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Otra vuelta de tuerca.-

Ariel Sánchez no es otra cosa que músico. Nada en su vida hay que no esté atravesado por melodías. Dicta clases de piano, acordeón y lenguaje musical de lunes a viernes, interpreta el criticado repertorio de Ricardo Arjona en pubs y restaurantes porteños casi todos los fines de semana y compone bandas sonoras para cine y obras de teatro, tarea a la que le dedica cada segundo de su vida, y oficio que finalmente lo define. Su historia sirve para que otros, como él, se anoticien de que la creación musical, al margen de “todo lo expresiva que es”, puede ser un medio de vida, aún alejado de los escenarios.

Por Ailín Bullentini
Fotografía gentileza de Ariel Sánchez

Buenos Aires, septiembre 11 (Agencia NAN-2008).‑ Dice que vive de la música y que hacerlo es “un malabar complicado pero no imposible”. Dice que, para poder vivir de ella, tuvo que “hacer algunas concesiones”, como ofrecer al público de diversos bares porteños, fin de semana tras fin de semana, un repertorio plagado de canciones de Ricardo Arjona. Sin embargo, no reniega de esos detalles que, dice también, dejó de entender como “malas palabras”. Ariel Sánchez no sobrepasa las tres décadas y da clases de piano y acordeón, además de ser músico de bar. Pero, lo que más lo apasiona es la tercera pata de esa “especie de pyme” en que transformó su pasión por la música: componer bandas sonoras de obras de teatro y producciones audiovisuales.

Arrancó en el universo musical a los ocho años, “casi ligándola de rebote”. Es que la culpable de que sus dedos tocaran por primera vez las teclas de un piano –o algo similar a uno de esos instrumentos– fue su hermana. “Para uno de sus cumpleaños le había pedido a mis viejos que le regalaran un piano, pero sólo alcanzaron a comprarle un teclado. Y ella no lo quiso, así que fue a parar a mí”, relata Ariel, intentando sonar convincente tanto para su interlocutor como para sí mismo. Es que si bien no niega la existencia en él de una cualidad innata que le hace más fácil la aprehensión del los elementos que conforman el mundo de las melodías, se rehúsa por completo a pararse de lleno en el lugar de músico.

Sea como fuere, algo de eso nació con él. Y creció con él, sin abandonarlo. Tardó en encontrarlo. En entender –para que los demás entiendan– qué era exactamente eso de componer bandas sonoras para cine y teatro, para lo que más se sentía capacitado. Si bien comenzó a estudiar música cuando tenía ocho años, debieron pasar más de diez para que las ideas se aclarasen. “Confío en lo que puedo hacer en este área. Y en mi formación, no sólo académica, sino de autodidacta, de pibe curioso, que se la pasó varias horas de su vida analizando, viendo, y copiando a los mejores”.

Paseó por profesores particulares, formó bandas de rock en su adolescencia y, tras intentar varias carreras universitarias ligadas al arte, eligió estudiar para instrumentista de tango en la Escuela de Música Popular de Avellaneda. Aunque el tango es su gran pasión, abandonó su estudio cuando se convirtió en su propio maestro en el camino de la composición. “Era dedicar mi vida a eso, no me permitía hacer muchas cosas más. Descubrí que nunca iba a llegar a ser instrumentista: no tengo pasta para estar diez horas en el piano haciendo ejercicios, ni ocho ni seis , aunque sí puedo estarlo analizando imágenes, viendo cine, descubriendo las melodías que se usan”, admitió.

El resultado de sus primeros trabajos fue la pista que le señaló que la composición era su historia. Como sucede a la mayoría de las personas que empiezan desde cero, la primera canción que compuso como banda sonora fue encargada por una amiga que necesitaba ponerle música a su obra, seis años atrás. “Gustó”, recuerda, y como una reacción inconsciente continúa: “Lo que vino después fue mucho más difícil: salir a ofrecer mis trabajos, mi profesión”.

A aquel primer trabajo le fueron sucediendo otros, encargados por personas cada vez más lejanas de su círculo íntimo, pero cada vez más cercanos a su mundo laboral. Hoy son cerca de quince las obras completas que compuso, número que se multiplica rozando la centena si se cuenta de a canciones. “Cada proyecto es completamente distinto. No hay plantilla. No hay matriz. Todo es nuevo. La misma melodía con otra imagen, ya es algo distinto”, explica.

Pero, ¿qué es componer para la imagen? En palabras de Ariel, lo más importante e interesante de pensar melodías que las acompañen es el desafío de los límites: “No hay libertad total, como cuando te sentás frente a una hoja y un pentagrama en blanco a escribir una canción. La imagen es tu límite, tu espacio acotado, donde tenés que construir una música que combine”, distingue.

El protagonismo de la imagen es precisamente lo que hace que la melodía, pero más que nada el compositor, permanezcan escondidos entre bambalinas. “A veces mi opinión está bastante atrás, la autoridad máxima es la mirada del director, y hay que respetarla. Aunque muchas veces aparece esta sensación de que hay cosas que uno haría distinto, el objetivo es coordinar voluntades para determinado fin”, sostiene. Entonces, al momento de encarar un nuevo proyecto, Ariel se sienta con el dueño de la idea: el director. Lo escucha, lo explora y busca las intenciones previas que esa persona tiene para la música. Luego estudia el guión y, en el caso de que sea una obra, presencia los ensayos, se sumerge dentro de ese mundo ficcional, y así “la cosa va naciendo”.

“Lo lindo de este laburo es que cada proyecto es nuevo y nunca sabés cómo va a quedar el producto terminado. Te permite sentir cada momento de su gestación”, señala. Si bien cuenta con los conocimientos necesarios, Sánchez confiesa que a la hora de empezar a componer, los recursos técnicos quedan un poco de lado, que nunca sabe muy bien lo que hace, que le da mucho lugar al instinto, a la improvisación, y que luego va puliendo el trabajo. “Desde la cuestión técnica, no es posible obtener originalidad. Después de Bach, no se puede inventar nada”, desliza, casi con timidez, su casi desahuciada teoría, que luego expone: “lo que vino después tiene que ver con un cambio en el soporte o en el mensaje, pero armónicamente no cambió nada, sigue siendo lo mismo”.

Si bien hace tres años que comenzó a elaborar un “negocio serio” alrededor de su “pyme” –con página web y todo–, Ariel tiene muy en claro que “no hay un camino marcado en el tema, hay que ir desmalezando un sendero que está sin descubrir”. Mientras tanto, trata de conocer bien de cerca los hachazos que fueron dando en su propia selva algunos grandes compositores, como Goran Bregovic (musicalizador de las películas de Emir Kusturika), Nino Rota (colaborador habitual de Federico Fellini) y, claro, Gustavo Santaolalla.

Como aún está naciendo en esto de “hacer de lo que amás tu medio de vida”, complementa las tareas de compositor con clases de piano y acordeón, aunque cada tanto algún alumno se le acerca para aprender el oficio de escribir música para la imagen. Completa los ingresos que le permiten sobrevivir dando shows en vivo los fines de semana. “Hay un momento en que entendés que esto, además de ser lo maravilloso y expresivo que es, puede ser tu medio de vida. Muchos músicos sienten que tocar temas de Arjona significa venderse, sin embargo la realidad es otra. Arjona o no, estás haciendo música, que puede no representarte en un cien por ciento, pero ¿ser cadete en qué te representa?”, despliega como si el mundo estuviera escuchándolo con atención.

“Santaolalla dejó el hippismo en los 70 y se puso a producir”, concluye.

Sitio: www.arielsanchez.com