Con una escritura cautivante por lo fresca, el autor avanza en un policial lúdico, con guiños a la década de los ’90. En sus páginas debuta este detective surgido en la revista Barcelona.
Por Facundo Gari
Buenos Aires, febrero 17 (Agencia NAN-2013).- El protagonista se llama Diamond Gerace y es un primer guiño a los ’90, a los “agentes encubiertos” Gustavo Diamante y Antonio Gerace del caso Cóppola. Un segundo guiño de época aparece también en el título de la primera novela de Javier Aguirre, Inspector Diamond Gerace y el Edificio del Sol (Galerna): el susodicho rascacielos devenido en ruinas podría ser la AMIA (una de las ilustraciones de Daniela Acerbi, que acompañan el relato, parece tener de fondo sus escombros post atentado). Pero, en definitiva, el detective nacido en las páginas de Barcelona no tiene otro anclaje que el de la ficción: a deuda de una escritura cautivante por lo fresca y una historia atrapante por lo incierta, esta ampliada desventura negra de Gerace irá a parar en la biblioteca no entre los volúmenes Diccionario del rock argentino, Ucronías argentinas, El libro negro del Bicentenario y Puto el que lee –páginas en las que Aguirre co-trabajó–; sino entre una compilación de Boogie, el aceitoso, de Fontanarrosa; y una edición económica de Triste, solitario y final, de Osvaldo Soriano: tiene algo del humor tragicómico del primero y algo de experimento testimonial del segundo, aunque el escritor anteponga como influencia a la revista Billiken.
Diamond Gerace es un detective vago. Así lo encasillan sus superiores del Council, varios de ellos apellidados con los motes de jugadores antológicos de All Boys, club del que el autor es confeso fanático. La modorra es producto de una adicción etílica al Brandy: el inspector es un tipo al que no lo perturba andar con vómitos encima del sobretodo, ni el tenerlos en efervescencia en su departamento, junto a otras olorosas excrecencias. Hábil, sin embargo, para guardar las apariencias, se mantiene a resguardo de la mentira y la pose. Miente cuando, en el bar Vamos Floresta (otro homenaje futbolero), recibe un llamado para sumarse a las investigaciones por la explosión de un edificio céntrico. Posa, orinándose encima, cuando un superior lo manda al subsuelo de la dependencia policial a hacer los deberes con el “proletariado” de la fuerza. Allí conocerá a Graciela Higo, joven investigadora descendiente de japoneses que le hará de “Sancho Panza oriental”, hasta la resolución de un caso que involucra hasta a la Interpol, a un Quijote al que la vida le da paja. Es que este protagonista abreva en las pócimas del antihéroe: su monocorde vida ocurre a su pesar, aunque cada vez con mayores obstáculos, cortesía de Aguirre. Para aminorar el impacto está el alcohol. Luego, la cuestión es zafar. Y en eso, se siente como un Torrente vernáculo: genera bronca y gracia a la vez.
Con esta primera novela lúdica –porque todo policial propone un juego de adivinanzas dosificadas–, Aguirre suma un género a sus empresas narrativo-periodísticas, además de a la amplitud disciplinaria que denotan sus incursiones teatrales (es uno de los responsables de la ópera cumbia ¡Mueva la Patria!) y musicales (su último disco, Cancha rayada).
Con esta primera novela lúdica –porque todo policial propone un juego de adivinanzas dosificadas–, Aguirre suma un género a sus empresas narrativo-periodísticas, además de a la amplitud disciplinaria que denotan sus incursiones teatrales (es uno de los responsables de la ópera cumbia ¡Mueva la Patria!) y musicales (su último disco, Cancha rayada).
