
—¿Creés que músicos y público tomaron conciencia de lo ocurrido en Cromañón?
Naue Ugazio: —Sin duda. No quiero generalizar, pero dentro de los espacios donde me muevo vi un cambio de actitud casi inmediatamente luego de la tragedia de Cromañón. Tanto en el público, tomando conciencia de su comportamiento; como en el músico, a la hora de pensar más en su gente y en los espacios para tocar, y para hacerle frente al Estado.
Valeria Lugosi: —Claro que sí tomaron conciencia. Lo de Cromañón fue el típico caso del “no pasa nada hasta que pasa”. El problema es que no siempre las expectativas y la conciencia van de la mano con la realidad. Pero la conciencia está ahí.
Facundo Soler: —Una gran porción de la escena emergente entendió el mensaje post-Cromañón: hay que ir a ver música en vivo, disfrutarla y cuidar a los demás. Pero lamentablemente siguen existiendo el tribuneo enfermizo en los shows y la “cultura del aguante”, más cercanos al fútbol que a las canciones. Hace poco el Indio Solari tocó en Mendoza y entre los asistentes podías ver a un montón de pelotudos llevando bengalas con orgullo. Eso te hace pensar que hay gente que no entendió absolutamente nada.
Gonzalo Penas: —Absolutamente. Tomaron conciencia sobre todo en los primeros años posteriores a la tragedia. Recuerdo algunos Obras cerrados entre 2005 y 2006: se pararon recitales porque prendieron bengalas. Recuerdo también ver pibes en el público repudiar que tiraran petardos y prendieran pirotecnia. Eso en 2003, 2004 era impensado.
Julia González: —Creo que en parte tomaron consciencia del desastre que fue Cromañón.
Facundo Arroyo: —Sí, tomaron conciencia, pero hacen lo que pueden. Las condiciones siempre fueron precarias: desde La Cueva y La Perla hasta cualquier sótano que hoy coimea algunas medidas absurdas de prevención. Lo interesante es el cambio de paradigma: antes queríamos al Estado lo más lejos posible y ahora el reclamo es hacia y para el Estado. “Háganse cargo.”
Juan Manuel Strassburger: —Creo que hay una mayor conciencia en cuanto a lo básico: que no se puede andar prendiendo bengalas en lugares cerrados, que es importante que haya una puerta de emergencia identificable, que si el lugar está súper híper hasta las manos, es peligroso y es bueno hacer esperar a los que están afuera hasta que se pueda rotar público. Ahora, en cuanto a lo más profundo que entrañó Cromañón, no sé si hay un comprensión total (y no creo que sea sencillo: otros países aun tratan de desentrañar la significación de tragedias todavía mayores ocurridas hace más tiempo).
Claudio Kobelt: —Creo que no cómo deberían. Cada tanto seguimos escuchando casos de alguien que prendió una bengala en un estadio, del público generando situaciones peligrosas y/o violentas hacia ellos mismos, y ni hablar de algunos espacios que aún son verdaderos laberintos. Hace poco se derrumbó la mampostería de un conocido teatro de Capital, sin ir más lejos. Creo que muchas veces nos olvidamos que todas esas vidas que se perdieron, todos esos amigos que se fueron, podrían seguir estando acá, entre nosotros, y que todo eso sucedió, nada más ni nada menos, en un recital de rock.
—¿Es peligroso salir a tocar y/o a escuchar en la escena emergente? Si creés que sí, ¿cómo debería actuar el Estado?
Naue Ugazio: —No lo siento peligroso. Incluso es algo que trato, de alguna forma, de promover. Salir a ver bandas a estos espacios, apoyar tanto a los músicos como a los lugares donde les dan espacio. Últimamente hubo muchísimas clausuras en la Ciudad de Buenos Aires; esperemos que la reciente promulgación de la ley de espacios culturales logre un cambio inmediato, creando nuevos espacios y promoviendo y mejorando los ya existentes. Que la escena crezca y que haya gente en todos lados, tocando, viendo, apoyando, laburando.
Valeria Lugosi: —Sigue siendo peligroso. Hay gente que todavía no tiene ganas de hacer las cosas bien. Eso sí: tenemos cartelitos que indican la salida por todos lados. ¿Pero de qué sirven, si tenes micrófonos y/o equipos que patean a los músicos? (pasó el 13 de diciembre en un recital de Dietrich. No tenían cable a tierra. Casi se quedan pegados los músicos. Desarmaron todo y se fueron). También puede pasar una tragedia. No es sólo dejar de prender una bengala (cosa que igual se sigue haciendo, por ejemplo en el Personal Fest, sin heridos, o como en el recital de La Renga que terminó con un muerto). Ahora te juzgan más. Los lugares se cuidan mucho en el sentido de meter gente demás, sobre todo los lugares chicos, donde los inspectores buscan cualquier excusa para cerrarte. El rock y la política ya no se llevan tan mal. Sin embargo, cuesta mucho que colaboren para que las diferentes movidas crezcan. Siempre va a haber alguien dispuesto a cagarte: o el productor que te cobra una fortuna por tocar con las bandas que manejan, o los lugares que te cobran por tocar y te hacen rendirles las entradas poniendo plata demás si no te fue como esperabas. En Capital Federal existen lugares que tienen acuerdos con el gobierno porteño: acuerdan no cobrarles a las bandas y ofrecerles batería y algunos equipos (es el caso de El Especial, por ejemplo). La entrada es gratis pero, eso sí, la cerveza 3/4 te sale 70 pesos. No cagaran al músico pero tal vez sí al público. ¿Tan difícil es hacer todo bien? El Estado debería fomentar las diferentes movidas culturales, no perseguir los pocos lugares existentes para hacer shows. Hasta Obras cerró, y no abrió nada nuevo similar. Si bien se abrieron muchos lugares under, son perseguidos y no sabría decirte hasta qué punto son seguros. En el mainstream no hay muchos intermedios: de La Trastienda al estadio Malvinas Argentinas, de River al Estadio Único de La Plata. ¿Cuantas bandas nacionales llenan el Malvinas? ¿Y un River? No es que no hay bandas. No hay lugares óptimos para medir el crecimiento de una banda, para darles la oportunidad de ir creciendo, con arreglos fantásticos para las bandas. Ese lugar era Cemento y ya no existe más. Tampoco nada parecido. Y todos sufrimos.
Facundo Soler: —Siempre es peligroso ir a un lugar cerrado en el que se va a amontonar un montón de gente durante varias horas. También es peligroso cruzar la esquina de Agüero y Corrientes. El Estado debería laburar por la seguridad del público pero tomando el lugar del público y no el de una niñera restrictiva. Esos tipos de chalecos beige que se paran en la puerta a decir si hay clausura o no deberían entrar, vivir la experiencia del show, anotar qué falta y trabajar palo y palo con el local para que alcance un estándar de seguridad que garantice que la cultura siga fluyendo. También creo que las bandas deberían cumplir un rol en ese sentido: siempre le terminamos haciendo caso al tipo que tiene la guitarra en la mano. He visto a Boom Boom Kid pedirle a su público que se calme un poco con el pogo porque los de seguridad no daban más. La gente obviamente le hizo caso porque era él.
Gonzalo Penas: —No creo que sea peligroso precisamente por la consciencia que tomaron músicos y público. Igualmente, no es sólo por tema pirotecnia. Me parece que hay una idea generalizada de no bardear por el bardo mismo. Esto lo digo en todos los aspectos de la sociedad. No es lo mismo haber ido a ver a Ska-P en 2003 ó 2008, cuando la Policía reprimió sin parar, que ahora. Del lado del público, no veo gente detonada entrando a las cuatro de la madrugada a un recital o tirándole un botellazo a un cana por “el aguante”. De arriba del escenario ya nadie le hace creer al público que existe “la cultura del rock”, la cuestión del agite y la violencia. Después de Cromañón mucho boludo desapareció del mapa. Lamentablemente, también desaparecieron lugares muy valiosos (Cemento a la cabeza). Pero siguen en pie tantos otros, como el Salón Pueyrredón, o surgieron nuevos, como Zaguán Sur, donde uno se siente protegido porque está entre pares, se siente como en casa con amigos de siempre, con amigos nuevos o con amigos que ya son muchos de los miembros de los lugares. Eso también te hace sentir cuidado. Una cosa que me fascinaba era que en los fanzines de Nekro de la década del noventa aparecía una página con ideas y sugerencias para socorrer a alguien que se lastimara en un pogo. O sea, en ese momento había que fomentar la “ayuda”. Ahora creo que no es necesario, la camaradería también aumentó en ese sentido.
Julia González: —No es peligroso salir a tocar ni ver bandas en la escena emergente. A partir de la tragedia de Cromañón cambiaron algunas cosas en cuanto a cuidarnos entre todos. Tanto arriba como abajo del escenario las personas saben cómo comportarse. Hay mucho público y músicos nuevos, emergentes en estos diez años, que nacieron con las reglas nuevas de cuidado y protección mutuas. Y los que aun no se adaptan a estos nuevos códigos están rodeados de otros que sí tomaron consciencia y que seguramente se los harán saber (si alguien prende una bengala, por ejemplo, es repudiado por los que están alrededor o arriba del escenario). Hay reglamentos exagerados por parte del Estado, establecidos en las inspecciones de los lugares para tocar, como la distinción entre bailar, estar parados o a un metro de distancia: esas cosas no provocan ningún accidente o tragedia. Y de ahí sobrevienen las clausuras caprichosas en espacios culturales y jóvenes, pero creo que es una persecución que tiene que ver con el mundo de las ideas y del pensamiento más que con cuidar a estas generaciones. Al gobierno porteño no le importan los jóvenes, sólo lo atemorizan sus ideas nuevas y frescas, ya que juntos tienen valerosas armas, ajenas a la violencia y correspondientes con las ganas de cambiar un sistema obsoleto y que los adultos ya no cuestionan. Hablo por lo que pasa en Capital Federal, que es donde vivo estas experiencias.
Facundo Arroyo: —No es peligroso. Ahora nos cuidamos más entre nosotros. El Estado siempre va a llegar tarde.
Juan Manuel Strassburger: —Al menos los lugares que frecuento no creo que sean peligrosos respecto a lo que detallaba más arriba; para nada. Creo, sí, que el Estado tendría que pedir cosas distintas a los lugares dependiendo de su tamaño. O sea: ser igual de exigente con todos pero haciéndolos cumplir cosas distintas a cada uno, de acuerdo a su escala.
Claudio Kobelt: —Creo que esa gran tragedia nos marcó fuertemente a una generación de público, músicos y organizadores, y aprendimos a cuidarnos, a elegir dónde ir, dónde estar, a tener cierto sentido de pertenencia con los lugares. No creo que sea peligroso, pero sí que deberíamos tener ese mínimo cuidado. Me ha pasado estar en recintos donde se cae el aislante del techo mientras estás mirando una banda o donde las paredes se descascaran o donde la capacidad estalla y el calor y los desmayos… Y claramente el Estado debería estar presente haciendo cumplir las leyes y cuidando el bienestar de los asistentes, pero entiendo que los agentes del Estado que vigilan estas cuestiones no están tan capacitados como deberían y no miden todo con la misma vara, y quizás ese debiera ser el próximo paso.

—¿Cuándo fue la última vez que tuviste miedo en un recital?
Naue Ugazio: —Más o menos por 2005, 2006. La tragedia de Cromañón seguía latente. Fue en Niceto Club durante un show de Dancing Mood. En el medio del show hubo un apagón de luz. Entre la incertidumbre y las dudas, Hugo Lobo, a puro grito, nos pidió que saliéramos del lugar tranquilamente, ya que había habido un cortocircuito en una de las fases del escenario. La salida fue tranquila y muy ordenada, no pasó absolutamente nada, pero la cercanía de la tragedia, sumado a que muchos de estos lugares todavía no tenían las medidas de seguridad necesarias, sumaron para que hubiera algo de temor.
Valeria Lugosi: —La última vez que tuve miedo en un recital fue cuando tocó 2 Minutos en Groove. Estaba llenísimo, no se podía caminar ni hacer nada. Incluso la escalera, los baños y el piso de arriba, todo estaba lleno de gente. Además hacía muchísimo calor. Humedad. El piso, resbaloso por transpiración. Pensé muchas veces qué hacer en el caso de que pasase algo. Me quedé viendo el show al lado de la puerta.
Facundo Soler: —El sentimiento de miedo no lo vivo desde ese trágico Personal Fest en el que tocaba Snoop Dogg y hubo estampidas y apuñalados. Eso fue en 2007. El día de Babasónicos en el Malvinas (2013) tuve que ayudar a alguien que necesitaba de primeros auxilios y el servicio que nos dieron fue lamentable; por poco nos querían meter en cana. También recuerdo un Maquinaria Fest (2012) en el que hacían unos 35 grados de térmica y el agua mineral costaba cuarenta pesos, o un Quilmes Rock en el que la seguridad me quería sacar el cinturón de una manera bastante tilinga. Ojo, todos los ejemplos que acabo de dar son de producciones masivas en las que parece que los inspectores municipales ni aparecen. En recintos como el Zaguán, Niceto Club, el Matienzo o Club V, por nombrar los recurrentes, no siento miedo. Lo que me genera cierto temor no es ir a un recital y que me pase algo, es más bien sentir que la cultura de la música en vivo en Buenos Aires está sujeta a un montón de conceptos intrincados y un día podés salir para ir a tu antro favorito para descubrir que está clausurado por tiempo indeterminado. Eso me da miedo de cara al futuro: ¿qué les va a pasar a todos esos pibes que quieren tocar en vivo y no pueden?
Gonzalo Penas: —Dos o tres meses antes de la tragedia de Cromañón, en Cemento, en un festipunk, un sábado bien entrada la madrugada, entró un grupo de personas que tiraban petardos adentro del lugar donde tocaban las bandas. No me acuerdo bien qué banda estaba tocando pero recuerdo que los petardos estallaban adelante del escenario. Los tiraban desde atrás. Una locura. Ahí pensé: “Si a esto no lo para alguien, un día nos vamos a morir todos acá adentro”. Una de las personas que estaba conmigo esa noche, el día de la tragedia de Cromañón soñó con la noche que estoy mencionando en Cemento. Muy fuerte todo. Podríamos haber sido cualquiera de las personas que durante 2003, 2004 fuimos a algún recital, de cualquier género y en cualquier lugar.
Julia González: —En 2012, un Personal Fest en GEBA, después de ver a Strokes, la banda que cerró esa noche. Se había formado un cuello de embudo entre las vallas; los de atrás empujaban para salir y los de adelante no teníamos por dónde.
Facundo Arroyo: —La semana pasada. Tres ejemplos: en un sótano donde se reúnen más de 200 personas y que es el depósito de un local de ropa. No hay seguridad ni para mí ni para las otras 199 personas. Un recital con 700 personas en un lugar con todo en regla, pero un boludo agarró un matafuego e intoxicó a más de veinte personas con su chiste. En un lugar abierto, donde las medidas de seguridad son otras, la multitud se pone zarpada: me esguincé un tobillo en una oleada de esa desesperación. Son tres ejemplos, solamente de la semana pasada.
Juan Manuel Strassburger: —No fui al Personal Fest en el que hubo estampidas de gente por un presunto chorro ni tampoco a los Creamfields en los que también hubo heridos y peligro para que los que fueron, así que no recuerdo haber sentido miedo en los últimos años. Todos los lugares donde me muevo generalmente me hacen sentir bien y seguro.
Claudio Kobelt: —En los meses posteriores a lo sucedido en Cromañón cierta paranoia nos rodeaba, y acepto que por algunos momentos fui preso de esa especie de “sobrecuidado”. Todo eso que había estado durante años siempre igual (los lugares para tocar, los espacios para el público, los accesos, las salidas, las condiciones que antes eran “normales”) de pronto nos parecía letal. Pero también sé que eso no duró mucho, ese temor se disipó con el tiempo, y volvimos a los mismos espacios como si nada hubiera pasado, en parte fruto de una gran inconsciencia, como si eso que pasó no pudiera pasar de vuelta, y mucho menos a nosotros, y en otra parte ligado al gran placer que nos generaba la música en vivo. Si un recital era el refugio para la vida, un espacio de amistad y diversión, ¿cómo podía tener miedo ahí?
—¿Qué consecuencias positivas surgieron en el post-Cromañón?
Naue Ugazio: —Luego de la tragedia y la clausura de varios espacios, muchos músicos tuvieron que buscar sitios y modos alternativos de mostrar su música. Así surgieron shows en espacios más chicos, como disquerías, peluquerías, plazas, tiendas de ropa y todo lugar donde uno pudiera mandarse con una guitarra criolla. Esto me parece que vino bien para ampliar el espectro de lo que es la cultura en la ciudad: la incorporación de nuevos espacios así como la necesidad de salir a buscarlos y hasta crearlos (muchos lugares pasaron de ser solamente una tienda a espacios culturales más abiertos y multidisciplinarios). El post-Cromañón inmediato fue un periodo de rebusque, de aprendizaje, de creación, de ampliación.
Valeria Lugosi: —Me costó pensar y encontrar algo positivo. Creo que hay más control, pero no el suficiente, el hecho a conciencia. No le encuentro nada positivo. Chabán, quien hizo miles de cosas por la música y las bandas, se murió. Fontanet sigue tocando y convocando. Los pibes se murieron. Las familias siguen sufriendo. Realmente, no le encuentro lo positivo.
Facundo Soler: —Me cuesta mucho encontrar consecuencias positivas post-Cromañón. Lo peor que sucedió esa noche fue la muerte de 194 personas y, después, el vacío cultural que se mantuvo casi una década más tarde. Creo que después de esa tempestad, sobre todo durante los últimos cuatro años, hubo un renacer emergente muy copado, mucho menos individualista y con mejores conceptos que los del aguante del rock: conciencia, amistad, autogestión, pluralismo sexual. Ojalá de una vez por todas le saquemos el fútbol al rock y el Estado comprenda que la mejor manera de fomentar la cultura es bancándola desde sus cimientos, facilitando lugares para que exista y no clausurando los pocos que hay.
Gonzalo Penas: —Que tanto el público como los músicos se pusieron del lado del cuidado, sean de la escena que sean. Reconocieron que esa gilada del aguante, que tanto perjudicó al fútbol, no era parte de ninguna escena de rock ni de música. Porque estamos de acuerdo con que no sólo el público se había comido ese verso, también muchos músicos, ¿no?
Julia González: —Creo que de la crisis sobreviene el aprendizaje y eso tiene que ser a consciencia y con el mayor entendimiento.
Facundo Arroyo: —Me interesa el análisis territorial y musical. Territorial: cómo la escena se trasladó al sur del Conurbano y La Plata (lo mencionamos en una tapa de NaN). Musical: se generó una escena acústica que ya no se sintió representada, en parte, por todas las ideas del rock (repasar el manifiesto de Pablo Dacal). En esa bifurcación encuentro una música urbana y rebelde, lo que antes llamaron rock. Buena parte de esas músicas son, en efecto, las demás tapas de NaN.
Juan Manuel Strassburger: —Creo que si uno se pone a buscar “lo positivo” dentro de lo horrible que fue la tragedia de Cromañón encuentra la aparición de nuevos lugares under un poco más preparados que los viejos en cuanto a seguridad y capacidad. También la estimulación que sintieron muchas bandas por armar sus propias movidas y de alguna manera autogestionarse los recitales, los ciclos y los festivales.
Claudio Kobelt: —Me cuesta hablar de algo positivo. Entiendo que se agudizaron las medidas de seguridad, que se implementaron algunos controles que antes no existían o que no eran tomados tan seriamente, y que se dictaron reglamentaciones al respecto. Pero también sé que estas medidas, en muchas ocasiones, fueron aplicadas con especial rigor prohibitivo hacia los pequeños y medianos espacios del under en busca de favorecer a los grandes boliches y discotecas, convirtiendo esto en un capricho de inspectores, visión e intenciones personales. Y mucho más allá de todo eso, y como razón profunda y final, nunca podré ver algo positivo detrás de tanta muerte. Cada fin de año me recuerda esa noche y no hay más que tristeza y amargura en ese recuerdo negro.
* Facundo Enrique Soler tiene 26 años y es conductor en Much Music, redactor en Página/12 y productor en Rocktails. Naue Ugazio tiene 30 y es redactor y community manager en Los Inrockuptibles. Julia González tiene 36 y es redactora en Página/12. Juan Manuel Strassburger tiene 37 y es co-conductor de La hora pulenta en Radio Nacional y redactor en Tiempo Argentino. Gonzalo Penas tiene 28 y es conductor y productor en Hoy es el futuro (Barricada TV), cronista en Artezeta y guionista en Maten al Mensajero. Facundo Arroyo tiene 29 y es editor en De Garage, colaborador en Tiempo Argentino y en La Pulseada, y co-conductor en El fondo de la noche (FM Radio Universidad). Valeria Lugosi tiene 22 y es redactora de Rocktails, editora del fanzine Elige tu Propia Aventura y productora de FAN (Radiolexia). Claudio Kobelt tiene 33 y es redactor en Artezeta.