La joven directora, formada en la mítica escuela Andamio/90, recupera con éxito una puesta de Arístides Vargas sobre la libertad en las prisiones de la dictadura y lo hace desde una mirada que no revisa la historia nacional sino un rasgo común de la dramaturgia latinoamericana.
Por Emmanuel Videla
Fotografía Laura Bernatené
“La ficción no nace en la ficción”
Arístides Vargas.
Buenos Aires, noviembre 23 (Agencia NAN-2012).-Cuando el teatro se enreda con la crítica de la historia reciente corre el riesgo de convertirse en un panfleto político, al olvidar la sensibilidad y la razón de ser del hecho teatral. Sin embargo, con astucia y la firmeza de no reducir el teatro a simple crítica, la joven directora Florencia Suárez Bignoli se atreve a reponer en escena La Razón Blindada, del dramaturgo Arístides Vargas, en la sala de Andamio/90. Sin olvidar en ningún momento de la charla con Agencia NaN a su maestro, Suárez Bignoli describe la pieza: “Es fundamentalmente una obra que habla del dolor, pero de una manera muy hermosa. Creo que esto es lo valioso de Arístides, porque habla de su dolor, de su tragedia personal, bellamente”.
La Razón Blindada desnuda la tensión entre opresión y libertad durante la última dictadura cívico-militar con un texto lleno de vuelos literarios y un uso del espacio escénico abruptamente armonioso. En la obra, que golpea fuerte en el alma, Roberto Monzo y Daniel Begino interpretan a dos presos políticos en la cárcel de máxima seguridad de Trelew, que escapan a su situación de encarcelamiento jugando.
“Dos compañeros que contaban una historia o una aventura y los demás oficiaban de público. Tenían que soportar en Trelew y era la única manera de escapar de esa opresión”, resume la directora, sobre el texto que Arístides escribió a partir del Don Quijote de la Mancha de Cervantes, La verdadera historia de Sancho Panza de Franz Kafka y las historias recogidas de los militantes detenidos en aquellos años de plomo. Según Suárez Bignoli, los espectadores por momentos “son la vigilancia y por otros los compañeros que hacían de público en la historia. Pasa algo muy fuerte. La gente se viene riendo mucho, mucho y cuando aparece la vigilancia, el corte, surge el silencio de tumba. Ellos saben que están haciendo mal al reírse, porque es algo que está absolutamente prohibido”.
–En La Razón Blindada trabaja directamente con la puesta en escena propuesta por Vargas, ¿cuál es el desafío de mantener a rajatabla esa expresión?
–El desafío es no copiar, porque una cosa es seguir la puesta y otra directamente copiar. Acá, cada uno le puso su alma, su cuerpo, sus sentimientos, sus pensamientos e ideales. Lo que intenté hacer fue lograr captar la esencia de la obra, de la puesta y plasmarla a través de mi mirada y la de los actores. Y eso es lo maravilloso, la gente sale muy contenta por las actuaciones, que son muy personales. Lo diferente con la puesta de Arístides radica justamente en la individualidad de los actores.
–¿Qué la llevó a no readaptar la obra?
–Siento que muchas veces el hecho artístico queda en segundo plano, porque pasa a primer plano la historia de vida. No me llevó mucho tiempo pensar: “¿De qué manera voy a contar La Razón Blindada?”. Lo más importante es que la historia se cuente. Que mucha gente conozca la historia de Arístides, que vive en Ecuador, que tuvo que exiliarse, que mucha gente vivió situaciones tremendas. Y que son personas que existieron, que viven y tienen su vida modificada por causa de la dictadura.
–¿En dónde radica el acto de creación del director cuando la puesta ya está determinada?
–El proceso creativo estuvo puesto en la dirección de actores, que, en lo personal, me encanta. Fue difícil, porque los presos que Daniel y Roberto interpretan no eran actores, no eran ni Sancho ni el Quijote. Entonces, yo les decía: “No, no. No me hagas un personaje bien hecho”. No eran actores, solamente querían divertirse, salir de ese lugar de encierro, de opresión y de dolor a través de la interpretación. Entonces, para dos actores con mucha experiencia y con mucha formación era difícil.
–Se puede pensar que esta obra golpea la constitución de nuestra identidad porque nos remite a los crímenes…
–Va más allá de lo político, de lo social… Acá las generalidades quedan cortas. Son personas. Como dice Charo, la mujer de Arístides, hay personas que sin darse cuenta se transformaron en héroes. El mismo Arístides me dijo: “Mis obras hay que hacerlas como si estuviésemos acá tomando un café”. Es así, sino se vuelve solemne, representativo. Si te olvidás de la persona y te olvidás del personaje, quedan las palabras; y si están vacías, las palabras no sirven para nada. Necesitás cargarlas de una historia, de una persona, de sus sentimientos, de sus sentidos, de sus ganas de hacer.
Comprometida y reflexiva con el teatro independiente, la joven directora se considera discípula de los legendarios grupos de teatros Yuyachkani y Malayerba, coordinado por Vargas. Desde el teatro Andamio/90, institución que también la formó profesionalmente, Suárez Bignoli califica a sus referentes como artistas indiscutibles.
–¿Qué destaca de Arístides?
–Siento que es un gran autor, actor, director y, principalmente, una gran persona. Siento la necesidad de que mucha gente se entere de que tenemos un gran autor argentino, ¡maravilloso!, que vivió determinadas circunstancias en su vida y lo hacen hoy ser el poeta que es. Obviamente me conmovió muchísimo la temática, pero, fundamentalmente, es una obra que habla del dolor de una manera muy hermosa. Creo que eso es lo valioso de Arístides, porque habla de su dolor, de su tragedia personal bellamente.
–¿Cree que desde la formación académica no están reconocidos los textos de dramaturgos argentinos contemporáneos?
–Sí, creo que faltan un montón de textos. Están bueno conocer los textos dramáticos clásicos, pero tenemos que apuntar a sentirnos como pares. Si podemos hablar de teatro español, de teatro francés, de teatro europeo, también podemos hablar del nuestro. Hay grandes referentes, pero falta una unificación a nivel académico, decir: “estos son nuestros referentes del teatro latinoamericano”.
–¿Por qué lo cree tan necesario?
–Tiene que ver con poner en primer plano nuestras raíces fundamentales. A mí, por ejemplo, me dio pena conocer recién a mis 30 años y después de 8 años de hacer teatro a Arístides Vargas. Más allá de que todo dependa de una búsqueda personal, ¿o no? A nivel académico, es fundamental que haya más predisposición a conocer el teatro latinoamericano. Es brillante.
Coordinadora, junto a integrantes del grupo Unaminga y de Andamio/90, del Primer Encuentro Latinoamericano de Teatro Independiente
(http://agencianan.blogspot.com.ar/2012/09/por-la-patria-grande-del-teatro.html) Suárez Bigoli sostiene que el teatro latinoamericano busca “el rescate de los orígenes de nuestra cultura” y refleja “la opresión, la desigualdad, la injusticia social”; y cómo no, de las dictaduras militares en la región.
Bignoli enlaza ese común denominador de la dramaturgia latinoamericana con el movimiento de teatro independiente que une a la región. “Nunca trabajé en otro teatro que no fuese el independiente, y, por lo tanto, para mí el independiente es el teatro. Significa llevar a cabo los deseos personales y el trabajo en grupo, poder trabajar con comodidad, con confianza, con gente que uno valora, que uno admira. No concibo el teatro como algo individual sino fundamentalmente colectivo. El teatro independiente tiene que ver con eso, que todos nos pongamos al hombro el proyecto, pero a través del deseo de cada uno. Y lo que se logra es mucho más maravillo a que alguien venga y te pegue un sueldo por eso”.
*La Razón Blindada puede verse este sábado 24 de noviembre a las 22.30 en el Teatro Andamio/90, Paraná 660, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
