Al notar que “la potencialidad del rock estaba desaprovechada”, Florencia Brescia creó en 2006 la agrupación solidaria “no formal sin fines de lucro” Semiyero, una “red de voluntades” autogestionada donde la única consigna es “ayudar al otro de manera honesta, sin banderas políticas ni religiosas”. ¿Cómo lo hacen? Según le contaron a Agencia NAN, recolectando alimentos en recitales para espacios sociales que los necesiten y entablando una relación “íntima” con los receptores.
Por Sergio Sánchez.
Fotografía gentileza de prensa de Semiyero.
Buenos Aires, julio 26 (Agencia NAN-2008).- Técnicamente, concurrir a un recital de rock significa disfrutar de ver a una banda tocando en vivo. Pero el ritual es efímero: pocas horas intensas, de sudor, cánticos y emociones, que sirven al goce propio. Cuando la banda baja del escenario, cientos de almas enérgicas se apagan y vuelven a la rutina. ¿Qué hacer, entonces, con toda esa potencialidad adormilada del público de rock? ¿Cómo transformar el acto individual en uno colectivo y solidario? La agrupación Semiyero encontró algunas respuestas valiosas para estas preguntas. Respuestas que accionan y que no se reducen a un mensaje estático o demagógico. “Voy a recitales desde que soy muy chica y, como es habitual, también fui a festivales solidarios. Pero en los recitales hay un público para aprovechar, un potencial solidario que no se utiliza más que en determinadas ocasiones”, le explicó a Agencia NAN Florencia Brescia, la creadora y principal impulsora del proyecto.
Ese reaprovechamiento del público masivo que asiste cada fin de semana a recitales de rock consiste, básicamente, en recolectar donaciones y distribuirlas en espacios sociales con necesidades básicas permanentes, siempre y cuando “no dependan de partidos políticos, iglesias o capillas”. Bajo los estandartes de “resignificación de los espacios musicales” y “concientización solidaria”, Semiyero estampa su logo en las entradas de las bandas que adhieren a la iniciativa y expresa la solicitud de donaciones voluntarias del público. Durante los recitales, Semiyero recolecta los alimentos y, luego, los destinatarios pasan a buscarlos por el show.
Pero no acaba allí, sino que se propone una continuidad con la realización de actividades de base junto a los receptores de las donaciones, en la búsqueda de una retroalimentación y participación activa desde diversos espacios culturales. “Desde el comienzo nos preocupó que no fuera una propuesta asistencialista, que no fuera solamente juntar alimentos y entregarlos”, diferenció Brescia.
La primera fecha en la que pusieron a prueba su accionar fue en junio de 2006, en un recital de la banda de punk pop Boas Teitas. Con el correr de los meses, se fueron sumando bandas de diferentes estilos y carreras dentro del rock: El Otro Yo, Attaque 77, Las Manos de Fillipi, Bulldog, Aztecas Tupro, Shaila, Inmaduros del Carajo, Cadena Perpetua, Ojos Locos, Trabajo Sucio, WDK, Loquero, Borregos Border, y hasta los españoles de The Locos (ex Ska-P) y Reincidentes hicieron su aporte a esta iniciativa, según enumeró Brescia, licenciada en Comunicación Social, en su entrevista con Agencia NAN.
Durante estos primeros dos años de vida oficial, la agrupación participó en más de cincuenta espectáculos musicales, destinó más de 7500 kilos de alimentos, ropa y juguetes a espacios sociales y colaboró con la creación de una biblioteca popular en un barrio de Villa Celina, en el partido bonaerense de La Matanza.
– ¿Cómo surgió la idea de crear Semiyero?
– Desde muy chica voy a recitales. Y, como es habitual, he ido a festivales con fines solidarios. Siempre sentí que hay un potencial que no se aprovecha más que esporádicamente. Entonces, la idea surge con el fin de que el acto solidario o el acto de donar se transforme en algo habitual dentro del rock, que no sea necesario esperar a una fecha determinada o a un evento masivo para hacer una donación. Si emprendimos la iniciativa y pegó tan rápidamente es porque no cuesta tanto. El público, las bandas, los productores, las personas involucradas en el armado de fechas, todos tienen ganas de colaborar. Y necesidades sobran.
– Cuando la acción trascendió la idea se sumó más gente, ¿verdad?
– Semiyero surgió como un emprendimiento personal, pero enseguida logré la colaboración de un chico que armó el sitio web, que funcionó como radiador: la gente se contactó inmediatamente y se armó un grupo de colaboradores. Hoy somos un equipo de quince personas más colaboradores que surgen todo el tiempo para actividades y donaciones específicas o para la difusión.
– Teniendo en cuenta que en los recitales de rock prevalece el público joven, ¿partieron del preconcepto de que la potencialidad solidaria era mayor en ese público?
– Fue ver un poco la predisposición y otro poco eso que nos sucede a la mayoría de los jóvenes, que es que no encontramos un espacio para insertarnos y poder colaborar de manera permanente. Esta es una iniciativa que se propone como permanente pero cada persona va al recital que se le antoja. Por otra parte, hay muchos pibes que nos escriben, que participan, que van a recitales y colaboran.
– ¿Hay alguna relación entre la elección de ese espacio de acción y la historia de compromiso social y político del rock argentino?
– Las primeras bandas que se sumaron tienen una fuerte consigna de protesta en sus letras, pero es llamativo que también hay otras que van por otro lado y, sin embargo, están muy comprometidas con la propuesta. La idea surgió por un perfil de bandas que escuchamos quienes empezamos con Semiyero, pero nos dimos cuenta de que públicos de otros géneros no tan involucrados a la lucha, a la protesta, participan igual. Si bien el rock estuvo muy vinculado a propuestas transformadoras en lo social y lo político, el apoyo viene de diferentes géneros.
– ¿Cómo logran el vínculo con las bandas? ¿Se proponen ellas o las contactan ustedes?
– El primer año tuvimos que difundir la propuesta, pero ahora nos sorprende que, desde fines de 2007, es como que no hace falta presentarse. De hecho, hay muy pocas bandas que contactamos nosotros, ahora se van contactando ellos. Hace unos días respondí un mail de unos pibes que siguen a Las Pastillas del Abuelo, que nos decían que iban a salir con un micro a recolectar donaciones. Eso muestra que la iniciativa sale también del público. Está bueno que haya una reciprocidad, sino estaríamos todo el tiempo remándola. También logramos una buena relación con la gente de las productoras, ya que el pedido de donación sale directamente en la calcomanía de las entradas y ya no tenemos que ir a abrocharlo nosotros. En síntesis, hoy funcionamos como una red de voluntades.
– ¿Y a qué tipo de espacios sociales distribuyen lo recaudado?
– Si bien nuestra única consigna es ayudar al otro, el discurso está acompañado de un alejamiento de lo político partidario, porque pensamos que no hacen falta partidismos ni consignas religiosas para hacer actos solidarios. A la gente que colabora le interesa saber cuál es el destino final de las donaciones. Hay una necesidad en la juventud de poder identificarse con algo, y esta propuesta es apta para muchos jóvenes que durante años no pudieron participar. Por lo común, trabajamos con hogares para chicos o para ancianos, comedores, proyectos que dan a basto sólo para alimentar, sin lograr mayor transformación.
– ¿En qué consisten las actividades de retroalimentación y participación que buscan compartir con esos receptores directos?
– Siempre nos preocupó que esto no quede como una propuesta asistencialista, que no fuera sólo juntar alimentos y entregarlos. El primer criterio fue elegir a qué destinatarios ayudar, porque lamentablemente hay miles. Colaboramos con espacios que no son creados por partidos políticos ni por iglesias o capillas. Nos parece más destacable que gente autogestione sus proyectos para colaborar con otros. En la mayoría de los casos, el que ayuda está en igual, o a veces en peores, condiciones que quienes son ayudados. Nuestra idea es poder aportar más allá de los alimentos. El año pasado, por ejemplo, con un festival que armamos a total beneficio, destinamos cinco mil pesos a la construcción de una biblioteca popular en el comedor La Esperanza, en el barrio Las Achiras, de Villa Celina. En 2007, colaboramos con la ampliación del comedor La Red, de Villa Lugano, que necesitaba ser ampliado para incorporar a abuelos que no tienen familia.
– ¿Y qué se viene en 2008?
– Estamos comenzando a delinear un proyecto conjunto con un comedor de Chacarita que funciona de manera autogestionada. Tiene un espacio muy grande y pensamos en armar algo junto a la agrupación Proyecto 7, que trabaja con personas en situación de calle. Nos reunimos las tres agrupaciones para pensar una serie de ciclos, para que la gente que va al comedor no reciba el alimento y nada más. Hay veces en que no damos a basto por la falta de insumos y recursos. Pero en la medida en que podemos, seguimos terminando la biblioteca popular en el comedor La Esperanza. En el Día del Niño van a ir los muralistas Proyecto Fénix para pintar un mural junto a los a chicos del barrio.
– ¿Han considerado extender su accionar a otras disciplinas?
– Entendemos el rock como movimiento, no como género; concebimos la música como herramienta de inclusión y transformación. Es una propuesta que está pensada para aprovechar en los espacios musicales, pero llevamos adelante otras prácticas transformadoras en los destinatarios: comedores, centros para la tercera edad, hogares para chicos. Por ahí, la propuesta de acción es aprovechar al público de rock, pero sí, también incluimos folclore, reggae y música clásica. De hecho, hay colaboradores de zona sur que hicieron fechas con bandas, pero incluyeron disciplinas como el teatro y los malabares, y funcionó bien. Por eso siempre estamos abiertos y si recibimos propuestas las evaluamos.
– ¿Y no han pensado en pedir financiamiento del Estado?
– Debatimos si sacar o no la personería jurídica, lo que te da un reconocimiento en términos formales y legales y, de esa forma, las empresas o el Estado pueden financiar los proyectos. No lo descartamos, pero decidimos que en ese momento nuestra propuesta no requería de eso, nos interesaba ser “no formales”. Nos autobautizamos como una “organización no formal sin fines de lucro”. Un poco, también, con la idea de que la anarquía no es un caos, la anarquía es una forma de organización diferente, sin burocracia de por medio. Nos gusta más que sea así. Además, en este momento, no tenemos la organización interna necesaria.
– ¿Entienden esta “independencia” como un legitimador?
– No tener dinero de por medio es un plus, le da otra imagen a la organización. No sé si mala o buena, pero sabemos que todo lo que hacemos es a puro pulmón y funciona igual. Hacemos todo sin un peso, con colaboraciones de imprentas, con productoras, granitos de arena que suman. Este proyecto se puede hacer sin dinero. A veces, a los chicos que recolectan les preguntan cuánto cobran. Nadie recibe un peso y estamos ahí aunque llueva o nieve. Pero de todas formas, la integridad no pasa por el dinero que se maneje, sino por los objetivos y por la forma en la que se hacen las cosas.
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