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La tenor fantasma

La comedia escrita y dirigida por Alejandro Viola cruza a dos vestuaristas y sus dilemas amorosos y laborales con la ópera de Giuseppe Verdi. Fotografía: gentileza de prensa
La comedia escrita y dirigida por Alejandro Viola cruza a dos vestuaristas y sus dilemas amorosos y laborales con la ópera de Giuseppe Verdi. Fotografía: gentileza de prensa

Por Matías Muro

“¿Saben lo que quiere decir ‘traviata’ en italiano?”, pregunta Olga. “Quiere decir ‘extraviada’; o sea, ‘puta’. Hay que llamar las cosas por su nombre.” El escenario donde se lleva a cabo la obra La extraviada (autoría y dirección de Alejandro Viola, frontman de Los Amados) da cuenta de un viejo vestuario de un teatro municipal venido a menos. Allí, Olga y Zulema, las dos personajes protagonistas, se enfrentarán en un interminable intercambio de golpes bajos. La disputa es por el amor de Rodolfo, jefe de vestuaristas del teatro y amante de Olga.

La ópera La Traviata, compuesta por Verdi y basada en la novela de Alejandro Dumas La dama de las camelias, fue estrenada sin éxito en el teatro La Fenice de Venecia en 1853. Al finalizar la función, el público estalló de risa ante la muerte de Violeta, la protagonista: no era creíble su fallecimiento por consunción debido al exceso de peso de la tenor Fanny Sabattini Donatelli. Esto afectó profundamente a Verdi, que consideró fundamental recurrir a otra tenor para la puesta siguiente, que resultó, allá por el siglo XIX, un éxito de crítica y público.

Tal como un fracaso originario marcó a Verdi, “La extraviada” (la obra dentro de La extraviada) sufre un fracaso similar: la primera puesta en ese mismo teatro municipal provoca el mismo efecto de humillación en un público de algún barrio bonaerense de la década del ’40. Todos ríen a carcajadas en el final porque la tenor también tiene sobrepeso y su muerte por tuberculosis no resulta creíble.

En el escenario hay un piano y un gran espejo. En el medio, unas escaleras que conducen a un “abajo” donde está el vestuario del teatro. Ni bien se abre el telón, la música de Verdi acompaña la entrada de a quien podríamos llamar la tenor fantasma, que ingresa por el lado derecho. La música de Verdi será interrumpida simultáneamente en el momento en que se ilumine ese costado del escenario. Con el ruido de la succión de un mate, Zulema entrará en escena.

“En estos teatros vetustos siempre hay presencias”, dice Olga ante la inminencia de una de las apariciones de la tenor. En el vestuario hay dos personajes más, un sombrerero gay y una costurera insípida, cuya máquina de coser también contrastará con la música de Verdi. La puesta de este vestuario decadente, más lo estereotipado de los personajes, hacen referencia a un sainete en el que se cuecen los lugares comunes de la mala conciencia y la mala leche de estos personajes miserables.

“Hoy escuché en la radio que mataron a cuchillazos a un taxista luego de robarle. Cómo me acordé de tu marido, pobrecito, él era un pan de dios”, dice Olga para provocar a Zulma, viuda de marido taxista. “Hoy Rodolfo me contó que los del sindicato no arreglaron lo del aguinaldo atrasado”, refuta Zulema. “¿Cuándo hablaste con Rodolfo?” “¡Yo no me enteré de eso!”, pisa el palito la paranoica Olga.

Estas situaciones, que se suceden en un contexto de comedia eficaz, no dejan de connotar las miserias más profundas de estos personajes cuyas almas parecen estar esculpidas por el melodrama más bajo. Por otro lado, la ópera, la que supuestamente “opera” desde lo sublime, también lo hace desde una densidad que atormenta a los personajes. En este cruce es donde más brilla la propuesta de La extraviada: el grotesco y lo sublime encuentran su intersección en la exageración, de índole tragicómica, de las peores fatalidades. El final de obra, con Olga enloquecida al comprobar el affaire entre Rodolfo y Zulema, dará cuenta de ello. Pasiones desbordadas hacia la destrucción, pasiones que surgen del resentimiento, son tanto mediatizadas por la “ópera” como por el “sainete” en La extraviada, lo cual deja pensando en dónde está el verdadero y más dañino melodrama estético. Una mirada más que interesante sobre las tradiciones tanto de la ópera como del sainete local.

La puesta no sólo pone eficazmente en movimiento esta división de dos del escenario y de los aconteceres dramáticos (la ópera a la izquierda y el sainete berreta a la derecha) sino que se anima a más: en los momentos en que la (excelente) tenor deja de cantar, el público aplaude como si se tratara de una puesta autónoma, aunque la obra siga. Interesante experimento sobre la relación escenario-público, más aún cuando en los últimos tiempos dicha tematización fuera repetida hasta el cansancio, desde lugares comunes vacíos y poses brechtianas de bajo vuelo.

* La extraviada tiene funciones los domingos a las 17 en el Teatro Payró, San Martin 766, Ciudad de Buenos Aires.