Los actores colombianos Juan Luna y Juan Prada, que co-dirigen la obra La embriaguez, contaron a NaN cómo fue el proceso de montaje, cómo dirigir de a dos y cómo ven el teatro independiente actual, tanto en Argentina como en Colombia.
Por Carolina Japas
Fotografía gentileza de Juan Prada y Juan Luna
Buenos Aires, noviembre 21 (Agencia NaN-2012).- ¿Cómo conciliar en un mismo sujeto el miedo y el absolutismo? ¿Cómo romper las cadenas de la subyugación? La embriaguez (jueves a las 22:30 en la Sala Escalada, Remedios de Escalada de San Martín 332), marca el permanente oscilar entre el poder desmedido que lleva al despotismo y el desahucio en el que, tarde o temprano, sentirán todos los personajes. Juan Luna (25) y Juan Prada (26) son los dos jóvenes actores y directores colombianos formados en Argentina que actúan y co‐dirigen la obra, obra escrita por el dramaturgo colombiano Juan Pablo Castro.
En un ambiente latino caribeño en el pueblo Putaparió se lleva a cabo el proceso electoral que ya conoce de antemano al ganador: “Papito infame”, el actual gobernante. Mientras el calor se funde en los cuerpos de los personajes, la oposición se verá silenciada en este pueblo decadente formado por maleantes, prostitutas y estafadores. En un intento desesperado, dos hombres buscarán en la imagen de Samir Tafur, un famoso actor de telenovela, al perfecto candidato opositor que podrá robarse las elecciones. El actor tiene todo lo necesario para vencer la opresión del gobernante: es carismático, atractivo, influyente y, sobretodo, perfectamente manipulable… o no.
La embriaguez muestra sin valerse de eufemismos la vileza del poder, el despotismo en su máxima expresión y, al mismo tiempo, despoja a los personajes de sus máscaras llevándolos a su condición más humana. El fracaso y el miedo, como factor constituyente del hombre, pueden quebrar hasta al personaje más perverso.
–¿Cómo nació el proyecto de La embriaguez?
Juan Luna: –Nos estábamos juntando Prada y yo con el tercer Juan (Castro, el dramaturgo) para ensayar algo que tuviéramos ganas. Juntos comenzamos a trabajar sobre unos cuentos, pero luego llegó Castro con el primer boceto de La embriaguez.
Juan Prada: –A partir de sus palabras encontramos lo que nos interesaba para encarar este primer proyecto.
–¿Cómo fue el proceso creativo?
J.L.: –Primero comenzamos a trabajar sobre un texto base a partir de lo escrito y en el mundo de la obra: un pueblo tropical, un pueblo latinoamericano. Después de eso, Castro, que también actuaba, la reescribió. Grabábamos los ensayos en video y a partir de eso ya se fijó el texto y se montó la obra sobre eso. La caracterización de los personajes se libró más que nada a la creatividad de los propios actores, no fuimos con muchas ideas preconcebidas. Se trabajó sobre el sentido de la palabra embriaguez, que se puede atribuir a muchas cosas, no sólo al alcohol y la fiesta, sino también a la belleza, al poder, a lo sexual, a la destrucción, etcétera. Sobre cómo ésta atravesaba a cada uno de los personajes, y si había o no una embriaguez propia de cada uno. Después vinieron los procesos formales a nivel de cómo este concepto tomaba cuerpo en el espacio y cómo se manifestaba en el tiempo. Se podría pensar que la idea de la obra es encarnar en cada uno de sus aspectos lo que sucede cuando el cuerpo y un lugar son tomados por este estado o esta fuerza arrasadora.
J.P: –Al trabajar con un grupo de actores argentinos y otros colombianos fuimos encontrando una dinámica que nos llamaba la atención plasmar en la obra, que después se fue estableciendo en cuestiones temáticas, del espacio, del lenguaje. Nos parecía que en cierto punto ese era el valor de la obra y nuestro valor: estar haciendo una obra en argentina con elenco colombo‐argentino.
–¿Cómo vivieron la co‐dirección?
J.L: –La co‐dirección es todo un tema (risas). Al principio se marcó que Prada iba a ser la voz en los ensayos para no estar aturdiendo a los actores con dos voces al mismo tiempo. Lo que hacíamos era planear muy bien los ensayos antes, encontrar lo que queríamos lograr con el trabajo para poder llegar con una idea clara y no tener que discutir mucho en medio del ensayo y confundir, más allá de que siempre se encuentran diferencias. El laburo previo era difícil. Ponernos de acuerdo en lo que queríamos podía llevar muchas horas. Pero al final me parece que fue muy fructífero en el sentido de que es lindo poder trabajar sobre el mismo tema con otra persona. Discutirlo te abre la mente a más ideas, te enriquece, te cambia el punto de vista de lo que vos pensabas que podía ser solamente de una manera.
J.P: –Al principio yo no actuaba, sólo estaba en la dirección. Me incorporé luego y allí fue que hicimos a la inversa. Yo entré más en el rol del actor y Luna, que ya tenía un recorrido más claro en ese rol, pudo estar más presente en la dirección de los ensayos. Hacia el final estuvimos trabajando los dos conjuntamente, tratando de decidir los últimos detalles. Esto trae unos grande “pros” que es complementar las ideas a un punto que es muy enriquecedor, pero también, a la vez, como los dos estamos actuando, no tenemos una visión cien por ciento clara de la totalidad. Al tener los dos que actuar, siempre hay momentos de la obra que ninguno de los dos vio. Con suerte contamos con un gran equipo de trabajo sin el cual hubiese sido imposible construir el montaje. La voz del dramaturgo, que al estar escribiendo y re escribiendo la obra, fue también una voz que pesaba mucho en el proceso. Tuvimos que estar muy alertas en el diálogo y trabajar todos con un mismo objetivo.
–¿Cómo ven hoy en día el teatro independiente?
J.L: –Para mí el teatro independiente en Buenos Aires goza de un vigor tremendo. Es muy prolífico, hay muchas obras, pero me parece que hay un gran problema cuyo enfoque no es el de si se producen buenas o malas obras, sino que tiene que ver con la pregunta de para quién se hace el teatro. ¿Quién va a ver el teatro independiente? Sería un problema, por decirlo así, de distribución. Hay muchas salas y al haber tantas salas y tantas obras, el público parece no ser suficiente o, por lo menos, parece no haber una manera de llegar a la gente que está por fuera de la actividad teatral. No veo todavía una forma, ni siquiera con la difusión y prensa, de poder llegar a una mayor cantidad de gente. Gente que no sea la conocida de uno. Desde ese punto de vista, me parece que las obras del teatro independiente, lastimosamente, se han quedado solamente para un mismo público. Somos nosotros mismos quienes las vemos y las hacemos.
J.P: –El teatro independiente acá es un fenómeno que no sé si se da en algún otro lugar en el mundo. Siento que lo que se viene cuestionando hace un tiempo es si realmente estamos independientes o si estamos dependiendo de ciertos órganos para producir o no. No solamente las obras sino también los teatros, en qué situaciones se encuentran. Como bien dice Luna, es difícil en ese sentido que tenga una repercusión mayor la obra misma . Siento que ahora las obras duran dos meses, están en cartelera dos meses y ya es una sensación y se acaba, y “hagamos otra y hagamos otra”. Y creo que esa misma ansiedad de estar produciendo todo el tiempo constantemente y que sea para tan poca gente, en tan poco tiempo, no está funcionando.
J.L: –Cuando uno está encarando un proyecto de teatro independiente tiene que saber que el valor de lo que se hace no se mide de acuerdo a lo que se percibe monetariamente. No es ese el objetivo de la producción de este tipo de obras, sino la singularidad que uno puede imprimir a nivel artístico, donde no estás limitado o condicionado por un productor, por un plazo, o una estructura vertical que incide de manera nefasta en el proceso artístico que intentás llevar a cabo. Creo que es en ese sentido que se puede llegar a entender la palabra independiente. El teatro independiente es un gran, gran semillero de artistas y técnicos, entendidos como creadores de particularidades y no como reproductores de recetas o modelos que funcionan a nivel monetario.
–¿Qué diferencias ven entre el teatro colombiano y el teatro argentino?
J.L: –Primero que nada, la cantidad de producción. Buenos Aires produce muchas más obras que Colombia. De todos modos en Colombia está el Festival Iberoamericano de Teatro en Bogotá, que es el más grande de Iberoamérica. Pero la oferta de clases y escuelas es mucho menor, eso seguro.
J.P: –Yo creo que el teatro colombiano está muy alejado de los espectadores. Hay poca formación en relación a ir al teatro. Por lo menos, los años que viví en Colombia, tuve muy pocas posibilidades de ir al teatro. Simplemente por la oferta o porque no lo veía muy a la mano. Creo que es un mundo más cerrado y más chico entonces es aún más difícil de entrar tanto como para producir como para ser parte. De todos modos, la sensación que me da es que eso está cambiando.
