
Por Facundo Desimone
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“La llegada a Europa fue muy épica y dramática”, dice Miguel Canevari, guitarrista y cantante de Julio & Agosto. Todavía no es la hora del lobo pero, a juzgar por el clima y una densidad especial en el aire, bien podría serlo. Hay una sensación de segundo corazón que late, tal vez más lentamente, debajo de esa capa cóncava que la diosa Nyx extiende sobre la Ciudad de Buenos Aires. La gente, dentro del bar, parece no darse cuenta de nada. El sonido es ensordecedor, casi de jolgorio. Como si fuesen Navidad y Año Nuevo. Afuera, dos jóvenes bohemios estudian la carta, en una mesa cercana al ventanal. “Y estos son los mellizos Reynoso: Julio y Agosto”, suena la voz de Carlos López Puccio, de Les Luthiers, desde el sketch “Las majas del bergantin”, en algún cerebro.
El bar se llama Nesta (¿hará falta explicar que es un bar reggae?). “Dejamos las bicis afuera, sin atar”, precisa Marcelo, hermano de Miguel y contrabajo del equipo, señalando con la mirada la evidencia. “Todo bien con eso, ¿no?”, pregunta al pasar. Vienen de un ensayo de Fuleras, uno de sus proyectos paralelos. “Nosotros somos la banda, pero cantan cinco chicas”, señala Marcelo. “Son, más que nada, covers; no hay temas propios”, agrega.
—Ustedes acaban de difundir su nuevo disco, Canciones del desastre…
Marcelo: —Sí. Nos obligamos a que saliera a fin de este mes. La idea era subirlo a Internet antes de fabricarlo en formato analógico, para que la gente lo pudiera escuchar para la fecha de presentación.
Miguel: —De alguna manera es nuestro disco más conceptual.
Marcelo: —Es un disco temático. Se llama Canciones del desastre y las canciones tienden a hablar de algún tipo de catástrofe.
Miguel: —Por ejemplo, la caída de un avión, un asesinato, una resaca.
Marcelo: —Y también tiene un tema experimental, un instrumental medio zapado en el medio.
—¿Y en cuanto al sonido? ¿Hay diferencias o mantienen la estética de El ritmo de las cosas y Julio & Agosto, sus discos anteriores?
Miguel: —En este disco es todo un poco más lo-fi, más cabeza. Es más desprolijo, más sucio. Al revés de lo que suelen hacer las bandas. Además, las composiciones también son diferentes. Hay como cierto giro. Lo sucio se ve también en la forma en que fueron compuestas las canciones. Está todo un poco más rockero, con todo lo rockeros que podemos ser con nuestra formación, que no es muy rockera.
—¿Cómo fue, en ese sentido, la grabación?
Marcelo: —El proceso de grabación también fue diferente esta vez. Decidimos no grabar en un estudio y en cambio nos fuimos a Del Viso, armamos una especie de estudio en la casa de Santi (Adano: guitarra, voz y ukulele), que es de ahí, y nos encerramos a grabar.
Miguel: —Estuvimos tres días en una quinta comiendo, escabiando y grabando. Las tapas las hizo Marce, como las otras dos, pero esta es medio foto ilustrada o intervenida.
Marcelo: —Seguimos con los mismos personajes de antes, pero un poco más trash.
Miguel: — Me parece que lo mismo que con la música está pasando con los dibujos. Hay una línea que atraviesa los tres discos, pero en éste, a la vez, todo se ensucia un poco más.
Mientras esperan que les traigan unos sándwiches y alguna bebida espirituosa, los chicos hablan de camaradería, de amistad, de las bandas que navegan por el ambiente. “En diciembre vamos a tocar en Córdoba, con Alerta Pachuca”, informa Miguel. Hubo buena onda también con Onda Vaga y Pollera Pantalón. “Nos aconsejaron mucho sobre los preparativos para el viaje a Europa, sobre todo con el tema de la fabricación de discos analógicos”, cuenta Marcelo.
—¿Cómo organizaron el viaje?
Miguel: —La modalidad de organización fue postear en Facebook que nos íbamos. Por ejemplo: “Vamos a estar por Marsella. ¿Quién conoce a alguien que nos pueda hospedar?”. Y la gente se empezó a prender y a contactarnos. Allá nos recibían en las casas, nos armaban las fechas. Fue increíble.
Marcelo: —Como tocamos sin enchufar, también lo hicimos un montón en la calle.
—¿Y con el tema del transporte? ¿Cómo se las arreglaron?
Marcelo: —Yo me fui quince días antes con el objetivo de comprar una camioneta. Era mi misión y no la pude conseguir. No nos cerraban los números. Entonces llegó Luly (Cúneo, una de las violinistas). Estaba por la calle, vio a un chabón en una camioneta y en diez minutos la teníamos. Era increíble y barata.
Miguel: —¡Fue magia! (risas).
—¿Alguna otra anécdota del viaje?
Miguel: —Sí, la primera fecha, en Barcelona. Era el viernes a las 23 y aterrizamos justo. Así que nos buscó una amiga mía catalana en auto, a las chapas, llegamos a las 23.45 al lugar y a la medianoche estábamos tocando. Estábamos muy cagados porque uno había vomitado en el avión y a mí se me partía la cabeza mal.
Marcelo: —Ese día pasó de todo. La camioneta que íbamos a comprar al final se bajó, nos dijeron que no. Los discos que habíamos fabricado los mandaron a Madrid por error…
Miguel: —Pensamos que iba a ser el peor viaje del mundo. Pero después todo se acomodó y no tuvimos inconvenientes. Fue sólo ese primer día.
—¿Compartieron fechas, crearon algún vínculo?
Marcelo: —En Galicia tocamos en un festival. Y en otro, pero de teatro, en Viena. Además tocamos con una chica que se llama Martha Rose, que es muy buena, y ahí nos metimos más en la movida indie de Berlín.
Miguel: —En Berlín se puede tomar cerveza en el subte. Es el lugar ideal para tomar cerveza a toda hora y barata. París es todo lo contrario.
Marcelo: —Igual laburamos un montón. No fuimos a museos, nos perdimos un montón de cosas. No hicimos turismo. Fuimos a laburar.
Miguel: —Nos encontrábamos todos los días a las diez de la mañana para ir a tocar a la calle. Después a la tarde cortábamos un poco y todas las noches tocábamos en algún bar u otro lugar.
Según cuentan los hermanos Canevari, el viaje a Europa fue una especie de cierre de una etapa y comienzo de otra. Entre la finalización de Canciones del desastre y la planificación del viaje, el violinista Guido Gromadzyn tuvo que abandonar el proyecto por motivos personales, y en su lugar entró Manuel Katz. “Guido tocaba re bien, pero él es médico, tenía guardias, le costaba ir a los ensayos”, amplía Marcelo.
—¿Cuáles fueron las opciones que barajaron en ese momento?
Miguel: —Básicamente, surgió el interrogante de si cambiábamos la formación de la banda, dándole la posibilidad a algún amigo que quisiera entrar con otro instrumento, o si buscábamos algún violinista y lo reemplazábamos.
Marcelo: —Y tuvimos la suerte de dar con Manu. Fue muy loco porque, a la semana de haber entrado en la banda, se sacó el pasaje y nos fuimos a Europa, casi sin conocerlo. Un mes de convivencia con siete personas que no conocía. Fue una prueba de fuego.
Miguel: —Después, todo fue muy orgánico.
Marcelo: —Al principio fue un poco tedioso; era una persona nueva que se tenía que aprender todos los temas, los arreglos, y por ahí no había mucho espacio en los ensayos para probar cosas nuevas. Pero ahora ya está establecido.
Miguel: —Ya es un Julio & Agosto más, sin lugar a dudas.
La banda de “indie folk rock acústico”, como ellos mismos se definen, se formó en 2007 y desde entonces no dejó de hacer “un gigantesco laburo de hormiga”, como subraya Marcelo. En el camino llegaron al mundo los discos Julio & Agosto (2011) y El ritmo de las cosas (2013). Luego el grupo formó su propio sello discográfico, Monqui Albino, con el que graban bandas amigas y allegadas, como Pequeña Orquesta de Trovadores, Cumbia Club La Maribel e Ivo Ferrer, entre otros. Julio & Agosto grabó una canción para el programa de radio Metro y Medio, y fue invitada a tocar en la presentación de Estoy cansado de mí y otros cuentos, segundo libro de Sebastián Wainraich.
* Julio & Agosto presentará Canciones del desastre mañana a las 21 en La Trastienda (Balcarce 460, Ciudad de Buenos Aires). Será su primer recital sin acompañamiento en ese gran escenario porteño.