
Por Ailín Bullentini
Medias negras en las piernas largas, el torso vestido de verde, gracias a una cocolichera camisa noventosa y un turbante rompiendo el juego en la cabeza. La multicromía de Sofía Viola interrumpe la monotonía rosquera del bar del hotel Bauen tan inmediatamente como la alegría de su flamante tercer disco impacta en el cerebro de todo aquel que lo escuche. Júbilo se llama esa ensalada de frutas musical de potente nutrición en cuanto a lo sonoro y a la vez simple en extremo desde la lírica. “Es puro júbilo este puñado de canciones, que de tan alegres quieren llegar al Caribe, tienen ganas de palmeras y frutas”, define este cascabel andante, que se sienta y pide un jugo de naranja grande. Sí, Sofía también tiene ganas de todo eso.
—Pasó mucho tiempo desde el lanzamiento de tu último disco, Munanakunanchej en el Camino Kurmi. ¿Estuviste a la espera del “momento creativo” adecuado para armar Júbilo?
—Los momentos creativos están siempre. Pero la tardanza se debió al tiempo que llevó la producción. Pasó un año y medio desde que arrancamos hasta que se terminó de grabar el último detalle. Fue un laburo de hormiga. El disco tiene un proceso de atención microscópica. Teníamos cierta prisa en sacarlo al principio porque siempre está bueno el momento de salir a presentar algo nuevo, aunque varios de los temas que lo integran los vengo tocando hace rato. Pero después nos dimos cuenta de que necesitaba su propio ritmo de gestación. Muchas veces nos pusimos fechas límite y no llegamos a ninguna, porque no terminaba de engordarse así como queríamos, de estar nutrido. Tuvo muchos ajustes. Tuvo mezcla, retoques de mezcla, retoques de los retoques, el mastering, retoques del mastering. El disco terminó de hacerse cuando terminó de cerrar todo y tiene una búsqueda de sonido que los otros discos no tuvieron. Para aquél que está acostumbrado a escucharme pelada en los discos anteriores (Parmi fue el primero), sólo mi voz y la guitarra o el charangón, las cosas serán distintas.
La joven oriunda del sur del conurbano bonaerense (nació en y sigue extrañando a su Remedios de Escalada natal, ahora que vive en el barrio porteño de Núñez) habla en plural a la hora de rememorar la hechura del disco que presentará esta noche en el CAFF (Sánchez de Bustamante 764, a las 22). No olvida a los artistas que participaron en algún que otro tema (el jazzista Axel Krygier aportó con el piano; Javier Casalla, de Bajo Fondo Tango Club; el pianista Alejandro Franov; Martin Sus; El Gaucho, Federico Mitsukuri; Juan Canosa; y su papá, Horacio “Pollo” Viola, en trompeta y trombones, entre varios otros), pero se apoya constantemente en el músico Ezequiel Borra, quien más que producir el disco acompañó a la cantante en el proceso de creación desde los primeros pasos.
“Júbilo tiene una cosa muy juguetona”, asegura la música. Amplía: “Hay muchos chiches en la construcción sonora del disco que vienen de la mano de Borra. Lo que más me gustaba de sus discos era eso, que te ponías los auriculares y empezabas a escuchar sonidos, ruiditos, efectos especiales. Poder contar con una orquestación de ese estilo hizo que se agrandara más la felicidad de las canciones, que tienen una cosa caricaturezca”.
El producto terminado muestra canciones independientes entre sí, pero que a la vez contienen elementos que las unen en un todo, en un colectivo. El primer paso fue grabar 96 canciones en cinco sesiones diferentes. El segundo fue empezar a reconocerlas. Sofía y Ezequiel las escucharon y separaron por “familias”: “Éstas son alegres, éstas criollas, éstas de autor, éstas más rockeras. Las clasificamos con una banderita de color en la computadora y todo”, detalla la cantante. Luego, las reescucharon para afinar la selección y llegar a un repertorio de 20 temas, “un gran clan familiar”. De esas, finalmente, quedaron las que quedaron. “Me encanta haber rescatado temas como ‘Tecito caliente’ o ‘Tío Conrado’, que me acompañan desde hace mucho tiempo y que medio los tenía olvidados”, reconoce Sofía. “Pancho en Constitución” también es de larga data y formó parte del repertorio de la música “remediosdeescaladense” durante los últimos dos años. “Muchas quedaron porque la toma de la guitarra y la voz, que en la mayoría las grabé juntas —cuenta—, estaban realmente muy buenas. En algunas otras nos basamos en la base de la guitarra armamos lo otro: los demás sonidos y la voz.”

La pareja de músicos compartió larguísimas jornadas de trabajo en la casa de Borra, en El Placard, la sala de ensayo que construyó en una de sus habitaciones. “Teníamos reuniones que eran de escuchar y anotar. Agarrábamos una canción y… ¿qué escuchamos? Un elefante, campanitas o los instrumentos. Fueron procesos creativos de imaginación divertidísimos. Luego empezamos a llamar a los músicos, de a poquito”, puntualiza.
—La participación de “efectos especiales” y de muchísimos músicos diferencian cada tema de las versiones que hacés y harás en vivo, sola con tu guitarra o charangón. ¿Cómo te llevás con eso?
—Me pasa que extraño algunas cosas de algunos temas, pero también me las rebusco para reemplazar eso que falta lo mejor posible. Hace poco empecé a tocar nuevamente “Tecito caliente”, que lo había silenciado y lo retomé. Y en la versión del disco esa canción tiene una flautita grabada que es hermosa, y en el escenario, como la extrañaba, la empecé a silbar. Después de haber trabajado las canciones con toda la producción me quedó una sensación de intensidad respecto a cada una de ellas. Eso también tiene que ver con un aprendizaje. Ahora puedo distinguir los matices de cada tema, cada momento. Conozco más los temas de tanto haberlos escuchado, los reconozco y los disfruto más que antes. A veces los repertorios me aburren; este disco me ayudó a disfrutarlos de nuevo. Y soy más consciente con mi guitarra. Antes me dejaba llevar mucho, tocaba sacada.
—Hay dos particularidades que te distinguen como artista y que están presentes en tus tres discos: la referencia en tus letras a los ecosistemas que te rodean y las onomatopeyas. ¿Sos consciente de esa marca, la cuidás para no perderla?
—Escribo lo que está, lo que tengo al alcance. Antes jugaba un poco más con la fantasía, con las utopías. Tiene que ver con algunos deseos o con lo natural. Creo mucho en los viajes: cualquier viaje que hagas te abre la cabeza. Si me quedo siempre en un mismo lugar, voy a hablar sobre la misma basura de siempre o la misma lindura de siempre. Por eso está bueno viajar físicamente o desde el bocho, porque los libros también inspiran nuevas realidades. Las referencias a la naturaleza vuelven a aparecer en este nuevo disco. Es que en realidad sigo siendo yo. Hay muchos temas que aún no conocen en los que también sigo siendo yo. Las onomatopeyas vienen de la diversión. Me gusta jugar con los sonidos. Me gusta jugar a cantar en un idioma inventado.
Juego con la voz, con los sonidos. Júbilo es un disco lúdico.
“Mi amor por los juegos estalló con Ezequiel, que tiene un cajón lleno de juguetes en el que se esconden un montón de sonidos, más sutiles, que uno a diario no percibe tal vez”, confiesa la joven artista, a quien se nota entusiasmada con los días por venir. “Terminó la hechura y ahora está bueno porque es tiempo de empezar a moverlo, a disfrutarlo desde los escenarios y también de pensar una nueva producción”. Poco a poco, Sofía se llena de júbilo.