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Asuntos internos

El debate en torno a la ley de minería, el rol del grupo mediático más grande del país en las últimas elecciones legislativas, los tics velados de los funcionarios. Misceláneas de un cronista suelto en el Salón de los Pasos Perdidos. Fotografìa: Wikipedia

Por Nicolás Andollini

El Congreso estaba una vez más en el centro de una polémica. Debía votar la Ley de Control de Minería, que era objeto de disputa entre las agrupaciones ambientalistas (de gran influencia en la opinión pública) y las empresas mineras (criticadas por los efectos contaminantes de su actividad). Ese miércoles por la madrugada, el Senado de la Nación se debatía entre dos proyectos de ley: uno que imponía controles serios a la explotación minera y otro que apenas dibujaba unos límites vagos, mínimos. Lógicamente, las empresas querían que ese segundo expediente se convirtiera en ley. Y la que más presionaba para que eso ocurriera era la norteamericana Ribrack Gold.

Días antes, los lobistas de Ribrack Gold caminaron los pasillos del Parlamento más que el personal de mantenimiento. Visitaron los despachos de casi todos los senadores, podía vérselos en las reuniones de debate, mezclados entre el público, siempre de traje (“porque un lobista corporativo jamás andaría sin corbata”), atendiendo todo lo que allí se hablaba y enviando mensajes de texto en inglés. Señal inconfundible de que reportaban desde Buenos Aires directo a casa.

Al momento de la votación, cuando la Cámara debatía cómo iba a ser la Ley de Control de Minería, todos miraban a Leonardo Tachetti, jefe de bancada de la mayoría. Con sus 20 años en el Congreso y diez como presidente del bloque peronista, Tachetti tenía claro que su rol era hacer que se aprobaran las leyes que quería el Gobierno y que su prestigio político dependía, en gran parte, de su efectividad en esa tarea. Repetía constantemente que los legisladores oficialistas no podían ser “librepensadores”, que tenían la obligación de acompañar las decisiones del Gobierno. Y que él, por el cargo que ocupaba, tenía que asegurarse de que así fuera. Era un domador de votos.

Tachetti entendía la buena relación que mantenía el Gobierno con Ribrack Gold (la empresa tenía miles de millones de dólares para desembolsar en el país) y era consciente de que el único motivo por el que no apoyaba públicamente la “ley Ribrack” era para evitar las críticas. El juego era claro: lo que se esperaba de él, como de toda su bancada, era que votara a favor. Nada más.

El implacable jefe de la mayoría siempre consultaba al Gobierno antes de votar una ley. Se lo preguntaba a la Presidenta o a su esposo, el Primer Caballero, el expresidente a quien algunos todavía la decían “presidente”. Tachetti lo llamaba “El Hombre”.

—¿Qué hacemos con esto? —preguntó Tachetti unos días antes del debate por la ley de minería.
—No sé. Nosotros no la apoyamos públicamente. Fijate si tenés los votos. Estoy con otro tema ahora —le contestó El Hombre, del otro lado del teléfono.

Tachetti entendió entonces que El Hombre quería la ley aprobada pero no quería tener que pedirla. Quería sacar agua del pozo sin salpicarse. Cuando la ley se aprobara, en el Gobierno podrían decir, sin mentir, que ellos no la habían pedido, y las críticas apuntarían directamente al Senado, con el jefe de la mayoría en la primera línea de fuego.

Tachetti se veía venir alguna portada del diario Claridad (furibundo opositor) diciendo que había circulado una “Banelco de Oro” para que saliera la “ley Ribrack”. Sólo para seguir mellando la imagen del partido. Tendría que bancarse las críticas en soledad.

Una de las cosas que el senador había aprendido a lo largo de su carrera política era esquivar rápido cuando el golpe viniese de frente. Y bajo la mirada de todo el recinto, anunció: “Voy a votar en contra”. La sorpresa fue general. Era un secreto a voces que el Gobierno quería la “ley Ribrack” pero Tachetti estaba yendo en contra de esa voluntad y a contramano de su propio libreto, el que dictaba que su obligación era velar en el Parlamento por los deseos de la Casa Rosada. Justificó su voto diciendo que no había recibido ninguna instrucción precisa. Una explicación muy conveniente pero para nada inocente.

Los senadores de su bloque se dividieron entre el asombro y el enojo de los que ya habían decidido votar a favor de la ley y esperaban que Tachetti hiciera lo mismo. Porque en el bloque no hay “librepensadores”. Pero el jefe de la mayoría no votó en contra por ser un “librepensador” guiado por convicciones contrarias al negocio de Ribrack Gold, sino por conveniencia propia.

Con el voto de Tachetti, la ley fue rechazada.

Tiempo después, El Hombre intentó castigar a Tachetti por su jugada de aquella noche. Y como político de raza que era, lo castigaría sin decir nada. En política, un gesto es suficiente. Tenía todo listo para armar un acto en la provincia de Tachetti con el gobernador, sabiendo que él y el senador estaban enfrentados. Mostraría públicamente a todos los votantes de Tachetti que El Hombre, el líder político del país, apoyaba al gobernador. Pero el acto nunca llegó a hacerse: El Hombre falleció poco tiempo antes de causas naturales.

Tachetti siguió al frente de la bancada de mayoría y continuó siendo el disciplinado general del Gobierno en el Senado. El que le juntaba los votos. Como siempre. Además, ahora se acercaban las elecciones de 2013 y el oficialismo tenía que estar unido para enfrentar lo que vendría.

***

El diario Claridad era uno de los más importantes del país y era el corazón de un conglomerado de empresas: el Grupo. El enfrentamiento a muerte entre el Grupo y el Gobierno llevaba años, y las portadas de Claridad eran el altar donde el Grupo apilaba críticas contra La Presidenta, El Hombre o cualquiera de los suyos.

La guerra había empezado cuando El Hombre rompió la alianza que había tenido con el Grupo que estaba acostumbrado a influir en las decisiones de todos los gobiernos. El Hombre no sólo le puso fin a esa tradición, sino que alineó a todos los suyos en contra del diario Claridad y puso todas las herramientas del Estado al servicio de una guerra frontal contra el Grupo. Después de su muerte, La Presidenta tomó el mando de la ofensiva.

En las elecciones legislativas de 2013 el Grupo hizo campaña por David Galmassi, un intendente con un plan: llegar al Congreso y desde allí lanzar su candidatura para la Presidencia en 2015. Las páginas del diario Claridad le daban siempre un lugar privilegiado, lo mostraban como la mejor alternativa al Gobierno, la cara del futuro. Además evitaban publicar noticias que afectaran su imagen, como denuncias de los vecinos de su municipio o su relación con jueces de dudoso carácter. Claridad infló a Galmassi porque era el único que podía anotarle una derrota a la Presidenta. Y así fue.

Pero con el tiempo las cosas cambiaron. El Grupo rápidamente tomó distancia del intendente triunfante. Lo usó para debilitar al Gobierno y después le soltó la mano.

—¿Qué pasa, viejo? Ya no nos están cuidando. Nos mataron con varias notas —le reprochó uno de los colaboradores de Galmassi a algunos popes de Claridad.
—Y… el Grupo ya no le tiene mucha confianza. Tiene miedo de apoyarlo para la Presidencia y que cuando llegue se le dé vuelta, como El Hombre. No quieren que los caguen otra vez.

El Grupo sólo le quitó un poco de apoyo. Es decir, no lo respaldaría ni más ni menos que a otros opositores. Por el momento. De todas formas, a Galmassi todavía le quedan amigos en otros medios, como corresponde a quien se toma en serio la carrera del poder.

Fotografía: Télam

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Luego de perder las elecciones, el Gobierno se preparaba para transitar el difícil camino de los últimos dos años de mandato. Uno de los problemas que asomaban en el horizonte era la delicada situación judicial del Vice, el jovial funcionario que había llegado al cargo con el cartel de “futuro heredero” y ahora se hundía entre sospechas de corrupción.

Ya había empezado a visitar Tribunales y nadie sabía con exactitud si el avance de la Justicia lo obligaría a renunciar. Y es que, culpable o inocente, su imagen ya estaba deteriorada. De hecho, en los corrillos del palacio judicial se comentaba que el Gobierno ya tenía decidido correrse para no seguir pagando el costo de defenderlo. Dejaría al Vice a su suerte.

Esa situación sirvió para potenciar el rumor de que la Presidenta realizaría un cambio en la línea de sucesión: si el Vice caía, quien le siguiera en la cadena de mando debía ser alguien fuerte, y ese no era precisamente el caso de Betina Radbil de Abadi, la presidenta provisional del Senado cuyas únicas virtudes políticas conocidas eran su matrimonio con el gobernador Jorge Abadi y el cariño personal que le tenía la Presidenta.

Se decía que Radbil sería reemplazada por el senador Germán Zavaleta, un radical aliado del Gobierno. Zavaleta era criticado por los radicales, que lo acusaban de “tránsfuga” por haberse alineado con un gobierno de matriz peronista, y también por los peronistas, que nunca lo verían como propio. De todas maneras, los días pasaban y el rumor no se confirmaba.

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Germán Zavaleta, El Impermeable, había tenido dos mandatos como gobernador. Llegó al cargo de la mano del radicalismo, que puso todos sus recursos para conseguir una victoria que le permitiera recuperar algo del poder territorial perdido. Pero apenas fue electo, El Impermeable le prometió lealtad al Gobierno, cerró la sede histórica del partido radical de su provincia y se guardó la llave. Nunca se lo perdonarían.

Cuando se acercaba al final de su segundo mandato, trató de ir por un tercero, a pesar de que la Constitución de su provincia —reformada por él mismo poco tiempo antes— se lo impedía. Después de buscar el aval de la Corte Suprema y no conseguirlo, optó por tercerizar el poder: postuló a su esposa, Cristina Legarreta Alzamendi, para ser gobernadora y la coronó con sus votos. Él seguiría de cerca la gestión desde una banca en el Senado.

Y es que la candidatura a senador muchas veces es despojada de la altura que sugiere el cargo. Suele ser utilizada como refugio ante las causas judiciales que florecen cuando el poder se evapora, como una salida de costado para no retirarse del todo o como la puerta trasera por la que se sale sin hacer escándalo.

De esa manera la usó Luciano Lingote, El Alcalde. Aunque no para sí mismo, sino para uno de sus ministros, Darío El Rojo Santiago. El Alcalde había sido alertado sobre gastos excesivos en el área de Santiago. Notó que los contratos que el ministro pagaba a las empresas encargadas de la recolección de basura eran cada vez más altos: habían aumentado un 300 por ciento en cuatro años. “Lo agarraron haciendo caja”, comentaban por lo bajo los operadores que frecuentaban la Alcaldía. Y cuando alguien “hace caja”, lo más probable es que, después, la use para hacer política. Por las suyas.

Lingote decidió darle salida a Santiago y la mejor oportunidad para hacerlo sin agitar demasiado las aguas eran las elecciones de 2013. Su candidata para el Senado era la única dirigente del partido capaz de conseguir tantos votos como él. Era una ganadora segura. El Alcalde sólo tuvo que anotar en el segundo lugar de la lista a Santiago. Así, lo alejó de la gestión. Limpio y prolijo.

***

Un día antes de la sesión en la que el Senado definiría el reparto de cargos, Tachetti recibió una llamada de Juan Carlos Magaldi, El Japonés, mano derecha de la Presidenta. Lo citó en Casa Rosada. Al mediodía, Tachetti entró al despacho del Japonés junto a otros tres senadores del bloque oficialista.

—Queremos a Zavaleta como presidente provisional del Senado —le informó Magaldi.
—Los radicales no lo van a votar. Se la tienen jurada. Y en nuestro bloque no tiene consenso, hay muchos que no quieren poner a un radical en ese cargo —respondió Tachetti—. Y vos sabés que es mejor que salga por consenso.
Tachetti hablaba por todos los senadores de la bancada oficialista pero, en realidad, él tampoco quería a Zavaleta. Si bien no le agradaba la actual presidenta provisional del Senado, al menos ella venía del peronismo. Su esposo era un caudillo del partido.
—Lo quiere la Señora Presidenta —advirtió Magaldi.
—Pero no va a ser fácil juntar los votos, falta menos de un día para la sesión. A un peronista lo votarían todos sin problemas. Hasta los radicales, porque entienden que ese cargo le corresponde al partido que gobierna y que lo elige la Presidenta. Con Zavaleta es más complicado.
—Déjense de joder. No nos importa que no lo quieran y no necesitamos consenso. Si los votos alcanzan, pongan a Zavaleta —sentenció Magaldi.

Tachetti lo tomó como una orden. Una orden que no le gustaba. Pero una orden al fin. Y la cumpliría a pesar de no entender los motivos de la Presidenta para forzar el nombramiento más resistido por el Senado. El Japonés no le dio demasiadas explicaciones.

—El bloque va a preguntar por qué de repente tienen que votar por Zavaleta y yo no les voy poder explicar nada. Sería mejor que ustedes le bajaran línea directamente —sugirió Tachetti. Era una forma suave de decir “pongan la cara ustedes”.

Y eso hizo el Gobierno. Esa misma tarde envió al jefe de Ministros a hablar con el bloque para convencerlos de que debían votar a Zavaleta como presidente provisional. Aunque también ayudó que durante todo el día El Japonés llamara a todos los gobernadores para pedirles que se encargaran de que los senadores de sus provincias votaran a favor de El Impermeable. Todos sabían que cuando él llamaba para pedir algo significaba que era un mensaje directo de la Presidenta y que al que no cumplía se le cerraba la canilla de los fondos para las obras, los sueldos y otros menesteres. El Japonés no necesitaba ni decirlo. Con pedir lo que quería, alcanzaba.

Con el voto de todos los senadores del peronismo, Radbil fue reemplazada por Zavaleta. Los radicales se molestaron y los peronistas mascaron bronca. Fue otro día más. Otra trama tejida en el interminable lienzo de la política argentina.

Fuente: NAN #16 (marzo-abril 2014). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.