberanía energética. Pero existe un detalle no menor. La posibilidad de explotación de ese tipo de yacimientos implica erogaciones de capitales y de tecnologías con los que la Argentina no cuenta. De hecho, precisamente son la escasez de divisas y los desequilibrios en la balanza comercial los que impulsan principalmente la carrera por autoabastecerse de ese recurso estratégico, evitando así la pérdida de divisas por importación de energía. De esta forma se torna necesario recurrir tanto a los mercados internacionales como a las multinacionales petroleras con capacidades tecnológicas para explotar estos recursos.

En esa línea es necesario leer todos los movimientos que venía haciendo el Gobierno en torno a su esquema financiero, que finalmente se vio obstaculizado por la negativa del Tribunal Supremo norteamericano a rever el fallo de Griesa. Repasando: en abril de 2012 se expropia YPF; el país tuvo que importar petróleo después de 17 años; luego se firman acuerdos con la petrolera yanqui Chevron, detrás de la cual se halla una larga lista de empresas buscando “entrar”. En 2014 se firma un acuerdo con Repsol ante el tribunal internacional de CIADI por el cual se cierra el conflicto por la expropiación y se pacta con el Club de París. De no ser por el conflicto con los buitres, la Argentina habría regularizando su situación externa y facilitado, de esa forma, el acceso a los mercados internacionales de capitales. Esto, de la mano de los acuerdos que la nacionalizada YPF fue, eventualmente, firmando con petroleras extranjeras, habría constituido un fuerte impulso a la puesta en producción del yacimiento Vaca Muerta.

Buena parte de esta estrategia se vio, entonces, dilatada por las decisiones de Griesa. Pero más allá es indudable el vínculo que existe entre esos movimientos del gobierno nacional en el frente externo y la búsqueda de explotar el yacimiento cuanto antes.

La ecuación es la siguiente: la estrategia económica de este gobierno es el crecimiento del PBI sostenido en el consumo. Pero ese crecimiento se da en una estructura energética dependiente del petróleo, que, por otro lado, escasea y requiere ser importado. Su importación refuerza la restricción externa que limita el crecimiento del PBI, con lo cual se resiente el corazón del modelo económico. La solución sería, entonces, dejar de gastar divisas en hidrocarburos y extraerlos localmente para superar la restricción externa y retomar el crecimiento.

CONSUMO

Pero veamos qué falta en el relato anterior. Desde el punto de vista de la oferta de energía las cosas están claras. Falta analizar la otra punta de la soga: la demanda. En tanto sea pensada como un dato de la realidad, estaremos viendo sólo una parte de la cuestión. La oferta de energía es un dato técnico que requiere una solución técnica: fracking o energías renovables. Pero la demanda de energía no lo es, la demanda de energía es una cuestión cultural. El status de ambas requiere un análisis diferenciado. En términos jerárquicos, la más elemental lógica indicaría que la demanda es primero, al ser ella la que define la necesidad que la técnica de extracción va a satisfacer.

En el caso puntual de la Argentina post-neoliberal tenemos una situación curiosa. Un esquema económico que toma como su lema el “crecimiento con inclusión”. El modelo económico kirchnerista requiere del crecimiento constante de su producto bruto. Y ese crecimiento se logra, sustancialmente, apoyado en el estímulo estatal al consumo, estrategia que el inglés Keynes definió como “demanda agregada”. De manera que este modelo de crecimiento permitió expandir el tamaño global de la economía argentina al tiempo que incorporaba al mercado de consumo a vastos sectores de la población. La política posibilitó, por ejemplo, un exponencial crecimiento de las industrias automotriz, de electrónica y de electrodomésticos. Como contrapartida, vemos el fuerte impacto que tuvo en la demanda energética y, finalmente, la crisis que acabó con la nacionalización de YPF y la decisión de explotar rápidamente el yacimiento Vaca Muerta.

Este hecho pone de relieve el límite de las experiencias políticas “hacia” la izquierda, no sólo en la Argentina, sino también en la región. De manera similar a lo que sucede en China o en el sudeste asiático, las potencias emergentes no ponen en cuestión el paradigma del consumo, sino que buscan una salida al problema de la pobreza y la desigualdad dentro de ese paradigma. Así, los horizontes de sentido con que se construyen las expectativas sociales se angostan a manos de la más pura pragmática.