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Bancate la bombacheada

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Estefi Spark, Mailén Cisneros y Lauren Jayne desafían la idea de que mostrar sus cuerpos sea denigrar a la mujer. Sobre el escenario, en tangas, redes y minishorts, disocian sus esqueletos al compás del flow, una combinación de ritmos “con cadencia a tierra y mucha utilización de la cadera”. Fotografía: Cecilia Villegas y Vicente Vega

Por Ailín Bullentini

Petizas y corpulentas. Fuertes, potentes, picantes. Guarras. Estas tres pibas —que se entangan un minishort y traslucen el ombligo detrás de un top de microred para romper marulos desde un escenario— se muestran, sí, pero la clave no está en la piel sino en el punch que tienen esos cuerpos al moverse. Bailan cumbia remixada, melodías que rozan el ritmo reggaetonero o que por momentos parecen raps. Disocian las caderas de las rodillas; la cintura del cuello, los hombros y la cabeza. Y te obligan a abrir la boca y a enterrar el “mi amor, con ese culo te invito a cagar a casa” bien en el fondo de la garganta. El cuerpo es de ellas y eligen mostrarlo sin regalar ninguna potestad a nadie. El cuerpo es de ellas y eligen bailarlo.

Estefi Spark, Mailén Cisneros y Lauren Jayne se llaman por separado las Altas Wachas, nombre que eligieron para identificarse cuando todas en una desarrollan el arte de la danza. ¿Qué danza? Difícil de clasificar. El dance hall (Yemeica nou problem desde la cuna, el ritmo es algo así como tumtum-hop-tumtum-hop-tumtum-hop y así) y el afro (mucho, pero mucho tambor) son su “lado fuerte y feroz”. Danzas “con cadencia a tierra y mucha utilización de la cadera”, definen sin limitarse. Las combinan, como les place, con otros estilos y técnicas: cumbia, danzas árabes, hip hop, bollywood (¿ya llegamos a la India?), kuduro (la danza es angoleña, pero el nombre significa “culo duro” si se llega hasta su raíz etimológica, radicada en Portugal) y twerking (el término que los yanquis encontraron más “apropiado” para bautizar al movimiento de cola).

Saben lo que hacen, entienden de técnicas y estilos, pero son libres y suelen olvidarse de las estructuras ya que “nada de eso es lo fundamental”. “Con el paso del tiempo cada vez nos ponemos más precisas y meticulosas, pero sabemos entender que lo que siempre importa es la personalidad, que es lo que nos caracterizó desde el comienzo y lo que nos diferencia.” Un denominador común a todas estas clases y subclases de bailes es la disociación del cuerpo. “Disocien, chicas”, aconseja Cisneros, una de las wachas, a sus wachialumnas de wachiestilo (claro, porque uno de los pilares que sostienen al trío es la transmisión del conocimiento) mientras refleja en un espejo cómo logra convertir su cuerpo en algo no humano: torso firme, inmóvil, cara en modo provocador, cadera a la izquierda y derecha (mil veces) sobre un mismo eje. Por momentos, es una víbora; por otros, una muñeca articulada. Brillante. Dificilísimo.

Disociar significa separar elementos que estaban unidos. A la hora de aprender y ejecutar el flow (una especie de prefijo que las Altas Wachas utilizan para presentarse con el objetivo de advertir de qué va la cosa, “un grupo basado en la fusión constante de estilos de baile y musicales”), la meta es separar las diferentes partes del esqueleto articulado para luego poder activarlas con independencia. La misma estrategia utilizan a la hora de pensar qué dicen con eso que hacen. Detalle no menor.

¿QUÉ?

“Después de aproximadamente dos años de amistad, de bolichear, de zapar con el cuerpo, decidimos que era hora de materializar esa energía y transformarla en esto, nuestro primer proyecto a nivel artístico.” Se remontan a los inicios para explicar por qué el objetivo de todo este meneo gigante no es el “ser” alguien que “hace algo” sino el “hacer para ser”. No se consideran “artistas”. Les huyen a las etiquetas. “Bailamos para no ir a terapia, para sacarnos la mala energía de esta gran ciudad y porque amamos el movimiento y la música. Es creatividad desarrollada con el cuerpo y limitada solamente por nosotras y nuestro entrenamiento. No nos autoproclamamos nada, pero vivimos de la danza. Si el que trabaja en un banco es banquero, nosotras seríamos bailarinas, pero es mejor no autodefinirse”, remarcan. “Ponen música y bailamos. El baile no es una actividad en nuestra vida, es lo que somos”.

¿Cómo se llega a Altas Wachas? ¿En dónde se las puede encontrar? Rápido y fácil, en la web. Suelen bailar en fiestas temáticas, como La Mentirosa o La Mágica, en las que los ritmos tropicales y bailables gobiernan los cuerpos. También acompañan, a modo de “cuerpo de baile”, a Fauna, una banda cruza de ritmos tropicales, hip hop, sintetizadores, collares dorados muy muy grandes, musculosas y pantalones anchos. Pruebas de todo aquéllo pueden encontrarse en YouTube, en donde ellas mismas cuentan con canal propio. Y allí, faaa: sus coreografías hechas videoclips, un formato que les permite despuntar varios vicios a la vez (dos de ellas, Lauren y Estefi, se formaron en senderos ligados al séptimo arte, producción y dirección de arte). “Nos encanta el cine y el formato videoclip es muy práctico ya que nos permite sintetizar: mostrar una estética, desarrollar una coreografía, mostrar un tema que elegimos y llegar a gente en todo el mundo que en vivo no nos vería jamás. Somos de la e-generation, no le escapamos a nada”. El último lanzamiento del power trío lleva la marca del coreógrafo Chris Mattia, que talla el house y el hip hop. “El movimiento es evolución y en eso vamos”, definen.

No son sino lo que aman. Son baile puro y eso que son se vuelve particularmente interesante para el debate en una época en la que el cuerpo de la mujer, los derechos de la mujer, las formas de “ser mujer” son batallas constantes y sonantes para ellas mismas, las protagonistas, aquéllas que son consientes de las particularidades que implican todas esas cosas. Las Altas Wachas son mujeres: tres jóvenes, carnosas y vertiginosas amigas que bailan poniendo mucho (todo) cuerpo, aprovechando al máximo las curvas y la capacidad de acción que da el esqueleto, exhibiéndose. Oooohhh.

MI PROPIA DUEÑA

Son tiempos violentos. Sobre todo porque con violencia se tiene que defender aquéllo que debería tener consenso: la calle castiga con latigazos de finura, en algunos casos extrema, a aquéllas que cumplen con los estándares comerciales de belleza, sin siquiera frenar medio segundo a pensar si el “cumplido” es deseado o buscado, si acaso cae cual caricia o incomoda como tocada de ojete. El vox pópuli, mientras, disfraza las dedicatorias de piropos. ¿De qué te quejás, mujer? ¡Si te gusta! El nombre elegido para el trío, Altas wachas, es toda una toma de postura: “La personalidad de Altas Wachas es definitivamente la de mujeres fuertes y seguras que no se guían solamente por lo que ven o lo que la gente dice. Tenemos una opinión propia siempre”, recalcan. En cuanto a la propia imagen, se saben una bomba más por autolectura que por el veredicto de la voz común.

Esa misma fortaleza, la seguridad en sí mismas, es lo que les permite manipular su herramienta artística, el propio cuerpo, con total soltura. Es decir, libre de limitaciones ideológicas, de veredictos asfixiantes. “Salimos a bailar en tanga, pero nos bajamos del escenario y nadie intenta tocarnos de forma desubicada”, aseguran. Es la propia postura que adoptan desde lo que hacen/son (baile/mujeres bailando) la que habla: “Dejamos bien en claro que esa libertad nos la tomamos porque nos gusta y nos hace sentir bien, pero que eso no da derecho a nadie de hacer algo que no toleramos. Somos mujeres, tenemos un cuerpo y lo queremos mostrar, no para cachondear a nadie, sino porque no encontramos todavía un motivo por el cual no deberíamos hacerlo”.

La cumbia suena remixada y los tum tum tum tum de la melodía son quiebres de cadera, nalgazos que pegan trompadas al aire. El concepto de la mujer cosificada a partir de la exhibición que el sistema logró de sus partes más sexualmente utilizadas sobrevuela la reflexión, pero no encaja con aquéllas que siguen rebotando en el escenario. Altas Wachas aporta un poroto a esta lucha: ofrecen cuerpos imperfectos para la regla capitalista híper-recontra-moderna de panza chata, pata larga y desnutrición. Pero ojo: no son feministas. “La perspectiva de género es algo completamente social. Para nosotras taparse es machismo. No somos feministas, sólo somos mujeres que no ocultan sus nalgas porque masivamente se dice que eso es ‘venderse’. El concepto de exponerse depende mucho de la parte del mundo en la que estás: en Medio Oriente exponerse es mostrar el cabello y la cara, en algunas ciudades de EEUU y Europa está permitido pasearse desnudo, en Centroamérica las mujeres usan ropa pequeña y muy ajustada”, aportan.

Con ese conjunto de huesos, músculos, carne y piel en movimiento, la descosen sobre un escenario y a la vez desafían los preceptos más conservas de la militancia de género: ¿desde cuándo las caderas quebradas, los culos sobresalientes y al viento y las cinturas que marean son vías de denigración femenina por excelencia? Las Altas Wachas lo desmienten. Bancate la bombacheada.

Fuente: NaN #17 (mayo-junio 2014). Conseguila escribiendo a hola@lanan.com.ar.