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Una banda mutante

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El septeto platense acaba de editar su primer LP, “Jau Jau”, que abre la cancha del acústico al sonido eléctrico. Por eso, a tres años del nacimiento del ensamble y con un intenso itinerario de presentaciones, sus integrantes reafirman a Heráclito: todo está en constante cambio. “No se trata de menos ni más, de crecimiento ni decantación, sino de mutación”, sostienen. Fotografía: Verónica Sarrió

Por Ana Laura Esperança

Todas las butacas del Auditorio de la Facultad de Bellas Artes están ocupadas. Un chico pega los labios al micrófono probando sonido: “Ya viene Juanito el Cantor y después Tototomás”, dice y se esfuma entre bambalinas. A un lado del escenario yacen guitarras, batería, bajo, un banjo, instrumentos de percusión. Al otro, dos pies de micrófono que usarán las coristas durante el recital, inclinándolos en el vaivén floreado de su baile. Al momento de presentar Jau Jau, el primer elepé de la banda platense Tototomás, los músicos sorprenden: pasados veinte segundos de la primera canción, un poderoso movimiento conjunto estalla en un ataque sonoro sin trincheras. Todos saltarán abriendo las piernas en direcciones opuestas, con la fuerza de una patada ninja.

También exhalan un toque de glamour. Como esas escenas de películas ambientadas en cruceros en las que, en la parte de la fiesta, los músicos seducen a los viajeros y los ponen a bailar. Pasado ese primer shock, hamacan a la concurrencia como barquito en noche tropical. Lo pasean por ritmos latinoamericanos. Lo ponen sexy con sus melodías pop. Le cruzan la cara de un cachetazo de modales punk. Toda esa montaña rusa de sensaciones encontradas toma forma en los temas de Jau Jau (2014). También en los de los EP Tototomás (2012) y Multifacético (2013).

Hasta el más apático de los espectadores acompaña la travesía despegándose de la butaca. Si eso no pasa, en el sujeto hay algo que revisar, algún reflejo, alguna energía corporal obturada. Nada que unos masajes tailandeses no arreglen.

“Nuestras canciones tienen mucho de onomatopeyas: se privilegia la cuestión del sonido, se inventan palabras a partir de una sonoridad. Y Jau Jau es una onomatopeya que representa el espíritu del disco, porque capta tanto la risa como el lamento”, dice Tomás Agustín Casado, “el flautista de Hamelin” que en 2011 empezó a tocar sus canciones de la adolescencia en centros culturales, solo, y que fue sumando amigos y músicos a lo que hoy es Tototomás. Después de tres años de banda, dice que no es fácil manejar una tan numerosa (son siete, pero en un momento fueron más), que requiere determinación. Que como contrapartida tiene ventajas y alegrías, pero que no es fácil.

Transitada una etapa de crecimiento, de mucha actividad (en 2012 tocaron más de setenta fechas en espacios culturales, bares y calles, y colaboraron en festivales por las inundaciones de La Plata, la Ley de Inquilinos y las Jornadas de Desmanicomialización de la Facultad de Psicología), ahora cosechan la siembra con disco nuevo y una mayor profesionalización del sonido. En medio de la hazaña, algunos quedaron en el camino. Otros llegaron, como Nicolás Piró, cantautor del sello Caminar de Elefante que se sumó para tocar el bajo en 2014. Pero todos, los que siguen y los que no, aportaron algo, dice Tomás.

“Las condiciones de existencia de la banda tienen que ver con los centros culturales.” Las primeras fechas en espacios de La Plata, como En Eso Estamos, Casa Brava y Ces’t la Vie, hicieron que se determinara el sonido de las canciones en función de una propuesta acústica. Tocaban sin sonido o con uno mínimo. “Los dos primeros EP registran esa etapa desenchufada”, aclaran.

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Fotografía: Verónica Sarrió

—Se definen como una banda de melodías pop y contundencia punk que bordea ritmos latinoamericanos. ¿El rock entra por algún ángulo?
Tomás Casado: —Específicamente no. Ahora salimos un poco de los lugares en los que solíamos estar, y eso implica una sonoridad más potente. Pero se trata de un proyecto que no encaja en los cánones del rock o en lo que se entiende como rock platense. No tiene el típico formato de guitarra eléctrica, bajo y batería. Tiene instrumentos como el banjo y es una banda de voces en la que cantan todos. También tuvo acordeón. De todas formas, creo que el concepto de rock es muy amplio: cualquier expresión musical urbana puede serlo. Entonces todo es rock o nada es rock. Etiquetar a alguien también es una cuestión de poder: vos sos esto o sos lo otro. Me cuesta llamarnos rock. Tal vez por venir de los centros culturales, renegamos bastante de esa idea.
Nicolás Piró: —No somos rockers, somos re tiernos, re piolas, ja.

—¿Cómo fue el camino de los centros culturales a otros espacios?
N. P.: —Los centros culturales nos gustan mucho por la improvisación que permiten sus espacios. Puede estar tocando Tototomás o algunos de nosotros, sea de forma solista o en trío, y hay flexibilidad para subirse al escenario y sumarse. Los centros culturales son muy elásticos y libres en ese sentido. Dan ciertos permisos que en otros espacios no son tan posibles.
Victoria Torres Moure (corista): —Nuestro proyecto está muy vinculado al juego. Y para eso los centros culturales son espacios especiales, muy cálidos e íntimos, donde hay mucha escucha. Empezamos así pero después fuimos creciendo: la gente se empezó a copar bailando y cantando, y entonces ya necesitábamos micrófonos. Así empezamos a ver la necesidad de mutar. Las canciones fueron volviéndose más eléctricas.
T. C.: —Los centros culturales te permiten una apropiación del lugar, son fechas abiertas. Pero yo siempre ambicioné probar otra instrumentación, que no quedara anclada sólo a los centros culturales. Nos fuimos volviendo más eléctricos y fuimos llegando a otros espacios también.
N. P.: —Además las canciones fueron siendo algo mayor. Seguimos haciendo muchas de los EP que son acústicas pero ahora en formato banda, y no por una necesidad nuestra sino porque las mismas canciones lo piden. Cuando no tocaba en Tototomás los escuchaba de afuera y ahora me asombro de cómo pueden cambiar los temas. A medida que fueron tocándose en vivo, las canciones fueron pidiendo más y más.

—¿Dirían que es un período de reconstrucción?
T. C.: —Sí. Igual la banda, más allá de toda mutación, siempre tuvo una actitud punk.

—¿Y eso de qué forma se expresa mejor?
T. C.: —Hay muchas canciones cortas, algunas de menos de dos minutos, que igualmente son temas tranquilos. El espíritu punk tiene que ver con la intensidad pero sobre todo con una actitud. Yo tuve una banda hardcore punk y de ahí también viene el cómo yo concibo las canciones: temas que, en determinado ambiente, irrumpan, provoquen algo, interpelen a la gente. Desde la actitud, desde la manera de cantar.
N. P.: —No encaramos a una canción y le decimos “vas a ser punk”. Pero creo que la misma manija nos lleva a ese lugar.
T. C.: —Se busca romper con algo, irrumpir. Sobre todo en los ambientes de centros culturales. No se trata de música que acompañe el momento de comer una pizza y tomarse una birra, busca llamar la atención. Somos punk en el sentido de interpelar. Hace poco toqué en Campana, en un bar tipo Ciudad Vieja. Primero tocó otro músico. La gente, mientras escuchaba, charlaba; pero cuando empecé yo, por la forma de tocar, me miraban como diciendo “¿y este qué onda?”. Y yo busco eso: generar pregunta, provocar, llamar la atención; no siempre, pero muchas veces sí. Es algo muy consciente.

Si hay algo que tiene que ver con la forma y el fondo de Tototomás, que bordea sus márgenes y le da contenido a una idea de banda, es el juego y la improvisación. Victoria, una de las dos coristas, viene del palo del teatro. Asegura que lo corporal es fundamental: “Movemos todo el cuerpo, no sólo la voz. Las canciones nos atraviesan, nos enojamos, nos divertimos, reímos, lloramos. Está muy presente el movimiento. Y Tomi, de alguna forma, es quien nos propone el tono, no digo musical sino corporal, en términos de tonicidad”. Así de importante es la improvisación que su práctica entre muchos de los integrantes de la banda derivó en un espacio que crearon y llamaron Bochorno: “Nos juntamos a improvisar, de ahí salen un montón de ideas y canciones”, dice Tomás.

Uno podría imaginar una especie de comunidad, una zona liberada donde dar rienda suelta a la creatividad, con lo lúdico como guía. También un lugar donde reírse mucho. “Nos permitimos mucho el juego y la improvisación: una vez, por ejemplo, les hice una canción a mi mamá y a mi abuela, que habían ido a verme a Ces’t la Vie; otra, armamos una canción a partir de frases que escribía la gente que nos había ido a ver”, dice Tomás. Y asegura que esos juegos dan mucha confianza. Y generan un tipo de relación con la gente, de intercambio, porque la improvisación tiene mucho que ver con la escucha.

Fotografía: Verónica Sarrió
Fotografía: Verónica Sarrió

Jau Jau fue producido por el cantautor rioplatense Juanito el Cantor, quien teloneó a Tototomás en su presentación en Bellas Artes. Entre otros, produjo a Gustavo Cordera y Soema Montenegro. Lo conocieron tocando y, al proponerle la producción, enseguida aceptó. “Supo captarnos, se integró muy bien al grupo, supo sacar lo mejor de cada uno”, asegura Nicolás. Sin embargo, no fue fácil sacar el disco adelante. Conllevó un esfuerzo grande: “Grabamos en Boedo, en el estudio Sale La Luna, editados por el sello Sonoamérica. Íbamos hasta allá en la camioneta de mi viejo, fue una movida. No es fácil grabar un disco con tantos músicos”, recuerda Tomás. Participaron más de quince, con instrumentos como el saxo alto, la flauta, el sarod, el banjo, el trombón, el acordeón, la trompeta, el pandeiro, el clarinete y el metalofón. El arte de tapa, un dibujo con una especie de animal verde de cuatro patas y muchas cabezas con las bocas abiertas, estuvo a cargo de Ojo en Blanco.

Hoy son sólo siete integrantes y se sienten más consolidados como banda, porque se entienden y son conscientes de que es hora de cosechar el trabajo y celebrarlo. “Ahora la banda es más horizontal y orgánica”, opina Victoria. Y Nicolás asegura que “no se trata de menos ni más, ni crecimiento ni decantación, sino de mutación”.

Tototomás se identifica en un enjambre de instrumentos muy peculiar, selección que entienden como arbitraria, espontánea: algo que se fue dando. También son diversas las escuchas o influencias y gustos musicales de sus integrantes: van de Eli-u, Martín Buscaglia, Los Espíritus, Meredith Monk y Él Mató a Los Piojos, Eduardo Mateo y Hugo Fattorusso. “Mis influencias son mis amigos”, propone Nicolás. “Julián Oroz, Juanito, Ignacio Pello, Tomi”, enumera. Así de multifacética es la banda. “Creo que un concepto que puede definir el funcionamiento de Tototomás es que no somos todos los ingredientes que ponemos en la licuadora sino la acción de licuar”, dice Nicolás, representando gráficamente el movimiento de las cuchillas del aparato con sus dedos. Los cuatro miembros presentes en la entrevista remarcan la “manijez” que tienen a la hora de trabajar. También lo “armable” de la banda. “Podemos tocar en formato acústico, en versión chica o completa, con o sin sonido: en eso también somos una banda mutante”, dice Nicolás.

“Ya tocamos todos los temas de Jau Jau, ¿qué pasa que no bailan? ¿Están bien?” Tomás Agustín Casado, descalzo sobre el escenario, tiene gotas de sudor en la cara. Hace chistes entre tema y tema, la gente responde, ríe. Entonces interpreta las canciones abrazado a su guitarra criolla. Sus ojos, muy celestes, parece que no miraran ningún punto en particular. “Gracias a todos por venir, gracias a Juanito el Cantor, gracias a Ojo en Blanco (Daniela Ocampo), que nos hizo ese maravilloso dibujo que ven ahí”, dice señalando la imagen proyectada en la pared, a la derecha del escenario. Y vuelven todos a tocar. Van por el salto y la canción número veinte, aproximadamente. Parece que hay cuerda para rato. Se lo están pasando de pelos.