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“El clown amasa y revisa nuestra identidad”

En “Rompiente”, unipersonal dirigido por Lila Monti y Agustín Flores Muñoz, la talentosa actriz interpreta a Ruda, una payasa viajera que decide frenar su marcha para revisar el peso de su mochila. “Por un lado, está la necesidad de alivianarse de aquéllo con lo que uno carga. Por otro lado, el hacerse espacio para que lleguen cosas nuevas.” Fotografía: Pedro Braga Sampaio
En “Rompiente”, unipersonal dirigido por Lila Monti y Agustín Flores Muñoz, la actriz interpreta a Ruda, una payasa viajera que decide frenar su marcha para revisar su mochila. “Por un lado, está la necesidad de alivianarse de aquéllo con lo que uno carga. Por otro lado, el hacerse espacio para cosas nuevas.” Fotografía: Pedro Braga Sampaio

Por María Luz Carmona

“Y uno, dos, tres, cuatro. Y uno, dos, tres, cuatro.” Ruda llega al escenario contando cada paso. Carga una gran mochila, pesada e incómoda, casi tan grande como ella misma. Por momentos pierde el equilibrio, pero sigue su camino. Se cae. Intenta incorporarse, pero le cuesta, porque esta mochila es gigantesca. Entonces logra desatarse y levantarse. De pronto, siente que tiene que desprenderse de algunas cosas para alivianar su equipaje y así poder seguir el viaje. Así es el comienzo de Rompiente, el unipersonal de clown de la talentosa actriz Silvia Aguado. Con esa metáfora empieza esta bella historia que invita a conocer el mundo interior de esta payasa. Con muy pocas palabras y un gran manejo del lenguaje corporal y gestual, Ruda abre las puertas de su universo para compartir con el público sus miedos, sus deseos, sus hazañas, sus sueños, sus recuerdos. Y de esa manera sentirse acompañada. La obra puede verse los domingos a las 19 en el teatro NoAvestruz (Humboldt 1857, Ciudad de Buenos Aires).

Dirigida por Lila Monti y Agustín Flores Muñoz, la puesta entretiene y tiene una gran cuota de humor. Como es característico del clown, Ruda genera gran empatía con el espectador y establece un vínculo muy cercano con él. Está pendiente de lo que sucede en la platea: cualquier sonido es material susceptible de ser incorporado a la historia. Uno de los momentos más destacables y poéticos de la obra es el juego que se establece con un antiguo grabador de cassettes. La payasa se graba y se escucha, y luego hace lo mismo con el público. Muchos de los audios fueron grabados cuando la actriz era niña y sus padres le pedían que cantara para registrar su hermosa voz. “Esos cassettes siempre estuvieron ligados al juego. Y en algún momento empecé a sentir que era un material para la vida, para que un día mi hijo lo escuche, para hacer algo con eso”, explica la actriz. Hacia el final, Ruda canta y de esa manera evoca algunos recuerdos de su infancia.

—Al comienzo de la obra Ruda carga una mochila muy pesada. ¿Quisieron hablar de esta metáfora o salió sin pensarlo?
—Para mí la mochila tiene que ver con varias cosas. Por un lado, lo metafórico del peso y de la necesidad de alivianarse de aquéllo con lo que uno carga. Por otro lado, tiene que ver con hacer y hacerse espacio para que lleguen cosas nuevas. Ahí aparece el vínculo con los tiempos, con el pasado, con lo que va a venir, con cómo uno quiere transitar ese camino hacia el porvenir. Entonces, no fue buscada, pero fuimos conscientes de que estábamos trabajando con esa imagen poética.

—Hay un juego interesante que surge con el grabador y los audios de su infancia.
—Cuando estudiaba la carrera de cine usé esos audios para alguna cuestión creativa. Era un material que me llamaba la atención. Apareció un poco de casualidad entre los objetos de mi infancia que también aparecen en esa mochila. En ese momento, mi hijo empezaba a hablar y nos preguntaba por nuestros juguetes de la infancia, a los que les decía “tesoros”. Estaba muy interesado por saber con qué jugábamos. Entonces hice una especie de investigación. Fui a lo de mi mamá a recuperar cosas y ahí aparecieron muchos de los objetos de la mochila, entre ellos los cassettes. Mis papás me grabaron desde la panza, desde las ecografías: de los latidos del corazón hasta los tres años. Y después siguió siendo un material de juego. Cuando tenía ocho años tenía unas amigas que se fueron a vivir afuera y con ellas nos mandábamos cassettes además de cartas. Era nuestra manera de estar en contacto. Una grababa en el lado A y la otra en el lado B. Siempre fue un medio de comunicación, para sentir que estábamos lejos pero cerca. Así que los audios siempre fueron objetos que formaron parte de mi vida. Cuando apareció el grabador lo viví como algo natural.

Fotografía: Pedro Braga Sampaio
Fotografía: Pedro Braga Sampaio

—¿Qué generó el clown en su vida?
—Un impacto revolucionario. Me impresionó de tal manera que hizo que cambiara mi mirada, no sólo del trabajo sino también del mundo. Cambió mi propia historia, mi manera de vincularme con los demás, de entender ciertas cosas, de perdonarme y amigarme con zonas mías con las cuales estaba peleada. Cuando era chica era patológicamente tímida, al punto de quedarme muda durante horas. Entonces tenía ciertas peleas internas conmigo misma que el clown vino a purificar y a perdonar. Me amigó mucho conmigo. Y a partir del juego que propone, el clown me devolvió hasta recuerdos de mi infancia; sensaciones, estados, olores que había vivido de chica.

—¿Por qué cree que la identidad es un tema muy recurrente en el clown?
—Hay una cuestión muy fuerte en relación a la identidad que tiene que ver con recuperar cosas de uno; con amigarse, perdonarse y aceptarse con todo lo lindo y lo feo que tenemos. Desde ese lugar podemos encontrar cosas que no sabíamos que estaban ahí, cosas conocidas pero resignificadas, potenciadas. El clown amasa y revisa nuestra propia identidad. Esos recovecos que uno no sabía que tenía. De repente, el público te quiere por esas cosas que uno no venía aceptando. Genera una especie de alivio, libertad, placer absoluto. A mí me llevó a pensar en ésta que soy yo, qué cosas tengo y qué cosas no. Y la posibilidad de cambio permanente: yo soy así pero cómo seré después.

—¿Cómo hace el actor para lograr que cada obra sea como la primera? ¿Puede aburrirse?
—La obra tiene una partitura. Después hay distintos factores que influyen y que tienen que ver con el público que está presente. Hay algunos más eufóricos, otros más sensibles, otros intimistas, otros más zafados. Y eso alimenta lo que estás haciendo. Hay funciones en las que tosen y tosen o suenan veinte celulares y eso es material que se usa. Hay cosas que cambian, dependiendo de cómo está uno. Hay matices que van apareciendo. No me pasó aburrirme. Porque es tan intenso el momento del encuentro con el público que se convierte en un encuentro múltiple, un encuentro con el público y de uno con uno mismo. Después hay cosas que se alimentan y se trabajan y que tienen que ver con el hábito de trabajo, que como todo en la vida requiere de un ejercicio casi muscular. Trabajar la pasión, las ganas, la disposición, la disponibilidad, ejercitarse en esto de la sensación de que sea como la primera vez; así como uno trabaja sus vínculos, también se trabaja el vínculo con el trabajo y el público. Es tomar la decisión de pasar un buen rato y ver qué nos pasa. Hay una cuestión de voluntad además de esa cosa mágica que sucede en el escenario. Y un deseo de jugar.