
Por Sergio Sánchez
“24 años, recién cumplidos”, responde Luvi Torres, sentada en el pasto del Parque Lezama, uno de esos refugios verdes que encuentra entre todo este cemento de la Ciudad. Hizo tanto en tan poco tiempo que los números parecerían no cerrar. Aunque, sí, tiene apenas 24. Si bien nació en Quilmes, de pequeña vivió un tiempo en Wilde y otro tanto en San Juan. Ya más grande, eligió rumbear por Salta y luego por Córdoba. Hoy, los compromisos musicales la llevaron hasta Villa Crespo, donde vive. Su nomadismo y su espíritu inquieto también se reflejan en el plano musical. Pasó por el canto lírico, el rock, el blues, el jazz, el gospel, la experimentación, la música étnica y el folklore hasta que encontró su propia canción o, como le gusta decir, una canción que “la atraviesa”. “Canciones a través de Luvi Torres, no por Luvi Torres”, enfatiza y se explaya: “lo que uno se anima a llamar composición propia, en realidad es algo que nos atraviesa; es algo que uno toma prestado del universo, del día a día. Es decir, aparece una cuota de co-creación con ese universo. Mi arte, para denominarlo de alguna manera, surge a partir de mi necesidad de sanar, de poner en claridad un pensamiento, un sentimiento, y darle una dirección”.
De esa búsqueda nace su primer disco solista, El último intento arrebatado (2010), un registro casero y revelador a la vez. Sucede algo (o muchas cosas) con esta muchacha: sus canciones huyen de las convenciones, se escapan de los esquemas habituales. Sus piezas desconciertan pero dejan una hermosa estela luminosa. La música de Luvi Torres es un río que desemboca en lugares inciertos. “Es folklore pero no es”, dirá luego. Al cierre de esta edición, la joven cantora se encontraba grabando las canciones de su nuevo disco, Ser el agua, que saldrá este año y aún busca financiamiento a través del sitio Idea.me. NAN tuvo acceso a las maquetas (las canciones en su estado primario) y pudo saber por dónde viene la cosa. Se trata de un trabajo conceptual y, en cierta forma, experimental, que propone una forma muy particular de entender ritmos folklóricos como la copla, la zamba o la chacarera. Hay bombo legüero, hay vientos, pero están atravesados por otro lenguaje, un idioma nuevo. El de su voz, por ejemplo, que es casi imposible de definir. Por su garganta se cruzan sonoridades tribales, ancestrales, de África y de la América morena; y también los ritmos de la ciudad. Y mucho más.
¿Por qué un disco sobre el agua? “La idea del disco nace a partir de los viajes que empecé a hacer por el interior de la Argentina y Uruguay, donde empecé a ver que había agua y faltaba también. En Córdoba, por ejemplo, veía que el tipo que tiraba agua para regar las plantas en su hotel derrochaba algo que nosotros bebíamos. Y, a la vez, veía un caudal, un cacho de agujero en la tierra totalmente vacío, en una época que tiene que estar lleno. Entonces, empecé a preguntarme ‘¿Qué pasa con el agua?’ La escasez y la contaminación del agua son problemas del mundo. Y nosotros somos setenta por ciento agua que resuena en todos los tejidos, células y órganos. Nosotros precisamos el agua y el agua precisa de nosotros”. Todas las canciones, entonces, hablan sobre este recurso vital y aluden a experiencias personales. Por ejemplo, “La creciente”, que surgió cuando sobrevivió al desborde de un río en Salta. “Son trece canciones que hablan del agua, con sus diferentes paisajes, colores y emociones”, sintetiza. Bajo la producción de Sebastián Souza y Martín Longoni, el disco contará con invitados como Miss Bolivia (rapea en “Ay lunitay”), Gaby Kerpel, Mariana Baraj, Ernesto Snajer, Mariano “Tiki” Cantero, Richard Nant, Renzo Baltuzzi, entre otros.
—¿Considerás que se trata de un disco de folklore?
—Es un disco que tiene colores de folklore, pero no es folklore o quizás es mi manera de entender el folklore. Y a veces, de hecho, hasta parece que no son canciones. Es muy loco: cuando empecé a crear Ser el agua me encontré con otras maneras de componer, donde una “canción” tiene un montón de episodios musicales que pinta a un espacio-tiempo de la musicalidad, algo mucho más amplio que una canción. Se parece más a una película. Tiene más que ver con pintar un paisaje, con hacer un recorrido desde las percepciones. La canción es un formato muy accesible: tiene un orden que está medianamente preestablecido por una escucha común. En cambio, creo que en la mayoría de estas “canciones” empieza a pasar que la canción nace y muere naturalmente en lugares quizás inesperados. Tiene que ver con una manera de contar desde lo visual o lo audiovisual llevando al “espectador” por un recorrido más orgánico, no por una cuestión concreta del orden de la historia. El disco tiene claramente colores de aquellos años donde yo hacía música negra, de aquella vida que habré tenido en la selva; también tiene colores urbanos y del campo. Busqué unir esas dos partes de mi vida, en donde la naturaleza finalmente es en nosotros, al igual que el agua.
“Todos podemos cantar y tenemos la capacidad para expresarnos. El sonido está en todas partes, hay que encontrarlo”, sostiene Torres. Aunque estudió canto desde muy chica, recorrió un largo camino hasta encontrar una voz propia. “Tenía la necesidad de encontrarme con esa tierra que sentía que había perdido”, dice. Por eso, en medio de una crisis existencial, abandonó proyectos de jazz y blues que integraba y se largó a viajar.

En el camino, investigó la copla, estudió las músicas del país, pero se dio cuenta que era “’imposible hacer covers’ -cita a Liliana Herrero-, porque cuando uno se atraviesa por esa música que toma prestada empieza a crear con eso”. Y sigue: “En este proceso de empezar a poner afuera ese ser esencial, saliendo a la Pachamama, yendo y viniendo por la Argentina y por los géneros musicales, apareció ‘mi canción’. Lo curioso fue que mi voz esencial tampoco estaba en los cantos originarios ni en África, si no que habita aquí y ahora. La naturaleza también está en la ciudad; está en mí y en todos nosotros. Esto de dejar pasar el canto fue un trabajo súper emocional que necesariamente tuvo que ver con encontrarme con momentos límites de mi vida, donde por la gracia del universo estuvo la voz ahí para salir”. Sin embargo, considera que aún no encontró su voz definitiva. “Hoy es esta, pero mañana será otra”.
—¿Cómo te diste cuenta de que tu música no estaba en otro lado sino en vos, en tu tiempo y lugar?
—Me ha pasado de estar en una comunidad diaguita-calchaquí en Cafayate y ser el inmigrante; aquel que está ahí en son de paz, trabajando en comunidad, compartiendo una comida, viviendo en ese espacio, cuidándolo de la misma forma, pero no pertenecer. Hay una clara diferencia entre alguien de la comunidad y el tipo que viene de afuera, de la ciudad, con su sed de algo. Entonces, estando ahí también me sentí incómoda, porque no era mi lugar. Yo iba a buscar mi folklore, pero ese folklore era esa coplera que necesariamente vivía en esa montaña y que yo, si quería hacer lo mismo que ella, no podía.
Fuerza Bruta
En 2011, cuando vivía en Salta, recibió un llamado inesperado de Fuerza Bruta que le cambió el rumbo. “Con mi compañero de aquél entonces nos estábamos haciendo una casita de adobe en Salta —cuenta Luvi— y la idea también era viajar por Latinoamérica. Pero un día recibo un llamado telefónico: ‘Hola, qué tal, ¿Luvi Torres? Vamos a hacer un show en el Luna Park con Fuerza Bruta y te necesitamos’. Querían precisamente una cantante versátil que interpretara muchas cosas, que tocara la percusión, que tuviera carisma teatral, pero que no tuviera problema en hacer sonidos, fonemas, esas cosas que tienen algunos cantos bastante étnicos que no tienen letras. Dieron conmigo y me convocaron para armar un espectáculo”. Como las cosas en Salta no estaban del todo bien, no le costó mucho tomar la decisión de aceptar la propuesta y volver a Buenos Aires. Así, durante dos años formó parte del espectáculo Wayra, de Fuerza Bruta, donde se desempeñó como vocalista, percusionista y coach vocal.
Fuente: NAN #13 (2013). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.