Un dispositivo de improvisación escénica proponen dos bailarinas, una de ellas, coreógrafa y referente de la danza Butoh vernácula. Con una puesta en escena austera, sintetizan movimientos “antinaturales”, luces, guitarras y sintetizadores.
Por Ailín Bullentini
Fotografía gentileza de Laura Raggio
Buenos Aires, octubre 16 (Agencia NaN– 2012).- Existen quienes aceptan que vivimos una historia en la que la abundancia es la protagonista, que entienden sin lucha que la vida es una línea de tiempo que desandamos sin parar –algunos con más prisa, otros con más pausa–, tejiendo la rutina con la vista puesta en lo próximo que tendremos, porque es eso que nos falta lo que creemos que necesitamos. Y existen quienes no. Los Incorporales, por ejemplo, prefieren desojarse de todo aquello, elegir dos o tres elementos y demostrar que lo poco basta para hacer añicos las estructuras, para ser arte sobre un escenario y, sobre todo, para ser cuerpo en cualquier lado.
Los Incorporales –así se llama el espectáculo y así también se llama el colectivo creativo que lo generó– es un híbrido de elementos puestos a disposición del arte: el cuerpo, la iluminación y la música. Quío Binetti –cerebro creador original– y Vanina Goldstein –Florencia Greyzer se sumó al escenario con su barriga de mamá, en-cualquier-momento, pero no fue de la partida el sábado pasado– son los cuerpos: bailarinas las dos (tres), ponen su experiencia en ramas de la danza contemporánea (butoh, contact improvisación) a disposición del proyecto. José Binetti y Christian Gadea aportan sus conocimientos en diseño lumínico y Fernando Kabusacki hace lo propio desde el sonido, guitarra eléctrica y sintetizadores.
¿Qué hacen? Algo fascinante. Funden los tres elementos y generan algo así como una estética nueva basada en la improvisación. No parece que improvisaran cuando las luces de la sala se apagan y comienzan a titilar los tubos fluorescentes fucsias y turquesas, ubicados en el piso flotante de Café Müller (Lavalleja 1116, Ciudad de Buenos Aires). Tampoco parece que ellas improvisaran su transformación en muñecas articuladas. Pero lo hacen. Al son de las melodías a cuentagotas, estiradas y densas que ofrece Kabusacki.
La puesta es escueta, austera. Carece de escenografía. Sin embargo, la onda comienza a circular y el espectador ya no puede escapar de esa nube narcótica que lo invade todo. Es hipnotizador el efecto que logra la combinación del repique de luces, que por el blanco de las paredes y la oscuridad del resto del espacio pinta al ambiente de colores. Los movimientos antinaturales de esas mujeres se funden perfectamente con la música que es difícil definir como tal –son sonidos encadenados, y sí… forma una melodía, pero nada de todo lo que allí sucede es lo que uno está acostumbrado a ver, a escuchar a definir como cada cosa que simula ser– y el espectador comienza a preguntarse. Yo, por lo menos, me pregunté cuando ví Los incorporales ¿qué me quieren decir con todo esto? Nunca es suficiente lo que uno ve como para poder pensar en una respuesta.
Es importante sacudir la cabeza, despabilarse, y remarcar una cuestión vital: Los Incorporales cuentan algo sobre el escenario. Con casi nada, rompen muchos moldes. La apuesta desde la danza es osada, desafiante y audaz: las bailarinas juegan en el límite: ¿esto es danza o es cualquier cosa? La novedad estética, en este nivel de análisis, es una advertencia, no una propuesta. Ellas saben que están haciendo danza, claramente. Y lo demuestran con esa convicción. Los movimientos son antinaturales, sí. Ningún cuerpo se mueve de esa manera. No hay armonía, sino todo lo contrario: hay contorsión, hay poses rígidas y trabadas, hay tironeos, saltos torcidos, pasos a destiempo. Pero, ¿por qué el cuerpo se tiene que mover como nos movemos a diario? ¿Quién dice cómo nos movemos? ¿Quién dice que cómo nos movemos es cómo somos? Ahí, el quiebre, la vanguardia de este colectivo que se autodefine como “dispositivo de improvisación escénica”.
La historia vuelve a romper desde el foco de la iluminación escénica. Nada de tachos colgados del techo. Solo 18 tubos fluorescentes ubicados en el suelo. Mucho menos de un iluminador en las sombras, que sólo aparece cuando es nombrado por el artista en los agradecimientos finales. Aquí, los diseñadores de iluminación están sentados al pie del escenario, de espaldas al público, y hacen mucho ruido con las llaves que activan y desactivan los tubos fluorescentes envueltos en papel celofán de color. Eso sí que es magia en 18w.
La puesta roza el final y uno, que no osó siquiera a cambiar de posición mientras dilucidaba el acertijo que se le presentaba frente a sus ojos, ni lo nota. La luz de color desaparece pero lo deja a uno enmarañado en una telaraña difícil de romper. Cuesta acomodar los sentidos, luego de tanto bombardeo estimular. Cuesta tanto como cambiar la manera en la que uno camina.
