/Archivo

La Delio Valdez y Axel Krygier en Niceto.-

La presencia –no principiante, por cierto—de la orquesta y el cancionista en pleno Palermo, y la reacción de un público que se permite cada vez más disfrutar en público, aunque valga la redundancia, de la cumbia que esos artistas ofrecen obliga a reflexionar sobre la actualidad de un ritmo que expandió sus raíces por toda Latinoamérica e invade, siempre, terrenos que le son ajenos, así como también la validez o no de las relecturas en clave musical.
Por Sergio Sánchez
Fotografía gentileza Florencia Karakachoff
Buenos Aires, junio 19 (Agencia NAN-2012).- El folklore por algo es folklore. Lo es porque perdura, porque trasciende fronteras, públicos, tiempos y espacios. Porque abre grietas y se resignifica. Aunque las músicas estén en constante movimiento, la cumbia es tradición colombiana por excelencia. Lo es aunque no la escuchen todos ni allá ni acá. Y es, también, patrimonio de Latinoamérica. Y eso lo saben tanto Axel Krygier como la orquesta popular La Delio Valdez. El primero, lejos de todo purismo, se sirve de lo residual y lo emergente para mixturar un sinfín de ritmos con sabor a contemporaneidad. Los segundos, en tanto, recrean a los grandes ensambles colombianos de antaño pero no dejan de incorporar elementos actuales (como programaciones de teclado). En definitiva, se podría poner en discusión hasta qué punto los músicos jóvenes no imprimen su visión –contextual- cuando se embarcan en la interpretación o composición de géneros folklóricos. Una hipótesis posible (¿y polémica?) es que no existe la pureza ni la fidelidad musical. Toda lectura es una relectura.

Decir que la cumbia es una sola sería una torpeza. Las cumbias son muchas. Las hay de diversas tradiciones y geografías. Si bien su origen se remonta al mar Caribe, las semillas se expandieron por todo el continente. Argentina, por ejemplo, recogió el guante y se apropió del género. Lo adoptó, lo adaptó y lo mezcló con instrumentos autóctonos. Hasta pareciera que la cumbia siempre estuvo ahí, latiendo. Marginal para algunos, vigorosa para otros (en Córdoba, Santa Fe y la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, saben de esto último). Lo que sucedió el sábado en Niceto no deja de extrañar. La cumbia llegó a Palermo ¿O siempre estuvo? ¿O antes no se escuchaba? ¿O no estaba “bien” bailarla? ¿O no se entendía? Lo cierto es que en la última década se viene generando un fenómeno expansivo de los folklores latinoamericanos. La cumbia, por caso, es una de las protagonistas. Un poco por la sintonía entre los gobiernos –porque los pueblos nunca perdieron señal- de la región; otro poco por la necesidad de mirar la raíz, de entender que lo que aquí sucede es tan (o más) importante que lo foráneo. Y otro tanto, quizás, por la facilidad de acceso a las informaciones (hoy es fácil bajarse, por ejemplo, un disco de Celso Piña). Y por otras aristas que habría que detallar con más tiempo y espacio. Paciencia: de esto se ocupará el número de julio de Revista NaN.

Lo que aquí ocupa es el show de Krygier y La Delio Valdez. En todo caso, que la cumbia haya llegado a ciertos circuitos antes impensados, acostumbrados a otros consumos musicales, es una muestra más de su alcance y valor cultural. De todas formas, el pasaje no es “limpio”, digamos. Guarda mucho de lo otro, de lo que ya había. De hecho, el primero en salir a escena fue Krygier, un cancionista moderno que, por cierto, no se ocupa sólo de la cumbia sino que fusiona músicas y sonidos del mundo, con el eje bastante puesto en lo que sucede en la región. Es decir, en sus canciones hay tanto de folklore colombiano, como mexicano, andino, israelí y francés. Para el multiinstrumentista –toca vientos, cuerdas, percusión y teclados- la puesta, lo visual, es tan o más importante que las canciones. Se nota que disfruta la adrenalina del vivo y sabe transmitirlo al público. Para ser justos, no estuvo solo en el escenario: lo acompañó una banda –con formación clásica- que supo llevar los climas y ambientes psicodélicos propuestos por Krygier. Del otro lado, lo chicos y chicas se sentían, por momentos, en una fiesta electrónica y, por otros, en un recital de rock. Más tarde, la pista se convertiría en un boliche.

En «Campo de Marte», Krygier, un cuidadoso de la performance, entregó una suerte de reggae experimental. De fondo, la pantalla y las luces verdes construían un paisaje onírico, futurista, habitado por hombres robotizados. En ese mismo trance entraron los espectadores, quienes se dejaban llevar por la hipnosis musical, sin temor a caer en el ridículo. Krygier es, sin duda, un artista lúdico, creativo y arriesgado.

La propuesta musical que siguió vendría por otro carril. Sin embargo, no desentonó. Era el turno de la Delio Valdez, una orquesta de cumbia más cercana a la raíz. Se trata de un ensamble de catorce músicos que suena realmente muy bien y que hace evocar a las orquestas nacidas a orillas del mar Caribe. Una de sus cantantes, Gladys del Carmen Sarabia («La Negra»), no sólo se preocupa porque sus caderas se muevan como cascabeles, sino que logra recrear los registros y tonalidades de ése país. Por el matiz de su garganta y la iluminada sección de vientos pasaron clásicos inmortales como “La subienda”, “La pollera colora”, “La cumbia y el pescador” y “Navidad negra”. Pero no se intenta imitar, sino que se busca la interpretación. No juegan a ser colombianos, sino que reconocen que aportan su mirada a la cumbia. Un poco eso se puso en evidencia en “Anacumbia”, una canción con condimentos electrónicos compuesta por La Delio. Como no podía se de otra manera, hicieron subir a Krygier para que le sumara su teclado esquizofrénico.

A esa altura, el clima era el de un boliche bailable. Los vasos de cerveza esquivaban los movimientos de los bailarines y ya se había formado alguna que otra parejita. Ni los acoples del final lograron que “Cumbia sobre el mar” no hiciera transpirar la pista, pese al frío de la noche. Arriba de las tablas, también había baile. Vestidos con impecables trajes blancos, los músicos ensayaban una coreografía el mejor estilo Volcán.

Qué más da: la cumbia es baile, calor, muchedumbre, desenfreno y desprejuicio. La cumbia trasciende clases sociales. Es fiesta dionisíaca. Todo eso se vio esa noche: pibes que intentaban pegar un paso, pibas que contorsionaban sus cuerpos. Y una orquesta integrada mayormente por músicos porteños que intenta conectar el folklore colombiano con otros públicos. Que busca abrir terrenos, romper moldes y salirse de su propio lugar de origen. En eso están. Otra posible hipótesis: la cumbia hoy no es más visible ni está de moda. En todo caso, ha ganado un espacio más.

La Delio Valdez: http://www.myspace.com/ladeliovaldez 
Axel Krygier: http://www.myspace.com/axelkrygier