Puede ser con más o menos luz, en invierno o en verano, con una caja de fósforos o una lata de gaseosa, los elementos pueden estar cambiados, lo cierto es que en un revival hacia los orígenes, muchos se animan a jugar con los principios básicos de la fotografía para obtener imágenes únicas. Como resultado, estas técnicas alternativas dan cuenta de una creatividad, una estética y un lenguaje mucho más rico que el logrado con los efectos simulados de Photoshop o Instagram.
Por Laura Bernatené
Fotografías gentileza de Fotochatarra (1), María Paula Pía (2) y Martín Ardiles (3).
Buenos Aires, octubre 29 (Agencia NaN-2012).- Una caja invisible con —al mejor estilo de los juguetes didácticos– la leyenda “Aprendé jugando”. ¿Qué hay allí dentro? Lamparitas, latitas de gaseosa, varas de luz, rollos vencidos, elementos que sirven para experimentar en el lado B de la fotografía, actividad que mucho se parece al trabajo de un artesano. Apelando a la creatividad, la curiosidad, la prueba y error y las ganas de divertirse, estas técnicas alternativas logran un resultado final muy parecido a la obra plástica. Algunas de ellas están más relacionadas con los principios básicos de la fotografía; otras enseñan a entender las propiedades y características de la luz; mientras que otras encuentran la estética en las imperfecciones y errores. Todas confluyen en un solo punto: contienen un discurso, una estética y un lenguaje propio, mucho más rico que los defectos simulados por los retoques hechos en Photoshop o logrados con Instagram en un Iphone.
RETRATO DEL SOL
Al igual que el daguerrotipo –primer procedimiento fotográfico de 1839 en el que la imagen se formaba sobre una placa de cobre recubierta de plata–, la fotografía estenopeica (http://agencianan.blogspot.com.ar/2012/08/karlo-sosa-la-fotografia-estenopeica-es.html) nos retrotrae a los inicios de la técnica fotográfica, donde un procedimiento sencillo y casi mágico permitía la aparición de la imagen. La “Solarigrafía” no sólo se sirve del mismo principio que la cámara oscura sino que llega a causar la misma sorpresa al registrar el movimiento aparente del sol respecto de la tierra.
¿Una foto que capta el movimiento del sol que es, en realidad, el de la tierra? Sorprendentemente real: estas cámaras hechas con objetos descartables con pequeños pedazos de papel fotosensible en su interior, captan los trazos que dibujan los rayos del sol en el cielo. Esto se hace posible al dejar las cámaras expuestas a la luz durante largos –larguísimos– períodos, que van desde el mes hasta uno o varios años. Las mismas son colgadas en los lugares más impensados: el tanque de agua de un edificio; una tumba en el cementerio; debajo de un puente… cualquier lugar donde la luz le pegue directamente. Pero ¡atención! antes de colgar la cámara es preciso elegir bien el lugar, observando por dónde sale y dónde se oculta el sol; hacia dónde se proyecta la sombra que la cámara misma genera; el ángulo que ésta “mira”; la interacción entre el recorrido que hará el sol y el motivo terrestre.
“Muchas las perdí porque se las llevó el viento, porque un pájaro picoteó la cámara y quedó todo el papel rosa, o porque me olvido donde están y después me entero que tiraron abajo el árbol”, cuenta a NAN Fotochatarra, quien en su DNI dice ser Alfredo Manrique, en una charla que se da en el histórico bar-museo fotográfico del barrio porteño de Colegiales, el Simik, donde muy lindos personajes se juntan cada sábado a compartir su pasión por estas rarezas.
Conocido así en el ambiente por su obsesión de reciclar todo tipo de objetos –desde un tubo de papas fritas Pringles hasta la fuente de energía de una PC– y convertirlos en una cámara oscura. Cuenta que como el papel fotosensible está sobreexpuesto por la luz “que le está pegando todo el día”, la imagen no puede procesarse químicamente porque quedaría velada. Entonces se hecha mano a la tecnología casera: con un escáner sencillo se positiviza la imagen y… voilá. Franjas consecutivas a modo de arcoíris en tonos cianóticos se dibujan, en este caso, entre medio de los edificios. «La temporada que no hay sol hay una franja del mismo color que el cielo –-explica Fotochatarra señalando la foto que acompaña esta nota–. Esto te dice cuándo llovió, cuándo estuvo nublado». Incluso en la foto se pueden ver manchas negras, causadas por hongos que se comieron el material sensible al mojarse con la lluvia. Por eso, para que los dibujos sean más intensos, lo más atinado es colgar las cámaras cuando empieza la primavera y durante el sol de verano.
ESCENAS DE LUZ
Otra de las foto-fanáticas que muchos sábados de su vida se acerca al Simik es María Paula Pía, para quien, a pesar de venir del lado del fotoperiodismo, la fotografía “es un pase libre al pelotero”. Pía incursiona en la técnica del “Light painting” (en español, pintar con luz), cuyo principio es la intervención en la escena en el momento mismo que es fotografiada. Las escenas más comunes son las que tienen un modelo humano fijo y las intervenciones luminosas alrededor de él, creadas por las huellas que dejan linternas, flashes, varas de led, fuego, o cualquier elemento que genere o refleje luz. Lo que tienen las técnicas experimentales es que te “obligan a enfrentarte con esa parte tuya que no tolera los errores, esa parte perfeccionista que pretende que la toma sea perfecta, armónica y técnicamente brillante”, señala.
A pesar que –traducido al español– la técnica signifique “pintar con luz”, a Pía no le seduce ese término porque es como asimilar la fotografía a la pintura. Acerca de la comparación dice: “No estamos pintando con luz sino organizando escenas y aprendiendo a medir cuáles son los rastros e impresiones que pueden llegar a marcar mayor o menos volumen de luz. Si yo tomo una linterna como si fuera un pincel, la estoy tomando como pincel y no como linterna. Prefiero usarla como linterna y ver qué pasa.”
De manera inversa que las Solarigrafías, las imágenes creadas con Light painting encuentran su estación óptima en invierno, época en que hay menos luz durante menos horas del día. “Es una actividad que necesita oscuridad y tiempo, por lo que depende bastante de las condiciones climáticas relacionadas con el ciclo natural de la luz. Y si bien las tomas no son taaan largas como en las Solarigrafías, tampoco tan cortas como un disparo común: algunas llevan cuarenta y cinco segundos, otras dos o tres minutos; mientras que para lograr una toma (planificación, hacer la foto y que se repita hasta que salga) pueden llevar alrededor de media hora.
El taller de Light painting que Pía enseña es bien teatral: “Se sacan los zapatos, se disfrazan, hacen chistes, gritan, piensan. Es de conexión con el niño interior”. Allí enseña a sus alumnos a entender la luz, ya que hay algunas “más amables y otras más retobadas”, afirma según su experiencia. Las diferentes temperaturas de color, intensidades y potencias; cómo responde el sensor o el fílmico; así como también antes de “empezar a hacer” una foto poder identificar qué otras luces que puedan incidir en la toma, bajo la idea de “qué hacer con la luz, cualquiera, no solamente con el sol y la hora mágica del amanecer y las nubecitas rojas. Si nunca tuviste un tacho de led reflejándote en la geta, viendo que hacés con tu sensor que se quedó ciego es un intercambio interesante de información”, apunta, contundente.
Siguiendo con la premisa del material fílmico como materia prima para la experimentación, nos encontramos con el “Red Scale”, técnica que consiste en exponer el negativo del lado contrario al normal obteniendo imágenes que viran a la escala de los rojos. Esto es posible ya que al exponer la película del lado del revés la luz no penetra en las capas azules y verdes (los colores primarios de la luz son el rojo, azul y verde –RGB-), sino que llega sólo a la primera, la capa roja. El rollo lo podés armar vos en la oscuridad pasando la película no expuesta a un carrete ya usado, o bien comprar uno que ya venga “redescaleado”.
Una fotografía obtenida con Red scale no queda “quemada” (sobreexpuesta) ni oscura (subexpuesta), sino que jugando con la tríada de exposición (abertura, diafragma y ASA) se pueden conseguir diferentes intensidades de color que van desde los sepias y amarillos hasta los rojos más intensos. “Todo es relativo, no hay una fórmula concreta”, sentencia Ardiles haciendo referencia a la marca de los fílmicos y los químicos de revelado.
Matías Ardiles es un experimentador nato, tanto que sus inicios en la fotografía se dieron de la mano de lo alternativo. “Lo defectuoso para mí es lo más lindo de la fotografía experimental. Tengo muchas cámaras, como diez, y las uso todas. Siempre tengo tres con rollo –cuenta Ardiles. Me saqué las ganas de todo lo experimental y ahora es como que bajé un cambio”, dice al tiempo que asegura que recién está indagando más en lo digital.
Arrancó con la curiosidad de investigar qué otras cosas podrían hacerse, gracias a la información circulante en internet, hasta que se topó con esta técnica y notó que no había rastros de ella en la web argentina. Acto seguido abrió el grupo Red Scale Club en Facebook donde cerca de cien miembros comparten sus experimentos, descubrimientos y organizan muestras que sacan de las obras de la virtualidad. Así fue que el pasado agosto se inauguró en la ciudad de La Plata “Azar rojo”. Próximamente una versión recargada podrá visitarse entre el 2 y el 18 de noviembre en el Teatro Argentino de La Plata.
Pero… ¿qué pasará con las técnicas experimentales en estos tiempos de escases de fílmico? “Para mí es más un mito. Los chinos siguen haciendo cosas. Los Shangai y los Lucky (marcas de rollo) son chinos. Siempre hay algo nuevo. Hay gente de plata que invierte en esto. Hay un montón de movidas nuevas por esto de lo experimental. Por algo volvió el vinilo también, hay un revival.”


