/Archivo

«Una fiesta que el pueblo se concede a sí mismo».- (*)

Los festejos de carnaval aún retumban, al ritmo del color, el calor y los juegos interminables, tanto en las calles porteñas como en los pueblos del interior del país. La que pasó el último fin de semana fue la tercera edición de la fiesta que recuperaró, en 2011, calidad de feriado nacional y de objeto de deseo para la población empleada. Aquí, Agencia NAN retoma un análisis de aquella reconquista.
Por Nicolás Sagaian
Las expresiones tradicionales de la cultura pueden sufrir el efecto corrosivo de los años, pero su esencia siempre queda. Al estar tan impregnadas de lo popular y lo cotidiano, son difíciles de borrar de plano, como intentó hacer la última dictadura militar con las fiestas de carnaval. Allá por junio de 1976, el grupo de genocidas comandado por Jorge Rafael Videla pretendió dar un zarpazo quitando los feriados mediante el decreto 21.329, aunque ni así pudo terminar definitivamente con el reinado del Dios Momo, que entre bombos y platillos cumplió su designio de espantar a los demonios y malos espíritus de los barrios.
El asunto llevó un largo rato. Demoró casi 35 años y costó un centenar de marchas de reclamo en todo el país para que el gobierno nacional se dignara a restituir la celebración en el calendario oficial: finalmente, el lunes 7 y el martes 8 de marzo serán de carnaval. Por eso, miles de murgas festejan a su manera el nuevo empuje que consiguieron los corsos, oficiales e independientes, en cada rincón de la Argentina, donde volverán a tomar fuerza los bailes, el color, la puesta en escena y las canciones de crítica, clásicas manifestaciones de los sectores profundos de la sociedad que mantienen su identidad por fuera de los límites del establishment.
Desde allí, el carnaval comienza a rendir impensadas cuentas apenas unos años atrás, mientras demuestra que regresa como pocas cosas lo hacen: yendo más allá de las orillas y complejizándose. En un nuevo contexto, eso está claro. Y lo hace manteniendo ese ambiente particular, típico de la ancestral fiesta rioplatense, que permite “volver a tomar las calles” y recuperar “los lazos de unión entre vecinos y pares” tan perdidos hace tiempo.
“Eso es lo rico de todo esto. El carnaval es una fiesta que el pueblo se concede a sí mismo”, comenta Ariel Prat, uno de los máximos referentes de la murga porteña. Entonces, ahí está el desafío: “Hay que potenciarlo”, coinciden a coro, como arriba de un escenario, los murgueros que se prestaron a dialogar con NaN acerca de los nuevos aires que envuelven a esta expresión artística, fortalecida en la última década y sobre el horizonte que se avecina.
EXPLOSIÓN Y DESPUÉS
Desde que el carnaval consiguió salir del refugio de las esquinas, paradójicamente (o no) a mediados de los ‘90, se tornaron innumerables las murgas y los corsos, que hoy llegan a 34 en la Ciudad y se desparraman multiplicándose en los circuitos alternativos así como en toda la provincia de Buenos Aires, siempre bordeando el mercado.
Más allá de ese boom, la deuda principal que tienen de ahora en más tiene que ver con una vieja cuenta pendiente. “El carnaval debe explorar los elementos que potencian su riqueza expresiva y que aún no lograron manifestarse en su totalidad”, sostiene Coco Romero, cantante, investigador y murguero de ley. Eso demandará compromiso y tiempo.
Sin embargo, no se debe dejar de lado que el carnaval requiere más recursos, infraestructura, mejor sonido, escenarios y buena organización para que el fin de semana largo no se transforme solamente en un feriado de turismo y los corsos puedan ser un espacio más vívido.
“Éstas son las demandas básicas para estimular el carnaval en todos lados y transformar la fiesta de una vez por todas en un verdadero espectáculo a la altura de lo que muchos grupos buscamos”, afirma Vanina Cambeiro, integrante de Los Descontrolados de Barracas.
La realidad es que en varias localidades del Conurbano los municipios no se hacen cargo del mantenimiento de espacios murgueros, y en la Ciudad de Buenos Aires si bien hay un circuito armado por insistencia de los artistas, éste no llega a cubrir las necesidades básicas de las murgas. “El Gobierno sólo se hace cargo de la bajada de luz, las vallas, los baños químicos y el seguro contra terceros; el sonido, la seguridad y lo demás quedan a cargo del corsero”, denuncia Diego Mirabelli, delegado integrante de la Comisión de Murgas porteña.
Ese presupuesto destinado a la producción con suerte sólo llega a rozar los 700 mil pesos, y la mayoría de las veces el dinero no baja a tiempo debido a la política de discrecionalidad vigente en el área de Cultura. Además, los fondos que se asignan a cada banda en particular, en proporción a la cantidad de integrantes y presentaciones, este año son de un millón ochocientos mil pesos, que “sólo llegan a cubrir, en total, entre un 30 y un 40 por ciento de los gastos generales” de cada uno de los 112 grupos anotados.
En sí, las agrupaciones tienen que bancarse solas. Algunas con presentaciones aparte, rifas, changas o esfuerzo de su bolsillo; otras hacen lo que pueden para conseguir los materiales necesarios: alquilan trajes o los reciclan. Por ejemplo, La Redoblona, surgida de la radio FM La Tribu hace 13 años, para este año reutiliza trajes viejos en pos de abaratar costos y cuidar el medio ambiente, ya que las levitas están compuestas por telas sintéticas que en su proceso productivo se realizan con grandes cantidades de petróleo.
“Para nosotros, el carnaval es eso también: estar en todos los detalles”, resalta Zulema Barrios, una de las referentes de la histórica murga de Almagro. En este sentido, aún existen millones de discusiones “intermurgas” sobre las responsabilidades propias de cada una en lo artístico, lo dramatúrgico, lo teatral, la potencia, los bailes, la esencia y el mantenimiento de algunas tradiciones que dividen de par en par las aguas de todo el ambiente murguero.
UN NUEVO PANORAMA
Históricamente, los carnavales han sido un espacio donde las clases populares han podido burlarse e ironizar sobre los poderosos, reírse de las tragedias y defender los valores de cooperación. Las letras, la presentación, la fantasía, el cuplé y la retirada, con un fuerte sentido escénico, están cargados de protesta, como cuando en el siglo XV losnegros empezaron a copar las calles de los suburbios con las levitas viejas de los amos blancos.
Es la estética de las murgas destinada a combatir la amargura a través de un lenguaje propio, que en asociación con diferentes contextos utiliza manifestaciones diversas. Por eso brotan diferencias entre las agrupaciones murgueras surgidas del barrio y las de taller; entre los que sienten que murguero se nace y los que prefieren perfeccionarse y estudiar. Es la típica disquisición en esa relación entre lo artístico y lo popular, examen que se potencia más ahora.
“Todavía está ese prejuicio en el ambiente que dice que lo popular tiene que ser pedorro. Pero la murga es arte, y el arte se juzga por lo que se ve y lo que moviliza”, asegura Félix Loiácono, director de Garufa. “Eso no quita que pueda expresar valores, una ideología nutriendo los viejos cánones del carnaval con técnicas teatrales, plásticas, de vestuario, de canto, incluso de maquillaje, para mejorar el carnaval de ahora en más”, completa la directora de La Redoblona.
En esta corriente de arte murguero, fermentada en cientos de centros culturales, los artistas proponen como algo adicional la vuelta del candombe, los grupos de clowns y los humoristas, más allá de la orgía callejera de patadas, bronca, bombos y brillantina. No obstante, ahí es donde algunos plantean la disyuntiva, defendiendo a la murga como simple expresión barrial y cuestionando el paso de lo popular a lo masivo y de lo folklórico a la industria cultural.
Ahí se centra el desafío dentro del nuevo panorama en los carnavales. “En busca de ensanchar la base de la fiesta popular, hay que hacernos cargo de lo que presentamos pese a las diferencias. Lo importante es fortalecer la fiesta como expresión de los barrios, que es lo verdaderamente indiscutible”, indicó Mariano Domínguez, del grupo Ilusiones de una Noche.
La base, al parecer, la tienen después de sobrevivir a la dictadura bailando sobre el aire. La meta ahora está en recuperar con todo su esplendor una fiesta popular rioplatense lejos de los excesos de la asimilación y la cultura importada a través de fiestas como Halloween.
(*) El artículo fue publicado en la edición #2 de Revista NaN, correspondiente a los meses de mayo y junio de 2011. Se trata de una publicación producida por el mismo colectivo de periodistas, fotógrafos y diseñadores que sostiene esta agencia. Aquí podrás leer la nota tal cual salió en papel: http://issuu.com/revistanan2011/docs/nan_1.