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El centésimo mono en La Carpintería.-

Tres magos-actores-relatores regalan, bajo la dirección del gran Osqui Guzmán, no sólo una cantidad de juegos y asombros de gran atractivo sino la ilusión de estar viendo, por momentos, un trío de marionetas perfectas.

Por Juan Manuel López Baio
Fotografía gentileza de El centésimo mono

Buenos Aires, noviembre 20 (Agencia NaN-2012).- Una puerta con su marco se yergue por sí misma, solitaria, en un sector vacío del espacio. Punto de partida, invitación al pensamiento mágico. Habitación 33. ¿Hotel? ¿Hospital? ¿Fiesta de quince o quirófano de urgencia? La propuesta anuncia desde el vamos el territorio de ambigüedad, de incerteza onírica, en el que se despliega la elaborada imaginería escénica que da pie a las reflexiones poéticas y metafísicas que insuflan la obra. Tres magos-actores-relatores, personajes que al parecer no se ven ni se escuchan, pero ciertamente se perciben. Cada uno de ellos atravesará esa puerta en diferentes momentos para dirigirse directamente a la platea, al público real, como portavoces del sentido de lo que se juega detrás; treinta y tres, cuenta regresiva, anestesia total…  ¿cuál es el vínculo misterioso entre la magia y la muerte? Ese es el disparador de El centésimo mono (jueves a las 21 y viernes a las 20en La Carpintería, Jean Jaures 858).

En impecable sincronía, con un manejo de ritmo y precisión que captura a cada instante la atención, los tres magos ocupan el espacio con sus maletines, con sus bártulos, con sus trucos (que se esfuerzan en tratar de llamar efectos, “porque truco hace pensar en la trampa”). No sólo regalan, como ilusionistas de oficio, una cantidad de juegos y asombros de gran atractivo. En la interpretación de cada mago, en tanto personaje en tránsito hacia un umbral desconocido, Marcelo Goobar, Pablo Kusnetzoff y Emanuel Zaldua componen tres energías singulares, diferenciadas, sostenidas por una expresividad corporal y vocal trabajadas y cinceladas al detalle, generando por momentos la impresión de encontrarse frente a tres increíbles marionetas que han cobrado vida.

Cuando el sueño se enrarece y se establece la progresiva interacción entre los personajes, el juego de los cuerpos dará pie a la aparición de pequeñas rutinas cómicas de gran efectividad, que matizan el acorde más lírico de los soliloquios.

Con este planteo, y a medida que se tejen y destejen las posibles lecturas de lo que ocurre (¿son tres personas, a la deriva, al límite? ¿o las manifestaciones de una sola? ¿o de cien? ¿o del Hombre?), se construyen a su vez variadas situaciones, fragmentarias, en permanente tensión entre lo anecdótico y lo simbólico. Los vemos ensayar, fracasar, buscarse o armarse a sí mismos, indagar cada vez por el sentido más profundo de los trucos más triviales.

Osqui Guzmán pone en marcha esta máquina de alta precisión -que se apoya sobre el tratamiento escenográfico, espacial, lumínico, y sobre la destacable composición musical de Tomás Rodríguez-, y dispara con una batería de imágenes, a cuál más pregnante y sugestiva.

Es menester preguntarse por esa necesidad común y ancestral, casi desesperada: la magia, la ilusión, aquello que nos arrastra y resiste los embates del raciocinio más descarnado. Cuando todos los trucos fallan y se caen todos los disfraces, aún aguarda, en el confín, el encuentro con el salto definitivo, el vuelo sin trampas ni artilugios, la magia final.