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| Fotografía: Laís Domingues |
Tres narradores, Facundo Galli y Los Pamperitos, y Julio & Agosto maravillaron la noche del Conurbano sur en la última fiesta de la NaN.
Buenos Aires, setiembre 10 (Agencia NAN-2013).- Como es tradición, si el comienzo de la fiesta se anunciaba para las 23.30, los noctámbulos amigos de NaN llegan a La Casita (Hipólito Yrigoyen 10.132, Temperley) pasadas las 12.30. Apenas una parejita de entusiastas se acomodó con una birra prudentemente cerca para acompañar la noche de lecturas y música que se venía. Primero, tres narradores y luego los recitales de Facundo Galli y Los Pamperitos, y Julio y Agosto, con su propuesta de mini orquesta acústica.
Buenos Aires, setiembre 10 (Agencia NAN-2013).- Como es tradición, si el comienzo de la fiesta se anunciaba para las 23.30, los noctámbulos amigos de NaN llegan a La Casita (Hipólito Yrigoyen 10.132, Temperley) pasadas las 12.30. Apenas una parejita de entusiastas se acomodó con una birra prudentemente cerca para acompañar la noche de lecturas y música que se venía. Primero, tres narradores y luego los recitales de Facundo Galli y Los Pamperitos, y Julio y Agosto, con su propuesta de mini orquesta acústica.
En la previa a los recitales de Julio & Agosto, y Facundo Galli y Los Pamperitos, tres narradores enmudecieron al público con sus historias bajo las tenues luces azules en el pequeño escenario de La Casita. Primero, el actor Gonzalo Sánchez narró un cuento sobre una mujer atrapada dentro de una pesadilla eterna. Un sueño dentro de un sueño. Con un interesante manejo de los recursos escénicos (pausas, gestualidad, tonos de la voz e interacción con el público), Gonzalo desplegó una historia que conjugó suspenso, drama y algo de oscuridad. A continuación, la narradora Tamara Aguilera imprimió al máximo cada una de las imágenes que contienen en su esencia las palabras del relato Celso y Dios, del escritor colombiano Mauricio Linares. Con pausas e inflexiones de la voz, fue tejiendo una historia escuchada atentamente por los espectadores.
Al final, el periodista y escritor Facundo Gari dijo presente con una batería de ocurrencias sobre la semejanza de su apellido con su tocayo Galli. Gari leyó un capítulo de su blognovela Mi mamá no me quiere, “El aire, comprimido”, de corte levemente referencial sobre un amigo. En clave costumbrista y con imágenes retoricas bañadas de humor, su historia fue festejada por el auditorio, como cuando leyó: “Nos mató el maltrato constante, la aberrante monotonía que es como ese gusano que se come los libros de las bibliotecas. ¿Te acordás? Traje Los siete locos envenenado. Lo puse junto al resto de los míos y los gusanos se comieron la pierna del Quijote. ‘Tirá todo eso a la mierda’, me dijiste. Opté por echarles insecticida y salvarlos. Cada vez que abro un libro el olor a Raid me trae tu nombre”.
Luego de que las palabras se dispersaran por todos los rincones de La Casita, llegó el turno del concierto de Facundo Galli y Los Pamperitos. El joven cantautor del sur del Conurbano, acompañado por su banda, demostró que las diez canciones de su primer disco, Last Pamperito(2013), adquieren nuevos matices y colores cuando suenan en vivo. Entre la timidez y el buen humor, el músico brindó un recital variado en intensidad: hubo pasajes de intimidad (“Un desvío”) y otros en los que primó un volumen más alto (“Cuervito”). “Voy a poner el agua y a cuidar que no se hierva / Ya están todos arrimados al fogón”, cantó el músico, en “Danza del fuego”. Es que su canción también es fogonera e invita al oído atento, a la sencillez del encuentro y al arte de compartir. De esta forma, Galli llevó su mochila de ideas ante un público que supo esquivar la lluvia.
Sobre el cierre del show de Galli y Los Pamperitos –cuando el joven oriundo de Mar del Plata repetía una saludable práctica de Ariel Minimal y advertía que su disco Last Pamperito podía conseguirse por casi el mismo precio que los oyentes habían pagado por su cerveza–, los últimos lectores de NaN, habitués de La Casita… y distraídos de la noche hacían su arribo.
Entonces, Miguel Canevari (guitarra, voz y ukelele), Santiago Adano (guitarra, voz y ukelele), Marcelo Canevari (contrabajo), Juan Buonuome (cajón), Luciana Cúneo (violín), Guido Gromadzyn (violín) y Leandro Aspis (trombón y voz) se ubicaron en sus puestos. Pero nada de escenarios. Los Julio & Agosto se salieron nuevamente del libreto y se acomodaron entre el escenario y las mesas. Desde ahí, sin micrófonos ni amplificadores, alimentaron con canciones el fogón. Durante una hora, la mini orquesta repasó canciones viejas, como “Situnoyo” y “Heracio Enríquez”, y gemas de su reciente disco, El ritmo de las cosas, como “Go sailing”, “Gris”, “En cinco” y “Correr para atrás”. Como ya es costumbre en sus show, tiraron chistes y jodieron entre ellos. En ocasiones, tuvieron que pedir silencio porque el bullicio entusiasta que rondaba el ambiente tapaba la desnudez de sus cancionea. El coro colectivo de “Del Viso” cerró el show: “El almacén, dormir al sol, la misma gente / La casa bien, las cosas bien, tirando siempre…”. Y marcharon al patio, entre el público, hasta que los instrumentos se apagaron.
Después del último acorde del octeto porteño, un grupo de amigos que cayó sin saber ni de Galli ni de J&A ya pensaba en googlearlos, mientras veía el largo desfile de instrumentos del músicos a sus vehículos. Una piba que había arrastrado a su grupo de amigos hasta La Casita sonreía por haber visto el primer show de los porteños en Temperley, apenas una semana después de haber estrenado disco en La Trastienda. Y alguien que repasaba las revistas acomodadas en una mesa de entrada, advertía que en la NaN #10, nueve meses antes, una nota a los primerizos Julio & Agosto había germinado la fecha del sábado.

