Buenos Aires, enero 24 (Agencia NAN- 2012).- En NAN hemos entrevistado varias veces a Gustavo Sala. Hemos hablado muy bien de su obra y lo hemos considerado uno de los exponentes más importantes del humor gráfico de la actualidad. Y no nos arrepentimos. Desde que el juicio ético a Sala explotó en las redes sociales, ningún medio profundizó en el asunto ni editorializó al respecto. Todos se limitaron a decir lo políticamente correcto y a presentar la noticia con cierto grado de “objetividad” –aunque sabemos, claro, que toda noticia es subjetiva–. Como bien repara en su blog Lautaro Ortiz, jefe de redacción de la revista Fierro, “todo se resolvió según la lógica establecida por los medios: el acusado fue obligado a pedir disculpas y las instituciones afectadas mostraron una vez más su poder de fuego en cuestiones morales y de comunicación” (http://vertebradas.blogspot.com). Lo curioso fue que los géneros opinativos no asomaron su cabeza por las redacciones. Quizás haya deambulado por las reuniones de edición el temor a que la marea se viniera en contra. Es cierto: la tira hirió sensibilidades y recogió miles y miles de indignados. Quienes se animaron a decir algo diferente, a restarle solemnidad al asunto o a defender al dibujante fueron tildados hasta de nazis. Sólo basta con repasar las redes sociales para dar cuenta de ello. De hecho, la página de Facebook del humorista gráfico se vio sofocada de escalofriantes insultos y amenazas ¿Es válido repudiar un supuesto acto de “intolerancia y antisemitismo” a través de la violencia?
No por casualidad, quienes salieron a echar un manto de piedad sobre el asunto fueron –en su mayoría– dibujantes, humoristas gráficos y periodistas especializados en este lenguaje. Eso sí: no fueron consultados por los medios sino que difundieron sus pareceres en sus páginas personales. Fueron descartados como fuentes. De haberlo hecho, hubieran conseguido una campana diferente –opuesta, quizás– a la que había que sostener: el repudio por tal “indignante” obra de mal gusto. Pero los medios no se quisieron arriesgar. Nadie habló, por cierto, de la trayectoria y el gran talento de Gustavo Sala. Nadie dijo que se trata de uno de los dibujantes más admirados y queridos por el mundo comiquero. Nadie contó que publicó un libro junto a Carlos Trillo y Eduardo Maicas (Torni Yo) y que tiene otros siete. Tampoco se dijo que, además de publicar en el NO y Fierro de Página/12, colabora en Rolling Stone, Barcelona, Genios, el mítico El Jueves de España y la lista sigue. Menos, que incursionó en radio, teatro y tiene un dúo musical llamado Los Dentistas Tristes. La tarde del viernes una palabra alcanzó para definirlo: “antisemita”. “Sala fue expuesto en televisión con esa lógica cruel de ‘dar noticias’ a toda costa –reflexiona Ortiz-. A Sala lo llevaron a un juicio mediático sin que nadie haya leído sus antecedentes. El ‘ilustre desconocido con ganas de provocar’ fue a juicio cuando ya había sido juzgado. A nadie le importó saber si Sala tenía varias peleas ganadas en su oficio. El desconocimiento sobre la obra de este autor (desconocimiento real) deja en claro otra cuestión: el lugar que ocupa la figura del creador en la sociedad”.
A grandes rasgos, hubo un problema de decodificación. El código humorístico no pudo ser decodificado y la lectura que primó fue la de la “burla al Holocausto”. Pero los Estudios Culturales hace rato pusieron de relieve que un mensaje puede tener multiplicidad de lecturas. Entonces, otra posible dice que no se trató de una “burla contra el pueblo judío” sino que el autor usó ese contexto para activar el código humorístico y criticar, tal vez, al mundillo de la música electrónica. Pero el cruce narrativo con los campos de concentración encendió la llama. Es cierto, hay temas que hieren más susceptibilidades que otros. Y éste fue el caso. ¿Qué hubiera sucedido si Sala, en lugar de usar como contexto el campo de concentración, hubiera usado como escenario las masacres indígenas durante la Campaña del Desierto o las zonas liberadas para el gatillo fácil? ¿Hubiera escandalizado de la misma manera? Lo cierto es que el tema elegido –el genocidio contra el pueblo judío– tocó inmediatamente las emociones y se anuló la instancia de reflexión. Acto y reflejo. Estímulo-respuesta. Unos se indignaron con la tira, lo “twittearon”, lo “re- twittearon” y lo “recontra re-twittearon” y se convirtió en el tema del día. Quienes por casualidad se topaban con el tópico y “descubrían” que había un “dibujante antisemita” sentían que no podían hacer otra cosa que repudiar el hecho. La verdad, diría Michel Foucault, se construye a través de múltiples imposiciones y tiene efectos reglamentados de poder.
De vuelta al código humorístico, la lectura de un chiste implica una doble lectura, una incorrección, una ruptura de la realidad y de sus normas. Una ficción. Nunca una linealidad. Precisamente, el humor parte del quiebre de los ismos, al menos el de Sala: no trata de ser machista, ni fascista, ni antifascista. Trata de jugar con los prejuicios, de romperlos. El periodista especializado en historieta, Andrés Accorsi, apunta en su blog (http://365comicsxyear.blogspot.com): “¿Qué hace un DJ del 2011 en un campo de concentración de 1941? Claramente ahí, en la primera viñeta, se rompió el verosímil, quedó absolutamente claro que esto NO es real. Cuando la tira descarta el verosímil, pierde todo valor testimonial, todo valor documental. Ya no quiere bajar línea, no quiere reflejar ninguna situación. De ahí en más, todo lo que entra o sale de escena, todo lo que se hace y dice, son –ni más ni menos– recursos humorísticos, puestos en función de lograr un chiste. Eso sólo: un chiste. Y ahí sólo importa si es gracioso (…)».El chiste pudo haber resultado malo o no. Pero ése no es el eje de la discusión. En definitiva, el canal utilizado fue el humor gráfico, el arte. Y no cualquier tipo. En su caso, su obra está enmarcada en la tradición del grotesco y el humor negro. En el país, los exponentes más importantes de este humor son Sergio Langer, Diego Parés, Niño Rodríguez y las revistas Lule Le Lele y Barcelona –si sabrán, estos últimos, de estos debates–, entre otros. No hay que perder de vista que lo que hizo Sala fue hacer valer su derecho a expresarse libremente. En este caso, a través del arte.
El grueso de los humoristas plantea que no hay límites temáticos ni barreras para hacer humor. En una entrevista publicada por este medio en noviembre de 2008, se le preguntó al historietista Damián “Polaco” Scalerandi –uno de los creadores de Lule Le Lele— si había o no límites y por qué. Su respuesta fue la siguiente: “No existe un límite, porque la idea es que no lo tenga. El único límite seria que no fuera humorístico lo que hacemos, que no provoque gracia (…). A veces nuestros personajes son forros, fascistas o boludos y no necesariamente nosotros somos así, salvo por la excepción de lo último, pero la gente no entiende que los personajes tienen voz propia. En cambio, creen que uno es un forro cuando tu personaje, por ejemplo, habla a favor de los militares. Si razonás te das cuenta de que estamos en contra de los milicos, pero el que habla en ese caso es el personaje y no tu pensamiento”. De hecho, en su pedido público de disculpas, en medio del ojo de la tormenta, Sala pudo reivindicar al humor y a su obra: “En general, me gusta joder con los intocables del rock y, en este caso, fue un chiste con (el DJ) David Guetta, satirizando los estereotipos que están muy instalados en la memoria colectiva, pero no me burlo de ellos. Si uno hace un chiste se burla del estereotipo, no directamente de eso». Para Accorsi, “el humorista que se esfuerza por no ofender, difícilmente se esfuerce por hacer reír”.
No hay tema con el que Gustavo Sala no se haya metido. Para generar relatos humorísticos, se metió con todos los grupos étnicos, de género, etarios, políticos, los códigos del rock, la Iglesia y la sociedad del espectáculo. Siempre, la intención es caminar por los bordes, sin perdonar lo sagrado, los tabú, lo intocable, aquello que se calla y oculta bajo tierra. Pero nunca antes una de sus tiras había provocado un escándalo de esta magnitud –sí, quizás, alguna que otra indignación sin relevancia-. Sin embargo, el repudio masivo a la obra de Sala no se dio por acumulación de quejas, no fue ésta «la gota que rebasó el vaso» ni mucho menos. Se trató de un hecho aislado, de una reacción espontánea y curiosamente masiva. Pero, sin duda, la “aventura de David Gueto” agitó las aguas. Jamás se le hubiera ocurrido al autor que eso sucedería. No es su intención “provocar por provocar” sino reflexionar a través del humor.
En una entrevista que le hicieron en el medio online peruano La Silla Ecléctica (http://sillaeclectica.wordpress.com/2011/03/27/gustavo-sala-historieta-rock-y-bardo/), en marzo del año pasado, Sala explica: “Lo que no me interesa es provocar, ir al choque gratuitamente y sólo eso. En todo caso, me interesa hacer una historieta o un chiste que tenga una sustancia, que sea divertido, cuente algo y tenga una idea interesante; después, si hay pedofilia u otras cosas, prácticamente no me lo planteo. No me da culpa ni una cosa moral, casi que lo hago desde la ingenuidad. Pero a veces te metés con temas, simplemente para que funcione el chiste, y no pensás si eso puede llegar a lastimar a una persona o te pueden tildar de facho o nazi. Es un chiste, no pasa nada. También tiene que ver con que en muchos de los medios en los que laburo tengo esa posibilidad.” Luego, cuenta que una vez los lectores lo increparon por meterse con Charly García. «Hay gente que no se lo banca. Hay tipos inimputables. Me causa gracia la gente que se toma trabajo de ofenderse. Es más, yo soy fan de un montón de discos de Charly y hago humor con eso y no necesariamente me disgusta su trabajo. Simplemente, me río del personaje, el fanatismo y la adoración del ídolo más que el músico”.
Una vez, Juan Sasturain dijo de él: “Qué tipo generoso, que no deja resquicios, Gustavo. Sala satura, en el mejor sentido de la palabra: agota las posibilidades, nunca se queda corto (de ideas, de dibujo). Siempre, con él, la historieta es espectáculo a Sala llena, espacio lleno de Sala. Más aún: lleno de barrocas, sentidas, soberbias pelotudeces (…). El arte de Sala desborda, se sale. Del cuadrito, del género, de las convenciones, de lo debido (…). Que con estos elementos deformes, esta locura programática, este sistemático método expresivo de patear el tablero cada cuatro cuadritos Gustavo Sala haya hecho y vaya haciendo una obra tan seria y coherente como pocas en la historieta argentina de estos tiempos no es un misterio ni un milagro. Es un chiste. El mejor”.

