/Archivo

Íntimas e interactivas

CASAS_ENTRADA
Cada vez son más los hogares que expanden sus familias, arte mediante. Espacios culturales que relegan la codicia en función de otro paradigma social, próximo, inclusivo y fraternal. La conciencia pos Cromañón y la falta de legislaciones en la Ciudad de Buenos Aires, La Plata y el Conurbano. Fotografía: gentileza de Pen Jaus

Por Nahuel Lag y Nicolás Sagaian

El edificio ronda el centenario. Explota de luz y mezcla lo barroco con lo moderno. Las escaleras mecánicas llevan y traen a personas que ostentan sus bolsas de compra. Afuera, los autos enfilan para el casco de la antigua estación, entre los bares y los cajeros automáticos. Una puerta entre bordó y rosa se camufla a mitad de cuadra, en ese paisaje de la ciudad. La entrada abre a un pasillo de 30 metros. Al fondo, un mundo regularmente privado. Pero éste “va hacia lo público”, aclara quien invita a pasar cada fin de semana. Los que tienen la bienvenida son amigos de amigos. Cada uno pasará “sin que se le mire la cara a nadie”. Hay un límite, claro: no deja de ser una casa. Allí la música es la gran anfitriona. Pero las artes plásticas, la fotografía, la literatura, el teatro y el cine también tienen su lugar.

“No se termina de entender qué pasa que cada tanto… pum, puerta, gente, música. Entonces, ¿qué hay en la casa de al lado? Un amigo que trabaja en la municipalidad me dijo que los vecinos de los edificios se estaban organizando para hacer una denuncia. Le pregunté al portero qué onda la música, si se escuchaba. ‘Yo ni me enteré’, me dijo”, cuenta Penélope, casera de Pen Jaus, ese rincón urbano, “semiprivado”, “semioculto”, que es apenas uno de los tantos que están surgiendo de forma viral en la Ciudad de Buenos Aires, el Conurbano y La Plata. Sólo hay que saber qué timbre tocar.

¿Cómo es posible encontrar estos sitios? A partir del medieval boca en boca, que no falla y cierra una “cadena de confianza”. También vía Facebook, red social en la que las actividades se expanden como un espiral y aquello de “amigos de amigos” se hace virtual. La fecha se organiza y el flyer sube a la red con mucho cuidado, sobre todo a la hora de hacer pública la dirección. Pese a que se ingrese con un “bienvenido” del dueño y que el número de gente no sobrepase el cien —según el espacio—, estos lugares están en el limbo de la legislación. Entonces a veces llegan las inspecciones y las cancelaciones por parte de las autoridades que más que seguridad buscan un “vuelto”. Así y todo, subsisten. Como pueden, a su modo, conscientes o no, impulsan nuevas lógicas de relación entre el público, el artista y el acceso a la cultura.

FILOSOFÍA CASERA

Bajo cada techo se comparte una filosofía. A diferencia de los bares y los boliches, “la histeria acá no está”, resalta Penélope. “Esto es una casa y la gente viene predispuesta de esa manera”, agrega Valeria, integrante de La Casita De Unos Amigos, perdida allá por la escena porteña. Para los caseros, eso significa “energía”, “onda”, “fraternidad”, “conexión”. El arte es lo convocante, pero el plan va más allá: “Hay algo de ‘revolución amor’, de no tener miedo, de ‘tratemos de encontrarnos’. Ya el mundo es bastante hostil. Abrir un lugar es descomprimir”, entiende la habitante de la Jaus. La antigua casa platense, bautizada a principios de este año por el grupo de vocalistas que integra la anfitriona, tuvo un ascenso rápido y repleto de “momentos inolvidables”. Dani Umpi cruzó el charco e hizo un show para 50 personas, como la charrúa Samantha Navarro y los locales Tomi Lebrero y Pablo Vidal. Todos con la biblioteca de la dueña como escenografía, en el ambiente donde se improvisa el escenario.

El clima es tan ameno que se generan códigos particulares. “Si alguien viene y considera llevarse un libro o un adorno no puedo hacer nada contra eso. Se genera un ida y vuelta en ese sentido. Yo pongo todo: está el perro, mis cosas, mi ropa… Hay cosas que se respetan sin decirlo.” Sentado en el sillón del living que funciona como sala de exposiciones, apenas a un metro de la escalera que baja hasta el sótano de la casona de Villa Pueyrredón —donde se realizan ciclos de poesía, proyecciones e intervenciones—, Fernando destaca que para él, como músico, es natural abrir su hogar: “Me levanto, me lavo la cara y ya me están llamando para armar una movida. Si la idea es que seamos 30 nos juntamos acá”. Según calcula, pasaron por allí más de cinco mil personas. Crecieron artistas como Marina Retamal; brillaron bandas como Siddhartha Spiritual Project y nació el Movimiento de Artistas Latinoamericanos (MAL). Pero aclara: “No significa que esté abierto todos los días. Sería desgastante. Cualquier artista puede venir, en tanto se genere una relación, un beneficio mutuo. La idea es juntarnos de un modo más intimista porque la ganancia está en tomar contacto con otros pares”. El plan intimista también pinta por el sur del Conurbano: “Lo que queremos es que la gente vea el show bien. Cuando hay bullicio ya no se escucha la banda. La idea no es ‘cuanta más gente mejor’ sino ‘cuanto mejor la pase la gente’: así se disfruta la obra”, apunta Juan desde La Casita de Temperley, reducto que a simple vista es el hall de la abuela con escenario adentro y la parrilla del “nono” rodeada de murales, afuera.

“Las casas son parte de algo social que se está reorganizando en el inconsciente colectivo, pero creo que faltan muchísimos años para que podamos comprender este período, este momento de cambio en el que se empiezan a cuestionar las instituciones, en el que están apareciendo formas de organización más descentralizadas.”

DE SU CASA UN PITO

La onda es ésa. En estos recovecos se borran muchas fronteras, incluso la del escenario. La cosa es más cara a cara. La relación entre la banda y el público es otra. Sin tarima ni luces, todo está al mismo nivel. Los músicos lo viven de una manera diferente. Estos lugares cuentan con ese plus: “Tienen lo que se necesita para que la canción se aprecie bien”, asegura Juan. Para aquellos que arman sus primeras fechas, las casas son una alternativa en la que ver reflejada la devolución de quien escucha. Para los que ya llenan teatros y mueven su público, es experimentar, escucharse desde otro lugar y con otra gente. “Hay mucha movida de bandas o grupos de dos o tres personas, hasta solistas, que tienen la opción de presentarse sin más sonido que el de su guitarra y voz”, indica Bruno, consciente del estilo que buscan y del círculo casero apto para la explosión de artistas que eligieron retomar el camino de los cantautores (Pol Nada, Sofía Viola, Ivo Ferrer, Lula Morales y más). Desde La Casita de Temperley, el espacio que encontraron para achicar las distancias del acceso a la cultura under entre el burzaquero Tío Bizarro y los bares porteños, no le escapan a las definiciones y lo dicen de frente: “Queremos que éste sea el lugar de los acústicos, especializarnos en éso”. Como si fuesen curadores, los caseros arman las fechas de acuerdo a los discos que tienen en su reproductor y a la música que suena en sus auriculares. “Contactamos a las bandas que nos gusta escuchar”, señalan.

Ahora, si algún grupo se acerca con ganas de mostrar lo suyo en el lugar, le piden un demo o algo para saber qué es lo que hacen. “No armamos fechas a ciegas”, admiten en La Casita. La meta es alejarse de la lógica de los espacios donde tocan bandas sólo si pueden pagar. “Ahí, un día tenés una banda de reggae, al otro una de ska, al otro cumbia, lo que hace que el lugar no tenga su público propio”, observa Juan. En ese caso, la gente se acerca sólo por las bandas, cuando lo que quieren los caseros es lograr una marca: que, vengas el día que vengas, haya algo que te guste. Buscamos un espectro de gente que comparta nuestros gustos”, confiesa. De la misma manera, también puede caerse al otro lado de una puerta en la que los curadores manejen criterios experimentales: “Si algo nos planteamos desde el principio fue el ‘no demo’. Que venga a tocar el que quiera y toque. No nos importa. Nuestros gustos personales importan poco”, dice Valeria. Lucio, el anfitrión del espacio, la sigue de cerca y cuando ve la posibilidad, aclara: “Hay quienes, una noche, han dibujado lo que quisieron en las paredes o intervinieron el lugar colgando algo del techo. Otros vinieron en la semana a armar algo que no tenía nada que ver con la que iba a ocurrir a la noche. En sí, la gente le fue metiendo mano. Eso es apropiarse del lugar”. En las paredes de La Casita De Unos Amigos se nota. Cuando uno sube por sus escaleras de cemento llenas de graffitis y llega a la primera sala, la onda trashera queda expuesta. En una sala puede haber dibujado un monstruo naranja y en la otra un pequeño mundo subacuático en el que flotan estáticos peces de colores, estrellas de mar y números. “El arte acá fluye libremente, no está encorsetado”, destaca Lucio.

PAGA EL ARTE

Al mirar más allá de estos rincones de curadores o experimentales, los promotores saben que para quien quiera llevar su arte a los lugares tradicionales la cosa no es fácil. La exigencia de un cupo de venta anticipada de entradas o el costo del flete para cargar los equipos son cuestiones que antes de armar una fecha hacen pensar si generan pérdidas o empatan con la billetera. Es que la lógica del lucro aún abunda ahí afuera y tampoco es desacreditada a la sombra de los techos caseros: “El dueño de un bar tiene que ganarse su mango, tiene su familia, quizá lo que sabe hacer es manejar sonido y es mejor que exista ese espacio antes que un kiosco”, apunta el de Villa Pueyrredón. Con un ejemplo, los del Conurbano comparten su mirada: “Cuando vamos a comprar la bebida hablamos con los tipos de los bares. Y te dicen: tengo cinco pooles, traigo a tal banda y no sé qué… Ellos se dedican a la cultura, pero más como una máquina de hacer chorizos”.

Todos reconocen que “hay que mantenerse”. Si no está la posibilidad de tener un inmueble propio hay que alquilar, pagar los servicios, mantener el lugar y comprar bebidas. De ahí la idea es sacar un mango para cubrir los gastos. Para algunos incluso se puede llegar a vivir —el deseo siempre está—, aunque, como ejemplifican los de Temperley, ése es el último orejón del tarro en la lógica de todo el movimiento casero. “La relación es de pares: somos artistas y nos parece una locura que los músicos paguen para tocar. Te tomás días, meses, para hacer un disco, para ensayar. Te movés con los equipos para que la gente escuche tu música. ¿Cómo vas a pagar para mostrar tu arte? En este lugar tenemos el sonido, los micrófonos, las luces y no se los vamos a cobrar nunca”. Desde la sala de exposiciones, Fernando sigue el coro: “Mi casa no está abierta como si fuera un negocio. Un espacio pensado netamente con ese objetivo no puede bancar un ciclo de poesía al que vienen quince personas. Estos movimientos se diferencian de ese anhelo excesivo de ganancia sobre la pérdida del otro. Acá el beneficio es mutuo: cuando un artista propone algo, le tiene que servir a él, a mí y a la gente. Si Beldent decide hacer un superfestival se la va a llevar en grande, pero si se juntan un par de personas emprendedoras pueden lograr mover a muchos artistas y a mucha gente. El beneficio es estar haciendo”.

COSA DE TODOS

Que la movida se arme puertas adentro no quiere decir que en las casas no existan medidas de seguridad. Aunque no se hagan inspecciones constantes, más allá de alguna que otra “visita de la ley”, caseros y huéspedes están comprometidos en el cuidado de todo y de todos. Las pautas de convivencia básicas forman parte del sentido común, no están inscritas en ningún reglamento. Cromañón marcó a fuego cierta conciencia que antes flotaba en el aire. “Un matafuego, mínimo, es indispensable. Una luz de emergencia hace falta. Cuando pensamos que hay suficiente gente en el lugar, no dejamos entrar a nadie más”, apuntan los anfitriones. Para fumar está el patio. Cada lugar se autoregula. “Al principio, el patio y la terraza estaban abiertos. Después pensamos en los vecinos por los gritos. Se lo dijimos a todos con la mejor onda y lo entendieron lo más bien”, recuerda.

Fotografía: gentileza de Pen Jaus
Fotografía: gentileza de Pen Jaus

La fraternidad es una fija. Al final de cada noche no es raro ver a cualquier visitante ayudando a barrer, ordenar o tan sólo juntar los vasos. Esa disposición aparece porque es algo que brota de las paredes: cada uno de los asistentes siente que está en su propia casa. En lo de Los Amigos, Lucio cuenta que cuando quiere sale de la barra “y alguien se copa para atender a los que quieran algo para tomar hasta que vuelva”. Sin embargo, esa atención también existe hacia afuera. “Tratamos de que la música no moleste a los vecinos, así como no pretendemos que haya grupos masivos en la vereda o en la puerta. No es esa la intención”, afirma Valeria. El trato con los de al lado o los de la misma cuadra es crucial. Ante cualquier queja o denuncia de los vecinos a la Policía o la municipalidad, el lugar empieza a correr cierto peligro. Si las situaciones se repiten estos rincones urbanos pueden sufrir alguna sanción, y lo que es peor, hasta una clausura. Como no están amparados bajo el manto de una legislación, prefieren evitar cualquier problema.

EL VACÍO LEGISLATIVO

Desde el Conurbano hasta Capital, y de ahí hasta La Plata, el vacío normativo les pone un cerco a las casas culturales. La figura legal para poder habilitar estos espacios, en el caso de que sus dueños quieran hacerlo, no existe, por lo que están obligados a recurrir a la clandestinidad. También está la posibilidad de anotarse como bar o pub o hasta con un rótulo que nada tenga que ver con lo que ocurre de la puerta para adentro. Pero a veces ni eso es una solución. Los responsables de La Casita de Temperley probaron ir por ese camino pero fallaron al primer intento. “En la municipalidad, cuando fuimos a iniciar el trámite, nos dijeron: ‘Música en vivo no pongas. El intendente no quiere’”, comenta Bruno. En Lomas no hay una ordenanza que prohíba los recitales. El problema es que la legislación es vieja. “Para el municipio, un centro cultural es más parecido a un centro de jubilados. No se puede vender alcohol, no se puede recaudar. ¿Cómo nos mantenemos? No hay respuesta a eso”.

En Capital Federal la situación es más compleja, llena de contradicciones y de secuencias absurdas. Rincones que son declarados de “interés cultural”, tiempo después tienen estampada en su puerta la faja roja de clausura. Los integrantes de la Casa del Pueblo pueden dar cuenta de ello, también espacios más recientes como el San Nicolás Social & Cultural, Casa Orilla, la Usina, el Pacha y Trivenchi. A pesar de probar con todo, funcionar a puertas cerradas y tomar medidas extremas, como poner una clave secreta para entrar y esconderse como nadie, los promotores de La Casita De Unos Amigos no pudieron escapar de los sabuesos del macrismo. “Tuvimos, por lo menos, cuatro clausuras. Levantamos tres y ahora volvió una de 2010. La verdad que es todo muy desordenado; cuando vas a hablar te explican todo de una manera muy rara, te dicen que algunos papeles no se activaron y te marean”, señala Lucio.

La persecución está muy aceitada. Grupos de pseudo-inteligencia revisan incluso Facebook en busca de actividades y eventos públicos organizados por las casas. Así proceden. “Tengo unos amigos que hacían en un bar una varieté. Ese día caen los tipos, con el evento impreso como prueba, diciendo ‘acá hay teatro y esto es un bar. No se puede, hay que levantar’”, comenta Valeria. La excusa la encuentran en las imprecisiones del Código de Habilitaciones y Verificaciones porteño. Hay una experiencia que lleva en su identidad las complicaciones legales que enfrentan quienes quieran salir del limbo de lo privado. Casa Cultural Rechazando Coimas es un espacio que lleva apenas nueve meses en Flores y funciona como búnker de cuatro bandas (Kartopfeln, Gilipollas, La Industria del Porno, Los Monos). Si bien “la coima” es metáfora por el momento, Tomás, uno de los caseros, asegura que la referencia es al “boicot para la vida cultural under de la Ciudad”, que significa la falta de la figura de “espacio cultural”. La situación que obliga a que “los lugares tengan que aferrarse a válvulas de escape para conseguir cualquier tipo de habilitación bajo rubros remotamente relacionados, como ‘milonga’. Al Gobierno de la Ciudad no le sirve que operemos en la legalidad y con su accionar nos empuja a la clandestinidad”, apunta quien milita una legislación que cubriría el bache junto al Movimiento de Espacios Culturales y Artísticos (MECA).

CREAR UNA Y CIEN CASITAS

Algunos caseros se sinceran, analizan y se responden que “hay mucho de anarquía en estos espacios”, que “uno no quiere entrar en lo burocrático” porque “cumplir con todos los requisitos para abrir un espacio como centro cultural se hace imposible”, aunque “quizá podríamos recibir un subsidio, pero andá a saber cuándo lo recibís y si quien te lo da no le extrae un rédito político”. Entonces, por el momento, los vacíos que urgen ser saciados son otros: “Lo cultural no funciona de forma institucional sino como algo inherente a lo humano, como si uno hubiese despertado y dicho: ‘Ah, mirá. Todos podemos hacer cultura’. Es una necesidad muy fuerte de generar, y eso va más allá”, asegura el de la Rosa. “Un amigo tiene una casa vieja, me aseguró que la iba a abrir igual. Mientras la gente visite estos espacios y vea que es posible van a seguir apareciendo: es un fenómeno viral. Cada día escucho el nombre de una casa nueva”, reportan desde la Jaus. El mensaje en Rosa cierra: “Las casas y las FLIAS (Feria del Libro Independiente y Autogestiva) son parte de algo social que se está reorganizando en el inconsciente colectivo, pero creo que faltan muchísimos años para que podamos comprender este período, este momento de cambio en el que se empiezan a cuestionar las instituciones. Y están apareciendo formas de organización más descentralizadas, por eso también es viral. Esa es la lógica social de lo que está pasando. Y lo que implica cultura atenta contra cualquiera que ostente el poder; entonces va a haber una lucha porque, al ver que esto resulta, el que lo hace se entusiasma y contagia”.

Esté atento, vecino. Estos promotores culturales andan sueltos. Puede haber arte hasta las dos de la mañana al lado de su casa. Puede haber alguien que está ignorando el núcleo de lo privado en la cuadra de su barrio. Hágase amigo de los amigos de sus amigos. Quizá ligue una invitación y un buen rato.

RECUADRO: Okupa a la española
RECUADRO: Experiencias caseras

Fuente: NaN #9 (septiembre-octubre 2012)