
Por Sergio Sánchez
“Te espero sentado frente al puesto de diarios de Corrientes y Esmeralda”, dice el mensaje de texto de Adrián Berra. Y allí espera, sentado en el piso, con la espalda contra la pared, los auriculares colgados y la mirada atenta. Parece haber salido del universo literario de Raúl Scalabrini Ortiz. Al igual que el personaje del libro El hombre que está solo y espera, Berra se encuentra en un momento personal de búsqueda, en una etapa de movimiento y a la espera de lo que sucederá con sus nuevas canciones, que pronto verán la luz. Ese hombre de Corrientes y Esmeralda del que hablaba Scalabrini Ortíz también esperaba paciente la llegada de un futuro prometedor. “Mi disco El funeral (2013) viene a cerrar mi primera etapa en la música, que va desde los 20 a los 30 años. Ahora me siento en otro lugar. Siento que en ese periodo estuve muy embebido de un montón de temáticas y sentía la necesidad de decir lo que me pasaba, de sacar cosas para afuera. A partir de ahora va a empezar algo distinto. La nueva etapa tiene que ver con otra búsqueda interna”, dice Berra, ahora sentado en una diminuta heladería de Esmeralda, alejada del bullicio de la calle Corrientes.
“Si de chiquito me preguntabas qué quería hacer, te decía viajero, no músico. Mi intención era viajar, recorrer, conocer. Durante los viajes se me empezó a despertar la necesidad de tocar la guitarra, de conectar con los lugares, la gente”, introduce Berra. “Tuve un par de pérdidas humanas que me marcaron un montón espiritual y emocionalmente. No vengo de una familia de músicos, pero sentí la necesidad de expresarme con la música. Podría haber quedado ahí, pero le di continuidad. Se me abrió un mundo, ése fue mi despertar artístico. Empecé a escribir un montón de canciones con los cuatro acordes que sabía. Se me despertó un interés que antes no tenía tan a flor de piel, que tenía dormido.” Los pocos conocimientos en técnica musical no fueron un impedimento para que hiciera sus primeras canciones. Que después fueron a parar a su primer –y contundente– disco oficial, Mi casa no tiene paredes (2010), que está atravesado por una gran temática: la libertad. Y algunas canciones de ahí, como “Evolución”, “Sigue” o “Natural” fueron la banda de sonido de películas (La educación prohibida), marchas en contra de la minería en Perú, proyectos de educación alternativa e institutos que trabajan con chicos autistas (España), y hasta llegaron a una ecoaldea de Portugal.
En este momento, el músico se encuentra en una etapa de formación musical, de tranquilidad. No va de un lado para el otro con la mochila, aunque eso no significa que se quede quieto. “La nueva etapa tiene que ver con una búsqueda interna. La otra vez estaba leyendo La República, de Platón, y en la primera página dice que él valora mucho la vejez porque se apagan los demonios de la juventud, como la ansiedad. Pero cuando uno es viejo tiene una serenidad y una visión de la vida más verdadera. No me siento viejo, pero siento como si un envión de entusiasmo y ansiedad hubiera pasado y ahora quedara lo que decanta, que puede ser la música. Entonces, mi mayor interés es embeberme de más música. No estudié música y todo lo hice desde un lugar intuitivo, con mis limitaciones. Y de golpe ahora tengo un interés de profundizar, de seguir creciendo. No es que descrea de lo anterior, pero hoy aparecen otras temáticas. El hecho de haber sido papá me mete un poco más para adentro, de profundización”, se explaya. Por eso, está estudiando canto y guitarra. Y preparando nuevas canciones para el disco que saldrá el próximo año. “El concierto en el Xirgu será acústico y en formato trío (Matías Pozo en guitarras y Nicolás Soares Netto en batería.). Achiqué la banda y volví al concepto solista, que es donde mejor me siento. Me gusta la posibilidad de estar libre, tocar solo, en trío, mutar, adaptarme al momento. El Funeral tiene más power, fue un buen momento, mi banda de rock, pero ahora necesito volver para atrás”, cuenta y dice que mostrará nuevas canciones.
—¿Esta nueva etapa tiene que ver con la transmisión?
—En realidad, creo que eso era antes. Antes tenía la necesidad de contar lo que me pasaba, por eso a veces las letras dicen tantas cosas. Mi primera canción, “Un beso en la nariz”, la escribí a los 18, está en Internet y es la que más visitas tiene. Me parece muy raro eso, es una canción que no buscaba nada. No creo que sea mi mejor canción, pero mucha gente conectó con ella. Tiene un millón de visitas en YouTube, pero no me representa. Es una canción totalmente inocente, pura. Es una canción verde, no tiene ningún tipo de arreglo. Siento que hice un camino al revés de todos los músicos. Todos los músicos estudiaron y después grabaron discos y tocaron, pero yo hice al revés. Formé mi banda y grabé mi disco antes de estudiar. Fue un juego que se dio naturalmente. Mientras otros escuchaban al Cuchi Leguizamón, yo estaba metido con la metafísica, la astrología, (Alejandro) Jorodowsky, la filosofía zen, el budismo… esas fueron mis fuentes en la adolescencia. Ahora estoy haciendo el camino de formación, porque sé que mi lenguaje y mis inquietudes no terminan ahí.
—¿En qué cambió tu mirada?
—A los 20 pensaba que si a los 30 no te conocía nadie te tenías que dedicar a otra cosa, pero hoy pienso totalmente lo contrario. Al margen de que viva o no de mi música, siempre voy a ser músico. La sociedad te exige que seas exitoso. Si bien está bueno que a uno le pasen cosas, también lo es que el proceso sea sereno y tranquilo. Por suerte, ahora se valora más la experiencia, la sabiduría. (Fernando) Cabrera, El Príncipe o (Eduardo) Mateo y tantos otros son valorados ahora. La juventud y la belleza no son valores por sí mismos. Muchos logran su reconocimiento en la madurez y eso es espectacular.
TODOS PODEMOS TOCAR
Desde 2011, Berra coordina el “Taller de música para no músicos”, que no sólo realizó en la Argentina, sino que llevó a Uruguay, España, Portugal y otros países. “Viajé a Uruguay dos meses y me llevé dos libros de Murray Schafer, que es un pedagogo musical, que desestructura la educación musical. Un poco antes, quise entrar al Sadem a estudiar música. Estuve un mes y me fui. No me gustó. ¡Cuarenta personas sentadas en un pupitre escribiendo rítmicas de manera monótona, todos con tremenda una paja mental! Parecía un colegio. ¿Cómo no estamos estudiando rítmicas con 40 tambores en ronda y prendiendo un fuego? Entonces, se me ocurrió hacer un taller en casa y el objetivo era acercar la música como un bien, como un derecho de la humanidad, no como una mercancía”, explica el músico, quien también dictó el taller en centros culturales como Vuela el Pez. “Pareciera que la música estuviera reservada sólo para los músicos. Es como si no jugaras un picadito el viernes porque no sos futbolista. Siento que hay que recuperar ese lugar en la música, ese lugar de juego y comunicación. La música es muy sanadora. Los negros en Brasil o África llegan de laburar, sacan los tambores y se ponen a tocar entre padres e hijos. La idea es acercar la música a gente que no sabe o cree no saber.” El taller funciona con grupos de personas que tal vez nunca tuvieron un instrumento en la mano. “El taller trata de liberar, de soltar a las personas. La gente flashea, porque salen canciones, cosas muy zarpadas y raras. Al no tener ciertos criterios, aparecen cosas muy interesantes a nivel musical. Hay mucha necesidad de expresarse. Mi intención era generar un espacio de confianza en donde valiera todo”.
* Adrián Berra tocará hoy a las 21 en el teatro Xirgu, Chacabuco 875, Ciudad de Buenos Aires.